Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

P ara cuando regresaron a la casa solariega, era más de medianoche.

—Una pregunta con respecto a Question Mark —empezó a decir Sonya—. ¿Llegarán en algún momento a dar la talla para tocar en un local decente?

—No —respondió Owen de inmediato—. Y permíteme que recalque ese no rotundo con signos de exclamación.

Trey y él se cruzaron la mirada en el espejo retrovisor.

—Sí, en eso tengo que estar de acuerdo con mi antiguo compañero de banda. El bajista no toca mal, pero una banda de rock no se sustenta únicamente con un bajista. Oye, ¿y si lo compensamos yendo al club de Ogunquit pronto?

—Igual podemos averiguar cuándo toca Rock Hard. —Cleo se ladeó para mirar hacia atrás—. A ver cuándo Bree tiene una noche libre y que se apunte.

—Yo puedo encargarme.

—Me parece un planazo. Me pregunto… No, esta noche no —dijo Sonya al divisar la casa solariega, iluminada tan solo con las luces que había dejado encendidas—. Me preguntaba si Clover y sus fantasmales amigos estaban de celebración como la vez anterior.

—A lo mejor sí y simplemente terminaron hacia medianoche.

Entre risas, Sonya se apoyó contra Trey.

—Me hace mucha ilusión pensar eso.

Cuando Owen aparcó, ella bajó de la camioneta.

—Confío en que Jack se haya ocupado de todo, pero los dejaremos salir un poco antes de…

Se interrumpió y tanteó el brazo de Trey.

—¿Qué pasa?

—Noto… Es el espejo. Lo noto. No…, no puedo… Ahí, ahí. ¿Lo ves?

Se hallaba en el césped, con el cristal emitiendo destellos bajo la luz de la luna, entre las sombras de las nubes. Donde no estaba —lo cual le constaba a Trey— ni siquiera unos segundos antes.

—Sí, lo veo. ¿Qué más ves?

Ella se llevó la mano al estómago y se apoyó contra él.

—El espejo. Hay movimiento en el espejo.

—Yo lo veo. —Owen dio un paso al frente para ponerse a su lado—. Colores, contra un fondo oscuro, en movimiento.

—Yo no veo nada salvo el reflejo del cristal. —En solidaridad, Cleo posó la mano sobre el hombro de Sonya.

—Debo ir. Sin más remedio.

—Lo sé. —Apurado, Trey inclinó la cabeza para besarla—. Owen te acompaña. Cleo y yo esperaremos. Aquí mismo.

—Saldremos airosos de esto. Sea lo que sea, saldremos airosos.

Owen la agarró de la mano y echaron a andar por el césped en dirección al espejo.

—Voces, oigo voces. Música y voces.

—Yo no, todavía no. Solo… sonidos que no logro distinguir.

—No tengo miedo —dijo Sonya para convencerse a sí misma.

—Bien. Así puedes protegerme.

Juntos, se encaminaron hacia el espejo y lo atravesaron.

Cuando desaparecieron al otro lado del cristal, Cleo agarró con fuerza la mano de Trey.

—Odio esto. Odio quedarnos aquí como pasmarotes. Sin oír, sin ver nada.

—Totalmente de acuerdo contigo. Los perros están ladrando. ¿Y si los dejas salir?

Cuando ella fue a toda prisa a abrir la puerta, él dio otro paso al frente y posó la mano contra el cristal.

Al otro lado, Sonya apareció con Owen en el césped. Bajo un cielo plagado de estrellas y la luna llena surcando el firmamento sobre el incesante movimiento del mar.

Las luces de toda la casa titilaban y brillaban. A través de las ventanas abiertas de lo que parecía una noche cualquiera de principios de verano, oyó música.

Una voz masculina cantaba suavemente When You Were Sweet Sixteen.

Una pareja reía, en tono jovial, mientras bailaba en el césped.

Otros paseaban, iluminados por la luz de la luna y las guirnaldas de farolillos chinos.

Los hombres iban vestidos de esmoquin —algunos, más formales, de frac—, mientras que las mujeres resplandecían ataviadas con vestidos largos y vaporosos con escotes pronunciados y corpiños ajustados.

Lucían sedas y satenes de colores suaves con guantes largos junto con relucientes diamantes, rubíes y esmeraldas.

—¡Moira! Moira y Owen Poole. Allí. Los reconozco. ¿Los ves?

—Sí… ¿La del vestido azul? ¿El de flores azules que da la impresión de que caen sobre la falda?

—¡Sí! Son mayores que cuando los vi en el bosque, cuando él se declaró. Parecen felices.

—Todo el mundo lo parece. Me hace preguntarme por qué estamos aquí.

—Quiero oír lo que están diciendo.

Tiró de O wen para aproximarse, fantasmas entre fantasmas.

Unas cuantas personas aplaudieron cuando se acercaron, cuando la canción terminó y los bailarines hicieron una reverencia.

Moira le dio unas palmaditas en la mano a su esposo.

—Deberíamos entrar ya, Owen.

—¿No estabas mareada?

—Ni mucho menos. Tan solo necesitaba tomar un poco el fresco. Ya sabes cómo es esto.

Se acarició ligeramente la tripa.

—Está embarazada. Es… No puedo precisar la fecha, pero sé que es después del nacimiento de Lisbeth. Por la vestimenta. He procurado fijarme en la evolución de la moda. Owen, calculo que estamos más o menos a principios del siglo XX , así que tal vez… Ah, creo que está embarazada de Jack.

—En ese aspecto he de confiar en ti.

—¿Qué necesidad hay de que nos traslademos aquí para presenciar esto? Están felices. Ignoran lo que va a ocurrirle a Lissy.

—De lo contrario nada cambiaría. Simplemente alargaría su duelo.

—Tienes razón. Me consta que tienes razón. Lo que pasa es que… Están entrando. A lo mejor debemos seguirlos, entrar y subir al salón de baile.

Cuando se disponían a hacerlo, ella se quedó helada.

—¿Qué pasa? ¿Es Dobbs?

—No, no, qué va. —Levantó una mano temblorosa.

—Madre de Dios, es Collin. Plantado ahí mismito, delante del espejo. Fijo que lo ha atravesado como nosotros, pero en una época anterior. Parece, no sé, más o menos de mi edad.

—Sí, por ahí. Pero no es Collin. Es mi padre. Owen, es mi padre.

Lo supo con certeza. A pesar de que eran gemelos, había diferencias sutiles entre ellos.

Y sabía que el hombre que se hallaba apostado junto al espejo, vestido con unos tejanos baqueteados con los dobladillos deshilachados y una camiseta de la Universidad de Boston, el pelo enmarañado y con falta de un recorte, una barba de dos días con falta de un afeitado, era Andrew MacTavish.

Su padre.

Se separó de Owen y echó a correr.

—¡Papá! ¡Oh, Dios mío! ¡Papá!

Corriendo en dirección a él, con los brazos abiertos para abrazarlo, lo atravesó directamente.

De pronto, soltó un grito, más bien fruto de la consternación que de la conmoción. Su padre dio una sacudida hacia atrás como si alguien le hubiera empujado. Con los ojos como platos, miró a su alrededor.

Miró, por un momento a ella le pareció que miraba hacia ella.

—Papá.

Al alargar la mano hacia él, comprobó que él miraba fijamente, no a ella, sino más allá.

—Tranquila. —Owen fue a su encuentro y le pasó el brazo alrededor de los hombros—. Es duro. Me resulta inimaginable. Pero has tenido la oportunidad de verlo de nuevo.

—Él ha sentido mi presencia. Lo sé. No puede verme, pero ha sentido mi presencia. Aquí somos fantasmas, lo mismo que él. ¿Por qué yo puedo verlo y él a mí no?

—Qué sé yo, Sonya, y es una mierda. Fíjate, no tiene miedo. Está más bien…

—Maravillado. —A Sonya se le derramó una lágrima—. Eso es lo que él decía cuando veía algo que le asombraba. Maravillado. Es la casa solariega lo que le asombra.

Incluso mientras ella hablaba, Drew dijo:

—Es un sueño, otro sueño más. ¿Cómo es posible que sean tan puñeteramente reales? ¿Cómo es posible que alcance a oler la sal en el aire, a sentir el césped bajo los pies? ¿A oír esa música? ¿Qué diablos está sonando?

Negó con la cabeza, se metió las manos en los bolsillos y observó con atención la casa.

—Es la casa más alucinante que he visto en mi vida. Y no paro de verla. Debe de estar en algún lugar de la costa. Caray, a Winter y a Sonya les encantaría. Tal vez algún día… —De pronto, giró la cabeza—. ¿Quién diablos es esa?

—Dobbs. —Owen sujetó a Sonya del brazo con firmeza para retenerla.

—La veo. Mi padre también la ve.

—No es una de ellos —oyó decir a Drew—. Es otra cosa.

—Ella lo ve, Owen. Va a su encuentro. Podría hacerle daño. Tengo que…

—No lo hizo. Eso no sucedió entonces. —Él siguió sujetándola con fuerza, con la esperanza de estar en lo cierto—. Tampoco sucederá ahora.

Incluso mientras Dobbs se deslizaba hacia Andrew flotando en el aire, él volvió la vista hacia el espejo.

—Sonya me está llamando. Es hora de despertarse.

Se giró hacia el espejo y lo atravesó.

—Mantente alejado de lo que me pertenece. —Al hacer amago de dar un manotazo al espejo, Dobbs se tambaleó hacia atrás y se sujetó una mano con una mueca de dolor—. Maldito seas, malditos seáis todos. Debí asfixiar al bebé. Elegir uno y cortarle la respiración. Este causa problemas. Causa problemas.

Desatando su locura como un ciclón, se puso a caminar de un lado a otro delante del espejo. De pronto, una mujer que se encontraba en las inmediaciones se estremeció y se agarró los codos.

—Este causa problemas.

Con el semblante desencajado por la furia y los labios apretados en una mueca, Dobbs apretó el puño. Lo lanzó hacia el cristal, pero, antes de estamparlo contra él, retrocedió y gritó de dolor.

—Maldito seas.

Abrió la mano y frunció el ceño al ver que tenía los nudillos manchados de sangre. Entonces su gesto furibundo se volvió ensoñador. Los ojos le brillaron al extender las manos y sonreír contemplando los cuatro anillos que llevaba en los dedos.

—De momento cuatro, y el quinto a buen recaudo en la cama. Están a salvo y a gusto, según creen. Oh, sí, a salvo y a gusto esta noche. Pero pronto, muy pronto, se convertirá en una novia. Y será mía. Muy pronto.

Dejó caer las manos a los lados y levantó bruscamente la cara hacia el cielo.

—A salvo, a gusto y calentita, pero aquí traigo la tormenta.

Con una risotada, alzó los brazos.

Se desataron remolinos de viento. Destellos de relámpagos. Los truenos resonaron. Y un torrente de lluvia comenzó a caer del cielo.

Entre chillidos y risas, la gente echó a correr hacia la casa hasta que solo quedaron los tres fuera mientras la lluvia empapaba el césped.

—Muy pronto. —Sonriendo sin parar, Dobbs contempló con admiración sus dedos y lo que brillaba en ellos—. A la novia le llegará su hora.

Mirando hacia el cielo, exclamó:

—¡Soy la señora de la casa solariega por siempre jamás!

Y, con otro remolino, se desvaneció.