Capítulo 21 #3
—Sangre. Tenía que haber sangre, según dijo. Se suponía que yo debía saborear vuestra sangre, la de todos vosotros. También la de los animales. Una parte de mí seguía negándose. ¡Joder, no! Pero me daba la sensación de que si no lo hacía…
Bajó la mano y la posó sobre la cabeza de Jones.
—Entré a vuestra habitación, vi a Trey y acto seguido a ti, Sonya.
Fuera lo que fuera lo que conjuró, no fue suficiente.
Sencillamente, no fue suficiente. Palabra de honor que antes yo mismo me habría degollado.
Y la parte de mí que pensó: «Hazlo, y punto»…
Incluso esa parte se sofocó con ese olor.
No me quitaba de la cabeza ese olor, su olor en todo mi cuerpo.
Sin embargo, fui incapaz de hacerlo. No lo haría. Os juro que no lo habría hecho.
—No lo has hecho. —Sonya, al borde de las lágrimas, alargó las manos y asió con fuerza las de Owen—. Owen, no logró persuadirte.
—No te machaques —dijo Cleo casi en tono cortante—. Ella te hechizó. En cuanto a la niebla, desde mi punto de vista es como una droga. Estabas en trance, y a pesar de ello opusiste resistencia, así que no te machaques tanto, joder.
Cuando él hizo amago de hablar, ella espetó:
—Te ha utilizado. Lo mismo que hizo con Collin Poole hace muchísimos años. ¿Y sabéis qué conclusión saco?
—Que Sonya y tú tenéis razón —respondió Trey—. Que ella no puede hacernos daño, no de la forma que pretende. Ha intentado manipular a Owen para hacer el trabajo sucio. Pero le ha salido el tiro por la culata.
—¿Y si no te hubiera encontrado despierto? ¿Y si hubierais seguido durmiendo? ¿Y si hubiera entrado primero al cuarto de Cleo? Podría haber…
—¡Basta! No ha sido el caso. No lo harías. Opusiste resistencia —Cleo le sujetó la mano con fuerza—. Ella hizo lo imposible. Se coló en tu mente, maldita sea, Owen, y tú luchaste. Volviste a la realidad.
—Clover puso música a toda pastilla. Te guardó las espaldas. A todos —corrigió Sonya—. Y, Owen, cuando entraste, parecías angustiado y apuntaste con el cuchillo hacia tu cuello. Fuera lo que fuera lo que conjuró, tú fuiste más fuerte. ¿Oíste sus gritos?
—No.
—Créeme, gritó. La has vencido, y todos estamos aquí. Eres un puñetero héroe.
—No, qué va. No entiendes lo que sentía en la cabeza, en el cuerpo.
—Sé lo que sientes ahora. Y sé que son casi las tres, así que propongo que vayamos a la parte delantera a presenciar cómo muere.
Sonya se levantó de la mesa. Cuando le tendió la mano a Owen, él permaneció inmóvil, incapaz de hablar o moverse. Instantes después asintió con la cabeza.
—Vale.
Rodearon la casa en tropel y se detuvieron sin separarse.
Sonaron las campanadas del reloj. Por encima se alzaba una luna llena y blanca.
Observaron cómo Dobbs se encaramaba a la escollera, observaron cómo su pelo, su vestido, ondeaban con el viento.
Agarrados de las manos, observaron cómo levantaba los brazos hacia el cielo mientras el mar batía contra las rocas por debajo de ella.
Ella pronunció a voz en grito las palabras, la maldición sellada con sangre.
Y saltó al vacío.
Permanecieron inmóviles mientras refrescaba con el tímido avance del otoño.
—Estamos aquí —dijo Sonya—. Estamos juntos. La hemos machacado de nuevo esta noche, y vamos a seguir machacándola. —Se volvió hacia Owen y lo estrechó entre sus brazos—. Sigues siendo mi primo favorito.
Por un momento, él dejó caer la cabeza sobre su hombro.
—Le das miedo. No me cabe duda. Y estoy contigo.
—Lo sé. Sé que lo estás. Ve a dormir un poco. —Lo besó en la mejilla—. Por esta noche ha hecho cuanto ha podido.
Trey la cogió en volandas y la sostuvo en el aire durante unos instantes antes de mirar a Owen.
—Con mujeres como estas no podemos perder.
Él asintió con la cabeza y miró fugazmente a Cleo.
—Necesito un minuto más.
—De acuerdo.
—No, contigo. —La sujetó de la mano antes de que pudiera entrar.
—De acuerdo.
Cuando Sonya y Trey entraron, Owen cerró la puerta y bajó la vista hacia el perro, que permanecía a su lado.
—Ella me ha jodido a base de bien. ¿Este? Cuando adopté a este cabroncete tuerto y peleón, prometí que cuidaríamos el uno del otro. Que no le fallaría. Y esta noche le he fallado. Se ha ensangrentado tratando de ir a mi encuentro.
—Ya sabes que eso no es culpa tuya.
—No hace que sea menos cierto. Sé que vas a decir que no es culpa mía y en gran parte estoy de acuerdo en que no lo es. En que no lo ha sido. Pero necesito decir que lo siento.
—Jones no te guardará rencor.
—Por ti. La deseé, Cleo, y, de haber tenido la oportunidad, allí mismo y en ese preciso instante me habría resultado imposible contenerme.
El sonido que ella emitió destiló una mezcla de paciencia e irritación.
—¿Qué parte de «hechizado» es la que no captas?
—Necesito decirlo: cuando estoy con alguien, estoy con alguien. No me ando con tonterías.
Ella inclinó la cabeza con un ademán.
—Si pensara lo contrario no estarías conmigo.
—No es solo que la deseara. —Como recordaba eso perfectamente, se frotó la cara—. Era como una cuestión de supervivencia. Era una cuestión de vida o muerte, no solo de lujuria. No es lujuria lo que siento por ti.
Ella sonrió y posó la mano sobre la mejilla de Owen.
—Ah, ¿no?
—No solo eso. Ya no. A lo mejor tampoco desde el principio. Bueno, una lujuria buena y sana, claro. Pero esto fue diferente.
—Owen, por supuesto que fue diferente. Ella es diabólica. Su magia es diabólica.
—Pero hasta el momento en que me besó, hasta que la saboreé, estaba perdido. Incluso después… No sé cómo explicarlo.
—¿Crees que alguno de nosotros espera que lo hagas?
Ahora con suavidad, ella le echó el pelo hacia atrás.
—Ella podía haber probado con cualquiera de nosotros. Sin embargo, te eligió a ti porque eres un Poole. Y le ha salido el tiro por la culata porque eres Owen. Ella jamás entenderá lo que es la lealtad y el amor.
—Estoy loco por ti.
—Pues claro.
—Cleo. —Owen tomó la cara de Cleo entre las manos—. He estado loco por mujeres anteriormente, pero no como ahora.
—No hay nadie como yo excepto yo.
—Esa es una verdad como un templo. Necesito que sepas que lo siento.
—La disculpa es innecesaria, pero la acepto. La odio por lo que te ha hecho, por lo que pretende hacernos a todos. Y te valoro más si cabe porque fuiste lo bastante fuerte como para plantarle cara.
—Al final.
—Con eso basta, y me voy a enfadar de verdad como sigas fustigándote por eso.
—Puede que tarde un poco en dejar de hacerlo. Fue intenso. Entretanto, hay algo que jamás he dicho a otra mujer, porque hay que ser cauteloso: te quiero. Y te lo digo porque el suceso de esta noche me ha hecho entender que las cosas se pueden ir a la mierda, así que… ¿por qué esperar?
—Esa es una buenísima razón, de modo que me subo al carro: yo también te quiero.
—Me lo figuraba. —Tiró de ella y la acurrucó contra sí—. Igual que me figuro que no vas a mudarte de aquí hasta que dispongas de un estudio que esté a la altura de este. Y, en cualquier caso, hasta que todo esto acabe.
—¿Me estás pidiendo que, en un momento dado, me vaya a vivir contigo?
—Bueno, sí. —Se despegó de ella—. Más adelante. Tendría que hacer muchas obras, pero es una buena casa, con vistas magníficas, sobre todo desde la planta de arriba.
—¿Cuándo es «más adelante»?
—Dentro de un año más o menos, lo más probable, para hacerlo como es debido.
—Está bien, para entonces nos habremos librado de Dobbs. Tengo la firme determinación de hacerlo.
—Estupendo, y después de eso, nos casaremos ahí dentro, donde sea. Sonya no va a echarnos a ninguno de los dos.
—¿Quién ha dicho nada sobre casarse?
—Yo. Te construiré un pedazo de estudio, Lafayette, pero debes comprometerte.
—Enséñame el diseño y le daré la debida consideración.
—Me pondré con ello. Pero no lo conseguirás a menos que te cases conmigo. Ese es el trato.
Mientras lo miraba, Cleo concluyó que, en su escala de valores, ese momento hizo que repicaran las campanas del amor.
—Tendrá que ser alucinante.
—Me aseguraré de ello. Cuidaremos el uno del otro.
—Sí, sí. Lo haremos.
—No te fallaré.
Y, de nuevo, repicaron las campanas.
—Lo sé. Lo mismo digo. Vamos dentro. Tienes que levantarte dentro de un par de horas.
Cuando se disponían a entrar, él miró hacia arriba.
—No habría sacado a colación todo esto aún si ella no hubiera montado ese numerito de mierda esta noche.
—¿Ves? Ella ha perdido en muchos sentidos. Y va a seguir perdiendo, Owen. Ahora lo tengo más claro que nunca.
—Si hubiera llegado a hacerte daño…
—Para. No ha sido el caso.
—O sea, si ella hubiera conseguido salirse con la suya… Si me hubiera empujado (o quizá no habría habido necesidad de empujarme) a matarme… Eso es lo que ella pretendía.
Puesto que Cleo había hecho la misma reflexión, se limitó a asentir con la cabeza.
—Jamás lo conseguirá. Ninguno de nosotros hará daño a otro por nada del mundo. Has mencionado que teme a Sonya.
—Esa fue mi sensación. En el transcurso del incidente, esa fue mi sensación.
—Coincido contigo. Es más, creo que teme lo que existe entre los cuatro, esa lealtad y ese amor. Es imposible que ella gane frente a eso. A lo mejor nos encontramos en un punto muerto hasta que descubramos cómo conseguir los anillos, pero es imposible que gane frente a lo que los une.
Cleo miró hacia el fondo del pasillo antes de entrar al dormitorio y pensó en el esplendor inmenso y luminoso del vínculo de amistad y amor duradero y fuerte.