Capítulo 18 #2
—¿Me traes una Coca-Cola cuando subas? Voy a hacer una pausa en breve.
—Claro.
Yoda bajó con Cleo y la gata, otra parte de la rutina matinal. Retozaría fuera, pensó Sonya al volver al tajo.
Yoda regresó cuando Cleo le dejó la Coca-Cola encima del escritorio. Sonya se lo agradeció con una sonrisa mientras continuaba con la videoconferencia con sus primeras clientas, las hermanas dueñas de Baby Mine.
Para cuando Cleo apareció, lista para marcharse, ella ya estaba realizando las últimas pruebas de la página web de otro cliente.
—¡Que te diviertas!
—Eso por descontado. No dejes de salir un rato. Hace uno de esos días perfectos.
—Figura en la agenda.
Clover reprodujo Into the Mystic [«Hacia lo místico»] de Van Morrison para desearle a Cleo un buen viaje.
—Buena elección.
Con la música sonando y Yoda arrellanado bajo el escritorio, Sonya se enfrascó en el trabajo.
Cuando sonó la alarma, se levantó. Se asomó al descansillo de las escaleras al oír rebotar la pelota abajo.
—¡Puedes llevártelo con Pye fuera si te apetece! ¡Voy a tardar como mínimo una hora más!
Hizo un breve descanso en el cuarto de baño y se retocó el carmín de los labios.
Cuando salió, en la casa solariega reinaba el silencio. Contenta de que alguien estuviera disfrutando del día perfecto en opinión de Cleo, se acomodó de nuevo y repasó las notas para la reunión.
—Nada de música hasta que terminemos, Clover.
Al cabo de cuarenta y tres minutos, se recostó en el asiento con un suspiro.
—Se acabó, y es hora de picar algo y dar una vuelta. O sea, que necesito calzarme.
Se levantó con esfuerzo, se estiró tras pasar varias horas sentada y oyó voces.
No era Cleo. Aun en el supuesto de que su amiga hubiera entrado a la casa sin que ella se percatara, reconoció el timbre grave de voces masculinas.
No era Cleo, no era Dobbs. Aguzó el oído, pero no logró distinguir las palabras, tan solo el sonido. Y, a continuación, una fugaz risa masculina.
No sintió la atracción del espejo.
Cogió el teléfono de encima del escritorio y se lo guardó en el bolsillo.
Era su casa, recordó para sus adentros, y salió de la biblioteca con sigilo. Se dio la vuelta y siguió la procedencia del eco de las voces. Y de la música, comprobó. Bon Jovi . Livin’ on a Prayer [«Aguantando gracias a la fe»].
¿De los ochenta? ¿De los noventa? O posterior.
No procedían del cuarto del bebé, lo cual agradeció en el acto, pues en aquella habitación se respiraba muchísima tristeza.
No, procedían de lo que en su opinión era un cuarto de estar. Donde, recordó, Owen había presenciado en una ocasión una escena en la que jugaba al ajedrez con Collin en su juventud.
Con el pulso acelerado, se apostó en el umbral, cuya puerta, ahora abierta, siempre mantenía cerrada.
El fuego crepitaba en el hogar y una nieve ligera —fina como la gasa— caía al otro lado de las ventanas.
Había dos hombres sentados el uno frente al otro delante de un tablero de ajedrez. Por un instante, tan solo un fugaz instante, le dio un vuelco el corazón al pensar que se trataba de su padre y de Trey.
Pero no. Si bien el parecido le causó una fuerte impresión, se trataba de Collin con su amigo de toda la vida, Deuce.
Deuce, con el pelo negro como el azabache, sin gafas sobre esos ojos de un azul intenso. Llevaba un jersey azul casi de la misma tonalidad, y sonrió con la sonrisa de Trey al mover el alfil.
—A ver cómo sales de esta.
—Bah, lo haré.
Pero antes Collin se recostó y le dio un sorbo al whisky mientras Deuce hacía lo mismo.
—¿Qué se siente, señor casado, al empezar a diseñar un cuarto para el bebé?
—Es aterrador. Maravilloso. Y, de nuevo, aterrador.
—¿Qué tal Corrine?
—Sigue con náuseas casi todas las mañanas, pero según dicen se le pasarán. Es que es muy pronto. —Deuce apuntó con el dedo a Collin—. Aparte de mis padres y los de ella, de momento tú eres el único al corriente de la noticia.
—Si yo no sé cómo guardar un secreto, ¿quién si no?
—Esa es una verdad como un templo. Cómo nos colábamos aquí a hurtadillas de pequeños, hace tantísimos años. Si tu abuela se hubiera enterado nos habría dado una buena azotaina a cada uno.
—Pero no fue el caso. Y tú eras el único que conocía mis planes de hacer justo lo que estoy haciendo, dado que a estas alturas ella no tiene voz ni voto: vivir mi vida aquí. Nos guardamos los secretos mutuamente.
—Así es, siempre lo hemos hecho.
Collin desplazó la torre y, asintiendo con la cabeza, Deuce observó el tablero con atención.
—Te crees que no me percato, pero te equivocas. No has mencionado tus planes para tu próximo viaje.
—Estaba pensando en proponeros a ti y a Corrine que me acompañarais este verano a Irlanda, la tierra natal de tu familia, pero ahora…
—¿Ahora, con un bebé en camino? Me parece que Corrine y yo nos quedaremos más cerca de casa.
—A lo mejor hago lo mismo. Tengo compañía de sobra.
—Esta noche están tranquilos.
—Bueno, sonará la habitual música nocturna más tarde. También suena mucho de día.
—¿Tu DJ residente sigue inclinándose por el rock?
—Sí.
Deuce realizó el siguiente movimiento.
Su mano permaneció inmóvil sobre el caballo. De pronto, las llamas del hogar se congelaron. La música cesó.
Y Collin se volvió hacia Sonya y sonrió.
—Trey se parece mucho a él, ¿verdad?
—Sí.
—Deuce y yo pasamos infinidad de ratos como este a lo largo de los años. Nadie tuvo jamás un amigo mejor que Deuce Doyle. En las alegrías y en las penas, siempre estuvo a mi lado, siempre. Tú entiendes el valor de ese vínculo.
—Sí. Tú…
—Te pareces a tu padre. Ojalá lo hubiera conocido mejor.
—¿Mejor?
—Nos conocimos, en cierto modo. A través del espejo.
Cuando era niño lo consideraba mi amigo imaginario.
Y, posteriormente, como una especie de ilusión.
Cuando me enteré, por Deuce, de que era real, de que tenía un hermano, un hermano gemelo, una madre que me había deseado y querido, era demasiado tarde.
A estas alturas a Sonya no le resultaba chocante el hecho de mantener una conversación con alguien que había muerto antes de que ella tuviera conocimiento de su existencia.
Y había cosas que deseaba decir.
—Lo lamento. Creo, a pies juntillas, que también habríais estado ahí el uno para el otro. De modo que lo siento por los dos.
—Yo también. Es algo que no tiene vuelta de hoja.
Esta noche que pasé con Deuce fue justo antes de conocer a Johanna.
Yo sabía lo que era ser querido, por parte de la persona sentada enfrente de mí, pero desconocía lo que significaba amar a una mujer con cada fibra, con cada pensamiento, con cada respiración, y ser correspondido.
—Ella era muy bella. No me refiero solo en cuanto al físico. A juzgar por cómo habla de ella Corrine, sé que era una bellísima persona.
—Oh, ya lo creo. Mi vida cambió con ese amor, y volvió a cambiar cuando la perdí.
Sonya percibió la melancolía en su tono de voz y, junto con ella, la aflicción por lo que podría haber sido.
—Deuce, Corrine, Ace, Paula, y más tarde Trey, Anna y Owen, siempre estuvieron a mi lado. Otros también, pero ellos representaron el pilar, el eje central de mi familia.
—Siguen estando aquí para ti.
—Sí, ¿verdad? —Se le suavizó el semblante con una sonrisa—. En muchos aspectos, fui muy afortunado en la vida. Eres la hija de mi hermano. Quiero que sepas que ignoraba el alcance del peligro que acecha aquí. Dobbs nunca me causó problemas, o no hasta el punto de inquietarme. De haber sabido…
Dejó la frase a medias y negó con la cabeza.
—No tengo claro lo que habría hecho. No pude compartir esto con mi hermano. La mitad de la casa, del negocio, de todo lo que heredé, debería haber sido suyo.
—Él tuvo una buena vida en Boston, fue afortunado. Supo lo que era querer y ser querido.
—Sí, y eso alivia mi pesadumbre. Yo deseaba legarte todo esto. Necesitaba que lo tuvieras y tenía la plena certeza de que, al margen de los lazos de sangre, tú eras la persona idónea. Que sepas que estoy orgulloso de ti, desde la distancia.
Cuando ella se disponía a dar un paso al frente, tuvo la fuerte sensación de que no podía. De que no debía.
—¿Por qué desde la distancia?
—Tú has disfrutado de una buena vida. Con mi carga de sufrimiento, por mi Johanna, por el hermano que me arrebataron, por las circunstancias, me sentí como un negado, intrusivo y cobarde.
—Desvió la mirada hacia el fuego durante unos instantes y de nuevo hacia ella—.
Una equivocación que abrigo la esperanza de que perdones.
—No hay nada que perdonar. Me siento agradecida, no tengo palabras para expresarlo. Me encanta la casa solariega, y me encantó desde el instante en que la vi. Me encanta saber que tengo más familia, y conocer la historia de esa familia. Me hiciste un regalo increíble.
—Y una carga con él.
—Una responsabilidad —corrigió ella—. Pero… ¿hay algo que puedas decirme sobre los anillos, sobre cómo encontrarlos? ¿Sobre cómo recuperarlos? ¿Sobre cómo detener a Dobbs?
—Desconozco las respuestas. Los retratos… guardan alguna relación, pero no lo sé.
—Los retratos de las novias. Mi padre y tú los pintasteis. ¿Cuándo?
Él negó con la cabeza.
—En sueños. Me da la sensación de que estoy soñando. No puedo quedarme mucho más tiempo. Hasta ahora me había resultado imposible mostrarme ante ti, conversar contigo de esta manera.
Ella percibió su frustración cuando levantó las manos con un ademán.
—Tengo la impresión de que la muerte plantea preguntas en la misma medida que proporciona respuestas. Pienso, no sé, que se tarda un tiempo en llegar a este punto.
—Tal vez Johanna lo sepa. ¿Puedes preguntárselo?
La profunda aflicción se reflejó en su mirada.
—No puedo. No podemos estar juntos.
—No lo entiendo.
—Por la maldición, posiblemente por la puñetera maldición.
Algunas veces alcanzo a percibir su presencia, casi noto su presencia.
Se me antoja oír su voz, pero no logro encontrarla, distinguirla con claridad, ni tocarla.
Es una especie de tortura. Ella se interpone entre nosotros. Dobbs se interpone entre nosotros.