Capítulo 19
C on los preparativos de la cena en marcha, Owen se presentó con una caja de la panadería. Tras un indiferente saludo a Yoda, Jones se desplomó debajo de la mesa.
—Ha tenido un largo día —comentó Owen—. Me lo he llevado a trabajar conmigo. A una visita guiada con un montón de niños. Ser objeto de admiración y elogios resulta agotador. —Dejó la caja sobre la isla—. Galletas con pepitas de chocolate.
Pasó el brazo alrededor de la cintura de Cleo y tiró de ella para besarla.
—¿Qué se está cociendo aquí?
—Chuletas de cerdo a la parrilla, patatas machacadas y judías verdes con sésamo. Esperaremos a que llegue Trey para encender la parrilla.
—Vale. Pondré la comida a la panda cuando aparezcan los Mook.
—No sabía que hicierais visitas guiadas en la empresa familiar.
Miró fugazmente a Sonya cuando fue a por una cerveza.
—Sí, unas cuantas veces al año. Es una buena estrategia de relaciones públicas. Organizamos un par de jornadas para escolares durante el curso académico. Los críos son un poco temibles. —Bebió un trago de cerveza—. En el buen sentido.
—¿Cómo que temibles en el buen sentido?
—Pues que te bombardean a preguntas y, tío, cómo se toman todo al pie de la letra los chavales. Por ejemplo: «¿Por qué no se hunde un barco cuando la gente sube a bordo?».
—¿Por qué no se hunde un barco cuando la gente sube a bordo?
—Si lo preguntaras en serio, entraría en detalles acerca de la estabilidad, la flotabilidad y la capacidad de carga. Pero, por lo general, a los niños de ocho años no les interesa la ciencia.
—Entonces ¿qué les respondes? —preguntó Cleo.
—Que, incluso con pasajeros o cargamento a bordo, pesan menos que el agua sobre la que navegan, y que los construimos para que mantengan el agua fuera y el aire (y a la gente) dentro. Con eso suelen quedar satisfechos.
—¿Y cuando no es así?
—Te explayas acerca de la estabilidad, la flotabilidad y la capacidad de carga hasta que, por lo general, los niños de ocho años se quedan con la mirada perdida, y has cumplido tu cometido.
Yoda dejó escapar un trío de ladridos y salió disparado de la cocina. Jones soltó un gruñido y acto seguido siguió dormitando. Pye, al parecer ducha en la rutina, se encaminó con parsimonia hacia la puerta trasera.
—Voy a darles de comer y a encender la parrilla. Hey, Yoda, por aquí. Vamos, Jones, espabila.
Al cabo de unos minutos, Sonya vio que Mookie, moviendo la cola y con las orejas aleteando, corría hacia la parte posterior de la casa. Yoda le dio la bienvenida como si llevaran siglos separados.
Instantes después apareció Trey, vestido con una camiseta, unos tejanos y unas zapatillas deportivas de caña alta. Como llevaba esa mata de pelo negro alborotada por el viento, ella dedujo que había realizado el trayecto desde el bufete con las ventanillas de la camioneta bajadas.
Observó cómo Owen y él intercambiaban unas palabras. Owen le pasó la cerveza y, cuando Trey le dio un trago y se la devolvió, Sonya sacó otra de la nevera.
—Trey parece hecho polvo, cosa rara en él.
Cuando entró, Sonya le tendió la cerveza.
—Da la impresión de que te vendría bien.
—Pues sí, gracias. Hola. —Inclinó la cabeza para besarla.
—¿Problemas? —preguntó ella.
—Mmm… No. Un cliente histérico a última hora del día. Cosas que pasan.
—¿Por qué no te sientas?
—Estoy bien así. ¿Conque una parrillada? Puedo subir las cosas a la terraza.
—Siéntate un momento —insistió ella.
Él aguzó la mirada.
—¿Problemas?
—No. Pero me gustaría enseñarte algo.
Cogió el sobre de papel manila que había preparado y se lo entregó.
—Es para Deuce, pero deberías verlo tú primero.
—Está bien.
«Se acabaron las preguntas», pensó Sonya. Él simplemente se dejó caer en un taburete y abrió el sobre.
Sonya había colocado el dibujo encima con el fin de que fuera lo primero que viera al sacar las hojas.
Él lo miró largo y tendido antes de levantar la vista hacia ella. La emoción que reflejaron sus ojos era patente.
—No has dibujado esto inspirándote en una foto que encontraste.
—No.
—¿Has presenciado esto? ¿Los has visto?
—Sí.
—¿A través del espejo?
—No. Igual que vi a Astrid en el salón y a Lissy en la sala de música. Igual.
—La panda ya tiene el estómago lleno —dijo Owen al entrar—. La parrilla está encendida. ¿Qué es eso?
Se acercó a Trey y miró el dibujo por encima de su hombro.
—Esos son…, ¿son Collin y Deuce? De jóvenes. O sea, Collin parece aún más joven que aquella vez que lo vi. Es una pasada de dibujo. Y muy pero que muy chulo —comentó con la mano posada sobre el hombro de Trey.
El vínculo, pensó Sonya. Otro par de amigos de toda la vida. En las alegrías y en las penas, como Collin había dicho, siempre.
¿Sería casualidad o el destino, se preguntó, que los dos hombres allí presentes procedieran del mismo linaje familiar que los dos hombres que jugaban al ajedrez aquella noche de nieve?
—A mi padre le va a encantar.
—Lo he puesto todo por escrito, con tantos detalles como logré recordar. Los oí hablar. Bueno, oí voces y seguí la procedencia del sonido, y de la música de Bon Jovi, hasta el cuarto de estar.
Y sin más preguntas, Trey dejó a un lado el dibujo y se puso a leer. Como Owen hizo lo mismo por detrás, Sonya los dejó tranquilos y se fue a ayudar a Cleo. La cocina se quedó en silencio hasta que Trey guardó las hojas.
Clover rompió el silencio con You’re My Best Friend [«Eres mi mejor amigo»] de Queen.
—Sí, eso es lo que eran el uno para el otro. Él te habló, mantuvisteis una conversación.
—Tuve la oportunidad de darle las gracias. Y la oportunidad de ver, en esos escasos minutos, cómo era. Una cosa es que te lo cuenten, pero cuando lo puedes ver con tus propios ojos es diferente.
—Y mencionó algo que confirma hasta dónde llega la mala leche de Dobbs —terció Owen—. No se dio por satisfecha asesinando a esas siete mujeres. Collin sabe que Johanna está aquí, pero le resulta imposible verla, estar con ella. Lo mismo que les sucede a las otras.
—Los retratos, los que has encontrado. Te dijo que eran importantes en todo esto.
—Pero no en qué sentido, Trey. Simple y llanamente, lo desconoce.
—Los pintaron en sueños. Pero tu padre no está aquí, Sonya.
—No. Está (al menos una parte de él) en su casa, en Boston. Eso es lo que cree mi madre. Por eso jamás se mudará.
—Sin embargo, vino aquí —señaló Owen—. Lo vimos con nuestros propios ojos.
Cleo metió baza por primera vez.
—Telepatía entre gemelos. Es fuerte y real. Tal vez cruzaran el espejo. Tal vez pintaran los retratos antes de fallecer, o después. En cualquier caso, no han aparecido hasta ahora.
—Porque ahora es el momento —apostilló Owen—. Y el tiempo forma parte de eso. Puede que permanecieran en otra época. Cosas más raras han pasado aquí.
—Cinco menos. O, mejor dicho, más —rectificó Sonya—. Faltan dos.
—Se pueden encajar más piezas del puzle.
—Trey les dio unos toquecitos con el dedo a las hojas—.
Si Collin está en lo cierto, y por qué no iba a estarlo, los retratos guardan relación con la solución del enigma.
Y el hecho de que los hayas colgado en esa habitación, en esa pared en particular, que mira por dónde tiene la cabida perfecta para la serie íntegra que componen los siete, no es solo una cuestión de honor y respeto.
—Ahí le has dado. ¡Muy bueno! —Asintiendo con la cabeza en dirección a Trey, Cleo continuó machacando ligeramente las patatas que había cocido—. Se puede creer o no que algo sucede por alguna razón, pero eso es incuestionable. Eso sucedió por una razón.
—Sin embargo, los contemplo y no encuentro la razón.
—Faltan dos —le recordó Cleo—. Entonces la encontraremos.
—De hecho, me siento bastante positiva. El verlos juntos (a tu padre, Trey, y a Collin), ese cariño y buen rollo entre amigos…, entre hermanos, en realidad, es algo enormemente positivo.
—Plasmaste eso. —Trey cogió el dibujo de nuevo—. No lo has firmado.
—Bah, tan solo es un recuerdo.
—Es arte. Es un regalo. Lo has hecho tú y lo has ofrecido como regalo. Fírmalo.
—No seas tonta —terció Owen.
—Está bien. Oye, tú creas arte —señaló a Owen con el ceño fruncido—. Y no veo que lo firmes.
—Yo dejo mi marca en todo lo que construyo.
—Es que… ¿En serio? ¿Dónde?
—En diferentes sitios. —Owen, típico de él, se encogió de hombros—. Depende.
—¿En la caseta de Yoda?
—Hum… —Tuvo que pararse a pensar—. En el interior de la torrecilla. ¿Cuánto tiempo tardan en hornearse? —preguntó a Cleo cuando esta metió la bandeja con las patatas aderezadas con mantequilla y condimentadas con especias en el horno.
—¿Esta cantidad? Media hora más o menos.
—Yo me encargo de las chuletas.
—Yo pongo la mesa. —Trey se levantó, tiró de Sonya y la sostuvo entre sus brazos—. Gracias. Esto significa mucho, no solo para mi padre, sino para toda la familia.
La echó hacia atrás y le dio unos toquecitos con el dedo en la barbilla.
—Fírmalo.
Después de cenar en el jardín principal, saborearon las cookies en la sobremesa mientras las primeras estrellas comenzaban a titilar sobre el mar.
—Nunca me canso de las vistas, del sonido. Echaré de menos sentarme aquí cuando llegue el invierno. —Sonya se asomó por delante de Trey—. ¿Dónde has dejado tu marca en esto, Owen?
—Estás sentada encima de ella. Se encuentra debajo del asiento en el que estás sentada.
—¿Y por qué no donde se pueda ver a simple vista?
—Porque entonces no tendría misterio. Una Navidad Trey me regaló un sello de marca con mis iniciales para firmar documentos; al final acabas firmando con tus iniciales en todas partes. Luego encargó una réplica de hierro con la forma del estado de Maine para marcar la madera bastante chula.
—Qué guay.
—Soy un tío guay —comentó Trey.
—Es obvio. Hablando de Navidad…
—Todavía no.
Entre risas, Sonya le dio unas palmaditas en el muslo a Trey.
—Es que necesito bajar al sótano y revisar los adornos navideños de Collin. Da la impresión de que hay suficientes como para decorar el pueblo.
—Eso es evidente.
—Dado que mi madre tiene la misma adicción, estoy acostumbrada a eso.
—Antes de que se te ocurra alguna idea —dijo Owen en tono indolente—, que sepas que Collin contrataba a una cuadrilla.