Capítulo 15 #3
—¿Sabes qué? Has acertado. Es informal, pero coqueto.
Se vistió, se puso las sandalias seleccionadas y lo combinó con los pendientes largos de lágrimas de perlas que siempre le recordaban a las uvas blancas pequeñas. En un acto reflejo, se enganchó el collar de abalorios de Clover.
Retrocedió un paso y se miró con atención en el espejo.
—Es como llevar encima un jardín… en el buen sentido. Gracias, Molly.
Al enfilar hacia el pasillo, Cleo salió de su habitación.
—Apenas son las nueve y media. ¿Quién eres?
—Qué graciosa. Necesito un café.
Sonya la acompañó.
—O… podías venir conmigo. Puedo esperar. De compras.
—Hoy no, Satanás. Quiero terminar mi versión estival del árbol antes de que termine el verano.
—Pensaba que ya lo habías acabado.
—Casi. Tienes buen aspecto. Transmites un aire profesional, pero no encorsetado. Atractivo, pero no frívolo.
—Al parecer esa era la idea de Molly.
—Puedo acicalarme. —Tras considerarlo, Cleo asintió con la cabeza—. Podía acicalarme y quedar contigo para almorzar.
—Un plan genial. Me iría bien a la una. —Sonya se detuvo junto al umbral de la biblioteca—. ¿Qué te parece en el restaurante informal del hotel?
—Un plan genial también.
—¿Y si le mando un mensaje a Anna para ver si le apetece unirse a nosotras?
—Sí, hazlo.
—Voy a mandárselo ahora mismo. He de coger un par de cosas. Nos vemos a la una.
Tras enviar el mensaje de texto, recogió sus cosas. Leyó la respuesta de Anna conforme bajaba las escaleras y dobló hacia la cocina, donde Cleo estaba de pie, activando el cerebro con cafeína.
—Anna ha respondido que para la próxima. Hoy tiene la última revisión del embarazo. O sea, que solo estamos tú y yo.
Sin dejar de beber, Cleo levantó el pulgar.
Sonya se agachó y acarició a Yoda con fuerza.
—Pórtate bien con Cleo. Y con Jack —añadió al salir.
De camino al coche, volvió la vista hacia la casa y vio la sombra tras la ventana de su dormitorio, tal como había sucedido la primera vez que contempló la casa solariega.
Sin embargo, ahora levantó una mano para saludar, y la sombra hizo lo mismo. Sonya se alejó en el coche sonriendo.
En el trayecto repasó la agenda.
Gigi’s, A Bookstore, Bay Arts y, dependiendo del rato que pasara en cada una, iría a la peluquería, o bien al estudio de yoga. Luego el almuerzo y, de camino a casa, la floristería.
Tras calcular el itinerario a pie, optó por aparcar en las inmediaciones de la peluquería, ya que, a fin de cuentas, acabaría allí.
Mientras caminaba, se fijó en la gran cantidad de turistas y le agradó reconocer a tantos lugareños, de los cuales había una gran cantidad también, de aquí para allá. Después de tres días de lluvia, pensó, la gente se echaba a la calle con el sol.
Entró a Gigi’s y charló con la dueña, clienta suya. Curioseó y, pensando en el cuarto para envolver regalos, en el espacio para guardar los regalos, se permitió pensar en la Navidad.
Cuando se dirigía a la caja, entraron una mujer y un adolescente, ambos cargados con cajas. Sonya percibió la fragancia antes de que las depositaran sobre el mostrador.
—¡Entrega! —La mujer sacudió hacia atrás la cabeza, con profusión de trencillas con cuentas.
—Justo a tiempo. Andamos cortas de existencias. Te atenderé a ti primero, Sonya. Esta es Carrie, y su hijo, Hogan. Carrie es la dueña de Bayside Lotions and Potions .
—Los jabones huelen de maravilla. Ya los uso, y acabo de hacer acopio de más. Sonya MacTavish. —Le tendió la mano.
—Encantada de conocerte.
—Sonya es la sobrina de Collin Poole. Vive en la casa solariega.
Los grandes ojos marrones de Carrie se abrieron como platos.
—Oh.
—¿Has visto algún fantasma? —preguntó su hijo.
Sonya sonrió.
—A todas horas.
—Yo no sé si sería capaz —dijo Carrie—. Por bonita que se vea esa casa allí arriba en los acantilados, no sé si sería capaz de vivir allí.
—Seguro que es guay.
—La verdad es que sí —le dijo Sonya a Hogan—. Me figuro que no me podría llevar algunos de estos productos directamente de aquí.
—Por supuesto que sí.
—Es un disparate, pero estoy haciendo alguna que otra compra de Navidad con antelación.
Tras sopesar las opciones, sacó dos pastillas de jabón en una tonalidad azulada, un exfoliante corporal con partículas azules, el gel de ducha a juego, una loción corporal junto con un par de latas de velas y los dispuso en un surtido.
—Añadiré un buen libro, una botella de vino, y tal vez un par de copas bonitas, y lo pondré todo junto en una cesta coqueta. A mi tía le encantará.
—Añadir un libro y demás… —Gigi hizo un mohín con los labios—. Quizá también una elegante toalla de mano o una esponja de baño. Quedaría bonito como decoración para el escaparate.
—¿A que sí? Me llevo todo esto y, si es posible, otro lote igual con esta fragancia. —Cogió un jabón de color morado—. Precioso.
Repasando mentalmente su lista de regalos, hizo un gesto.
—Y un lote más en fucsia, igual de precioso.
—Me has alegrado el día, de verdad —comentó Carrie.
—Yo tampoco he salido perjudicada. —Gigi comenzó a marcar los artículos.
—Nos chiflan tus productos. Son una delicia para el cuerpo, y para la vista. Los elaboras tú misma. Es impresionante.
—Mi hermana y yo.
—¿Y…?
A Carrie le hizo gracia la ocurrencia de su hijo.
—Y Hogan es de gran ayuda cuanto no está en el colegio. Mi hija también, y las dos hijas de mi hermana.
—Una empresa familiar, y creativa. Imagino que a mucha gente le encantaría saber más. Si alguna vez quieres tener presencia en internet…
—Tenemos una página web.
A espaldas de su madre, Hogan puso los ojos en blanco, y ella exclamó: —¡Te he oído!
Con una sonrisa maliciosa, él se encogió de hombros.
—Sosa. Pasada de moda, lenta y sosa. Tú no, mamá, la página web. Tenemos que avanzar a este siglo.
—Sonya fue quien me convenció para dar el paso.
Sonya sonrió a su clienta.
—A eso me dedico.
—¿A las páginas web y cosas así? —preguntó Hogan.
—A las páginas web y cosas así.
—¿Tienes una tarjeta o algo?
—Sí. —Sacó una de la cartera y se la entregó.
Asintiendo con la cabeza, él la examinó.
—Qué elegante. Nos vendría bien algo de elegancia. Intentaré convencer a mi madre.
Satisfecha con la parada, Sonya regresó al coche para guardar las bolsas. A lo mejor había comprado más de lo que tenía previsto, pero disponía de un cuarto para envolver regalos con espacio de almacenamiento.
Fue paseando a A Bookstore. Diana estaba cobrando a un cliente mientras otros curioseaban en los libros apilados, y Anita, respondiendo a preguntas de alguien por teléfono.
Ambas le sonrieron de oreja a oreja. En vista de que estaban ocupadas, aparcó brevemente los asuntos de negocios y se puso a curiosear también. Al cabo de diez minutos, con dos libros y otro par de regalos, se dirigió a la caja.
—Una mañana ajetreada —le dijo a Diana.
—Son las mejores. ¿Qué tal, Sonya?
—Liada, así que mejor que mejor.
Anita finalmente colgó el teléfono y resopló.
—Guau, nuestra línea de negocio electrónico se ha disparado desde que la mejoraste, Sonya. Te lo agradeceré más adelante, pero, de momento, ¡uf! —Miró a Diana—. La clienta quiere la colección completa de Sutton Grove.
—Es buena. —Diana se volvió hacia Sonya—. Y son veintitrés libros.
—Que sean dos. Quiere un lote para su hermano y otro para su abuelo. Un regalo con mala leche.
Sonya se rio.
—¿Y eso?
—Ambos discutieron con ella aduciendo que las mujeres no son capaces de escribir novelas de misterio buenas, descarnadas y absorbentes. Joyce B. Landon es la autora de la saga de Sutton Grove.
—Ah.
—Son buenas, descarnadas y absorbentes.
—Así es —convino Diana—. No creo que tengamos existencias de la colección completa.
—Le he dicho que haremos el pedido. Voy a ponerme con ello.
—¿Tienes un minuto antes? Y ya puestos, ¿un par de ellos más para conseguirme el primer libro de esa saga? Os enviaré la versión digital de esto, pero aprovechando que iba a pasarme por aquí de todas formas, imprimí la propuesta para la camiseta y el marcapáginas.
Cuando salió, satisfecha de nuevo, decidió que podía cargar con las bolsas y hacer otra parada. Se puso a hacer malabares con ellas cuando su teléfono sonó.
En la pantalla rezaba: «Bufete de los Doyle».
—¿Diga?
—Soy Sadie —dijo la ayudante de Deuce con su característico acento de Maine—. Como Eddie no está, me estoy ocupando de las gestiones para el mandamás. Quiere reunirse contigo. Puede ir a la casa solariega al mediodía.
El mandamás. Ace.
—Ah, de hecho estoy en el pueblo ahora, y tengo una cita dentro de unos minutos. Podía pasarme por el bufete luego si está libre.
—¿Cuándo?
—Pues en principio he quedado a almorzar con Cleo a la una, pero puedo cancelarlo y…
—Un momento.
Sonya trajinó con las bolsas de nuevo, resopló y continuó caminando.
Sadie regresó, tan expeditiva como siempre.
—Ace dice que es su día de suerte cuando puede invitar a almorzar a dos chicas guapas. A la una en punto en el hotel.
—Vaya, qué… Nos encantaría. ¿En qué restaurante?
Su tono expeditivo se volvió casi burlón.
—Se trata de Ace, de dos chicas guapas y un almuerzo. ¿A ti qué te parece? En el elegante. A la una en punto —repitió—. Una mesa para tres. A él le dará igual si os retrasáis, pero a mí no, de modo que sed puntuales.
Ante dicha advertencia, Sonya apretó el paso.