Capítulo 22
S onya y Cleo esperaron un par de días para dar tiempo a la nueva familia a acomodarse. Cuando fueron de visita cargadas de regalos, Corrine les abrió la puerta.
—Una sincronización perfecta. Seth acaba de cambiar a la peque, de modo que está con el estómago lleno y limpia para recibir invitados. Están en el salón.
—¿Cómo se encuentran? —preguntó Sonya.
—Divinamente, la verdad. Kate y yo nos turnamos, pero apenas nos necesitan.
—¿Y tú qué tal, nana?
Corrine sonrió de oreja a oreja a Cleo de camino al salón.
—Ya ves, piensas que jamás volverás a experimentar ese arrebato de amor inconmensurable que corta la respiración al ser madre, al sostener a tu hijo en tus brazos por primera vez, pero ya ves.
Cuando entraron al salón, Seth tenía a la cría en brazos y Anna se hallaba sentada en el sofá doblando calcetines diminutos.
—Me da igual lo que digan, Anna: me está sonriendo.
—Porque quiere a su papi. Lo dice claramente en su modelito —señaló Anna.
Además del gorrito y los calcetines r osas, Fiona llevaba puesto un pelele blanco con la consigna «Quiero a mi papi» dentro de un corazón rosa.
—Papi tiene que compartir —anunció Cleo, y se acercó a él.
Con el semblante iluminado, Anna se levantó con esfuerzo del sofá.
—¡Ay, qué contenta estoy de que hayáis venido! Hemos estado esperando para presumir de ella.
—Pues se acabó la espera. ¿Puedo cogerla, por favor? —Cleo extendió los brazos.
—Hay que tener mucho cuidado y sujetarle la cabeza.
—Esta no es la primera vez que cojo a una criatura en brazos, papi.
—Cleo es un imán para los bebés —comentó Sonya.
—Es cierto. Lo soy.
Sonya rodeó el sofá, dejó la cesta y abrazó a Anna.
—Estás espectacular.
—Privada de sueño, con la mente nublada y disfrutando de lo lindo de ello.
Cleo, con la bebé acurrucada contra el pecho y meciéndola, ni siquiera levantó la vista.
—Normal. Qué cosa más linda. Un trabajo excelente, equipo. —Besó a la bebé en la frente con delicadeza—. Y ya nos adoramos mutuamente, ¿a que sí, Fiona, la deportista olímpica?
—Me toca a mí.
—Espera un momento. Estamos rememorando.
Observándolas como un halcón, Seth frunció el ceño.
—¿Sabéis qué? Da la impresión de que es cierto. Te está mirando fijamente.
—Desde mi punto de vista, todos hemos estado aquí anteriormente.
—En teoría debería sonar siniestro —señaló Seth, pensativo—. Pero resulta entrañable.
—Plantéatelo como una mera continuidad. Está bien, te toca, pero solo porque también te quiero.
—Oh. —Con la bebé en brazos, Sonya le acarició la sedosa mejilla con un dedo—.
Es… Guau. ¡Y fijaos en estas piernas tan largas!
—Se rio y miró fugazmente a Seth—. Sí que sonríe.
No hagas caso de quien diga lo contrario.
Tiene una sonrisa preciosa. Y por la presente, juro que siempre habrá galletas en la casa solariega.
Sonya inclinó la cabeza para besarla.
—Se está quedando dormida. ¡Se ha dormido en un visto y no visto!
—Teniendo en cuenta que ha demostrado que prefiere estar despierta, vamos a aprovechar la coyuntura. Voy a acostarla.
Anna cogió a la bebé y la puso en el moisés, junto al sofá.
—Y, mientras duerme, hay té helado y galletas de mantequilla.
Corrine hizo un gesto en dirección a la mesa del rincón.
—Las mías están casi tan ricas como las de Anna.
—Están buenísimas. Fiona tiene las abuelas más maravillosas del mundo. —Anna se acercó a abrazar a su madre.
—Doy fe de ello —terció Seth—. Cocinan, hacen la colada, recados, nos sustituyen para que echemos una siesta cuando hace falta. Nos enseñaron las tres «aes» imprescindibles.
—Acunar, arrullar y adormecer.
Corrine sonrió con complicidad a Cleo.
—No eres nueva en estas lides. Sentémonos.
Sonya fue a por la cesta.
—Unos regalos de bienvenida de la casa solariega.
—Que sepáis que no era necesario. Aunque nos chiflan los regalos, la verdad. ¡Seth, mamá, mirad! Un dragón rosa de felpa. Oh, y un pelele con dragones rosas.
—Según las hermanas de Baby Mine, nunca sobran los peleles.
—No se equivocan.
Cuando Anna hizo amago de sacar el paquete envuelto que había en la cesta, Cleo le dio unas palmaditas en la mano.
—Ese es el broche de oro.
Anna hizo aspavientos conforme sacaba los regalos.
—Qué detalle tan considerado, tan encantador, tan dulce traer todo esto. Ni siquiera puedo imaginar el broche de oro.
Con una pícara sonrisa, se frotó las manos y acto seguido desenvolvió la caja, retiró la tapa y sacó el relleno.
Los ojos se le anegaron en lágrimas. Negó con la cabeza y alargó las manos para agarrar la de Seth a un lado y la de su madre al otro.
—No… puedo. Ni siquiera puedo…, Seth.
—Yo tampoco estoy seguro de poder hacerlo. —Con la misma delicadeza con la que había sostenido a su hija, sacó el marco doble con la pintura al pastel de la recién nacida junto con la de la nueva familia.
—Es…, es un tesoro. Al mirarlas, siento exactamente lo mismo que cuando… Es un tesoro.
—Queríamos hacer algo que captara el momento —les explicó Cleo— y la ternura y dulzura de ese momento. De modo que nos pusimos manos a la obra juntas.
—Contábamos con modelos maravillosos con los que trabajar —añadió Sonya mientras Corrine sacaba pañuelos de papel para ella y para su hija, y a continuación otro para Seth—. Era imposible que saliera mal.
—Un tesoro, como bien ha dicho Seth. —Corrine inspiró lentamente—. El tesoro de esta hermosa nueva vida, el tesoro del inicio de una nueva familia y el tesoro de las buenas amigas que entienden lo que significa.
Septiembre se aferró al verano, pero Sonya notó que el otoño se abría paso. No solo porque el ambiente era más fresco y las noches más largas, sino por el cambio de tonalidad de la luz.
De momento, las hojas conservaban la exuberancia y el verdor, con la salvedad de algún que otro leve atisbo del color que estaba por llegar.
No obstante, disfrutaban de la luz, que adquirió un matiz dorado.
Incluso mientras trabajaba junto a su escritorio, lo apreciaba en la inclinación de los rayos del sol a través de las ventanas.
Con la determinación de seguir adelante con su misión, arañó unas cuantas horas entre semana para continuar sola la búsqueda en el salón de baile. Esa determinación incluía demostrar a Hester Dobbs que no se dejaría amedrentar.
Recorriendo en círculo la sala, miró las notas adhesivas que había colocado y se dio cuenta de que, lejos de empezar, había terminado.
Había registrado hasta el último de los muebles.
Consciente de ello, Clover reaccionó reproduciendo I Still Haven’t Found What I’m Looking For [«Sigo sin encontrar lo que estoy buscando»] de U2.
—No, efectivamente. Pero lo haré. Y, entretanto, ya he visualizado la idea para esta habitación.
Las mesas, las sillas… Algunas siguen almacenadas en el desván, otras ya están aquí.
Esos dos bancos parecidos a los antiguos de las iglesias que flanquean la puerta doble de la terraza, ese sillón de dos plazas de ahí y este otro de aquí…
Titubeó al tiempo que lo visualizaba mentalmente.
—Todavía falta por elegir las obras de arte, pero hay un buen surtido. Y haremos que esa sala de ahí resulte acogedora.
Sacó el teléfono y, al ver la hora, se dio cuenta de que había terminado antes de lo habitual.
Acompañada por Yoda, salió para ver con más detenimiento las dependencias de los criados ubicadas en esa planta. Y el primer cuarto al que entró fue el de Molly.
Procuró no mortificarse imaginando a la joven irlandesa a la que había llegado a conocer retorciéndose de dolor en la estrecha cama.
—¿Parará eso? —murmuró—. ¿Parará por fin ese suplicio cuando rompa la maldición? Abrigo esa esperanza. Tal vez te marches, te marches a dondequiera que sea más allá de este mundo. Ay, Dios, te echaremos de menos si lo haces. Pero, en cualquier caso, quiero que pare.
Clover intervino con Dead Don’t Die [«Los muertos no mueren»] de Shinedown.
—Bueno, al menos aquí no, o quizá tampoco en otros lugares. Y no de la manera que siempre pensé.
Se dirigió al tocador y, al abrir el cajón de arriba, encontró dentro el frasco con el tapón con forma de mariposa y los peines. A pesar de que la enterneció, sintió escozor en los ojos.
—Está bien, Molly, este es tu sitio durante todo el tiempo que desees.
Me gustaría acondicionarlo un poco para ti.
Colocar un par de coquetas lámparas, un espejo, una bonita alfombra, junto con una mesa y una silla ahí…
del tamaño apropiado para la habitación.
También un par de cuadros del jardín pintados por Cleo.
No querrá que se los compre, pero pienso hacerlo.
Sí, podemos acondicionar esta habitación para ti, hacer que sea un reflejo de ti.
Mientras desarrollaba esa idea, se dirigió al desván y emprendió la búsqueda.
Entusiasmada, levantó una silla con el respaldo ovalado y el borde de madera.
Los motivos florales de la tapicería del respaldo y el asiento le parecieron evocadores.
Ella no buscaba nada chillón o llamativo para Molly, sino algo delicado y cálido.
Tras colocarla en su sitio, reanudó la búsqueda y halló una pequeña mesa auxiliar redonda y una bonita lámpara de mesa con la tulipa con forma abombada. Encontró un pequeño espejo con un sencillo marco de madera con la misma forma que el respaldo de la silla.
Bajó a por herramientas para colgarlo, dejó salir a Yoda y a Pye, y, de camino al desván, pasó por el estudio de Cleo.
—Perdona, sé que estás trabajando.
—Estaba a punto de terminar. ¿Ha pasado algo?
—No, todo en orden. ¿Necesitas las acuarelas que has pintado de la glicinia y las rosas de color rosa?
—No necesariamente, ¿por qué?
—¿Qué precio les pondrías si tuvieras la intención de incluirlas en la exposición?
Cleo resopló, se encogió de hombros y se sacudió el pelo.
—No sé. Teniendo en cuenta el tamaño y la técnica, calculo que unos doscientos dólares. Igual doscientos cincuenta, dependiendo de cómo las enmarque. Insisto, ¿por qué?
—Te las compro. Doscientos por cada una, porque sin enmarcar quedarán aún mejor.
—Si las quieres, son tuyas. No vas a comprármelas.