Capítulo 20
A pesar de la lluvia matutina, todo parecía más luminoso. Para los oídos de Sonya, el mundo entero cantaba.
El café le supo más delicioso si cabe y, el bagel tostado, como un manjar de dioses.
Reconoció que parecía un cliché andante, lo cual no le importó.
Consiguió concentrarse en el trabajo, incluso cuando se pilló a sí misma cantando al son de la lista de reproducción matinal de Clover.
Tuvo que reprimir el impulso de levantarse y ponerse a bailar al ritmo de Crazy Little Thing Called Love [«Una pequeña locura llamada amor»] de Queen.
Se contuvo de nuevo cuando Cleo, con un amago de saludo mañanero con la mano, pasó de camino a la planta baja.
«Diez minutos —se ordenó a sí misma—. Dale diez minutos para bajar a prepararse un café y a beber lo suficiente para espabilarse».
Logró concederle siete.
Cleo se hallaba sentada junto a la isla, deslizando el dedo con gesto adormilado sobre la tableta de la cocina, delante de un café, medio strudel con glaseado tostado y un tazón de yogur con muesli.
Le dedicó a Sonya una mirada somnolienta con sus ojos felinos.
—Trey debió de darlo todo anoche. Despides el aire de una mujer muy satisfecha.
—En efecto. —Miró fugazmente hacia la taza de café de Cleo—. Bebe un poco más de café.
—Esa es mi intención.
—No, me refiero a ahora mismito. ¡Espabila!
—¿Sabes la razón por la que siempre hemos sido buenas compañeras de habitación y ahora compañeras de casa, Son? Porque sabes que no me apetecen las conversaciones antes de tomarme como mínimo una taza de café hasta arriba por la mañana.
—Haz una excepción.
Cleo bebió un poco más.
—Más te vale que sea algo bueno.
—Es muy bueno. De lo mejor. Lo mejor de lo mejor. —Sonya realizó un rápido giro en círculo—. Trey me quiere.
Cleo sorbió un poco más de café y miró largo y tendido a su amiga con desgana.
—Vaya, menuda noticia —dijo, en un tono y con una mirada carentes de expresión—.
Anuncia a la banda y da la señal a los acróbatas.
Madre mía, jamás lo habría imaginado, salvo por la forma en la que te mira, te toca, te apoya y da la cara por ti.
Tengo la sensación de que igual me desmayo por la sorpresa.
—¡Bebe más café! Se me declaró. Me dijo que está enamorado de mí, desde hace tiempo, que le gustaría casarse y tener hijos.
—¡Para! ¡Espera! —exclamó Cleo al tiempo que levantaba una mano y le daba un buen trago al café con la otra—. ¿Te pidió que te casaras con él?
—No. Dijo que no podía hacerlo, y que no lo haría porque… ¿Estás despierta?
—Ahora sí. Y quiero los detalles. Hasta el último insignificante detalle.
—Vale. —Sonya se dejó caer en el taburete a su lado—. Después de que Owen y tú os fuerais a la cama, noté que estaba disgustado y mosqueado por algo.
Dio cuenta de hasta el último insignificante detalle.
Cuando a Sonya se le saltaron las lágrimas también se le saltaron a Cleo.
—Es como una de nuestras noches de cine para chicas, solo que mejor. Son, es muy buena persona, una excelente persona. Las cosas que te dijo…, más allá de que fueran de lo más dulce, reflejan una gran sensatez.
—O sea, que no puedo casarme con él hasta que…
—¿Un vestido fabuloso y un pedazo de papel? Cuentan, claro que sí, pero no vale la pena correr el riesgo. Sé que ambos sois tradicionales…
—¿Acaso tú no lo eres?
—No tanto. —Cleo fue por otra taza de café—. Sin embargo, soy lo bastante romántica como para creer, a pies juntillas, que el amor es más importante, por encima de todo. Eso ya lo tienes, y nos ocuparemos del resto. Ahora pondremos aún más empeño.
Volvió y se sentó.
—Ya sabes que yo también lo quiero, y estoy muy contenta de que os hayáis encontrado el uno al otro porque, Son, los dos os compenetráis realmente. Desde mi punto de vista, estabais destinados a encontraros, y lo habríais hecho de una u otra manera, pero a saber cuándo. Incluso…
—Aunque no me hubiera afincado aquí. Aunque no hubiera venido y me hubiera afincado aquí.
Eso es lo que yo pienso también, igual que mis padres se habrían encontrado el uno al otro aun en el caso de que mi padre se hubiera criado aquí.
Eso es lo que siempre quise, Cleo, en lo más profundo.
Ese tipo de amor y compromiso, ese tipo de vínculo.
—Ahora lo tienes.
Clover lo celebró con Walking on Sunshine [«Caminando bajo la luz del sol»] mientras la lluvia repiqueteaba fuera.
—¡Sí! Y es una sensación la mar de agradable. Me gustaría que sintieras lo mismo, Cleo.
Cleo esbozó una sonrisa lenta y natural.
—Bah, no tengo ninguna prisa en ese sentido. Estoy disfrutando al sentir lo que hasta ahora jamás había sentido por nadie. Owen también es muy buena persona.
—Por algo es mi primo favorito.
La sonrisa de Cleo adquirió un cariz de complicidad mientras le daba un sorbo al café.
—Y hasta ahora ha estado jugando muy pero que muy bien sus cartas.
—Dicho esto, he de volver al tajo.
—Hoy, como es obvio, me enclaustraré en el estudio. Si escampa, tal vez me instale en el jardín.
Aún con la sensación de caminar bajo la luz del sol, Sonya se marchó. Se detuvo junto a la sala de música y observó con atención. Seis novias, seis anillos.
Pero intentó encontrarle una explicación a por qué de vez en cuando, con más frecuencia, Owen veía algo diferente.
¿Quizá porque era un hombre? ¿Porque, pese a haber sucedido a muy temprana edad, había conocido a una de las novias? Había conocido a Johanna.
Decidió concederse una semana para sentirse embelesada. Y ufana, reconoció. Así pues, siguió en las nubes conforme transcurrían los días y las noches, a medida que agosto tocaba a su fin.
El contrato para la cubierta de otro libro fue un incentivo en el ámbito profesional de su vida. Se enfrascó en el diseño de la imagen para una novela de género fantástico, con brujas incluidas.
Algunas buenas, otras no. Pero ninguna, en su opinión, capaz de hacerle sombra a Dobbs.
Cuando estaba a punto de dejar de trabajar, alargó la mano hacia el teléfono para responder a una llamada de Trey.
—Hola, qué buena sincronización. Estaba a punto de…
—Anna se ha puesto de parto. Ahora mismo, literalmente. He ido a su casa para…, da igual, y ha empezado a… Todo ha empezado. Allí mismito.
—¿Dónde estás ahora?
—¿Que dónde estoy? En el hospital, en el de maternidad. A Seth le ha pillado en un barco con unos clientes vip, y viene para acá. Está de camino, pero no he tenido más remedio que traerla. No sé…
Se oyó un ruido en la línea e instantes después Anna se puso al habla.
—Estoy bien. Las contracciones siguen produciéndose en intervalos de cinco minutos más o menos, y me encuentro bien.
Solo que, cuando el intervalo termina, ¡uf!
Pero, según dicen, es probable que se alargue durante horas.
Todo bien, aunque todavía es pronto. Seth viene para acá, y hemos avisado a mis padres.
—Y tienes a Trey contigo. Vas a hacerlo fenomenal. Si nos necesitas a Cleo o a mí, aquí estamos.
—Animadme desde la casa solariega. Ay, me parece que se acabó el intervalo.
—Ahí viene otra —dijo Trey—. He de quedarme aquí. No sé cuándo…
—Tú céntrate en Anna y en la bebé. Basta con que me mandes un mensaje cuando nazca tu sobrina.
—Está bien. Tengo que colgar.
Entusiasmada, Sonya bajó al trote a avisar a Cleo. Justo cuando Cleo salía corriendo de la cocina.
—¡Anna se ha puesto de parto!
—Venía a decírtelo. Trey está con ella.
—Y Owen va para allá porque, según dice, Trey está hecho un manojo de nervios.
—Yo misma lo he comprobado. En cierto modo ha sido entrañable.
—Voy a encender velas por la mamá, y por la futura deportista olímpica. Vamos a ser tías honorarias. Y tú pronto podrás prescindir del título de honoraria. Será pronto.
—¡Dios mío, es verdad! Encendamos un buen puñado de velas.
—Eso es lo que vamos a hacer. Después, vamos a subir al mirador a tomarnos un vino para brindar por las dos. Luego bajamos, encendemos mogollón de velas y preparamos una de nuestras enormes ensaladas.
—Un plan absolutamente excelente. Según Anna, han dicho que le quedan unas cuantas horas como poco.
—Traer a un ser humano al mundo lleva su tiempo. Por tanto, vamos a añadir palomitas y una peli.
—Me apunto. Puedes sonsacarle las novedades a Owen. Yo creo que no debería distraer a Trey.
Cleo eligió un vino.
—Oye, ¿qué tal Trey aturullado?
—Adorable.
Las novedades de Owen en el transcurso de la noche básicamente se redujeron a: «Todavía no».
Dejaron las velas prendidas durante la cena, las palomitas y una doble sesión de cine hasta la medianoche.
El último mensaje de texto cuando el día dio paso al siguiente ofreció algo más.
Calculan que faltan un par de horas más. Todo va como en teoría debe ir. Han echado a todo el mundo menos a Seth, a la madre de Anna y a Corrine hasta que sea inminente.
Cuando Cleo terminó de leer el mensaje de texto, se puso a responder.
—Le voy a decir que me mande un mensaje y que le diga a Trey que te escriba cuando nazca la bebé.
—De ninguna manera vas a oír un mensaje una vez que te duermas. Dile que Trey me llame.
—Tienes razón, es mejor. Puedes entrar a despertarme con la buena noticia.
Apagaron las velas y se fueron a la cama.
—Está casi en la línea de meta —dijo Sonya.
—Es un maratón. Despiértame.
—Lo haré. Voy a dejar salir a Yoda y a Pye una última vez. De todas formas me apetece estirar las piernas.
Como tenía ganas de ver el mar, los sacó por la puerta principal. En el frescor de la noche nubosa, las guirnaldas de luces que titilaban en el sauce llorón quebraban la negrura.
Pensó en Anna, afanándose en traer una nueva vida al mundo, y se dio unas palmaditas en el bolsillo donde guardaba el móvil.
De camino a la escollera oyó música. El eco del piano procedente del salón, pero no la triste melodía de Astrid, sino algo más animado, más alegre. Las voces de un hombre y una mujer cantaban a dúo.
Incluso mientras se giraba, un cielo cuajado de brillantes estrellas y el resplandor de la media luna la bañaron de luz. Continuó soplando una brisa marina, aunque más cálida.