Capítulo 16
S onya no temía a Ace, pero cualquiera que no temiera a Sadie al menos un poco es que tenía horchata en las venas en vez de sangre.
No se retrasó.
Dado que el anfitrión de su cita había elegido un restaurante selecto, dio gracias a Molly de nuevo por la elección de su indumentaria, y a su peluquera por conferir un toque de estilo a sus ondas largas y sueltas.
Al entrar vio que Ace Doyle había reservado, cómo no, la mesa ideal junto a la cristalera que miraba a la bahía, a los barcos que la surcaban y, a lo lejos, el faro.
Y, cómo no, ya estaba sentado a esa mesa ideal ataviado con un traje de tres piezas, con pañuelo de bolsillo incluido.
Se levantó al verla, la tomó de ambas manos y la besó en las dos mejillas.
—Estás espléndida.
—No podía ser menos en vista de que voy a almorzar con el hombre más apuesto de la costa de Maine. Qué sitio más resplandeciente para un día resplandeciente.
Él le sacó la silla.
—Mis viejos huesos agradecen volver a sentir el sol. Bueno, ¿qué te apetece beber?
—Ha sido una mañana ajetreada. Una Coca-Cola, por favor.
Ace se dirigió al camarero, que rondaba cerca de la mesa.
—A mi encantadora acompañante le apetece tomar una Coca-Cola.
—Después de hablar con Sadie —empezó a decir Sonya— me pregunté si Eddie está bien.
—Estupendamente. Hoy lo he mandado al juzgado con Trey. Nos consta que Sadie puede ocuparse de todos, y me quedo corto. Eddie necesita experiencia y algo de rodaje en el estilo de Trey en los litigios.
—¿Cuál es su estilo?
Ace se reclinó en el asiento cuando el camarero le sirvió la bebida a Sonya.
—Hay un antiguo dicho en el gremio de los abogados: «Cuando los hechos están de tu parte, exponlos con contundencia.
Cuando la ley te respalda, apóyate en ella.
Y, si ninguna de las dos cosas te favorece, golpea la mesa para que te escuchen».
—Continuó, con el orgullo impregnando cada palabra—: Mi nieto jamás golpea la mesa.
Sus herramientas son los hechos, la ley, la lógica y la razón, y nunca se olvida de remover las emociones un pelín.
—Da la impresión de que es un buen abogado.
—Un abogado condenadamente bueno. Ah, aquí está mi otra acompañante.
Se levantó de nuevo cuando Cleo entró, vestida para la ocasión con una minifalda de volantes de gasa con flores blancas sobre un fondo azul verdoso.
—También espléndida. Soy la envidia de Poole’s Bay.
—Yo diría que el objeto de la envidia somos nosotras, ya que eres el hombre más encantador de Poole’s Bay.
El camarero se detuvo cuando Ace le sacó la silla a Cleo.
—Tomaré agua con gas y lima, gracias. Dado que ac abo de terminar un cuadro y que voy a conducir, fingiré que es champán.
—¿Qué has pintado?
—He terminado el árbol que hay delante de la casa, la versión estival. Más adelante pintaré la versión otoñal e invernal.
—Estoy deseando ver las cuatro estaciones. ¿Y tú por qué has tenido una mañana ajetreada? —le preguntó a Sonya.
Ella se dio cuenta de que, fuera cual fuese el motivo por el que él deseaba reunirse con ella, podía esperar. Primero la conversación distendida, la carta, las especialidades del día y las comandas, que incluyeron, por elección de Ace, una tabla de quesos para el centro.
Para cuando Sonya probó su ensalada de camarones se había olvidado de la reunión solicitada.
Ace narró anécdotas que la hicieron reír o que sencillamente le fascinaron.
—Poco después de que Collin asumiera el mando de la casa solariega, antes de realizar la mayor parte de las labores de limpieza y arreglos, organizó una partida de pó quer.
Una especie de inauguración con cartas, whisky y puros.
A ver…, estábamos Deuce y yo, tu primo Connor y Larry, el padre de John Dee, que se afincó en Florida cuando se jubiló.
Era una partida amistosa, en una mesa que Deuce y él habían subido del sótano y plantado en medio del gran vestíbulo.
El recuerdo le arrancó una sonrisa mientras comía.
—La chimenea del salón estaba encendida, y teníamos patatas fritas de bolsa y cosas por el estilo para bajar el whisky. Collin, bueno, tenía buen olfato para los negocios, el olfato de los Poole, pero ese chaval era una nulidad jugando el póquer.
—Era más bien un jugador de ajedrez —comentó Sonya.
—Ciertamente. Él siempre se pensaba que podía marcarse un farol o conseguir una carta para formar una escalera.
Estábamos jugando con las cartas boca abajo, lo cual era una suerte para él, pero, en una mano en la que el bote era sustancioso, Connor subió la apuesta, y yo también.
Yo tenía un full de reyes y nueves, y Collin ahí plantado sin nada.
Vamos, que se le notaba en la cara y, sin embargo, iba a subir la apuesta de nuevo.
Hizo una pausa y se dio unos toquecitos en los labios con la servilleta.
—El caso es que se había llevado su equipo de música a la casa solariega. Justo cuando Collin estaba a punto de apostar fuerte con esas cartas tan malas y a perder la camisa de nuevo, de buenas a primeras Kenny Rogers empezó a cantar The Gambler [«El jugador»].
— «You’ve got to know when to hold ’em, know when to fold ’em» —cantó Cleo.
Ace apuntó hacia ella con el dedo.
—Ahí le has dado. Todos los presentes nos llevamos un buen susto. Él se había llevado el equipo de música a la casa, pero todavía no lo había instalado. Ni siquiera estaba enchufado.
—Fue Clover. —Sonya echó la cabeza hacia atrás entre risas—. Mirando por su niño.
—He de decir que sí. En aquel entonces lo ignorábamos, pero ahora lo sé. Resulta que Collin siguió el consejo de su madre y se plantó.
—¿Quién ganó la partida?
Él sonrió con picardía a Cleo.
—Mi full ganó al color de Connor, que era de corazones. Me llevé un buen bote, por cierto. —Se recostó en el asiento y suspiró—. Después de aquello, Collin se ciñó básicamente al ajedrez.
—Organizaremos una noche de póquer —prometió Sonya—. Pero tendrás que lidiar con mujeres en la mesa.
—Yo jamás pongo objeciones a compartir la mesa con mujeres.
—Les hizo un guiño—. Y me alegro de que las dos pudierais venir, darme el gusto de almorzar conmigo.
Es bueno ver a amigas tan unidas. Yo, con mi mejor amigo desde que éramos pequeños, hace siglos, en fin, nos metimos en líos con el paso del tiempo, de algunos de los cuales nadie, ni siquiera mi querida esposa, tiene conocimiento hasta la fecha.
Él fue el padrino de mi boda, y yo de la suya.
Yo me decanté por Derecho; él por Medicina.
Joe fue el médico del pueblo durante más años de los que puedo contar.
Perdió a su querida esposa debido al cáncer hará cosa de tres años.
—Oh. —Sonya alargó la mano hacia la de Ace—. Qué duro.
—Para algunos realmente solo hay una. Ella lo era para él. Al año siguiente se retiró y se trasladó al sur, a Carolina del Norte, para vivir más cerca de su hija menor y sus nietos.
—Lo echas de menos —dijo Cleo.
—Como si me faltara un brazo. Mantenemos el contacto por correo electrónico, por teléfono e incluso a través de las redes sociales.
Como su primogénito vive en Bangor, él viene al norte de visita de vez en cuando.
Paula y yo vamos a verlo una vez al año, pero echo de menos tomar una cerveza con él después de un largo día, sentados a la mesa de póquer.
Sé de buena tinta que los buenos amigos son un tesoro.
Alzó su copa.
—Por lo tanto, sé que Sonya te pondría al corriente de lo que tenía intención de hablar con ella, Cleo. Seguro que le gustaría saber qué opinas. Mencionaste algo sobre un museo, para albergar y exhibir la historia de Poole’s Bay.
—Así es.
—Bueno, pues se me ocurrió una idea al respecto, le di un par de vueltas y se la planteé a unas cuantas personas. La antigua escuela de preescolar y primaria. —Sonrió fugazmente de oreja a oreja—. Es uno de los lugares donde Joe y yo nos metíamos en líos.
—El edificio de ladrillo rojo —dijo Sonya, haciendo memoria—. El que está al otro lado del puerto deportivo. En… ¿cómo se llama?
—Gull Lane —respondió Cleo.
Ace se reclinó en el asiento.
—No solo da gusto miraros y charlar con vosotras, sino que además sois observadoras de vuestro entorno.
—Es nuestra comunidad.
Él asintió con la cabeza en dirección a Sonya.
—Vosotras os habéis integrado, y la gente se da cuenta. A raíz de que se construyeran nuevos centros de enseñanza (de educación primaria y secundaria), todos ellos antes de que bendijerais este mundo con vuestra presencia, lo utilizaron como colegio electoral, sala de reuniones, almacén, etcétera.
—Y, en tu opinión, podría destinarse a museo.
—Es un edificio sólido, si bien le hace falta una reforma para cumplir con la normativa actual relativa al uso de pintura con plomo, amianto… Por eso todavía no lo hemos abordado. Es preciso que tenga un propósito para justificar la reforma que necesita.
»Os puedo asegurar que es robusto, por dentro y por fuera.
Ayer realicé un pequeño recorrido y, a pesar de todos estos chap arrones, no hay goteras.
Se construyó para que perdurara. Tanto el edificio como el terreno en el que se ubica es de propiedad municipal, y así seguiría siendo.
Lo que se necesitaría es financiación. Al menos una promesa de ello con el fin de poner en marcha la iniciativa, con el fin de que pase por los canales adecuados y se elabore un plan.
Bebió un sorbo de agua.
—La gente con la que he puesto en común la idea se ha mostrado receptiva. Tenemos una fundación entre la familia y contraeríamos el compromiso de realizar una sustanciosa donación. Conozco a unas cuantas personas que aportarían más.
Levantó las manos con un ademán.
—A ver, hay que tener en cuenta cómo es la gente. Habrá ciertas diferencias en lo que respecta a lo que albergue, a la forma en la que se gestione todo.
—Apuesto a que los abogados eficaces y empáticos podrían conciliar las diferencias.
Él esbozó una sonrisa radiante a Sonya.
—No sería la primera vez.
Sonya miró a Cleo.
—Son, ya sabes lo que opino.
—Y tanto que sí. —Miró a Ace de nuevo—. Nos apuntamos.