Capítulo 20 #3
Con expresión horrorizada, observó cómo los rostros de las novias se consumían hasta dejar a la vista sus cráneos mientras sus cuerpos se descomponían.
—Yo les hice esto. —La voz susurró cerca, tan cerca que Sonya notó el aliento de las palabras sobre su piel, con el vello erizado—. Les provoqué la muerte, una muerte dolorosa, un amargo final. Cambié su alegría por una pena tan profunda como un pozo sin fondo. Lo mismo haré contigo.
Algo maligno comenzó a emanar de los cuadros, a derramarse por el suelo y acto seguido como un río torrencial en dirección a ella.
—Corre o encontrarás ese destino.
Podría haberlo hecho. Podría haber empuñado rápidamente a su tembloroso perro e ir volando en busca de Cleo. Y, en ese instante de pavor y repulsión, podría haber sacado a Cleo a rastras de la casa.
Pero el reloj marcó las tres.
La casa recuperó la quietud. Por un momento, todo se silenció. Notó cómo se formaba una cálida corriente que empujaba el frío, y una bruma en la habitación.
Detrás de ella, los retratos se hallaban tal como se habían pintado: las novias ataviadas con sus mejores galas, luciendo las alianzas, sujetando los ramilletes de flores.
Se sobresaltó cuando la música comenzó a sonar. No el estrépito, sino la melodía nocturna de Astrid. Sin aliento, con asombro, observó cómo las teclas se movían de arriba abajo, pero no vio a nadie.
Al parecer Yoda sí, puesto que fue hacia el piano a toda prisa, se sentó en el banco y se puso a dar coletazos al tiempo que miraba hacia arriba.
Con la certeza de que ahora él estaría a salvo, se encaminó hacia la puerta principal y volvió a abrirla.
Ni rastro de Dobbs sobre la escollera. Ya había saltado al vacío, pensó Sonya. Ya se había arrojado sobre las rocas para escapar de la horca, para sellar la maldición con su propia sangre.
—Una muerte dolorosa y un final amargo para ti también. Voy a recuperar los anillos para sellar eso. Voy a arrancarte esos anillos de tus manos asesinas.
Clover se remontó al pasado con Keep on Pushing [«No desfallezcas»] de Curtis Mayfield se limitó a alargar la mano para agarrar la mano libre de Sonya.
—No fue solo con la intención de asustarte —comentó cuando Sonya terminó—, sino de hacerte daño.
De removerte por dentro, de conmocionarte, herirte y amedrentarte.
De hacerte presenciar, además de la muerte de las novias, los estragos de la muerte.
Y, para colmo, por medio de las obras de tu padre, de las obras de tu padre y de Collin.
—Has acertado de pleno. Me entraron ganas de echar a correr, Cleo.