Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

T rey se presentó aquella noche con más fotos y anécdotas.

—Todo iba bien cuando llegué allí, incluso cuando me dijo, tan campante: «Creo que estoy de parto».

Se sentó con Sonya y Cleo a contemplar el mar y esperar a Owen.

—Yo respondí: «Voy a llamar a Seth», y va y me dice que está fuera, en una excursión en barco, y que de todas formas le da la impresión de que es demasiado pronto.

Quise avisar a mi madre, claro, pero Anna repuso: «Espera un poco».

Pues nada, le hice caso, no iba a marcharme como si tal cosa.

Entonces tuvo una contracción, empezó a jadear y se puso pálida.

—Y tu entraste en pánico —apostilló Sonya.

—Aún no. Más bien me dio por decir: «Tranquila, pero voy a llamar a Seth, y a la matrona».

Y sí, ella coincidió en que probablemente fuera una buena idea puesto que no se trataba de una falsa alarma ni de una indigestión como ella pensaba…

Y resulta que ya llevaba así un par de horas antes de mi llegada.

Avisé a Seth, cogí su bolsa y la conduje al coche. Hasta ahí, todo bien.

Negó con la cabeza y respiró hondo.

—Al llegar al hospital de maternidad, todo se precipitó de repente. Seth se encontraba a un par de horas de distancia, y mi madre estaba en medio de una sesión de fotos y no podía regresar al pueblo hasta una hora después.

—O sea, que estabas tú solo. —Cleo se echó a reír—. Por eso entraste en pánico.

—Yo no lo llamaría «pánico», pero rozándolo. Era preciso avisar a los padres de Seth, a mi padre, y a ti porque iba a llegar a las tantas. Y van y me dejan solo en la habitación con ella. Vamos, ella y yo solos. Es que necesitaba refuerzos.

Bebió un sorbo de vino.

—En fin, el caso es que una vez que se presentó allí Owen, después mi padre y finalmente mi madre, todo bien. Más tarde apareció Seth. El caso es que fue una experiencia.

—Y todo va bien —señaló Sonya.

—Todo va de maravilla. Pero no me tomé a mal que me echaran con cajas destempladas, y no me avergüenza reconocerlo.

Madre de Dios, es una movida, Señor. Después tienes la impresión de que no fue nada.

Anna, con la bebé en brazos, y nosotros haciendo fotos y vídeos. Riéndose, como si nada. Como si nada.

Bebió de nuevo.

—Juro por Dios que te hace plantearte cómo es posible que la especie humana sobreviva.

—Porque… ¿quién dirige el mundo, Clover?

El teléfono arrancó con Who Run the World? Girls [«¿Quién dirige el mundo? Las chicas»] a todo volumen.

—Visto lo visto, no tengo nada que decir en contra. He de empezar a mandar flores a mi madre todas las semanas. Quizá a diario.

—Tenemos un regalo de bienvenida para la nueva familia —le dijo Sonya—. Podrías llevárselo mañana.

—Podríais llevárselo vosotras mismas. O sea, le han dado el alta hoy. —Se limitó a negar con la cabeza—. Como si nada.

—Vamos a dejarlos tranquilos unos cuantos días. Porque sí que fue algo.

—Y tanto que sí, caray.

Mookie y Yoda dieron la señal de alerta y, segundos después, oyeron que se aproximaba la camioneta de Owen.

—¿Y él cómo se lo tomó? —preguntó Cleo.

—Con la fuerza de una roca, todo sea dicho.

—Es bueno saberlo. —Cleo se levantó y salió tranquilamente a darles la bienvenida a él y a Jones.

—Ni siquiera he preguntado qué tal por aquí.

—Muy bien. Cleo y yo encendimos un montón de velas y pasamos una noche para chicas. Después, bueno, hubo un después que ya te contaré. Cleo quiere usar la parrilla porque estamos en septiembre, o sea, que no queda mucho más tiempo para hacerlo. Te pondré al corriente mientras la encendemos.

Una vez que se acomodaron en el porche, con la parrilla humeante, les contó a Trey y a Owen que había visto a Agatha.

Y, a continuación, el incidente de los retratos.

—Qué zorra más despiadada —opinó Owen.

—Ella quería que te derrumbaras, y esa era una forma infalible de conseguirlo. No va a salirse con la suya.

Sonya, agradecida, miró a Trey.

—Dudo que Dobbs pudiera haber hecho algo que afianzara más mi determinación en derrotarla. Es más, como he dicho antes, no creo que pueda hacerme daño de verdad. Ahora estoy más convencida de ello. Más convencida de que le resulta imposible, pues de lo contrario perderá el poder que ostenta aquí.

—Porque tú no eres una novia.

Ella asintió con la cabeza en dirección a Trey.

—Porque no soy una novia, y ahí es donde Dobbs cayó en su propia trampa.

Y los retratos revisten importancia. De alguna manera, no sé cómo, averiguaremos el porqué.

Sí que me derrumbé —admitió Sonya—. Y encima, tuve que pasar por ese trago justo después de ver a Agatha, de empatizar con ella y con todo lo que perdió.

Sin embargo, fue pasajero. Dobbs cometió un error al aprovecharse de lo que siento por esas mujeres, de mi vínculo con ellas.

No permitiré que las mantenga cautivas eternamente y ni de coña consentiré que se lleve a otra.

—No sabe con quién se la está jugando, guapa.

Con gesto risueño, Sonya levantó su copa en dirección a Trey.

—Esa es una verdad como un templo, joder.

Owen nunca había conocido a nadie que durmiera como Cleo. Cuando esta se disponía a dormir, se quedaba roque en cuestión de segundos. Y, una vez dormida, permanecía inmóvil sin hacer el menor ruido. Hasta el punto de que rozaba lo inquietante.

Sin embargo, estaba convencido de que a pesar de ello se despertaría en un santiamén si a Sonya le diera por caminar sonámbula por el pasillo. Curiosamente, él también.

Pero a Sonya no le dio por caminar sonámbula, y Cleo no se despertó.

De primeras no supo qué lo había despertado. Eran menos de las tres de la madrugada, de modo que no se trataba de las campanadas del reloj, la música, el llanto o los murmullos.

Permaneció en la cama unos instantes, escuchando la oscuridad, el sonido del mar, los suspiros nocturnos de una vieja casa. Se giró para conciliar el sueño de nuevo.

Juró que oyó pronunciar su nombre. La llamada no era un susurro, no era un murmullo, sino como un sonido tenue y amortiguado dentro de su cabeza.

Pero no lo era.

Al aguzar el oído, volvió a escucharlo.

«Owen. Owen Poole. Owen. Owen Poole».

Se preguntó si lo que percibía era similar a lo que Sonya experimentaba con la llamada del espejo. Sin embargo, su sensación no era la de una atracción. Era más bien una… invitación.

Intrigado, salió de la cama y se puso los tejanos rápidamente.

Jones irguió la cabeza y aguardó. Owen hizo amago de aproximarse a la ventana para echar un vistazo, pero no, no era eso, de modo que dio media vuelta y enfiló hacia la salita de estar, y el perro, como siempre, se levantó para acompañarlo.

Se internó en el pasillo, y la intriga dio paso a una especie de ensoñación. Pero no estaba soñando: tenía la certeza de estar despierto, consciente.

Y, a pesar de ello, en vez de dirigirse al fondo del pasillo para avisar a Trey, torció hacia el otro lado.

En dirección a las escaleras, hacia una especie de fina neblina procedente de la segunda planta.

Despedía una fragancia misteriosa. De oscuros secretos femeninos. Irresistible. Con cada respiración, avivó algo que le caldeó la sangre bajo la piel.

Se le empezó a acelerar el pulso.

Jones, a su lado, gruñó, pero Owen no hizo caso de la advertencia. No se percató ni se inmutó.

La neblina se espesó a la altura del umbral del estudio de Cleo, como un muro que bloqueaba la habitación, las ventanas. Y, como el muro parecía arrinconarlo, no oyó nada salvo la voz que lo llamaba.

En ese momento, nada deseó más en el mundo que responder.

De pronto, la puerta del salón dorado se abrió de par en par y la luz, tenue como la voz, emanó con tal intensidad que iluminó las tinieblas.

Jones gruñó otra vez, y acto seguido dejó escapar varios ladridos guturales y rugidos de advertencia. Owen apenas reparó en ello.

El fuego corría por sus venas, por su estómago, por sus entrañas. Ningún poder sobre la faz de la Tierra podría impedirle llegar a esa puerta abierta.

Donde ella se hallaba apostada, iluminada por miles de velas, con el pelo ondeando y el vestido moldeándole el cuerpo como una segunda piel.

Cuando ella sonrió, el deseo de Owen se convirtió en anhelo, en un anhelo placentero.

—Owen Poole. Te doy la bienvenida.

Él cruzó el umbral.

Jones saltó, pero la puerta se cerró de sopetón, y se estampó contra ella.

La luz de las velas oscilaba entre las tinieblas. En el aire flotaba un perfume tan embriagador que Owen a duras penas pudo tomar aliento y, cuando lo hizo, el sabor lo embargó con una especie de ansia enloquecida.

—Te he estado esperando. Te he esperado para que tomes mi cuerpo, para que te deleites con él a tu antojo, para que te sacies con él. —Mirándolo, ella deslizó las manos desde sus pechos hasta las caderas—. Deseas este cuerpo. Lo ansías.

El deseo casi lo sofocó.

—Sé quién eres. —Las palabras le desgarraron la garganta a Owen hasta el punto de saborear la sangre—. Lo que has hecho. Lo que deseas.

—Tú eres lo que deseo, Owen Poole. —La sensación de su voz fue como la de una mano fría sobre una herida caliente—.

Te han arrebatado la casa. Es tuya por derecho de sangre.

Ella no es una auténtica Poole. Esta casa me pertenece, por derecho de la sangre que tomé, la sangre que di.

La compartiremos eternamente, tú y yo. Tú y yo solos.

Haré cuanto desees, por siempre jamás. Nosotros somos, y seremos, el señor y la señora de la casa solariega. Dilo.

Lo penetró con la mirada.

—Di que me deseas. Di que solo deseas darme lo que anhelo y tomar todo cuanto anhelas.

—Te deseo. —Más que su siguiente respiración. Como una roca, con el sudor cubriéndole la piel, alargó la mano hacia ella.

La descarga le paralizó la mano, le recorrió súbitamente el cuerpo de arriba abajo y le cortó la respiración.

Ella se rio y a él, con la vista empañada, se le antojó la criatura más bella del mundo.