Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

D espués de un comprensible tardío despertar a la mañana siguiente, Sonya pensó que habían realizado un importante avance en el salón de baile.

Tal y como esperaba, halló pequeños tesoros: una tarjeta por el Día de San Valentín, tan dulce como elaborada, para Lisbeth Poole de su amado Edward.

Con la promesa de que se profesarían amor eterno.

No era una promesa que él pudiera mantener, pensó mientras metía el sobre con la tarjeta en una caja.

Encontraron una antigua lata de café Maxwell House que contenía piedras y guijarros. Aunque obviamente se trataba de una colección infantil, Cleo se abalanzó a por ella.

En el transcurso de su sistemático recorrido, Sonya encontró una bonita pieza que Owen identificó como una mesa de naipes plegable tallada en madera de palisandro.

E inmediatamente la destinó al cuarto de juegos.

—Puede que sea pésima con los videojuegos, pero puedo ampliar horizontes con las cartas y otros juegos de mesa.

Oh, apuesto a que podría encontrar juegos de mesa antiguos en internet.

Haría falta un aparador para guardarlos, o algo con estantes a la vista para exhibirlos. Para exhibirlos —decidió en el acto.

—Me gusta. —Cleo se ajustó el pasador que le sujetaba el pelo sobre la coronilla—. Buscaremos un bonito jarrón antiguo para exhibir esas canicas y colocaremos los demás juegos que hemos encontrado.

—¡Exacto! Reuniremos juegos que vienen de largo, por ejemplo, un parchís, un tablero de cribagge , de backgammon … Buscaremos un juego de cartas de póquer antiguo. Para exhibirlos y utilizarlos. Cualquier cosa nueva y reluciente irá a un cajón, ¡y listo!

Sonya apuntó con ambos dedos índices hacia una librería con tres puertas de cristal.

—¿No es eso de la misma madera que la mesa? ¿A que sí, Owen?

Él examinó el mueble con una mezcla de admiración y desesperación.

—Sí, es de madera de palisandro, y es una belleza. No es de la misma época que la mesa.

—No hace falta que sean idénticos. No queremos crear un ambiente estudiado y armonioso, sino lúdico y acogedor. Nos vendrá muy bien, y es ideal para lo que tengo en mente.

—Es bastante grande —señaló Trey—. Y el cuarto de juegos es de los más pequeños de la casa solariega.

—Tienes razón. —Antes de desanimarse, tuvo un golpe de inspiración—. Pero hay zonas más amplias en el sótano. Ya tenemos allí el gimnasio y la sala de cine. Es un lugar más indicado para una auténtica sala de juegos.

—Entonces, abajo. A ver. —Owen simuló calcular contando con los dedos—. Cuatro tramos de escaleras. Quiero pedir cita para una operación de hernia de antemano.

—De paso pide cita para mí.

Sonya se limitó a darle unas palmaditas en la mano a Trey porque ya visualizaba cómo quedaría, cómo podrían usarla y apreciarla.

—Para los videojuegos bajaremos un sofá y un par de butacas cómodas. Para el póquer, esa preciosa mesa antigua y más sillas. Además de la vitrina para los juegos y una mesa de billar (a menos que nos temáis), que sea de época. Y una máquina de pinball vintage .

—Una máquina de pinball. —Trey se metió las manos en los bolsillos—. Maldita sea, me has dado en un punto débil.

—En un punto más débil todavía con lo de vintage —convino Owen.

—Ahora os tengo en el bolsillo. De todas formas, os lo imagináis, ¿verdad?

Como es natural, no va a ser de hoy para mañana, pero sería estupendo.

Collin sacó buen partido de los espacios que habilitó allí abajo, pero hay mucho más.

Instalaremos la sala de juegos allí abajo y la ampliaremos.

Y destinaremos el actual cuarto de juegos a algo diferente.

—¿Cómo qué? —preguntó Trey.

—Aún no lo sé. —Sonya movió la mano en el aire con un ademán—. Ya lo averiguaremos.

Con el plan en marcha en su cabeza, pegó un pósit en la librería.

—¿Sabéis qué le falta a esta casa? —preguntó Trey.

Owen respondió:

—Un montacargas.

Sonriendo, Trey apuntó con el dedo hacia él.

—Me has leído la mente, genio.

Después de un productivo fin de semana —con una partida de póquer improvisada en la mesa del salón de baile y una deliciosa travesía dominical—, el lunes Sonya se levantó lo bastante temprano como para encontrarse a Owen en la cocina.

—Estaba a punto de irme. He entrenado.

—Precisamente lo que estoy a punto de hacer yo.

—La mesa de naipes plegable, las sillas y esa librería descomunal que encontramos…

—Sí, sí. —Fue a hacerse un café—. Os reclutaremos para acarrearlos con vuestros músculos.

—No es necesario, puesto que ya están ahí abajo. La mesa, la silla y la librería.

—¿Trey y tú ya las habéis bajado?

Owen se quedó mirándola sin más.

—Tómate un par de chutes de café y párate a pensar.

Cuando lo hizo, se le aclararon los ojos. Y se le pusieron como platos.

—Ah. ¡Aaah!

—Sí. El equipo con el que cuentas aquí es la bomba. —Owen cogió su taza con tapa y se volvió cuando Trey entró—. He cancelado la cita para la operación de hernia.

—¿Eh?

—Algunos de los residentes ya han bajado los muebles para la futura sala de juegos. Nos vemos luego. —Salió por la puerta trasera y silbó. Jones se separó de sus compañeros y alcanzó a Owen.

—¿Eh? —repitió Trey.

Sonya le ofreció su taza de café y preparó otro.

—Es evidente que mi idea de la sala de juegos ha despertado la imaginación en ambas dimensiones.

Tras intercambiar las tazas, lo besó.

—Que tengas un buen día —le dijo al marcharse.

Trey bajó la vista hacia el café y se bebió la mitad de pie sin moverse del sitio. Dado que había madrugado bastante, disponía de tiempo para entrenar en su casa antes de irse al bufete.

Vertió el café en una taza con tapa y la colmó.

Pensó en Sonya, abajo en el gimnasio, haciendo curls de bíceps, sentadillas o lo que demonios hiciera mientras la maldita campanilla sonaba. Allí abajo, con un perro y a saber con quién o con qué más.

Luego pasaría la mayor parte del día junto a su escritorio. Sola, pero no del todo. Con Dobbs dando portazos y golpazos a las ventanas, o algo mucho mucho peor: el espejo podía atraerla a saber dónde o cuándo.

Y no había nada que él pudiera hacer al respecto.

Le ponía enfermo no poder hacer nada. Día tras día, se esforzaba en encontrar soluciones para los clientes, en buscar medios para resolver situaciones, asuntos y escollos difíciles.

Pero, en lo concerniente a Sonya, carecía de métodos, de precedentes, de argumentos de peso para ayudarla a salir del laberinto.

A él siempre le había encantado esa casa, pensó mientras la recorría. No solo había aceptado, sino disfrutado del hecho de conocer su historia y que muchos de los que la habían forjado aún la habitaran.

Se detuvo en el umbral del cuarto de juegos.

Él siempre había sido bien recibido allí. Había pasado buenos ratos allí. Con Owen, con Manny, con otros amigos, con Collin. Dobbs jamás había intentado ahuyentarlos.

Pero en aquel entonces, él —al igual que los demás— no era un obstáculo, un rival, una amenaza. No en aquel entonces.

—Ahora soy todo eso.

Abrigaba la esperanza de que ella lo supiera.

En el «rincón tranquilo», las manecillas del antiguo reloj de pared marcaban las tres. Podía moverlas, pero volverían a desplazarse. Contrariado, entró y las movió de todas formas.

Se detuvo junto a la sala de música y observó con atención los retratos. Cinco de siete. ¿Qué pasaría cuando encontraran y colgaran los dos restantes? Era imposible saberlo, pero, por lógica, sería importante.

Se detuvo de nuevo al pie de las escaleras y, al mirar hacia arriba, oyó el chirrido de puertas al abrirse. Oyó, y le caló los huesos, el zumbido sordo procedente de la segunda planta.

Dobbs pretendía que cayera en la trampa. A sabiendas de ello, subió un peldaño.

La tableta de Sonya, en la biblioteca, arrancó con Stop! In the Name of Love [«¡Para! En nombre del amor»] de Diana Ross a todo volumen.

—Maldita sea, Clover.

Por mucho que le fastidiara, se detuvo. No por la advertencia, sino al recordar que le había hecho la promesa a Sonya de no entrar en aquella habitación. Es posible que lamentara esa promesa y, en ese momento, así fue. Pero se lo había prometido.

—Llegará el momento en el que tendrá que liberarme de esa promesa. Llegará el momento —repitió.

Salió, llamó a Mookie y, tras echar un último vistazo a la casa solariega, se marchó.

Cansada pero satisfecha después del entrenamiento, Sonya se desprendió del sudor ganado a pulso en la ducha. En vista de que tenía programadas un par de reuniones por videoconferencia, se maquilló con parsimonia.

Al salir del baño, encontró un pantalón pirata blanco y una camiseta azul marino con escote de pico encima de la cama.

—Imagino que te habrás enterado de que hoy salgo en pantalla. Qué buena elección.

Se vistió, se puso unos sencillos pendientes de botón y se lio alrededor del cuello el collar de cuentas arcoíris de Clover a modo de gargantilla.

—Me gusta. Estoy muy presentable. Vale, Yoda, es hora de ponerse a trabajar.

La primera reunión transcurrió antes de que Cleo asomara por el pasillo.

Cleo se detuvo y bostezó.

—Cuando me espabile, voy a aprovechar el día. Tengo intención de salir a navegar. O bien pintaré en la cala, o bien buscaré otro rincón. Luego haré unos recados y compraré la comida, incluidas las chuletas de cerdo que tengo previsto cocinar a la parrilla para la cena.

—Da la impresión de que vas a pasar el día entero fuera.

—Sí, o sea, que voy a dejar a Pye aquí.

Sonya asintió con la cabeza y aguardó un segundo.

—Quieres saber si estoy bien sin preguntarme si estoy bien.

—Me figuro que estarás harta de esa pregunta, porque yo lo estaría.

—Empieza a cansarme, de modo que me limitaré a decir que todo dentro de la normalidad.

—¿Con la coletilla de «jodido»?

A Sonya le hizo gracia.

—En fin, se trata de la casa solariega, así que es de esperar que haya algo jodido.

Estoy bien, te lo prometo. Voy a llamar a mi madre por FaceTime cuando termine de trabajar para contarle que he visto a mi padre.

Quería digerirlo bien antes de ponerla al corriente. Las dos lloraremos, y asunto zanjado.

—De acuerdo. Voy a bajar a espabilarme con el café.