Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

N o se trataba tan solo de la atmósfera melancólica de un día lluvioso, constató Sonya. Hasta esa mísera luz adquirió una tonalidad más oscura. No se hallaba en la oscuridad absoluta, al menos aún no.

Procuró regular la respiración, procuró tener presente que Dobbs buscaba su miedo. Buscaba alimentarse de su miedo.

—No, que se quede con las ganas.

El sudor frío la envolvió como un témpano de hielo. Observó las vaharadas de su propio aliento.

A través de Shawn Mendes, Clover instó a Sonya con Hold On [«Aguanta»].

—Hago lo posible.

Cuando enfiló hacia la puerta, un mueble cubierto con una sábana blanca se deslizó por el suelo. La sábana ondeó mientras lo que cubría parecía gruñir conforme se desplazaba por el suelo.

Le bloqueó el paso y, cuando Sonya se dio la vuelta y el mueble se movió de nuevo, notó cómo el pánico se iba apoderando de ella.

—¡Es mi maldita casa! ¡Son mis malditas cosas!

Sin embargo, su voz titubeó lo bastante como para empujar el pánico hasta rozar la superficie.

Furiosa, apartó el mueble de un empujón y, cuando se disponía a avanzar, se estampó contra su espalda con la suficiente fuerza como para golpearla y casi derribarla.

Observó cómo el portón doble del salón de baile comenzaba a proyectar un destello y las hojas de madera, labradas con refinamiento, a combarse hacia fuera, hacia dentro, hacia fuera, al tiempo que oía la profunda inhalación y exhalación.

Como la respiración de un monstruo en una pesadilla.

Sobre su cabeza, las lámparas de araña se balancearon y los cristales se sacudieron, chocando entre sí con un ruido como el chasquido del hielo. El techo del que pendían pareció emitir un gruñido.

Con el corazón aporreándole el pecho, Sonya sacó el teléfono. Era hora de llamar a las tropas.

Súbitamente, una de las sábanas blancas salió despedida y le azotó la mano como un látigo. El shock hizo que soltara el teléfono, que cayó dando tumbos por el suelo con estrépito.

Ya con la respiración entrecortada, Sonya se agachó para recogerlo y se le escapó de entre los dedos.

—Márchate y vivirás. Quédate y morirás. Quédate y morirás, y saciaré mi garganta con más sangre Poole.

—La voz susurrante era más aterradora que un grito—.

Soy la señora de la casa solariega. Soy la muerte para las novias Poole.

Mi maldición se llevó a siete, y conserva la fuerza de la primera vez.

Huye de este lugar y te perdonaré la vida.

Sonya tembló de frío, de miedo, pero gritó a pleno pulmón:

—¡Que te den! —Metió la mano en el bolsillo y apretó con fuerza la piedra de bruja que ahora acostumbraba a llevar encima—. Da la cara, zorra. Cobarde. No pienso ir a ninguna parte.

Al incorporarse con esfuerzo, una vitrina sin cubrir empezó a inclinarse hacia ella. Arrinconada, sin escapatoria, Sonya plantó las manos encima y empujó.

Al resbalar y perder el equilibrio, cayó en la cuenta de que había trastabillado porque la vitrina pesaba más de lo que en teoría debía de pesar.

«Esto va a doler —pensó, pugnando por prepararse—. Va a doler muchísimo».

En el ambiente, frío y cargado, percibió el aroma de un prado.

La vitrina se inclinó hacia atrás, apenas unos centímetros. Sonya apretó los dientes y empujó con más ahínco.

Y a punto estuvo de soltar las manos al ver a Lilian Crest, a Clover, su abuela. Con su pelo rubio ondeando y una expresión furibunda en su bello y joven rostro, Clover se puso a empujar con ella.

—¡Empuja! —A Sonya, la voz se le antojó música—. ¡Vamos! ¡Más fuerte!

Ella empujó, hasta el límite de sus fuerzas. El sudor le goteaba por la cara, por la espalda. De su respiración emanaron jadeos y resuellos.

Clover la miró con unos ojos azules rebosantes de ternura.

—No te abandonaré. No te rindas.

—No lo haré. No puedo.

—Ahí está mi Sonya —dijo Clover con una sonrisa.

Y la vitrina se enderezó.

—¡Métetela por el culo, zorra! —Clover sonrió con retintín—. No puede asesinarme otra vez, ¿a que no? Me resulta imposible seguir encarnada y eso. Me agoto, pero era preciso que me vieras con el fin de que lucharas.

Clover levantó los puños como en posición de boxeo.

—Ahora volverá a esconderse en su agujero —prosiguió mientras Sonya permanecía inmóvil, mirándola fijamente—. Pero regresará. Estate preparada. No estás sola.

—Clover.

—De verdad que no puedo permanecer así, pero solo quiero…

Cuando estrechó a Sonya entre sus brazos, Sonya notó su esbelta constitución, su suave piel. Su calidez. Respondió abrazándola con fuerza.

—Tengo muchas preguntas.

—Yo no tengo un puñado de respuestas, con la salvedad de que me caíste bien desde el principio. Con el tiempo, me encariñé de ti. Te quiero. Y, bueno, mierda, es un marrón, ya sabes, pero te necesito. Te necesitamos. No te rindas.

—No lo haré. Es solo que…

Se desvaneció. El rastro de su aroma quedó impregnado en el aire unos instantes más y, a continuación, también se desvaneció.

Justo entonces, las luces se encendieron de sopetón y la puerta doble del balcón se abrió de par en par a la lluvia y la ventisca.

Y, con un grito de guerra, Cleo irrumpió en el salón de baile de un empujón acompañada por Yoda y Pye.

—¡Sonya! ¡No podía abrir!

Enfiló como un rayo en dirección a Sonya apartando mesas a empujones y, al llegar a su lado, la abrazó como había hecho Clover.

—¿Te ha hecho daño? ¿Qué ha pasado? ¡Por Dios, no podía entrar!

—Estoy bien.

—¡Estás helada!

—No pasa nada. Ya ha pasado, y estoy bien. Ha hecho acopio de suficiente energía como para atraparme aquí dentro.

—Cuando estaba a punto de mandar un mensaje a Trey, el tirador de la puerta se movió. No cedía y, de buenas a primeras, he conseguido abrir.

—De todas formas, le mandaremos un mensaje ahora mismo. ¿Cuánto tiempo he estado encerrada aquí?

Cleo le palpó la cara y los brazos a Sonya, aún comprobando si le dolía algo.

—No lo sé con exactitud. Justo estaba terminando de limpiar los pinceles cuando… Sonya. —Cleo, también sin aliento, se llevó la mano al corazón, desbocado—. Tuvo que ser Jack, fijo. Oí una voz, la voz de un niño, que decía: «Sonya necesita ayuda».

—Jack.

—Sí. Venga, salgamos de aquí. Te convendría sentarte y beber un poco de agua. Luego me cuentas lo que ha pasado.

—Sí, me parece que… —Negó con la cabeza y se enderezó—. No. Maldita sea, no. ¿Sabes qué? He subido a hacer lo que quería hacer, lo que era necesario hacer, y estoy decidida a hacerlo. No pienso darme por vencida.

—Son, sentarse y recomponerse no es darse por vencida.

La furia enardecida aplacó el frío al tiempo que erguía los hombros y apretaba los puños.

—A la mierda. No me hace falta recomponerme. Dobbs ha terminado por hoy. Ha sacado toda la artillería, y le ha salido el tiro por la culata. Otra vez. Así que, por hoy, ha terminado. Voy a hacer lo que tenía previsto al subir aquí. Pero he de encontrar mi teléfono.

Clover recurrió a Bon Jovi para proporcionarle la ubicación con It’s My Life [«Es mi vida»].

—Has dado en el clavo. En el puñetero clavo. Y, como dice la canción, voy a vivir mientras esté con vida. Justo aquí, en mi casa.

—Te estás frotando la cadera.

—Ah, es que me ha empujado con algo. Puede que con ese aparador de ahí.

—A ver. —Al estilo de las amigas del alma, Cleo le bajó los pantalones cortos a Sonya de un tirón como si tal cosa—. Uf. Tienes un buen moretón.

—Ya, lo noto, pero los moretones desaparecen. Y ha sido ella quien ha tirado la toalla. ¿Ves esa vitrina? Ha intentado echármela encima.

—¡Qué cabrona! Es grande, y pesa. Te habría hecho más que un moretón.

—Pero no ha sido el caso. Y, cuando echemos de aquí a esa loca de una patada en el culo, la pondremos en el salón dorado para exhibir reliquias de los Poole.

—Vale, muy bien. Perfecto, pero, Son…

—Mándale un mensaje a Owen, yo se lo voy a mandar a Trey, para que sepan dónde estamos. Bueno, ¿qué te parece si elegimos una zona? Iniciaremos la búsqueda, y mientras te pondré al corriente de lo que ha pasado desde el principio hasta el increíble final feliz.

Retiró un guardapolvo y abrió un cajón de un buró al azar.

—¡Anda! Mira, mira, a la primera. —Sacó un collar largo con un arcoíris de cuentas entreveradas con estrellas y medialunas blancas.

—Qué cosa más linda. Es un collar de abalorios, ¿verdad?

Despacio, con cuidado, Sonya lo deslizó entre los dedos.

—Supongo. Están engarzadas a mano. Es de Clover. Lo sé porque lo llevaba puesto.

—¿Cuándo?

—Ahora te cuento —prometió Sonya—. Creo, casi seguro que estaba colgado en la habitación (mi habitación) donde dio a luz a mi padre y a Collin. No le presté mucha atención porque…

—Estabas centrada en ella, y en lo que estaba sucediendo.

—Trey tiene razón: Patricia ordenaría, a quienquiera que enviara aquí arriba, que se deshiciera de las cosas de Clover. Pero pasaron por alto esto. Sencillamente, no lo encontraron. Sin embargo, Clover lo guardó para mí.

En su teléfono empezó a sonar The Gift [«El regalo»] de Annie Lennox.

—Lo conservaré como un tesoro. —Sonya se lo puso—. Deja que empiece por el principio.

Abrieron otra caja de cartón, clasificaron objetos y, tal como Sonya esperaba, avanzaron a un ritmo constante.

Cleo estiró la espalda y le hizo una seña.

—Mira, el sol. Llevábamos unos cuantos días sin verlo.

—Qué maravilla. Deberíamos bajar. Hemos hecho un buen trabajo aquí, y es probable que estos dos necesiten salir. Además, ahora no me vendría mal repantigarme.

—¿Qué te parece si lo hacemos fuera? —Cleo cerró la puerta de la terraza.

—Por mí bien. —Sonya miró la hora en su teléfono—. Son casi las seis. No pretendía pasar aquí arriba tanto tiempo.

—Hemos hecho lo que había que hacer. Prepararé pasta para cenar en un periquete. Dentro de un rato. A mí también me apetece repantigarme.

—No te preocupes por la cena. Haremos unos sándwiches o cualquier cosa. Ha sido un día movidito.

Tras abrir la puerta principal a Yoda y Pye, agarró con fuerza la mano de Cleo.

—Mira. Oh, fíjate.

Un doble arcoíris se perfilaba sobre el mar.

—Si esa no es una señal incuestionable, no sé lo que es. Hazle una foto.

Después de que Sonya hiciera unas cuantas, Cleo asintió con la cabeza.