Capítulo 24 #3
—La he visto. He oído su voz. Era una adolescente, aún con la ropa del viaje puesta, imagino.
Con el pelo caoba oscuro, los ojos de un azul claro.
Las veces que la he visto en su cuarto, agonizando…
El caso es que no la he reconocido. Se notaba lo feliz y emocionada que se sentía.
Ya se había quedado prendada de la casa solariega, y eso también era evidente.
—Es… —Cleo se dejó caer sobre el taburete de al lado—. Es alucinante y maravilloso.
—Lo ha sido. Se la veía tan joven, con tanta frescura, absolutamente radiante. Ignoro cuánto tiempo vivió y trabajó aquí hasta que falleció, pero sé a ciencia cierta que fue feliz.
Clover puso Five Years [«Cinco años»] de Bowie a modo de respuesta.
—Cinco años. Abrigo la esperanza de que la apreciaran tanto como nosotras.
Ha sido diferente a la mayoría de las ocasiones anteriores, Cleo.
No he sentido la atracción, sino una invitación.
Y no para presenciar una muerte o ver a Dobbs, sino simplemente para ser testigo del día a día en las dependencias de los criados, y de la llegada de Molly a la casa.
No obstante, la vuelta me deja un poco descolocada.
—Seguro que conlleva un desgaste de energía, ¿verdad? De hecho, te mueves a través del tiempo. Por lo tanto, vuelves un pelín agotada. Pero te juro que solo te has ausentado un par de minutos.
—Al otro lado da la impresión de que el tiempo se alarga, y eso también es diferente. Me habría quedado un rato más. Tenía ganas de ver más cosas, pero el espejo me ha bloqueado el paso e instantes después he notado que tiraba de mí, pero para regresar.
—Entonces es que has visto lo que era necesario que vieras.
—A Molly. El aspecto de las dependencias de los criados, pero en especial a Molly.
—Dibújala. —Cleo le entregó el cuaderno de dibujo en el acto.
—Una idea genial. Puedo hacerlo. Deja que coja una Coca-Cola primero.
—Siéntate. Voy yo.
—Algo huele fenomenal. ¡Es el pan! Guau. Madre mía. —Tres barras de pan doradas yacían sobre la rejilla de repostería, enfriándose—. Hablando de alucinante.
—Me siento sumamente orgullosa de mí misma. —Cleo le tendió una Coca-Cola a Sonya y se acomodó con otra para ella.
—Ya sabes que jamás podrás retomar el hábito de comprar comida para llevar y a domicilio.
—Curiosamente, no me importa en absoluto.
—De lo cual me siento agradecida. Yo diría que Molly ronda el metro sesenta.
Es muy delgada, y me figuro que tiene el pelo largo —continuó Sonya mientras dibujaba—.
Es que lo llevaba recogido en un moño. Tiene la cara con forma de corazón, la tez lechosa con pecas, la nariz chata, unos ojos grandes azul claro y…
, ah, y los dientes superiores un pelín más prominentes que los inferiores.
—Es guapa. Destila dulzura.
—Sí. Todavía era un pimpollo, ¿sabes? Aún no se había desarrollado, era más niña que mujer a su llegada aquí. Imagínate abandonar todo a esa edad para viajar a otro país.
—Hace falta valor.
—Y yo nerviosa por dejar mi casa para irme a la universidad, y eso que estaba en el mismo Boston. Ella cruzó un océano.
—Ahora dibújala de cuerpo entero, con estos. —Cleo abrió un cajón y sacó lápices de colores—. Voy a poner el agua a calentar para la pasta.
—¿Tan tarde es?
—Es que tengo que preparar la lasaña, después tiene que hornearse y luego hay que dejarla reposar. Así que… el tiempo justo.
—Ha sido una pasada de día, caray. Francamente, creo que nos estamos acercando a las verdaderas respuestas.
Como Yoda se hallaba sentado junto a su taburete, Sonya lo acarició con suavidad con el pie mientras dibujaba.
—Llevaba una sola maleta, Cleo. Del tamaño de una de las mías para un fin de semana largo. Un nuevo país, una nueva vida, y llevaba consigo todo su pasado en una pequeña maleta.
—O sea, lo que yo prepararía para pasar una noche fuera.
Sonya no tuvo más remedio que reírse.
—Más o menos.
—Admiro eso. —Cleo puso a hervir una olla de agua—. Admiro su valor, lo que sin duda era el gusto por la aventura. Y, desde luego, su dedicación a esta casa.
Mientras hablaba, sacó el requesón y la mozzarella .
—Me pregunto si se marchará cuando se rompa el maleficio. Me he planteado si los que siguen aquí, o al menos algunos de ellos, estarán atrapados de alguna manera y les resulta imposible marcharse.
—Yo me he planteado lo mismo. La echaría de menos. —Sonya dibujó el sombrero sobre el pelo caoba oscuro—. No solo porque ni siquiera tenemos necesidad de pensar en la limpieza o en contratar personal, sino porque destila dulzura. Se percibe.
—Sí. Bueno, voy fuera a por más hierbas aromáticas. Me gustaría aderezar un poco esta mezcla de quesos. Y, sí —dijo cuando ambas mascotas se levantaron al oír la palabra «fuera»—, podéis salir.
A solas, Sonya hizo lo posible por plasmar la imagen de Molly sobre el papel. Seguía enfrascada en ello cuando Cleo regresó y se puso a trajinar con las hierbas aromáticas y el queso.
Cuando sonó el temporizador, parpadeó y levantó la vista.
—¡El bizcocho está listo!
—Me había olvidado del bizcocho. Es una auténtica celebración, y ahora hay más cosas que celebrar. Esta es Molly. Con la mayor precisión con la que soy capaz de plasmarla.
Tras dejar el molde del bizcocho sobre la encimera, Cleo rodeó la isla y echó un vistazo.
—Qué dulce, qué guapa. Despide un brillo especial, y lo has plasmado. Vamos a enmarcarlo, Son, a colgarlo en la galería cuando echemos a esa arpía de aquí con cajas destempladas.
—Eso… Bueno, me encanta la idea. Este es su sitio.
Estoy muy contenta de haber tenido la oportunidad de verla, de oírla.
Voy a dibujar las dependencias de los criados también.
Hice un boceto de cómo me gustaría acondicionarlas, y me dio por pensar en voz alta que ojalá pudiera verlas tal como estaban antaño para poder rendirles una especie de homenaje.
Y que ojalá pudiera ver a Molly allí, así que…
De pronto, la evidencia la golpeó como un rayo.
—Cleo.
—Lo deseaste, y el espejo apareció para concederte ese deseo. Hostias, Sonya. —Asió con fuerza el brazo de Sonya—. Por eso fue una invitación, por eso tu sensación fue diferente. Tú pediste algo.
—Y no me permitió ir más allá. Me hizo un regalo, pero el regalo tenía sus límites. —Sonya se llevó la mano al pecho y se lo frotó—. Se me corta un poco la respiración.
—Pues ya somos dos.
—Pienso que he de ser cuidadosa y no abusar. No ser frívola. Pero esto no ha sido una frivolidad. Se trataba de la casa solariega, de mi deseo de honrarla, de alguien que la cuida con mucho mimo. Ahora ya la he visto, al menos tal como estaba en la época de Molly.
—A mí me parece perfecto.
—Y a mí. Lo tendremos presente también y lo convertiremos en un lugar donde se respire felicidad. Esa fue mi impresión, Cleo. Me pareció un lugar feliz.
Sonya se puso a dibujar de nuevo.
—Realmente es un gran día.
—Y todavía no ha terminado. Aquí viene el resto de la panda.