Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Bien. Tienes que pintar eso.

—Es que… —Sonya interrumpió su negativa automática—. ¿Sabes qué? Que lo haré. En algún momento. Vayamos a por una copa de vino y a repantigarnos en el porche principal.

Apenas se habían acomodado cuando oyeron el ruido de las camionetas.

—¿Lista para relatar el episodio de nuevo?

—Sí. —Sonya deslizó los dedos por las cuentas del collar—. Y que no se te escape que me olvidé de llevar encima esa dichosa pistola de aire comprimido. Otra vez.

Sonya se levantó cuando Trey y acto seguido Mookie bajaron de la camioneta de un salto. Él sostuvo en alto una bolsa grande de comida para llevar del Lobster Cage.

—Traigo la cena. He elegido un par de raciones de marisco para compartir y guarnición.

Entonces Cleo se levantó.

—Que Dios te bendiga.

—La pondré dentro.

Owen y Jones salieron de la camioneta y se encaminaron hacia ellas.

—De modo que un incidente —dijo, escudriñándolas—. ¿En el salón de baile?

—Efectivamente.

—Si hubo una refriega, todo apunta a que ganaron los buenos.

—Efectivamente también. —Sonya se sentó de nuevo—. Y precisamente estábamos brindando por nuestra victoria.

Sonya observó cómo Owen deslizaba la mano por la mata de pelo de Cleo y, sin apartar los ojos de ella, inclinaba la cabeza para besarla.

«Es un hecho consumado —pensó—. La quiere». Y la certeza aportó un poco más de calidez a la noche.

Cuando Trey regresó y los perros estaban entretenidos librando una batalla amistosa mientras la gata observaba apoltronada en la escollera, se sentó a su lado y le dio un toquecito con el dedo al collar.

—Eso es nuevo.

—De hecho, es antiguo.

—Dijiste que no os hizo daño. A ninguna de las dos.

—No, solo tengo una pequeña magulladura.

—¿De qué?

—Deja que empiece por el principio. Después de otro día lluvioso enfrascada en el trabajo, decidí hacer algún avance en el salón de baile.

Tras escucharla, él levantó una mano.

—Te atrapó.

—La puerta doble se cerró de un portazo y las luces se apagaron. Puesto que estaba más oscuro de lo normal, ella contribuyó a eso. Sin embargo, no quiso o no pudo conseguir la oscuridad absoluta.

—No pudo —afirmó Cleo—. Yo opino que si hubiera gastado energía intentándolo se le habrían agotado las pilas para urdir el resto.

—¿Y qué fue el resto? —preguntó Owen.

—Movió los muebles y me arrinconó con ellos. Me empujó con algo…, de ahí el moretón. Como es lógico, me asusté.

—Eres humana, como cualquiera.

Agradecida, inclinó la cabeza ligeramente hacia Trey.

—Cuando me disponía a mandar un mensaje a Cleo para que acudiera en mi auxilio, ella lanzó el teléfono por los aires…

usando uno de los guardapolvos. Susurró las gilipolleces habituales («Márchate o morirás»), pero la cosa no quedó ahí.

Luego entraré en detalles. El caso es que me agaché y me puse a buscar el teléfono, pero como estaba casi tan cabreada como atemorizada, le grité a voz en cuello.

Entonces una enorme vitrina comenzó a volcarse hacia mí.

Me quedé arrinconada, preparada para recibir el golpe.

Empecé a empujar, a intentar enderezarla, pero fue en vano.

Y entonces… —Tocó las cuentas del collar de nuevo—.

Apareció Clover. Justo a mi lado, y se puso a empujar conmigo.

—Espera. —Trey tomó la mano de Sonya—. ¿La viste?

—Sí. Le hablé, y ella me habló. Dudo que pudiera haberlo conseguido sin ella.

Mientras les narraba el resto, se le derramó una lágrima y apretó la cara contra el hombro de Trey.

—Fue horrible, y luego maravilloso. Me abrazó.

Noté sus brazos alrededor de mi cuerpo, alcancé a oler su pelo.

Dijo que tenía que marcharse, que no podía seguir encarnada durante mucho tiempo, que me quería.

Entonces desapareció, las puertas de la terraza se abrieron de par en par, las luces se encendieron y Cleo irrumpió en la sala como un torbellino.

—No pude entrar antes. Empujé, tiré y aporreé la puerta mientras daba gritos.

—Ninguno de los cuales oí.

—Fue cuestión de un par de minutos. Cuando hice amago de sacar el teléfono para llamar a la caballería, el tirador se movió.

—¿Qué llevaba puesto Clover?

Con gesto divertido y al mismo tiempo perplejo, Cleo miró a Owen.

—¿Lo dices en serio?

—Sí, y te digo por qué. Se deshicieron de sus cosas, retiraron su cuerpo y se deshicieron de sus cosas.

Como si jamás hubiera existido. Cualquier cosa que llevara puesta al dar a luz, cuando falleció, en fin, estaría muy sucio.

Por tanto, lo que lleva puesto es una elección propia, ¿o no?

Y parte de la ilusión o de lo que quiera que sea… No sé cómo explicarlo.

—Entiendo —señaló Cleo—. De hecho, es una observación interesante.

—Un vestido. Un vestido de verano —recordó Sonya—. Estampado… en tonos rosas, naranjas y algo de blanco. Muy colorido. Con sandalias. —Sonya cerró los ojos haciendo memoria—. Sandalias de color rosa fuerte. Y unos pendientes naranjas, de aro con dos bolas colgando. Un montón de pulseras, y esto.

Se llevó la mano al collar.

—Llevaba enganchado esto y, después, lo encontré en el primer cajón que abrí.

—Es un regalo —dijo Trey—. Algo suyo que podía regalarte.

—Sí. Seguro que se les pasó por alto cuando sacaron sus cosas de la casa solariega.

—Coincido contigo. —Owen asintió con la cabeza—. Sin embargo, no es ese el que llevaba puesto cuando Trey la vio.

—Porque se acicaló por ti —concluyó Cleo—. Deseaba estar lo más guapa posible, y a su estilo.

A modo de conformidad, Clover puso Born This Way [«Así soy yo»] de Lady Gaga.

—Además, era un conjunto veraniego —dijo Sonya por lo bajo—. O sea, que presta atención a las estaciones.

—Con su particular y característico sentido de la moda. —Cleo le dio unas palmaditas a Owen en la mejilla—. Pues mira por dónde ha sido una pregunta excelente.

—Ahora que ya tiene la respuesta, retoma lo que te dijo Dobbs. Según has dicho, más de lo habitual —recordó Trey.

—Esa fue mi impresión. «Márchate y vivirás.

Quédate y morirás». —Concentrándose, Sonya reprodujo el resto al pie de la letra—.

Que me perdonaría la vida —repitió—. No para de advertírmelo.

Advirtió a Patricia, y Patricia huyó. Dobbs sigue esperando que yo lo haga.

Sin embargo, advirtió a Patricia porque tenía afinidad con ella, incluso le caía bien.

—Contigo no tiene afinidad —terció Trey—. Tú no le caes bien.

—Exacto, por tanto, me está advirtiendo por otra razón.

En vez de aguantar y esperar a que Patricia se casara y se instalara aquí, la ahuyentó porque le caía bien, en la medida en que a Dobbs pueda caerle bien alguien, digamos.

El caso es que ella desea que me marche por una razón diferente. Dudo que pueda asesinarme.

—Qué observación más agradable —masculló Cleo.

—No, es la lógica de la casa solariega. Ella puede hacerme daño, al menos hasta cierto punto. Aparte de las quemaduras causadas por el frío, tengo un moretón en la cadera que lo demuestra.

—Tú no eres una novia —dijo Trey—. No estás prometida ni planificando una boda. Vives aquí, de modo que eres un estorbo, pero no como lo serías en caso de ser la novia de la siguiente generación.

—Desde mi punto de vista, me necesita con vida y necesita o quiere que me marche, por eso está haciendo lo imposible para que mi día a día aquí resulte demasiado aterrador como para quedarme.

—No te conoce ni por asomo.

Sonya dedicó a Cleo una risita.

—Al parecer no. Yo he de marcharme, igual que hizo Patricia, por voluntad propia. No pienso hacerlo. —Sonya bebió un sorbo de vino—. Y ella es la que ha perdido «la batalla del Salón de Baile».

Esa noche, tendida en la cama, apoyó la cabeza sobre el hombro de Trey.

—Sé que te preocupas por mí, y sé que es una estupidez decirte que no lo hagas.

—Bien. Como no eres estúpida, no lo harás.

—Pero quiero que tengas esto muy presente. —Se apoyó con el codo y bajó la vista hacia él—. No estoy sola en esto. No solo te tengo a ti, a Cleo y a Owen; Clover lo dejó claro. Ya sé que lo hemos comentado anteriormente, pero esto lo confirma. Ella estaba justo allí, Trey, justo allí, a mi lado.

—Guapa, lo tengo presente.

—A lo mejor podías intentar darle más importancia.

—Si no tuviera importancia, haría exactamente lo que tu madre sugirió: me mudaría aquí, de manera permanente, y encontraría el modo de trabajar desde la casa solariega. Y es preciso que tú tengas presente una cosa.

—De acuerdo. ¿Qué?

—Que Dobbs está como una cabra. Que en un momento dado podría perder el poco control que le queda y llegar demasiado lejos.

Sonya posó la frente sobre la suya.

—Se me ha pasado por la cabeza, sí. Y lo compensa la certeza de que no estoy sola. Esto me incumbe a mí por alguna razón, Trey. Esto nos incumbe por alguna razón.

—También lo sé, y es una carga en ambos sentidos. Igual que sé que te has volcado en esto. Si pensara que puedo disuadirte, lo intentaría. Se me da bastante bien defender un argumento.

Con gesto risueño, ella frotó la mejilla contra la suya.

—Ya me he dado cuenta.

Él alargó la mano para juguetear con un mechón de cabello de Sonya.

—Si lo hiciera y lo consiguiera, dudo que jamás volvieras a ser la Sonya de siempre. Jamás te perdonarías a ti misma ni a mí.

—A ti quizá, porque sabría que lo habías hecho movido por tu preocupación por mí. Pero, en cuanto a lo demás, tienes razón. Así que, ¿qué te parece si no lo haces y nunca lo averiguamos?

—Ese es mi planteamiento ahora mismo.

—Celebremos la victoria.

—La batalla del Salón de Baile.

—Eso es, y el final dulce y feliz que sucedió a la batalla. —Rozó los labios con los de Trey—. Podemos celebrar nuestro propio final feliz del día ahora mismito.

Se inclinó sobre él, rozó los labios con los suyos de nuevo, y acto seguido una vez más, antes de que ambos se dejaran llevar con el beso.

Cuando Sonya salió de la ducha por la mañana, encontró la elección de Molly extendida sobre la cama recién hecha. No era su indumentaria habitual para andar por casa, sino un vestido veraniego fresco y ligero que tenía pendiente sacar del armario para la temporada.