Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Menudo espectáculo —consiguió decir Owen—. Es lo que hemos venido a presenciar. Estamos empapados. Es hora de regresar.

—Él me oyó llamándolo. Regresó por mí.

—Así es. Y nosotros también vamos a regresar. —Tiró de ella hacia el espejo y lo atravesaron.

Y aparecieron en una noche despejada de verano.

—Madre mía, estás empapada. —Trey alargó la mano hacia ella—. Y llorando.

—Ha llovido, ha llovido en la fiesta.

—Ya nos lo contaréis, pero vamos arriba. —Cleo la agarró de la mano—. Te ayudaré a secarte y cambiarte. Trey.

—Sí, sí. Voy a hacer té.

—Ya no tengo que conducir. —Owen se sacudió el pelo, que le goteaba—. Voy a tomarme un whisky.

—Yo me encargo. —De camino a la casa, Trey miró hacia atrás.

El espejo, tras cumplir su cometido, había desaparecido.

No solo estaba empapada, pensó Trey, no solo llorando, sino tan lívida que se preguntó si la habría atravesado con los brazos. La observó enfilar escaleras arriba con Cleo mientras Owen las seguía con Jones a su lado acompasando el p aso.

Y haría el dichoso té.

—Quedaos conmigo —ordenó al resto de las mascotas—. Dejadles un poco de espacio.

Deseó, no por primera vez, que el espejo, junto con la casa solariega, se fueran a los confines del infierno.

Arriba, Cleo condujo a Sonya a su habitación. Y vio que Molly —seguramente— ya había encendido la chimenea.

—Estás tiritando. Ponte junto al fuego. Hay que quitarte esa ropa mojada. Voy a por toallas.

Dado que se trataba de Cleo, Sonya dejó que el último hilo se quebrara; se llevó las manos a la cara y rompió en sollozos.

—Ay, Son, cariño. Pasara lo que pasara, lo lamento mucho. —La abrazó, la acarició y la meció—. No hables ahora. Solo dime si estás herida.

Como Sonya se limitó a negar con la cabeza, Cleo la sostuvo entre sus brazos.

—Tranquila —dijo, y dejó que Sonya se desahogara.

Cuando los sollozos remitieron, Cleo la soltó.

—Voy a traerte toallas y ropa seca.

Al darse la vuelta, comprobó que, mientras consolaba a Sonya, Molly se había encargado de lo esencial: sobre la cama yacían toallas, una sudadera, unos pantalones de chándal y unos calcetines gruesos.

—Eres un ángel —dijo Cleo en voz baja—. Y creo que es literal. Anda, vamos a quitarte ese vestido mojado.

Sonya dejó escapar una bocanada de aire, inhaló hondo y exhaló.

—Vale. Vale. Solo necesitaba desahogarme.

Cuando se desnudó, Cleo la envolvió con una toalla y usó la otra para secarle el pelo.

—Eso está mejor. Puedo darte una pasada con el secador.

—Estoy mejor. —No obstante, Sonya apoyó la cabeza sobre el hombro de Cleo durante unos instantes—. No sé lo que haría sin ti.

—Suerte que no tengas que averiguarlo jamás. Vamos a vestirte.

Seca y vestida, Sonya se dio un toquecito con el dedo en la cara.

—¿Estoy muy mal?

—Nada que no arreglen diez minutos de paños fríos, pero, en este caso, creo que da igual. Son, Trey está intranquilo, y además no sabemos qué ha pasado, lo que no ayuda.

—Tienes razón, y ya estoy bastante recompuesta. Gracias a ti.

—Nos recomponemos la una a la otra. Ese es el trato.

Sonya consiguió esbozar una sonrisa.

—Mejor trato, imposible. Bajemos.

Owen y Jones aguardaban en el pasillo. Tras un atento escrutinio, Owen asintió con la cabeza.

—Si hubiera bajado antes de que estuvieras lista, él me habría preguntado y se lo habría contado. Deberías hacerlo tú.

—Maldita sea, Owen.

Él frunció el ceño al mirar a Cleo.

—¿Qué?

—No paras de ganar puntos.

—¿Sí? ¿Cuál es mi puntuación?

—El juego aún no ha terminado.

Abajo, Trey caminaba de un lado a otro de la cocina. Era un hombre paciente. Le habían dicho, en más de una ocasión, que de esa cualidad en particular tenía de sobra.

Sin embargo, su paciencia ya había llegado al límite.

—A la mierda con todo esto —empezó a decir, y acto seguido los oyó aproximarse. Haciendo un esfuerzo por recuperar el control, le sirvió un whisky a Owen.

Yoda corrió al encuentro de Sonya y se irguió sobre sus patas traseras como para animarla.

—Qué chico más bueno. —Le hizo carantoñas y miró a Trey—. Siento haber tardado tanto.

—No pasa nada. —Él reconocía los estragos de un ataque de llanto al verlos, de modo que se armó de paciencia de nuevo—. ¿Por qué no te sientas? ¿Por qué no nos sentamos todos?

Owen, aún de pie, cogió el whisky y le dio un trago.

—Esto lo arreglará. —Hizo un ademán en dirección a Cleo.

—Un trago de eso, con té de acompañamiento. Yo me encargo. Siéntate con Sonya. Vosotros fuisteis los que lo atravesasteis. Trey y yo nos limitamos a esperar.

—Menudo trago.

—Y tanto que sí.

Cuando Sonya se disponía a coger la botella de whisky, Owen se la sujetó.

—Gracias.

Él mismo le sirvió un chupito.

—Muchas gracias —dijo Sonya al tiempo que tomaba asiento junto a la mesa. Yoda se metió debajo y se tumbó a sus pies—. Y siento que tuvierais que esperar hasta que me recompusiera.

Trey se decantó por un café, y se lo llevó a la mesa.

—Esta vez solo os habéis ausentado alrededor de media hora. Veintisiete minutos, de hecho.

—No tengo la impresión de haber pasado allí tanto tiempo, ¿verdad, Owen?

—Más bien me parecieron diez minutos. Diez, doce a lo sumo. —Se sentó, con Jones haciendo guardia al lado de su silla.

—Es esa extraña línea del tiempo. Había una fiesta —empezó a decir—.

Creo que era a principios del siglo XX , en la década de 1900.

Una fiesta formal de Moira y Owen Poole, y me parece que era primavera o principios de verano.

Estábamos fuera, en el césped, y alcanzamos a oír la música procedente del salón de baile. La gente estaba tomando el fresco.

Sonya miró a Owen.

—Sí, con ropa elegante, con un montón de joyas. Con luna llena, y el cielo despejado.

—Exacto. Una luna llena, y el cielo despejado. Una noche agradable. Owen y Moira… eran mayores que cuando los vi en el bosque. Ella estaba embarazada. No se le notaba, pero nos enteramos por su conversación. Fijo que de uno de los pequeños.

—¿No sería de Lissy? —preguntó Cleo.

—A juzgar por la indumentaria, y más o menos por la edad que aparentaban, no. Seguro que estaba embarazada de Jack. Y poco después… —Apartó a Dobbs de su cabeza para narrar los detalles por orden—. Empezaron a entrar a la casa, y nosotros no estábamos seguros de si debíamos seguirlos. Entonces…

Tuvo que hacer una pausa, y cogió el té que Trey le había preparado.

—¿Dobbs?

Ella negó con la cabeza.

—No, en ese momento no. Apareció mi padre. Mi padre, allí de pie, observando lo mismo que nosotros. Rondaba los treinta años, no mucho más de treinta, supongo, con su vieja camiseta de la Universidad de Boston.

Se aclaró la garganta.

—Parecía adormilado, o sea, como si hubiera estado durmiendo.

A veces, cuando se atascaba con un cuadro, echaba lo que él denominaba una «siesta para la inspiración» de cinco o diez minutos en el antiguo sofá de su estudio.

Tenía ese aspecto. Él pensó que se trataba de un sueño.

Habló en voz alta, y dijo que pensaba que todo era un sueño.

—He visto fotos. —Owen intervino para dar tiempo a Sonya a recomponerse de nuevo—. Sí que se parecían. De primeras pensé que era Collin.

—Apareció a través del espejo —dijo Trey—. Tu padre.

—Sí, aunque no lo vimos atravesarlo. Pero ahí estaba.

Lo llamé y corrí hacia él, pero él no me oyó, y pasé justo a través de él.

No es lo mismo en el caso de Owen y yo, entre nosotros.

Para cada uno el otro está ahí, o sea, físicamente.

Pero no pude tocar a mi padre. Sin embargo, él percibió mi presencia. Percibió algo.

»Me miró. No me vio, pero, por un segundo, me miró. Sintió algo. Entonces… Owen.

—Apareció Dobbs. —Chascó los dedos—. De la nada. El padre de Sonya también la vio y dijo algo así como que ella no era uno de ellos. Como la gente de la fiesta.

—Se percataría de que iba vestida de una forma diferente, de que parecía fuera de lugar. Se percató de cosas.

—Ella no. Pasamos inadvertidos —añadió Owen—. Estaba centrada en él, y sabía quién era.

—Tu padre —terció Trey.

—Se cabreó, era evidente. —Owen bebió más whisky—.

A lo mejor la intención de Dobbs era hacer algo, pero Sonya lo llamó.

No esta Sonya, sino de pequeña, a través del espejo.

Él dijo: «Sonya me está llamando. Es hora de despertarse».

Y se dirigió al espejo y lo atravesó antes de que Dobbs lo alcanzara.

—Eso la cabreó todavía más. Lanzó un gancho contra el espejo.

—Le salió el tiro por la culata. Me da la impresión de que salió malparada.

—Y tanto que sí. Se hizo sangre en los nudillos. Hizo amago de dar un puñetazo al cristal, pero no pudo golpearlo y retiró la mano bruscamente. Además de un poco dolorida, la vi furibunda y desquiciada.

—Dijo que debería haberlo asfixiado la noche en la que nació. Elegir uno, igual que Patricia obligó a su hija a elegir un bebé para criarlo. Que él (mi padre) causaba problemas.

—De tal palo, tal astilla.

Sonya asintió con la cabeza en dirección a Cleo.

—De tal palo, tal astilla. Me gusta saber que le causo problemas. Tenía cuatro anillos, y dijo que el quinto estaba a buen recaudo en la cama…, el de Lisbeth. Que pronto se convertiría en una novia. Se rio y, levantando los brazos, conjuró un vendaval, truenos, relámpagos y un aguacero.

Sonya resopló.

—Se desvaneció, y regresamos.

—Has pasado por alto lo de los anillos.

—He dicho que llevaba cuatro.

—No, me refiero a que, antes de que levantara los brazos para orquestar el numerito de mierda ese de la tormenta, y en el transcurso de esta, todos empezaron a, ya sabes, relucir.

Con gesto de extrañeza, Sonya negó con la cabeza.

—No tengo claro a qué te refieres.

—Como a emitir destellos —repitió—. Bueno, chispas. Como si estuvieras soldando algo y se pusiera a despedir chispas.

—Bueno…, sí, cuando tenía los brazos levantados, imagino que pensé que no era más que el efecto de los relámpagos. No me percaté de nada antes de que levantara las manos.