Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

C uando Sonya regresó, no encontró a Cleo en la cocina. Pero vio que la luz del horno de arriba estaba encendida, y en el interior, un recipiente cubierto con un paño.

Picada por la curiosidad, abrió la puerta del horno y levantó el paño de cocina para echar un vistazo. A continuación bajó la vista hacia Yoda.

—Apuesto a que es masa de pan. Lo que no me explico es por qué está en el horno, que se encuentra apagado, aunque tenga la luz encendida.

Tras cerrar la puerta del horno, sacó un hueso prensado para Yoda. Él, obediente como siempre, se sentó, lo sujetó con delicadeza entre los dientes y acto seguido echó a correr como una bala para saborearlo.

Tras coger una Coca-Cola, se encaminó de nuevo hacia la biblioteca.

En poco menos de una hora, Cleo bajó de su estudio.

—¿Estás de servicio en la cocina?

—Es hora de amasar la mezcla para el pan. Si está como se supone que debe estar. Y voy a ponerme a preparar la salsa para la lasaña.

—O sea, que estás de servicio en la cocina.

Sonya se levantó para acompañarla.

—Puedo arreglármelas sola si tienes algo entre manos.

—No, tengo tiempo. He aceptado un encargo para la cubierta de otro libro, y de todas formas me gustaría darle un par de vueltas. ¿Cómo es posible que la masa esté en el horno con la luz encendida?

—Por lo visto es una buena temperatura para que fermente. Ahora hay que amasarla, dejarla reposar un poco, y luego tengo que dividirla en tres partes y dejar que crezca de nuevo.

—¿Por qué?

—No lo sé. Me limito a hacer lo que me han indicado. Es una ciencia, y ese no es mi campo.

—El mío tampoco. No hace falta saber nada sobre carburadores o colectores para conducir un coche. Yo ni siquiera sé exactamente qué son. ¿Algún ruido arriba?

—Ni el más mínimo sonido. Normalmente se oye algún que otro golpazo o porrazo, pero reina el silencio, o sea, un silencio sepulcral. —Le dio a Sonya un empujoncito con el codo de camino a la cocina—. La dejaste fuera de combate.

—Sí, pero creo que las risas fueron el golpe maestro, la verdad. Los abusones detestan que se burlen de ellos.

Cleo sacó el recipiente del horno y, tras depositarlo sobre la encimera, cruzó los dedos y retiró el paño.

—¡Mira esto!

Sonya lo hizo.

—Ha crecido mucho más que cuando eché un vistazo.

—Ahora hago esto. —Cleo apretó el puño y golpeó la masa—.

Curiosamente, es gratificante. Ahora, mientras reposa, tal vez para recuperarse del shock, puedes picar el ajo para la salsa.

Voy a por las hierbas aromáticas. Ah, y pienso hacer un bizcocho —añadió Cleo cuando se disponía a salir—. Necesito un molde Bundt.

A estas alturas de su vida como ayudante de cocina, Sonya se consideraba una picadora de ajo de primera.

Cuando Cleo regresó, Sonya levantó la vista.

—No has especificado cuántos dientes.

Cleo echó una ojeada al pulcro montoncito de ajo picado que yacía sobre la tabla de cortar.

—Uno más. Ah, has encontrado el molde Bundt, genial.

—Yo no he… —Sonya se fijó en el molde que había sobre la encimera—. Yo no lo he sacado ni estaba ahí antes, lo cual todavía me provoca cierto asombro. Me figuro que ha sido cosa de Molly. Gracias.

—Ella nos ahorra tiempo. —Cleo lavó las hierbas aromáticas y las puso encima de un paño de cocina para que se secaran—.

Vale, primero la masa. En teoría no hay que romperla, sino cortarla en tres partes.

No me preguntes por qué. Hay un utensilio para ello, pero mientras no disponga de él me apañaré con un cuchillo bien afilado.

Colocó la masa encima de otra tabla de cortar y, en opinión de Sonya, la observó con verdadero afecto.

—Córtala —dijo Cleo por lo bajo al tiempo que realizaba la tarea—, haz una especie de bola con cada parte y vuelta al recipiente. Una, dos, tres. Cubre y vuelta al horno para que crezca.

Cuando terminó, programó el temporizador.

—Cuando pase ese tiempo, hay que darles forma alargada, colocarlas en un molde para hornear untado con aceite y espolvoreado con harina de maíz, y dejar que crezcan de nuevo.

—¿Tres veces?

—Sí. ¿Cómo sabrá hacer eso? Es fascinante.

Tras sacar una sartén, vertió un chorrito de aceite de oliva, la agitó, la puso en el fogón y lo encendió.

—Me ha gustado muchísimo todo el proceso de amasar. Es meditativo. Deberías probar.

—Quizá algún día. Bajo la supervisión de un adulto.

En la despensa, Cleo eligió una botella de vino tinto para la salsa y la abrió.

—Muy bien picado, por cierto.

—Es que tengo maña para eso.

—Pues ahora usa tu maña con las hierbas aromáticas. Pícalas.

Cleo vertió el ajo en el aceite caliente y lo removió.

A Sonya no es que le pareciera fascinante, pero le resultó muy pero que muy agradable picar las hierbas aromáticas que habían cultivado ellas mismas y pasar un rato con Cleo.

Cuanto la gata y el perro se dirigieron tranquilamente a la puerta, los dejó salir. Eso también era agradable: el hecho de tener un perro, una gata y un amplio jardín con esplendorosas flores de finales de verano y principios de otoño.

—Hora de agregar las hierbas, Son.

—Voy ahora mismito.

Tras llevarle la tabla en la que había cortado con esmero las hierbas aromáticas, las cuales había colocado en pulcros montoncitos separados, echó un vistazo a la sartén, donde la salsa se guisaba a fuego lento.

—Vaya, qué buena pinta. Guau.

Cleo mezcló los primorosos montoncitos en la sartén y los removió.

—Ahora va a tener mejor pinta todavía. Se puede elaborar la salsa con tomates de verdad en vez de con concentrado de tomate, ¿sabes? Lo que pasa es que no estoy preparada para ir tan lejos. Aún.

El teléfono de Sonya emitió el pitido de un mensaje de texto.

Soy Hogan, de Lotions and Potions. ¡Es alucinante! Mejor, imposible. ¡Adelante!

Dame cinco minutos. Estate pendiente.

—Me han dado el visto bueno. He de subir a activar la página web. Vuelvo enseguida.

—Tómate tu tiempo.

Para cuando regresó, Cleo ya tenía la batidora en marcha y había empezado a moldear la masa de pan en forma alargada.

—Bueno, comienza la fascinación.

—¿Quieres hacer una?

—Pues no sé. De hecho, sí.

Sonya se alejó para lavarse las manos y al volver cogió una bola de masa. Tras examinar la forma que Cleo le había dado, se puso manos a la obra.

—La verdad es que considero que Hogan es el cliente principal, lo cual lo convierte en mi cliente más joven hasta la fecha. Estoy sopesando la idea de ofrecerle un periodo de prácticas el próximo verano. Dependiendo de cómo vaya la empresa.

—Me parece una idea genial. Oye, le has cogido el tranquillo a esto. Yo he de seguir con el bizcocho. Podías hacer lo mismo cada año con un estudiante de instituto o de universidad, ¿sabes?

—Una idea interesante. —Satisfecha, Sonya depositó la segunda bola de masa en la bandeja de horno—.

Y lo prefiero a un ayudante a tiempo completo.

Disfruto muchísimo trabajando sola, lo cual es raro, supongo, dado que me encantaba trabajar en equipo en una oficina.

La estructura —dijo, dando forma a la tercera bola.

—Tú has creado tu propia estructura.

Mientras trajinaba, Sonya se dio una palmadita mental en la espalda.

—Eso parece. Y, la verdad, pienso que soy más creativa trabajando por mi cuenta.

Me gusta muchísimo alternar pequeños encargos como el de Hogan con proyectos de envergadura como el de Baby Mine, y, en fin, ponerme con la portada de un libro o agenciarme a un cliente nacional de primer orden como Ryder Sports. Lo mismo que tú.

—Totalmente. Y, gracias a Collin Poole y a ti, cuento con más libertad que nunca.

El hecho de haberme tomado el verano libre para pintar —Cleo hizo una pausa, sonrió y suspiró—, simple y llanamente para pintar lo que se me antojara, cuando se me antojara…

No te puedes imaginar hasta qué punto me motivó, y al mismo tiempo me relajó.

—Faltan menos de dos semanas para tu exposición.

—Y estoy lista. Será divertido. Ahora hay que ponerlas en el horno de abajo. Voy a precalentar el de arriba para el bizcocho. Programa el temporizador para dentro de veinte minutos para que el pan termine de subir.

Sonya llevó las bolas de masa al horno.

—Aquí hay un bol con agua, en la segunda bandeja.

—Necesitan vapor para hornearse. Y no, no sé exactamente por qué. Como no quería que se me olvidara, lo metí directamente.

—Veinte minutos. Listo. ¿Qué más puedo hacer?

—Anda, unta de aceite y espolvorea harina en el molde para el bizcocho. Y puedes sacar la rejilla de repostería para enfriar el pan. Ah, y salir a coger un par de tomates y un poco de albahaca.

—Vale. ¿Para qué?

—Voy a cortar los tomates en rodajas, a aderezarlos con albahaca y a aliñarlos con aceite de oliva y una pizca de pimienta. Podías poner la albahaca en remojo hasta que termine. Me ahorrarás un viaje.

—A sus órdenes.

Tras untar el aceite y espolvorear la harina en el molde, Sonya sacó la rejilla de repostería.

—¿Has terminado con los vasos medidores y demás?

—Ahora sí.

Sonya los llevó al fregadero de camino al huerto.

Aún maravillada de que de hecho los hubieran cultivado ellas, arrancó dos hermosos tomates rojos y cortó un poco de albahaca. Tras oler todo, lo llevó dentro.

Puso la albahaca en remojo.

—¿Qué más?

—Quedas relegada del servicio.

—Si estás segura, voy a bajar al sótano a echar un vistazo.

Mientras vertía la mezcla del bizcocho con cuidado en el molde, Cleo interrumpió la tarea y levantó la vista.

—¿En serio?

—Te dije que me encontraba en un buen momento en lo tocante al trabajo. Voy a ponerme manos a la obra y a pasar una hora o así ahí abajo.

—Deja que meta el bizcocho en el horno y te acompaño.

—Cleo, tienes en marcha pan, la salsa y el bizcocho. Ahora mismo estás en modo diosa de la cocina. Y yo estaré bien.

Para demostrarlo, Sonya se cuadró.

—Ella tiene una habitación. No pienso proporcionarle ninguna más. Además, está allí arriba echando humo, rumiando o lo que quiera que haga. Y llevo el teléfono encima.

—Clover te va a acompañar. ¿A que sí, Clover?

Ella respondió en el acto con Count on Me [«Cuenta conmigo»] de Bruno Mars.