Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

»Tengo tanto que pedir a la única hija de mi hermano… Rompe la maldición, Sonya. Encuentra la manera. Tú eres la esperanza, la clave, la respuesta.

De pronto, el fuego comenzó a arder al tiempo que Bon Jovi cantaba Wanted Dead or Alive [«Se busca vivo o muerto»].

Deuce apartó la mano del caballo y sonrió con retintín a Collin.

—Jaque mate.

Collin se quedó mirando, maldijo y se rio.

—Maldita sea.

Y se desvanecieron.

Sonya permaneció inmóvil unos instantes, apretando las yemas de los dedos contra los ojos.

Seguidamente se dirigió a su escritorio, se acomodó y lo puso todo por escrito.

—Clover, ¿estás con Charlie? ¿Puedes estar con Charlie?

Clover se remontó a Carole King, respondió con So Far Away [«Tan lejos»].

—Oh, Dios, eso es muy cruel. Y esa es la puñetera intención, ¿verdad?

Se dirigió a la planta baja. Necesitaba salir, airearse, pensar. Pero se detuvo junto a la sala de música.

—Los retratos… Faltan dos, pero los retratos forman parte de la respuesta. Los anillos aparecen en los retratos.

Se aproximó y tocó la alianza que Johanna llevaba en el dedo.

—Ya, ya, ha sido una tontería pensar que podía sacarlo del lienzo como si tal cosa. Pero, claro, todavía faltan dos. A lo mejor cuando todos estén aquí…

Volvió sobre sus pasos, subió al estudio de Cleo y abrió el armario.

Se llevó un chasco.

—Aún no. ¿Qué demonios estás esperando?

Al cerrar la puerta, oyó el estrépito de Dobbs con los muebles procedente del salón dorado.

—Ay, que te zurzan.

Se acercó al ventanal curvilíneo y contempló el mar y el cielo. Sí, hacía un día ideal, y saldría a disfrutar precisamente de eso.

Al darse la vuelta, se fijó en el cuaderno de dibujo abierto que yacía sobre la mesa de trabajo de Cleo, y en las imponentes figuras de un hombre con gesto sonriente.

Con un rostro atractivo hasta que lo observabas con detenimiento.

Entonces, todos sus rasgos parecían un pelín amorfos, como si aún estuvieran definiéndose. Y el resultado no sería atractivo.

Y, al observar con atención, notabas como si sus patas de araña se deslizaran por tu espalda.

—Qué siniestro. Muy logrado. —Volvió la vista fugazmente hacia el lienzo tapado—. Sea lo que sea, fijo que no es.

Bajó y salió por la puerta principal. Soplaba la brisa; las olas rompían contra los acantilados. Los barcos surcaban el agua bajo los rayos del sol y bonitas nubes blancas dispersas.

Palpando la piedra que llevaba en el bolsillo, Sonya se acomodó en la escollera y simplemente se dejó llevar.

Poco después, Yoda fue raudo a su encuentro sujetando la pelota entre los dientes. La gata se encaramó a la escollera de un salto.

—¿No te ha agotado Jack? ¿Te ha mandado para acá porque pensaba que yo necesitaba esa cara risueña?

Se agachó, le hizo zalamerías y, cuando Yoda se puso boca arriba, le rascó la tripa hasta el delirio.

—Pues tenía razón. Mira por dónde es lo que necesitaba.

Cogió la pelota y la lanzó. Mientras Yoda la perseguía, Sonya alargó la mano y acarició a la gata, que arqueó el lomo a modo de aprobación por ser objeto de atención.

Continuó tirando la pelota hasta que empezó a dolerle el brazo.

—Se acabó por hoy. Todo el mundo dentro. Es hora de un tentempié.

Cuando llegó a la cocina, las chucherías del perro y de la gata yacían sobre la encimera.

—Estoy en ello, Jack.

Las repartió y se preparó un sándwich de mantequilla de cacahuete junto con unas cuantas uvas rojas grandes. Tras rellenar la botella de agua, se llevó todo arriba.

Podía aprovechar para trabajar un par de horas, quizá un poco más, hasta que Cleo regresara con la compra.

Retomó la tarea donde la había dejado, pero al cabo de diez minutos reconoció que era incapaz de concentrarse. Como el trabajo se resentía con la desconcentración, lo aparcó.

Sacó un cuaderno de dibujo y se puso a bosquejar.

Al cabo de dos horas levantó la vista, parpadeando, cuando Yoda soltó un pequeño ladrido y salió corriendo escaleras abajo. Un poco sorprendida consigo misma, examinó el boceto.

Se llevó consigo el cuaderno de dibujo a la planta baja, lo dejó sobre la mesa del vestíbulo y salió a ayudar a Cleo.

—¡Dime que has salido un rato para aprovechar este día!

—Así es. Tengo el brazo entumecido de lanzar la pelota a Yoda. ¿Qué tal la travesía?

—Divina. Me he encontrado con John Dee en el puerto deportivo, que estaba haciendo alguna chapuza allí.

Me ha dado recuerdos para ti. Vamos a tomarnos esas chuletas de cerdo —continuó mientras llevaban las bolsas a la casa—.

Y las judías verdes que he comprado en el mercado junto con patatas rojas machacadas.

—¿Machacadas?

—Me apetecía probar algo nuevo para mí, y tiene pinta de ser divertido. Voy a por la última bolsa. Tú empieza a colocar las cosas. Propongo que después tomemos un vino.

—Secundo tu propuesta.

Sonya cumplió con su deber. No entendía por qué Cleo había comprado huevos cuando quedaba casi una docena, pero no cuestionó a la cocinera.

Cleo regresó con la última bolsa, junto con el cuaderno de dibujo de Sonya.

—¿Has estado dibujando? No lo he abierto, pero estaba a la vista.

—Sí, te lo mostraré y te lo contaré mientras nos tomamos ese vino.

—Sírvelo. Yo me ocupo de esto. ¿Te ha cundido la jornada de trabajo?

—Sí, mucho. Y hay más.

—¿Dobbs?

—Prácticamente ni mu. Solo cuando subí a echar un vistazo al armario por si estaba el retrato de Catherine. Pero nada. Entonces vi el boceto encima de tu escritorio. Muy siniestro. Siniestro en plan «¿De verdad estoy viendo esto?».

—Está tomando forma. Bueno, muéstrame y cuéntame.

—¿En el porche? El día perfecto ha dado paso a una tarde perfecta.

Salieron y se sentaron. Después de beber un sorbo de vino, Sonya dejó la copa a un lado, abrió el cuaderno de dibujo y se lo entregó a Cleo.

—Es… ¿Es esta la habitación en la que Owen soñó que jugaba al ajedrez con Collin?

—Sí.

—Y este es Collin, a nuestra edad. Con… Deuce. Es Deuce Doyle, ¿no?

—De nuevo, sí.

—Vale, primero, que sepas que es una maravilla. Se aprecia el vínculo con toda viveza. Una noche de invierno, dos amigos juntos jugando al ajedrez con un whisky, los tenues copos de nieve, la chimenea encendida… Una habitación acogedora a la luz de una lámpara. Qué bonito.

Miró a Sonya.

—¿Presenciaste esto?

—Otro sí. Los vi jugar al ajedrez, conversar. Y, tal como sucedió en una ocasión, todo se paralizó. Collin me habló. Mantuvimos una conversación. Fue un rato agridulce y, bueno, entrañable en cierto modo. Nos habría caído bien, Cleo.

Cleo le estrujó la mano.

—Cuéntame.