Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

La pareja —él con un atuendo formal negro, ella con un vestido largo de color verde claro y guantes blancos hasta el codo— paseaba por el césped. Ella, de pelo oscuro, lo llevaba recogido en un moño alto, lo cual realzaba su escultural figura. Una peineta relucía sobre el moño.

Cuando pasaron por su lado, lo bastante cerca como para rozarla, Sonya reconoció a Owen, a un joven Owen Poole, y a Agatha, la cuarta novia.

—Esta noche hace más fresco de lo que me figuraba —dijo él—. ¿Vas bien abrigada, o voy a por tu chal?

—Soy de constitución fuerte y estoy a gusto, gracias. Hace una noche bastante agradable. Mis padres y yo siempre agradecemos una invitación a Poole Manor.

—Mi padre disfruta mucho de su compañía. Al igual que yo disfruto mucho de la tuya.

—Y yo de la tuya, por supuesto.

Cuando él se ladeó hacia Agatha, a Sonya le vino a la memoria el día en que lo vio caminando con Moira. No era lo mismo, pensó. Ahora él sonreía con agrado, sí, pero no con alegría.

Le dio la impresión de que ambos se comportaban con la rigidez de las formalidades más que con cualquier atisbo de amistad.

—Mi querida Agatha, puesto que nuestras familias están unidas, abrigo la esperanza de que tú y yo podamos unir nuestras vidas en el matrimonio.

Mis sentimientos hacia ti son profundos y genuinos.

Juro que seré un devoto y fiel esposo, y que te proporcionaré una vida cómoda. ¿Me harás el honor de ser mi esposa?

Hasta el mar guardó silencio al tiempo que Agatha se dirigía a Sonya.

—Creo que él habría cumplido esa promesa, pues Owen Poole era un hombre honorable.

—Así es. Según todo lo que he sabido acerca de él, era un hombre honorable.

—En lo que a él respecta, yo habría sido una buena y fiel esposa para él, una buena y honorable señora de la casa solariega.

—Sí, me consta que sí.

—Owen Poole y yo nos compenetrábamos bien en los aspectos relevantes para arreglos de esa índole. Hacíamos una pareja espléndida. Ella me arrebató eso. Me quitó la vida precisamente en el día más señalado.

—Lo lamento mucho.

Agatha inclinó la cabeza.

—Te creo, pero lamentarse es en vano. Debes recuperar mi anillo, junto con todos los demás. Es tu deber. —Dirigió la vista hacia la casa solariega, detrás de Sonya—. Yo habría sido una concienzuda señora de esta casa, y una buena y fiel esposa.

Seguidamente, volvió a mirar a Sonya.

—Él no me amaba, ni yo a él. Pero hacíamos muy buena pareja. Y aquella noche, cuando creí vislumbrar mi futuro, me sentí muy feliz.

Las olas batieron contra las rocas mientras Agatha se volvía hacia Owen. Él tomó la mano que ella le tendió.

—Acepto tu proposición de matrimonio con todo mi corazón.

Acto seguido desaparecieron, lo mismo que las estrellas y la luna.

Mientras conducía a las mascotas dentro, Sonya se preguntó por qué en cierto modo resultaba más triste que no hubiera existido amor, tan solo deber.

Arriba, se tomó su tiempo en poner por escrito la experiencia. A esas alturas las había visto a todas, no solo en el día en que murieron, sino en el más allá.

¿Sería otro paso hacia las respuestas? Tal vez, pensó. Al menos eran pasos para entender a cada mujer.

A continuación, apartó ese pensamiento de su cabeza y pensó en Anna. Este era el ahora, y al menos esta noche, pondría su mente y su energía en el ahora.

Se llevó consigo el teléfono a la cama. Yoda se desplomó en la suya, y ambos se quedaron dormidos casi en el acto.

Se despertó de un respingo con el sonido del teléfono a las dos y veintiséis minutos de la madrugada.

—¿Está bien la bebé? ¿Está bien Anna?

—Todo el mundo está bien. Todo el mundo está divinamente. Sobre todo Fiona, la deportista olímpica.

—Fiona, la deportista olímpica. —Sonya se echó el pelo hacia atrás y se incorporó en la cama—. Qué lindo.

—Ella sí que es linda. En serio. Voy a enviarte una foto. Tengo un millón, pero empezaré con una.

—Espera. A ver si la recibo, déjame ver. ¡Oh! Oh, qué cosa más linda. Fiona, tiene el pelo negro como el azabache. ¡Qué cantidad de pelo!

Sin soltar el teléfono, salió con dificultad de la cama.

—Voy a darle la noticia a Cleo.

—Tres kilos y medio. Bueno, te mando una foto más. De la nueva familia.

Ella la abrió al tiempo que empujaba la puerta del cuarto de Cleo para abrirla. Anna, cansada y radiante, Seth con el asombro y las lágrimas en los ojos. Ambos sonriendo de oreja a oreja mientras observaban a la bebé, acurrucada en los brazos de Anna.

—Tienes que enmarcar esta. Es un momento perfecto.

—Ha habido muchos. Puedo ir para allá si quieres.

—Vete a casa y duerme un poco. Nosotras estamos perfectamente, y me quedo corta. Nos vemos mañana, tío Trey.

—¿Qué te parece? Voy a echarle una última ojeada y me voy a casa, que voy a caer rendido. Oye…, te quiero.

La sensación de calidez y júbilo que la embargaba se intensificó.

—Yo también te quiero. Diles a Anna y a Seth que muchísimas felicidades de mi parte. Buenas noches.

Se sentó en el borde de la cama de Cleo y posó la mano en el brazo de su amiga.

—Cleo, soy Sonya. ¿Te gustaría ver una foto de Fiona, la deportista olímpica?

—¿Eh? ¿Qué? Ah, ¿la bebé?

—Voy a encender la lamparita con luz suave. Prepárate. Fiona, la deportista olímpica, ha llegado al mundo.

—¿Fiona? Me encanta. —Cleo parpadeó contra la luz y seguidamente miró la pantalla del teléfono, que Sonya sostenía en alto—. Oh, ¡qué preciosidad! ¿A que dan ganas de comérsela como si fuera un helado? Con chocolate caliente, nata montada y dos cerezas encima. ¿Cómo se encuentra Anna?

—Ahora verás. —Deslizó el dedo por la pantalla para mostrar la siguiente foto.

—Vaya, se me ha derretido el corazón. Todo radica en eso, ¿verdad? En eso precisamente: en el nacimiento de una familia. Estoy deseando conocerla.

—Según Trey, tiene un montón de fotos, de modo que le pediré que me envíe más mañana. E igual averiguo cuándo podemos ir a verla. —Sonya echó otro vistazo y soltó otro suspiro—. Ya que estás despierta, que sepas que he visto a Owen y a Agatha.

—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Dónde?

—Cuando saqué a las mascotas, antes de acostarme. Ahí fuera. La noche en la que él se le declaró.

Cuando le narró la escena, Cleo se recostó sobre las almohadas.

—Qué triste, ¿verdad? Que hicieran buena pareja, eso era lo que importaba. Posiblemente les habría ido bien juntos, ambos se habrían amoldado y habrían cumplido con su deber. Ella no lo amaba, pero no merecía morir.

—No, qué va. Ella era consciente de que él no la amaba, pero lo aceptó. Me dio lástima por ella. Bueno, hoy es un día feliz, y no voy a pensar en eso. Me voy a la cama.

De camino a su cuarto, dio un leve respingo cuando la puerta se abrió un pelín más. Acto seguido se echó a reír al ver a Yoda salir.

—Me has asustado. ¿Te he despertado a ti también? Volvamos a la cama.

Pero él gimoteó, se retorció y le dedicó una de sus elocuentes miradas.

—¿En serio? ¿Ahora? En fin, si no tienes más remedio, no hay más que hablar.

Lo condujo abajo, o más bien él la condujo a ella, tomándole la delantera escaleras abajo a la carrera. Salió como una flecha en el instante en que ella abrió la puerta.

Apoyada contra la jamba, ahora bostezando, algo atontada mientras aspiraba el aire de la noche, se dejó arrullar por el sonido del mar.

El viento había despejado las nubes, de modo que en ese momento un millar de estrellas brillaban con luz tenue en la noche, clara como el cristal.

En el ambiente se percibía un frescor que anunciaba con la misma claridad el final del verano.

Yoda no tardó mucho en volver raudo a su encuentro, esta vez moviendo la cola.

—¿Te encuentras mejor? Ahora soy yo la que ha de hacer pis.

Dado que se hallaba más cerca, enfiló hacia el lavabo.

Cuando salió, Yoda estaba apostado en el pasillo, con la vista clavada en la sala de música, donde la luz emanaba a raudales a través de la puerta abierta.

—No la dejamos encendida. ¿Qué ves? El pulso se le aceleró conforme se aproximaba al perro. ¿A Astrid, se preguntó, junto al piano, lista para tocar su triste canción?

El carillón del reloj de pared no tardaría en marcar las tres. Dobbs se apostaría en la escollera. Carlotta lloraría con amargura en el cuarto del bebé. Molly moriría agonizando, sola en su habitación.

Con cautela, se aproximó al umbral. La sala, el aire que se respiraba en ella, parecía latir como una herida. No había nada, no había nadie.

Sin embargo, algo…

Entonces los retratos cambiaron.

En vez de un vestido de novia, Catherine llevaba una fina bata encima de un fino camisón.

Su piel adquirió una fría tonalidad azulada.

Marianne, con el pelo enmarañado, el camisón empapado de sudor y sangre, observaba con la mirada perdida.

Agatha, a su lado, se hallaba con los ojos desencajados.

Tenía el cuello marcado de arañazos en carne viva.

Los dedos manchados de sangre, de su propia sangre.

Lisbeth, con el vestido de novia hecho jirones y ronchas por todo el cuerpo, se hallaba de pie con un ramillete de flores marchitas cayendo lánguidamente de su mano exangüe.

Clover, Dios mío, Clover se encontraba desnuda, tan solo cubierta de sudor y sangre, con el rostro completamente carente de alegría en la muerte. Johanna, con la cabeza girada en un ángulo imposible, la boca laxa, los ojos vidriosos, el vestido salpicado de sangre.

Ninguna llevaba su alianza.

De pronto, la pared donde abrigaba la esperanza de colgar el retrato de Astrid se resquebrajó y sangró.

—No es real.

Pero sí que era real, pensó al tiempo que se le hacía un nudo en el estómago y se le retorcían las tripas. Porque todo eso había acontecido. Todo eso había sido real.

En el piano empezó a sonar una música fúnebre, un estrépito de notas y acordes que resonaron con estruendo en la habitación, que le retumbaron en la cabeza y en el pecho.

Con la ráfaga de aire gélido y cortante, notó que se le entrecortaba la respiración.

Las campanadas del timbre sonaron con fragor, con las mismas notas que el piano, de tal modo que la música de la muerte y la aflicción embargó la casa por completo.