Capítulo 19 #3
—Todo esto comenzó contigo. ¿Por qué contigo? ¿Por qué eres tú la involucrada en esto, la que se supone que ha de lidiar con ello, resolver el enigma, localizar los anillos y romper el maleficio?
—Todo cuanto puedo decir respecto a lo último es que mi padre nació aquí, y eso me convierte en una Poole.
—No eres la única Poole.
—Ciertamente, pero la casa es mía.
—Y toda la carga que lleva consigo. Nada de lo cual sabías cuando accediste a aceptar los términos del testamento de Collin.
—Ahora estoy al corriente de todo —dijo ella, observándolo fijamente—. Y sigo aquí. Estás disgustado y enfadado. Ya habías tenido un mal día antes de llegar.
—Eso no tiene nada que ver, y estoy bien.
—No sueles enfadarte a menudo, bueno, no hasta el punto de que se te note. Así que, cuando estás enfadado, se nota. E intuyo que estás mosqueado conmigo. No sé por qué.
—No estoy mosqueado contigo. Es que la situación… Hay seis mujeres asesinadas en esa pared, y una más que está por llegar. No hace tanto que Dobbs intentó quemar la casa contigo dentro.
—No fue real. Fue…
—Fue lo suficientemente real, Sonya. Lo que ella es capaz de hacer es lo bastante real como para poner bajo tierra a siete mujeres. Por esta casa. Por piedra, madera y cristal.
La casa era más que eso, pensó ella. Muchísimo más. Lo mismo que su legado.
—Crees que debería marcharme. Alejarme de aquí y clausurarla de nuevo.
—Considero que deberías plantearte cómo afectaría a tu vida si la pasaras aquí, tratando de encontrar siete alianzas. Si esto es lo que quieres para tu vida, día tras día, a lo mejor año tras año, con la constante incertidumbre acerca de lo que Dobbs podría tramar a continuación.
Sonya cayó en la cuenta de que una cosa era que ella aceptara su herencia, su legado, su necesidad de honrar ambas cosas, y otra, esperar que él hiciera lo mismo.
—Es una gran carga. Y has soportado mucho peso sobre tus hombros.
—No estoy hablando de mí.
—Yo sí. Tú arreglas las cosas. A eso te dedicas. Ayudas a la gente; no es solo tu trabajo, es tu forma de ser. Por eso has asumido una gran parte de la carga y te está pasando factura. ¿Necesitas un descanso?
—¿Un descanso? ¿De qué?
—De esto. —Harta de la situación, levantó las manos con un ademán—. De todo esto. De hacer malabares entre el trabajo y la preocupación, entre la normalidad y la locura. De mí.
—¿Por quién diablos me tomas?
Ella vio claramente que lo único que había conseguido era que se enojara más. Y oyó claramente, por los portazos, que Dobbs estaba disfrutando.
—Te tomo por alguien que no se achanta con facilidad. Que logra mantener la calma en situaciones críticas. Y que posiblemente estará harto de saber que se avecina otra situación crítica, en cualquier momento, desde cualquier dirección. Me consta que te preocupas por mí.
—Por Dios. —Él se pasó la mano por el pelo con brusquedad, se dio la vuelta y empezó a caminar de un lado a otro—. Esa palabra se queda muy corta para describirlo.
—No quiero perderte.
Trey se giró en redondo.
—Joder, Sonya.
—Por favor. Soy consciente de que ha sido una estupidez por mi parte no haberlo dicho antes.
Las palabras son importantes, y no lo he verbalizado.
No debería habérmelo callado hasta que estuvieras con los nervios de punta.
Te quiero, y no quiero perderte. Te quiero, y preferiría, con diferencia, que te tomaras un descanso, que te distanciaras durante una temporada, a que te quedes a mi lado porque ayudar forma parte de tu manera de ser.
—No necesito ningún puñetero descanso, ni que me digas que me quieres adornado con estupideces.
El shock sofocó hasta el temperamento innato de Sonya.
—Trey.
—Cállate. Cállate, y punto.
Trey se puso a caminar de aquí para allá de nuevo. De haber encontrado las palabras, ella tal vez le habría respondido con acritud, o, de no haberse quedado helada, se habría ido.
—Haz el favor de callarte y escucharme. Hay más paredes en esta casa. —Levantó la mano con brusquedad hacia los retratos—. Otras paredes que pueden albergar cuadros de mujeres asesinadas. Ella no tiene motivos para parar. Cleo ha dado en el clavo. Ni de coña permitiré que seas la octava.
—Jamás pensé que te diría esto, pero tienes que calmarte. Yo no soy una novia.
—Efectivamente, y para mí eso es un problema. Mientras las circunstancias sean las que son, mientras las cosas estén así y vivas en esta casa, no podrás serlo.
—Eso se asignaría a la categoría de mis problemas.
—Y dale con las estupideces.
De pronto, se puso rígida como un palo.
—No voy a quedarme como un pasmarote mientras me tachas de estúpida.
Le dio la espalda y enfiló hacia la puerta a grandes zancadas.
—Estoy enamorado de ti. ¿No dices que las palabras son importantes? Pues ahí tienes. Me quedé pillado por ti la primera vez que te vi ahí fuera, de pie en la nieve. Al ver aquella cara absolutamente maravillada. Aquella cara sin la que ahora soy incapaz de vivir.
Ella se dio la vuelta y, con el corazón en la garganta, permaneció en el umbral.
—Trey…
—No he acabado. Hasta ahora no había pronunciado esas palabras porque son importantes. Porque sabía que una vez que las pronunciara…
—¿Me harías tan feliz que de hecho parecería estúpida?
—Sonya. —Él negó con la cabeza y se pasó las manos por el pelo otra vez.
Ella pudo ver cómo sucedía, de hecho pudo ver cómo se imbuía de calma de nuevo.
—No las he pronunciado hasta ahora porque, una vez que lo hiciera, la cosa quedaría ahí. No podría seguir adelante con lo que deseo, con lo que creo que tú deseas. Como estaba convencido de ello, he estado postergándolo, pero esta noche…
Volvió la vista hacia los retratos.
—La realidad me ha golpeado con más contundencia, eso es todo.
Lo que Cleo ha dicho (pura lógica de la casa solariega) sobre que Dobbs no parará.
Tú eres un incordio, un obstáculo para ella, por eso te atosiga, te amenaza.
Podría hacerte daño. Pero tú no puedes convertirte en una rival, Sonya.
No puedes darle la razón, la excusa, el poder, lo que sea, para convertirte en la octava.
Fue a su encuentro y le agarró ambas manos.
—Quiero compartir mi vida contigo. Quiero que te cases conmigo, que formemos una familia juntos porque te quiero. Y, como te quiero, no te lo puedo pedir. No lo haré. Y es imposible que tengamos esa vida o esa familia.
—Pero ¿lo harías, y sería posible, si me fuera de la casa solariega?
Se llevó las manos de Sonya a los labios al tiempo que negaba con la cabeza.
—No, eso ha sido una equivocación por mi parte, y lo siento. Me odiaría a mí mismo y, en el supuesto de que no me guardaras rencor desde este preciso instante, a la larga acabarías haciéndolo. Y estarías en tu derecho, eso es lo que más rabia me da. No puedes abandonar tu misión. Ni a ellas.
—No puedo, no, no puedo abandonarlas. Pero sí desear lo que tú deseas. Sí que quiero compartir la vida contigo, tener hijos contigo, hasta llenar la casa.
En ese momento él esbozó una tenue sonrisa.
—Hay mogollón de habitaciones en esta casa.
—Bueno, quizá no todas. Trey, a mí me basta con saber que me quieres, que quieres eso conmigo. Puedo esperar, porque me quieres.
Ella se entregó al beso, al amor, a la promesa. Se aferró a ella, y a él, mientras Clover los amenizaba con Make You Feel My Love [«Siente mi amor»] de Adele.
Ella sintió el de Trey, lo saboreó en sus labios, lo constató en los latidos del corazón de este, en los brazos que la sujetaban con fuerza.
Y que la sujetaron cuando posó la cabeza sobre su hombro.
—Estamos juntos en esto —prometió él—. Con independencia de que nos lleve un día, un mes o una década. Estamos juntos en esto.
«Juntos», pensó ella. Miró a las mujeres de los retratos en la pared con su blanco nupcial e hizo una promesa para sus adentros.
Encontrarían una manera, la manera de liberarlas, de lograr el reencuentro de las que lo anhelaran. Y Trey y ella forjarían esa vida juntos, allí mismo, en Lost Bride Manor.