Capítulo 24 #2
—¿Ves? No estoy sola. Me voy a llevar un cuaderno de dibujo. —Sonya abrió un cajón, sacó uno y cogió un lápiz—. Mi intención es examinar bien la zona donde queremos instalar la sala de juegos y dibujar un boceto preliminar.
Con el fin de que se quedara más tranquila, Sonya se dirigió a la puerta trasera y la abrió. Yoda cruzó el jardín y entró a la casa como una flecha, y Pye lo siguió a su parsimonioso ritmo.
—Me acompañarán también.
—Está bien. Cuando el pan esté listo bajaré a echar un vistazo. Puede que tenga algunas ideas para la sala de juegos.
—Me parece bien.
Cuando se oyó el ding del temporizador del horno, Sonya se aproximó.
—La saco, ¿no?
—Y programa la temperatura a doscientos treinta grados.
Sonya dejó la bandeja de horno sobre la encimera y lo programó.
—Tengo que fisgar. —Levantó el paño—. ¡Se han inflado!
A continuación fue Cleo la que tuvo que mirar.
—¡Y tanto que sí! Antes de hornearlos, hay que hacerles tres hendiduras diagonales por encima. No sé por qué.
—Tienen un aspecto esponjoso y fantástico. Me está encantando esta cena de celebración. Si necesitas más ayuda no tienes más que mandarme un mensaje.
—Todo está bajo control. Bajaré dentro de media hora más o menos.
Cleo aguardó a que Sonya se marchara.
—Clover, avísame si es necesario que baje antes.
Sonya titubeó unos instantes junto a la puerta del pasadizo antes de bajar.
No tenía miedo, concluyó. La verdad es que no tenía ningún miedo.
Una vez abajo, se obligó a entrar al gimnasio y dar una vuelta. Por nada del mundo renunciaría a ese espacio, por nada del mundo permitiría que Dobbs la privara de eso.
Mientras observaba con atención las correas de ejercicio, se aproximó y alargó la mano hacia ellas.
Acto seguido la apartó.
—Vale, trabajaremos en eso.
Mantendrían la zona de almacenamiento principal tal cual, pensó. Y, en un par de semanas, buscaría los adornos para Halloween. Pero, antes de eso, sí, emprendería una batida allí abajo similar a la que había realizado en el desván y en el salón de baile.
Se movió por lo que consideraba el mundo subterráneo de los criados y el personal.
El espacio que había elegido albergaba, al igual que el desván y el salón de baile, demasiadas cosas. La organización sería clave, lo cual sabía que conllevaba ordenar la zona de almacenamiento principal con el fin de hacer hueco para parte de las restantes cosas.
Podría implicar trasladar algunos muebles al desván y, con suerte, encontrar otros que pudieran usar en la planta principal.
Vació el espacio mentalmente, despojándolo de todo cuanto albergaba.
A continuación, despacio, comenzó a trazar la ubicación de los elementos que tenía en mente en el cuaderno de dibujo.
No consideraba que fuera un exceso de confianza el hecho de dar por sentado que encontrarían todo lo necesario —con la salvedad de la mesa de billar, la máquina de pinball y cualquier otro juego que quisieran— allí mismo, en la casa solariega.
Una gramola, pensó. ¿A que Clover se lo pasaría pipa con eso? Su intención era conferirle un toque lo más vintage posible, al menos en apariencia.
Oyó a Cleo por las escaleras.
—Estoy aquí, al fondo. Es un espacio magnífico, y prefiero que no parezca moderno y reluciente. Ojalá pudiera verlo tal como estaba antaño. A lo mejor encontramos fotos. Así me haría una buena idea y podría rendir un pequeño homenaje al personal. ¿A que sería un puntazo ver a Molly aquí abajo?
—Olvidas lo grande que es esto —señaló Cleo mientras se abría paso.
—Y que lo digas. —Sonya se giró para sonreír y, al volverse de nuevo, el espejo se hallaba delante de ella—. Cleo. El espejo.
—¡Un momento! ¡Espérame! No lo atravieses.
—No siento la atracción. No siento ese apremio.
A toda prisa, Cleo la localizó y la agarró del brazo.
—Cleo, la sensación es como… de una invitación.
—Puedes declinarla, Sonya. Transmítele tus disculpas. Ya has tenido bastante por hoy.
—Es que… deseo atravesarlo. La sensación es agradable. No te preocupes, nunca me ha causado ningún daño.
—Puedo mandarle un mensaje a Owen. Vendrá y te acompañará.
Sonya negó con la cabeza.
—Tengo la impresión de que es para mí. Es para mí. Alcanzo a ver movimiento, a oír voces. Alguien se está riendo. He de ir.
—Voy a mandarles un mensaje a Owen y a Trey.
—No, primero dame unos minutos. —Le entregó a Cleo el cuaderno de dibujo—. Volveré.
Lo atravesó.
Y se internó en las dependencias de los criados.
Igual que en el presente, las paredes se hallaban revestidas de madera. Pero, en vez de muebles cubiertos de sábanas blancas, había una mesa larga. Dos mujeres ataviadas con vestidos negros y delantales y cofias blancos conversaban sentadas mientras abrillantaban la plata.
Otra, más mayor, vestía de gris, como su pelo. Estaba sentada en una silla junto a una pequeña mesa, cosiendo. ¿Zurciendo?, se preguntó Sonya.
La mujer negó con la cabeza en dirección a las más jóvenes.
—Parecéis un par de cotorras. Y, encima, cotilleando sobre el nuevo criado.
—Es que es muy guapo —comentó la chica de la derecha. Y ambas se rieron por lo bajo.
Entró un hombre vestido con un traje negro y una camisa blanca almidonada.
—Será mejor que no vea vetas o manchas en esa plata.
—No, señor, ni una.
La joven pecosa de pelo rubio le respondió en tono respetuoso incluso mientras miraba de soslayo —poniendo ligeramente los ojos en blanco— a su compañera.
Había un hombre sentado —sin chaqueta— al fondo de la estancia dando lustre a unas botas. Sonrió a las chicas con descaro y rápidamente bajó la cabeza cuando el hombre trajeado dirigió la vista hacia él.
—El señor llevaba suficiente barro en estas botas como para construir una presa. —Su acento parecía británico, pero sin la suave cadencia del hombre mayor—. Pero, cuando termine, podrá verse la cara en ellas para afeitarse. Palabra de honor.
—A ver si cumples tu palabra.
Entró una mujer vestida de negro, con el pelo recogido en un tirante y adusto moño. La acompañaba una muchacha con un sencillo sombrero de paja y un abrigo azul oscuro sobre un vestido marrón. Sus botas marrones parecían muy gastadas, pero relucían.
Llevaba el pelo, de color caoba oscuro, recogido en un grueso moño italiano bajo el sombrero. Tenía los ojos azul claro y pecas salpicadas sobre su bonito rostro.
Sujetaba en la mano tan solo una pequeña maleta.
—La señorita Molly O’Brian se ha incorporado al servicio de Poole Manor como sirvienta. Acaba de llegar de Irlanda. Molly, Grimes es el mayordomo.
—Molly —musitó Sonya mientras la joven, que rondaría los dieciséis años, hacía una ligera reverencia.
—Bienvenida a Poole Manor. Cumplimos los estándares más elevados, y confío en que estés a la altura.
—Cómo no, señor. Es una casa señorial, y me siento privilegiada de trabajar en ella. Lo haré lo mejor que pueda, se lo prometo.
La mujer le presentó a los demás: la señora Steele, Rory Bates, Gracie y Frances.
—Encantada de conocerlos a todos.
—Grimes, voy a subir con Molly a su cuarto, y después bajaré a mostrarle la cocina y el resto.
—De acuerdo, Hobson.
—Venga, Molly, vamos a instalarte. —Su expresión reflejaba amabilidad—. Luego conocerás a más miembros del servicio, y comerás algo. Has tenido un largo viaje.
—Sí, señora, ya lo creo, y también emocionante.
—Molly —repitió Sonya mientras Hobson la conducía fuera.
Sonya la oyó decir, en tono de asombro:
—Jamás había visto una casa tan bonita y señorial como esta. Cumpliré con mi cometido con sumo orgullo, le doy mi palabra.
La señora Steele retomó sus labores mientras Grimes las seguía.
—Apuesto a que es otra cotorra.
—Una linda —dijo Rory con una sonrisa.
—Por lo que parece, acaba de desembarcar —comentó Gracie.
—El sombrero parecía nuevo —señaló Frances—. Pero el vestido… Qué color más espantoso, y se notaba que le habían sacado al dobladillo.
—¿Conque tú eres la moderna? —espetó la señora Steele.
Gracie contuvo la risa.
—Ese abrigo no la protegerá del frío una vez que llegue el invierno. Parece bastante agradable, y nos viene bien otro par de manos, sobre todo desde que Alice se marchó de un día para otro.
—Alice dejaba mucho que desear, y me quedo corta. Ya veremos qué tal es esta.
La señora Steele dejó el calcetín zurcido a un lado y cogió otro.
Con ganas de ver más cosas, Sonya hizo amago de avanzar. Y el espejo, en vez de permanecer detrás de ella, le bloqueó el paso.
En ese instante sintió que tiraba de ella, esta vez hacia atrás.
—Está bien, eso es todo lo que voy a presenciar. Pero ha sido mucho.
Traspasó el cristal.
—¿Qué ha pasado? —Cleo se aferró a sus manos—. No te has ausentado ni dos minutos.
—¡No me digas! Ahí dentro me pareció mucho más.
—¿Dónde? No, espera. Vamos para arriba.
—Sí, no me vendría mal sentarme. Estoy un pelín mareada. En las dependencias de los criados. Lo he visto tal cual era antaño. Seguro que hace cien años. El panel de campanillas, todas lustrosas. Las luces de la pared…, no estoy segura de si eran lámparas de gas.
Cuando se llevó la mano a la cabeza, aturdida, Cleo la sujetó del brazo.
—Las paredes estaban revestidas de madera, lo mismo que ahora.
Había una mesa larga. Dos criadas, Gracie y Frances, abrillantando la plata.
Rory, un chico (fijo que tenía menos de veinte años), sentado en una silla dando lustre a unas botas.
Y al fondo de la sala, la señora Steele, zurciendo.
Había pequeñas mesas y sillas. Las reconoceré si las encontramos.
Soltó una bocanada de aire.
—Sí, no me vendría mal sentarme.
—Vamos. Te traeré un poco de agua.
Con el brazo alrededor de la cintura de Sonya, Cleo la condujo de vuelta a la cocina.
—El mayordomo, Grimes, parecía quisquilloso. Y daba la impresión de que Hobson era de talante amable. Yo diría que era el ama de llaves.
Al sentarse en un taburete, Sonya soltó otra bocanada de aire.
—Estoy mejor, ya me encuentro mejor. Cleo, Hobson entró con otra chica, muy linda. Era Molly.
—¿Molly? —Cleo enfiló rauda hacia ella con un vaso de agua.