Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Ay, no es tan fácil, mi amor. La gloria que te proporcionaré tiene un precio. Tan solo has de pagarlo, y te brindaré una eternidad de placeres como jamás hayas conocido. Acepta mi ofrecimiento, Owen Poole, paga ese precio y seré tuya por siempre jamás.

—¿Qué quieres? ¿Cuál es el precio?

—Debes proporcionarme sangre. Es preciso que el precio conlleve sangre. Acepta lo que te ofrezco. Acéptalo y proporcióname sangre. Mátalos. Mátalos a todos y todo cuanto anheles será tuyo.

—Mátalos —repitió él, y bajó la vista al cuchillo que sujetaba en la mano—. Mátalos a todos.

—Y hazlo sin dilación. Mátalos. A tu prima, a su amante, y luego a su amiga.

Deja que su sangre, tibia y espesa, fluya entre tus manos.

Sa boréala, debes saborear la sangre de uno tras otro, tan dulce, tan fresca.

Y cuando acabes lo que debes hacer, saca sus cuerpos de mi casa.

Los quemaré hasta reducirlos a cenizas. Entonces, solo entonces, me tendrás.

Algo cambió cuando ella se aproximó a él, aunque él no supo identificarlo. A continuación, Dobbs rozó los labios con los suyos.

—Solo para abrir boca —murmuró ella—. Solo para abrir boca. Haz lo que hay que hacer, y después ven a por todo. Por siempre jamás.

Él enfiló hacia la puerta.

—Owen, mata a los animales también. Que no quede ninguno en mi casa solariega.

Owen salió. Jones se frotó contra sus piernas, y le manchó los tejanos con la sangre que llevaba en el hocico de embestir contra la puerta.

Asiendo con fuerza el cuchillo en la mano, avanzó entre las tinieblas.

«Mátalos», había dicho ella. «Mátalos a todos».

Bajó a la primera planta. Una necesidad apremiante lo embargó por completo. El sabor de ella aún permanecía en sus labios, su fragancia lo envolvía, y su voz le resonaba en los oídos.

Aguzó la vista en dirección a la puerta doble del fondo del pasillo. La torrecilla. El dormitorio principal.

«Será nuestra —murmuró Dobbs en su cabeza—. Todo será nuestro».

Al llegar a la puerta, comenzó a sonar música a todo volumen, y los perros lanzaron aullidos de advertencia.

Irrumpió en el dormitorio.

Trey se hallaba de pie junto a la cama; Sonya, saliendo con precipitación.

Con la garganta seca como el polvo y el dolor latente en cada una de sus células, Owen apuntó el cuchillo hacia su propio cuello.

—Primero acabaría conmigo mismo, jodida arpía. Quítamelo, Trey. Por lo que más quieras, quítamelo antes de que lo haga. Soy incapaz de soltarlo.

—Ya lo tengo. Tranquilo.

Tras hacerse con el cuchillo, Trey lo dejó caer sobre la cama. Cuando Owen se tambaleó, lo sujetó.

Se oyó un grito estentóreo, de algo que llevaba más de dos siglos en un estado sobrenatural.

—Sonya, trae una manta. Está helado.

—No, no, tengo que… vomitar.

Cuando Owen salió disparado hacia el cuarto de baño, Trey fue detrás de él.

—Coge el cuchillo y vete abajo.

Cleo entró como una exhalación.

—¿Qué…?

—Yo me encargo. ¡Vamos! —Trey cerró la puerta del baño de un portazo.

—Sonya, ¿qué pasa? —Cleo se acercó a la puerta del baño y oyó el sonido de las arcadas de Owen.

—Trey está con él. Vamos a bajar a hacer té. Estaba muy frío y lívido.

Al coger el cuchillo se estremeció.

—Dobbs asesinó a Astrid con este cuchillo. Lo reconozco.

—¿Qué hace aquí?

—Lo tenía Owen. —Sonya agarró a Cleo del brazo y tiró de ella hacia el pasillo—. Vamos abajo. Nos contará lo que ha pasado cuando pueda. Pero creo, Dios mío, Cleo, creo que Dobbs intentó convencerlo para que nos asesinara.

—Jamás lo haría, con independencia de lo que ella hiciera.

—Y no lo ha hecho.

Al llegar al descansillo, Sonya miró hacia arriba. Daba la impresión de que se estaba librando una batalla en el salón dorado. Al tiempo que las finas volutas de niebla se dispersaban y disipaban con la luz.

—Me parece que ella lo hechizó para que subiera ahí arriba. Ya nos lo contará —repitió, y miró el cuchillo que sujetaba en la mano.

—Yo prepararé el té. Hay que guardar eso en algún lugar seguro. En algún sitio que esté fuera del alcance de Dobbs.

—Fuera de la casa —convino Sonya—. No puede permanecer en la casa. Voy a sacarlo ahora mismo a ponerlo a buen recaudo en mi coche.

El portón doble de la entrada principal se abrió de golpe, se cerró, se abrió y volvió a cerrarse. Las luces parpadearon.

—Esto va fuera ahora mismito.

Sonya enfiló a grandes zancadas hacia el portón, abrió una hoja de un tirón y salió bruscamente. De camino al coche resonaron más gritos estentóreos. Las ventanas del salón dorado se abrieron con estrépito.

Se giró con el cuchillo en la mano, lista para usarlo si algo salía volando en dirección a ella.

—Pero esta noche estás en las últimas, ¿a que sí?

Guardó el cuchillo en la guantera. Los gritos se apagaron cuando entró a la casa y fue a toda prisa hacia la cocina.

—No me he despertado, Son. Con independencia de lo que le haya sucedido, no me he despertado.

—Lo mismo que todos. Solo se me ocurre pensar que sea lo que sea lo que ella orquestó iba dirigido específicamente a él.

—Porque es un Poole. Al menos Dobbs ha cerrado el pico de una puñetera vez.

—Coincido contigo, aunque me agrada la idea de que estuviera muy pero que muy cabreada. Tomemos el té fuera. Apuesto a que a él le sentaría bien que le dé el aire, igual que a las mascotas.

Dejaron la puerta trasera abierta a la noche y colocaron el té en el porche junto con una botella de whisky.

Cuando ellos finalmente bajaron, Owen parecía más recompuesto, su semblante había recuperado el rubor. Sin embargo, su mirada parecía angustiada.

—Perdonad, necesitaba una ducha. La sentía por todo el cuerpo. Tenía su olor impregnado en todo el cuerpo.

Negó con la cabeza cuando Cleo le ofreció un vaso con dos dedos de whisky.

—Con eso me basta. —Al sentarse, hizo un gesto en dirección al té—. ¿Dónde está el cuchillo?

—Lo he puesto a buen recaudo en la guantera de mi coche. No conviene que esté en la casa. Es con el que asesinó a Astrid.

—Claro. —Owen apretó las yemas de los dedos contra los ojos—. Claro.

—Bebe un poco de té. —Cleo le masajeó los hombros antes de acomodarse—. Tómate tu tiempo. Cuando estés listo, nos lo dices.

El té no era algo que él acostumbrara a beber, pero, pese a todos los espasmos, aún notaba el frío en las tripas. Por tanto, cogió la taza y bebió. En vista de que se le suavizó la irritación de la garganta, hasta el estómago, bebió de nuevo.

—Me desperté de sopetón, de buenas a primeras. Miré la hora y era…, no sé, la una y media más o menos. Es confuso. Entonces oí mi nombre, dentro de mi cabeza, una y otra vez, y sentí algo.

Miró a Sonya.

—No la atracción que tú describes hacia el espejo, sino como algo que me instaba a levantarme, a echar un vistazo, ¿sabes?

—No me despertaste.

—Ni siquiera se me pasó por la cabeza —le dijo a Cleo—.

De lo contrario, probablemente tampoco lo habría hecho porque de primeras fue más bien…

¿Qué sé yo? Salí al pasillo, tal vez con la intención de ir en busca de Trey, pero el caso es que no lo hice.

Era consciente de que no se trataba de un sueño.

Era consciente de ello, si bien es cierto que esa era mi impresión. Como si no fuera del todo real.

Se quedó mirando fijamente el té, procurando recordar, pero el recuerdo iba y venía sin cesar.

—Sé que empecé a subir a la segunda planta, y a partir de ahí no lo tengo claro. Tengo niebla mental, joder —masculló, y se frotó la frente.

—De hecho, había niebla —terció Sonya—. Aunque estaba disipándose, desvaneciéndose, una especie de neblina envolvía las escaleras y la segunda planta.

—¿Conque era real? Porque esa era mi impresión, la de estar abriéndome paso a través de un muro de niebla. Y el olor… Me tenía cogido por los huevos. Jones estaba allí.

Bajó la vista hacia Jones, sentado junto a su silla como un centinela.

—Una parte de mí era consciente de ello, pero… Eso era lo de menos. No tuve más remedio que seguir avanzando.

Cerró los ojos y trató de visualizarlo.

—Me parece que la puerta estaba abierta. La puerta del salón dorado. Alcancé a oír a Dobbs, alcancé a olerla, hostias.

Dejó caer la cabeza entre las manos.

—La deseaba como el aire que respiro. Más.

De buenas a primeras, estaba ahí dentro con ella.

No recuerdo haber entrado, pero ahí estaba.

Y… una parte de mí, en el fondo, sabía quién era.

En cuanto al resto de mí…, simplemente la deseaba.

No recuerdo lo que dijo en un primer momento, ni de lo que yo contesté, porque estaba cegado por la sensación, el anhelo.

Enredó los dedos entre el pelo, resopló y bebió más té hasta que logró tranquilizarse de nuevo, al menos en cierta medida.

—Dijo algo… Que éramos el señor y la señora de la casa solariega.

Que Sonya no era una auténtica Poole, pero que yo sí, y que se entregaría a mí para siempre.

Que podía ser mía. Yo lo deseaba. Tenía la sensación de que estaba dispuesto a morir por ello.

Habría hecho cualquier cosa que me pidiera con tal de conseguir eso. De conseguirla.

»Instantes después tenía el cuchillo en la mano.

Ella dijo (esto lo recuerdo con claridad): “Mátalos. Mátalos a todos. A tu prima, a su amante, y luego a su amiga”.

Que, cuando sacara vuestros cuerpos de su casa, ella los quemaría.

Y que estaríamos juntos para siempre. Que si hacía esa única cosa, mataros a todos, podía hacer cuanto se me antojara con ella.

Compungido, apretó los puños sobre la mesa.

—Por un momento, o el tiempo que fuera, mi intención fue hacerlo. Hacerlo con tal de tenerlo todo. A ella. Entonces me besó.

Conteniendo las náuseas de nuevo, resopló rechinando los dientes.

—Me supo a muerte. Me asqueó y me puso cachondo. Poco después me encontraba en el pasillo de nuevo, con ese olor impregnado por todas partes. Tenía su sabor impregnado en la garganta y… Un momento.

Hizo un sumo esfuerzo por hacer memoria.