Capítulo 19 #2
—Entonces haremos eso. Pero también nos gustaría darle nuestro toque personal, ¿verdad, Cleo?
—Por descontado. No obstante, antes de Navidad llega mi fiesta favorita.
—Halloween. También hay almacenado un buen surtido para eso.
—Y, considerándolo todo, hay que engalanar la casa solariega para Samhain. En teoría deberíamos ser capaces de arreglárnoslas solas para eso. —Con un leve escalofrío, añadió—: Ya está refrescando de verdad y esta chica sureña tiene ganas de estar calentita.
—Tienes razón en que está refrescando. Voto por irnos dentro. Me gustaría echar un vistazo al armario de nuevo.
—Pues vamos todos.
Cleo lanzó a Owen una mirada de aprobación.
—Ahí está la actitud positiva. Como somos cuatro, se cuadruplica.
—Me consta que lo compruebas cada día, Cleo —señaló Sonya cuando se disponían a entrar—. Y yo miré después de presenciar la escena con Deuce y Collin. No sé hasta qué punto estaré de ánimo positivo, pero tengo puestas todas mis ilusiones en que esté allí.
—Los deseos no se hacen realidad a menos que lo desees.
Cuando enfilaron hacia las escaleras, Mookie y Yoda los adelantaron raudos como corredores en la línea de salida. La gata, que se coló con sigilo entre Cleo y Owen, fue detrás de ellos mientras que Jones se contuvo y acompasó el paso al de Owen. Oyeron el zumbido antes de llegar al descansillo.
—Últimamente le da por hacerlo —les dijo Cleo—. Ese zumbido sordo.
—Dio golpazos a los muebles cuando estuve aquí arriba. —Como se había convertido en algo instintivo, Sonya asió la piedra que llevaba en el bolsillo.
—Muy bien. —Cleo levantó ambas manos en el aire con un ademán cuando cruzaron el umbral del estudio—. Cuatro mentes y un pensamiento positivo. Sonya, abre el armario.
—Un pensamiento positivo —repitió Sonya, y abrió la puerta—. ¡Madre mía! Ha surtido efecto.
Catherine Poole Cabot esbozaba una tenue sonrisa, algo tímida, aunque sus ojos verdes reflejaban alegría.
Iba vestida de seda blanca contra un telón de fondo nevado, con el mar más allá.
La destreza del artista, Andrew MacTavish, confirió esa pátina brillante al lienzo.
El bordado de estrellas alrededor de los bajos del vestido, de los hombros abullonados, resplandecía.
Una cinta de satén blanco ceñía la cintura del vestido de novia, adornado con piel de armiño.
Lucía perlas alrededor del cuello, y llevaba el pelo recogido en la coronilla bajo el velo bordado de estrellas.
Sujetaba un ramo de rosas, de la más suave tonalidad de rosa, contra el blanco del vestido. Un aro de oro, muy sencillo en contraste con el repujado vestido, le rodeaba el dedo corazón de la mano izquierda.
Catherine Poole Cabot, hija de Connor y Arabelle Poole, esposa de William Cabot, que murió en camisón y descalza durante una tormenta de nieve en su noche de bodas.
—Presencié cómo su madre le cepillaba el pelo. Seguro que tardó siglos en hacerle ese peinado, y casi lo mismo en deshacérselo y alisarle el pelo.
—Es una obra preciosa —comentó Cleo—. La luz, los detalles… Está guapísima, y sus ojos rebosan de felicidad.
—¿Sabéis lo que hemos pasado por alto hasta ahora? Que el artista —señaló Trey—, en este caso tu padre, de nuevo, tuvo que verla así.
—En sueños, según Collin. La pintó en sueños. Yo he tenido esos sueños.
—Ya tenemos seis. —Owen se aproximó para coger el cuadro—. Bajaremos el retrato y lo colgaremos junto a los otros.
Sonya retrocedió.
—Sé que tienes razón en lo que respecta al espacio, a que tendría cabida para los siete retratos. Y en que el de Astrid que hay en el vestíbulo es demasiado grande, de un estilo diferente. Pero, si falta uno por encontrar, ¿quién lo pintó? Hasta ahora cada uno ha pintado tres.
—Siguiendo el orden, le tocaría el turno a Collin. —Trey le acarició la espalda a Sonya de arriba abajo—. Me figuro que lo averiguaremos a su debido tiempo.
—Este es como los demás, está pintado al detalle, con pericia.
El vestido blanco, las flores, la alianza…
Las novias no siempre vestían de blanco en su época o en la de Astrid.
Investigué un poco —explicó Sonya— con la esperanza de…
, qué sé yo. Muchos años después de este, la reina Victoria vistió de blanco en su boda, y fue entonces cuando el blanco se impuso para las novias.
Sin embargo, tanto Astrid como Catherine se decantaron por el blanco.
—¿Eso reviste importancia?
—Para la serie, yo diría que sí. Realza el tono, el estilo. Y —añadió Cleo— ese matiz de inocencia. Voy a por lo que necesitamos para colgarlo.
Cuando llegaron a la sala de música, Cleo siguió su camino. Ow en entró y apoyó el cuadro contra la pared.
—Me pregunto si soñaste con esto, guapa.
—¿Con el retrato?
—Con todos ellos. Con el hecho de elegir esta habitación, esta pared, en el espacio de separación entre los dos primeros.
—Descolgamos los que había y luego… No sé. Si lo hice, no me acuerdo.
Cuando Cleo regresó, Owen cogió la cinta métrica. Después de medir desde el extremo de la pared hasta el retrato de Marianne, se dirigió al otro lado y midió desde esa esquina hasta el retrato de Johanna.
Se detuvo y farfulló por lo bajo con los ojos cerrados. Sin darle tiempo a Cleo a hablar, Trey levantó la mano y negó con la cabeza.
—¿Habéis hecho el cálculo? —preguntó Owen—. Teniendo en cuenta el espacio que hay desde esa esquina hasta el séptimo retrato y calculando la medida desde el otro lado, el tamaño de los cuadros y el espacio de separación entre ellos, es exacto. Tío, fijo que es imposible clavarlo al tuntún.
—¿A la hora de colgar siete retratos de una serie? —preguntó Sonya.
—Hay que calcular el espacio para saberlo. Yo mediría la pared y los cuadros, calcularía el espacio de separación y realizaría el cálculo. Luego, antes de clavar la primera alcayata, realizaría el cálculo de nuevo. Tú no hiciste nada de eso.
—No. Puede que Collin sí. Caray, puede que lo hiciera la casa. Quizá, como trabajo con el espacio, simplemente vi que había posibilidades aquí. O a lo mejor lo soñé.
—Colguémoslo. —Trey se acercó a Owen para echarle una mano.
Cuando colgaron el retrato de Catherine junto a los de las otras novias, todos retrocedieron.
—Es impresionante —comentó Cleo—. Visualmente impresionante. Las obras de arte, por supuesto, y las modelos. Además, representa la historia de la moda. Se pueden apreciar los cambios de generación en generación. El corte de los vestidos, las mangas, los cuellos, los peinados…
—Siete generaciones de mujeres que abarcan más de doscientos años desde la construcción de la casa. Siete novias. Habría ocho si Patricia hubiera hecho oídos sordos a la advertencia.
—Quizá Dobbs no quisiera ocho. Ni seis. —Cleo inclinó ligeramente la cabeza—. ¿Otra razón por la que ahuyentó a Patricia? Puede ser. El siete es un número poderoso.
—Consiguió a la sexta con Clover —señaló Owen.
—Sí, y una más hasta la séptima. Siete en doscientos años. No seis en doscientos treinta o cuarenta… No estoy haciendo el cálculo.
—Treinta —puntualizó Trey.
—Vale. Pero saltándose una generación y esperando. Siete a lo largo de doscientos treinta años desde la construcción de la casa solariega.
—Desde que empezó a codiciarla —dijo Sonya entre dientes.
—¿No pensarás realmente que parará porque, en fin, el siete es su número de la suerte?
Cleo negó con la cabeza en dirección a Trey.
—No. Hay más números poderosos, pero siete en doscientos años no es moco de pavo. Ella acumuló poder a lo largo de ese tiempo. No tiene motivos para parar, ¿no es así? Y, encima, está loca de atar.
—Se va a quedar con las ganas de conseguir ocho. —A Trey se le endureció la mirada al contemplar los retratos—. Resolveremos el enigma. Y si esa pared ofrece la respuesta, o una respuesta, necesitamos un retrato más y lo encontraremos.
—Poseen rasgos en común —empezó a decir Sonya—.
Son óleos del mismo estilo. Todos son retratos de novias en el día de su boda, todas visten de blanco.
Todas llevan ramilletes de flores, todas llevan alianzas.
En contraste, los fondos son diferentes, no todas llevan velo, dos de ellas están embarazadas…
En el caso de Clover es evidente. Solo dos son Poole de nacimiento.
De las seis, tres murieron vestidas de novia.
Clover y Marianne fallecieron posteriormente, en el parto, y Catherine, en camisón en su noche de bodas.
—A veces no los llevan puestos.
Sonya se volvió hacia Owen.
—¿El qué? ¿Los vestidos de novia?
—Los anillos, en los retratos. A veces no están ahí. Cuando cruzo el pasillo, echo un vistazo dentro y, durante un par de segundos, desaparecen. Instantes después aparecen.
—Lo sé.
—Ha pasado unas cuantas veces, de modo que estoy seguro de que ocurrió, ¿vale?
—Has captado retazos de sus respectivas realidades —afirmó Cleo—. Porque no los llevan puestos. Los lleva Dobbs.
—Es interesante —dijo Trey sin más.
—Es extraño, pero ¿sabéis qué? —Owen se encogió de hombros—. Llegas a acostumbrarte a lo extraño.
—Una cosa es lo extraño, y otra, asesinar a alguien por medio de la brujería.
Cleo enarcó las cejas en dirección a Trey.
—Y con ese comentario tan alegre, me voy para arriba a dejar que todo esto se cueza a fuego lento.
—Coincido con Lafayette. Lo mismo que Jones.
Sonya se entretuvo a pesar de que Yoda y Mookie siguieron a los demás.
—Tú ves los anillos.
—Sí, sí.
—Que Owen no siempre los vea fijo que significa algo: todo significa algo. Lo que hace que te vuelvas loco es dilucidar qué. Y pensar que siempre me gustaron los puzles.
»Nadie resuelve un puzle si faltan piezas.
Y lo que falta aquí va más allá de un cuadro.
Si Dobbs lleva encima los dichosos anillos, y así es, ¿cómo diablos se supone que vas a recuperarlos?
¿Y qué se supone que vas a hacer con ellos si los recuperas?
Con todos los ratos que pasé en esta casa a lo largo de los años, ¿por qué nunca montó uno de sus numeritos de mierda?
La frustración de Trey fue aumentando hasta desbordarse.