Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

A la mañana siguiente, Sonya salió de la cama antes que Trey.

Él abrió un ojo.

—¿En serio?

—Tengo una videollamada a las diez y he de poner al día algo de trabajo antes. Y me apetece entrenar.

—Repito: ¿en serio? Y añado: ¿después de lo de ayer?

—Precisamente por lo de ayer es por lo que voy a seguir el ejemplo de Cleo y hacer un poco de yoga. Esa cantidad de viajes escaleras arriba y abajo, junto con todo lo demás, me ha pasado factura.

Después de ponerse un sujetador de deporte y unas mallas a media pierna, se acercó a la cama, se agachó y lo besó.

—Podías acompañarme.

—Pues va a ser que no. Me gustaría darme una larga ducha caliente, tomar un café y desayunar. Tengo una cita a las nueve.

—Entonces nos vemos esta noche. Acarrear muebles no figura en el menú de esta noche.

—Mil gracias. —Él le tiró de la mano antes de que se incorporara—. Lo que estás haciendo, lo que has hecho arriba, marca la diferencia. A Collin se le rompió el corazón, y dejó gran parte de la casa en el abandono. Tú has puesto el corazón en esto de nuevo.

Ella apoyó la mejilla contra la de Trey.

—Esa es mi sensación. Es lo que realmente siento. Que hemos puesto el corazón en esto. Y eso que no hemos hecho más que empezar. —Se enderezó—. Voy a dejar salir a cualquiera de nuestra familia de cuatro patas que le apetezca retozar en el jardín. Ponles tú la comida fuera.

De camino a la puerta, se detuvo y miró hacia atrás.

—No sabes cuánto disfruté bailando el vals contigo.

—Y no hemos hecho más que empezar.

El comentario hizo que cruzara el pasillo con brío acompañada por Mookie y Yoda a la zaga. En vista de que ni Pye ni Jones salieron del dormitorio de Cleo, se figuró que Owen ya se habría marchado a realizar su jornada laboral.

Ella acostumbraba a comenzar la suya temprano, pero él, indefectiblemente, empezaba antes.

Comprobó que su suposición era acertada al llegar a la cocina y encontrar una nota.

He dado de comer a las mascotas. No te dejes engañar si dicen lo contrario.

Bajó la vista hacia los perros.

—No habrá un segundo desayuno, pero tenéis permiso para salir a jugar.

Clover puso Good Morning Starshine [«Buenos días, estrella luminosa»] mientras Sonya les abría la puerta y se hacía un café. A continuación, a medida que la cafeína surtía efecto, observó cómo retozaban.

Se empezaban a apreciar retazos de color en el bosque, salpicado de toques dorados, naranjas y rojos en contraste con el intenso verdor de los pinos.

—Si yo fuera Cleo, y dado que hace una bonita mañana, cogería una sudadera y realizaría la sesión de yoga en el jardín. Pero no soy Cleo, y necesito que alguien me diga qué hacer a continuación.

Una vez que apuró el café, llenó una botella de agua y bajó al gimnasio.

Tras extender una esterilla en el suelo, fue pasando el repertorio de sesiones hasta dar con una que parecía la más indicada para aliviar la sobrecarga muscular.

El hecho de que la sesión comenzara con respiraciones le vino bien, así que se sentó en la esterilla con las piernas cruzadas y las manos en posición de oración. Al cabo de menos de noventa segundos, temió quedarse dormida en el acto con la voz relajante y la respiración consciente.

Seguidamente se levantó y realizó los primeros estiramientos suaves siguiendo el ritmo a la mujer de expresión serena, con el pelo recogido en una pulcra cola de caballo, que aparecía en la gran pantalla de la pared.

Para cuando la instructora indicó que se colocara en el borde delantero de la esterilla para realizar los saludos al sol, se sentía relajada y sin embargo espabilada.

Y disfrutando del hecho de contar con alguien a quien parecía importarle su bienestar y le indicaba cuándo y cómo moverse, cuándo y cómo respirar.

Con el segundo saludo al sol, sus músculos se habían relajado y su cuerpo simplemente se movía con fluidez acompasado con la voz.

«Guerrero I. Inhala, exhala. Una respiración más. Guerrero II. La mirada fija sobre el brazo izquierdo extendido».

Tanto su cuerpo como su mente fluían con la voz, con los movimientos, con las posturas. Casi en trance, pensó distraídamente al tiempo que realizaba la plancha. Chaturanga, perro boca arriba, perro boca abajo y acto seguido vuelta a repetir la secuencia entera hacia el otro lado.

Y la voz, tan tenue, tan relajante, la guio a través de la siguiente serie de posturas de guerrero.

«No eres ninguna guerrera, Sonya. Tienes miedo porque eres patética y débil. No tienes nada; no eres nadie».

—No —repuso Sonya en un hilo de voz al tiempo que, casi soñando, realizaba las transiciones de una postura a otra.

«No eres una auténtica Poole. La casa solariega lo sabe. La casa solariega te rechaza».

—No —repitió ella mientras el frío le envolvía la piel.

«Podría matarte en un tris y nadie lloraría tu muerte. Te concedo el regalo de permitir que tú misma te quites la vida. De que tengas ese instante de valentía. Ahí fuera, Sonya, ahí fuera. El mar te espera. Ahórrate el dolor, y ponle fin».

—No. —Tiritando, reculó.

En la pantalla, la instructora continuó moviéndose con suma fluidez y gracilidad, incluso mientras la sangre le caía a borbotones por el rostro, por sus largos y flexibles brazos y piernas.

Giró la cabeza y sonrió a Sonya con unos dientes tan afilados como los de un tiburón.

«Inhala, exhala, zorra estúpida. Tu tiempo de respirar está a punto de acabar».

—Y una mierda. —Sonya empuñó el mando a distancia y pulsó el botón de apagado con brusquedad, pero la imagen permaneció en pantalla.

«A ver con esto».

Sonya oyó crujidos de huesos cuando la yogui levantó los hombros, los giró y los rotó. Y de nuevo cuando, sonriendo con un destello en sus dientes de tiburón, agazapó la cabeza y los hombros entre las piernas y la irguió por detrás.

Oyó el crujido de su cuello, y el chasquido de una rama bajo sus pies, mientras giraba la cabeza en círculo.

«Pon fin al miedo. Pon fin al tormento. Entrégate al mar».

—Esa es tu manera de proceder, propia de una cobarde, no la mía.

Desde los ganchos, las correas de ejercicio se enrollaron, se desenrollaron, cayeron. Sonya juró que siseaban como serpientes.

«Líate una al cuello. Será rápido, y serás libre».

—¡No! —Como notó esas punzadas de miedo y era consciente de que fortalecerían a Dobbs, enfiló hacia la puerta.

Que se cerró de un portazo antes de que la alcanzara.

«Entonces, muere aquí, sola en el frío y a oscuras. Nadie acudirá a socorrerte. Y en la muerte, tan sola, vagarás como un alma en pena por la casa eternamente. En mi casa. Jamás será tuya. Jamás será tuya. Es mía por siempre jamás».

La pantalla se apagó, igual que las luces. Lo único que oyó en la oscuridad fueron los siseos. Y, a continuación, el tintineo casi jovial de la campanilla de los criados.

Con la mano casi pegajosa pese al frío, Sonya hizo amago de coger el teléfono y, acto seguido, maldijo al caer en la cuenta de que lo había dejado encima de la isla de la cocina antes de abrir la puerta a los perros.

Extendiendo los brazos al frente, calculó mentalmente el ángulo y la distancia hasta la puerta. Despacio, con cuidado, avanzó. Sin embargo, cuando alcanzó la puerta no se sintió aliviada.

La puerta no se abría.

El siseo adquirió más fuerza, y el frío más intensidad.

Temió que una de las correas se le enrollara en el cuello. Temió que Dobbs la descoyuntara tal como había hecho con Arthur Poole y Johanna.

Trey no acudiría en su auxilio. Se iría a trabajar como si tal cosa. Pasarían horas hasta que Cleo se levantara.

Moriría sola, en el frío y a oscuras.

Gritó cuando una mano se posó sobre la suya.

Acto seguido una voz le susurró al oído:

—Te está mintiendo. Te está mintiendo, Sonya. No estás sola. Eres más fuerte que ella. No te queda otro remedio. Sé más fuerte.

—No estás sola —murmuró Sonya, y empujó el tirador hacia abajo con más fuerza—. Sé más fuerte.

Duchado, afeitado y con muchas ganas de café, Trey cruzó el pasillo en dirección a las escaleras.

El teléfono, en su bolsillo, arrancó con Buckcherry a todo volumen.

— Crazy Bitch [«La bruja loca»].

No se lo pensó, no hizo falta. Corrió como alma que lleva el diablo hacia la puerta del pasadizo y bajó las escaleras al trote. Oyó el sonido de la campanilla, que repicó como la de un cruce de ferrocarril.

Fue a la carrera en dirección a la puerta del gimnasio, al tiempo que llamaba a Sonya a voz en cuello.

Cuando hizo amago de abrirla, se abrió de sopetón.

Sonya se encontraba lívida, con el aliento entrecortado. Pero en sus ojos azules se reflejaba el brillo del triunfo.

—No estaba sola. He sido más fuerte.

Él tiró de ella.

—Estás helada. Subamos a que entres en calor.

—Ya he entrado en calor. —Se zafó de él para volverse hacia la habitación—. ¿Oyes eso, zorra? Fuiste tú la que murió sola. Esta es mi casa, y yo nunca estoy sola.

Puede que lo dijera a voces, puede que pareciera temible, pero temblaba de arriba abajo.

—Vamos, guapa. Anda, ven conmigo.

Dejó que la condujera arriba, y miró hacia atrás momentáneamente cuando el tintineo de la campanilla cesó de sopetón.

—Eso es —masculló—. Eso es. Ve a meterte en tu agujero. Ni siquiera eso te va a durar mucho.

Cuando empezaron a subir las escaleras, el subidón de adrenalina de Sonya comenzó a remitir. Al flaquearle las piernas, se apoyó contra él.

—Has venido en mi busca. Pensaba que no lo harías.

—Clover me avisó de que me necesitabas.

—Es la mejor. Espera un segundo. Me tiemblan un poco las piernas.

Para solucionarlo, la cogió en brazos.

—Te tengo.

—Sí, sí.

Cuando Trey empujó para abrir la puerta del pasadizo, vieron a Cleo, con el pelo enmarañado, corriendo como una bala en dirección a ellos, con la gata siguiéndola con sigilo. Acto seguido, al verlos, apretó el paso.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás herida? ¿Qué…?

—No estoy herida. Solo me está dando un paseo. Vamos abajo, ¿vale? Porque me vendría fenomenal tomarme otro café. Puedes soltarme.

—Te tengo —repitió él mientras Cleo alargaba la mano hacia ella.

—Estás fría. Voy a por una manta.

—No, no, de verdad, no tengo frío. ¿Te ha despertado Clover?