Capítulo 14 #3
—También entiendo que lo hagas, que lo harías incluso en otras circunstancias.
—Hizo un ademán con la mano en dirección a la casa—.
Y no te equivocas en cuanto a que le quito hierro, pero quiero que sepas, que tengas la plena certeza de que Dobbs no va a ganar.
No pienso permitírselo. Tiene debilidades, y estoy empezando a descubrirlas. Puedo aprovecharlo. Ya lo he hecho.
—Todavía me cuesta mucho comprender lo que es, sus actos.
—Y pienso que tal vez esa sea una de las razones por las que ha durado tanto tiempo.
Winter miró fugazmente hacia la casa.
—¿Quién quiere creer en la existencia del fantasma de una bruja odiosa? ¿Acaso alguien lo haría a menos que se encontrara en la tesitura de enfrentarse a ella?
—Pero yo lo he hecho, y ahora lo comprendo perfectamente, mamá. Lo mismo que Cleo, lo mismo que todos nosotros. Quiero que tengas presente que un niño que murió hace muchísimo tiempo nos hizo el dibujo que hay en la puerta de la nevera.
—Es adorable —musitó Winter.
—Lo es. Ten presente que Clover también mira por nosotras. Además de Molly y el resto. Me consta que hay más con nosotras de los que puedo nombrar. Estamos encajando las piezas de un puzle centenario, y lleva su tiempo. Pero lo estamos logrando.
—Siempre se te dieron bien los puzles.
—Otra cosa que quiero que sepas es que aquí soy inmensamente feliz.
Sé, en lo más hondo, que este es mi sitio.
Que esta es mi casa. Que estoy aquí por esas siete mujeres, por Collin y también por papá.
Y que estoy aquí por mí misma. Papá y tú me enseñasteis a plantar cara a los abusones, por mí misma y por los demás.
—Así es. —Winter le tocó la mejilla a Sonya—. Y lo hicimos puñeteramente bien.
—Pues sí, eso es lo que estoy haciendo: plantar cara a una abusona.
—A pesar de ello seguiré preocupándome, aunque tal vez un poco menos.
—Con eso basta.
—Debería ponerme en marcha. —Tiró de su hija para darle un fuerte achuchón—. Ya te echo de menos.
—A lo mejor más adelante podrías quedarte un poco más de tiempo.
—Estoy reservando el periodo de vacaciones desde Navidad hasta Año Nuevo. Para asistir al fiestón que tienes planeado, si mi habitación está disponible.
—¿En serio? —Absolutamente eufórica, Sonya se abalanzó a los brazos de su madre de nuevo—. Eso sería una pasada.
—Y, dado que me preocuparé un poco, me autoinvito a Acción de Gracias. Con independencia de que lo celebres aquí o (tal y como sospecho) en la casa de los Doyle, me apunto.
—Ya sabes que me hace muchísima ilusión. Te quiero.
—Y yo a ti más. Venga, vamos a por uno de los fuertes y fornidos para que me baje la maleta.
—Y te vas a llevar unas sobras. Nada de cocinar esta noche.
—No pienso poner pegas a eso.
Agarradas del brazo, se encaminaron de vuelta a la casa.
La semana comenzó con lluvia, y así continuó.
A Sonya no le importó el ambiente encapotado y lluvioso durante unos días, y se figuró que los jardines absorberían el agua.
De tanto en tanto, el viento arreciaba y golpeaba la lluvia contra las ventanas, creando una banda sonora de repiqueteos y tamborileos.
Tampoco le importó eso.
Echó de menos sus paseos, pero la vista del exuberante verdor del césped y el mar tempestuoso a través del ventanal de la biblioteca los compensaron.
Y tenía el gimnasio. Después de meses usando el espacio y el equipamiento, había aprendido a desconectar del tintineo de la campanilla, de los golpes ocasionales e incluso de las repentinas ráfagas de aire frío.
A Yoda tampoco parecía importarle la lluvia, puesto que correteaba fuera y se revolcaba en el césped empapado, mientras que la gata salía con sigilo, hacía sus cosas y volvía a entrar con sigilo.
Acomodada junto a su escritorio, oía el sonido de la pelota rebotando, las carreras de Yoda y, alguna que otra vez, la voz de Jack.
«¡Muy bien!».
Hacia la mitad de la semana, con menos distracciones, se había puesto al día con todo lo relacionado con el trabajo.
Se apostó junto al ventanal de la biblioteca y contempló el movimiento de las olas y el vaivén del mar mientras Clover amenizaba con Here Comes the Rain Again [«Aquí viene la lluvia de nuevo»].
Según los que predecían tales cosas, escamparía bien entrado el mediodía. Y los pronósticos prometían una tarde despejada y luminosa.
Por tanto, la había reservado para realizar una incursión en el pueblo. Iba a pedir cita en la peluquería, que ya era hora. Aprovecharía para pasarse por las tiendas, ver a sus clientes del pueblo y darse algún capricho.
Sin dejar de contemplar el mar, sacó el teléfono y llamó a la peluquería.
Después, sin trabajo que la absorbiera y con Cleo encerrada en el estudio, ponderó sus opciones para el resto de un día lluvioso.
Podía acurrucarse y ponerse a leer. Podía hacerse un tratamiento facial, tumbarse y ver una película por streaming. O bien subir al salón de baile y avanzar algo.
Le hacía mucha ilusión la idea de despejarlo, de que recobrara el esplendor, y de organizar un fiestón por todo lo alto en las fiestas navideñas. ¿Para qué tener un salón de baile y nunca organizar un baile?
«Baile de Navidad en la casa solariega».
Algo festivo y de postín. Al igual que su madre, Collin había acumulado suficientes adornos navideños como para surtir a un pueblo entero. Registrarían todo, elegirían y seleccionarían, comprarían más. Contratarían a Bree —por supuesto— para coordinarlo, y a Rock Hard para tocar.
Aún faltaban meses y no quería acortar con la precipitación lo que quedaba de verano, pero tardarían meses en organizarla. Y, por mucho que planificaran, de nada serviría si el salón de baile permanecía atestado de muebles almacenados.
«Decisión tomada», pensó, y le envió un mensaje a Cleo.
Mi escritorio está despejado. Voy a subir al salón de baile a ver qué puedo hacer.
Necesito media hora más o menos y luego iré a echarte una mano.
Sonya respondió con un emoticono con el pulgar hacia arriba.
Cuando se detuvo en el descansillo de las escaleras, cesó el ruido de la pelota.
—¡Voy al salón de baile, solo para que lo sepáis!
Una vez en la segunda planta, echó un vistazo al fondo del pasillo. En el salón dorado reinaba el silencio, y se negó a pensar: «Demasiado silencio». Tan solo se oía el sonido del repiqueteo de la lluvia.
En vez de calentarse la cabeza, se preguntó si Cleo estaría trabajando en el lienzo que mantenía tapado.
Con el fin de disipar el sombrío ambiente, encendió todas las luces y cruzó el salón de baile para abrir la puerta doble de la terraza de par en par.
En algún rincón entre la profusión de cosas almacenadas encontrarían muebles que Owen consideraría adecuados para el espacio exterior. Y, para las Navidades, quizá un par de árboles de Navidad en maceteros. O…
Puso los ojos en blanco.
—Para. Si no te atienes a lo que hay, no puedes hacerte ilusiones con lo que podrías conseguir.
Sin embargo, permaneció inmóvil unos instantes más, contemplando el jardín, las flores vencidas por el peso de la lluvia. La densa espesura y el verdor de los árboles, cuyas ramas se balanceaban con el viento como en una danza.
Le dio la impresión de que el mundo se colmaba con el murmullo de las hojas, con el repiqueteo de la lluvia y el embate del mar.
Aspiró el aire, denso, húmedo y cálido.
No, no deseaba acortar con su precipitación las últimas semanas del verano.
Se dio la vuelta y, metafóricamente, se remangó. Examinó la espesura de sábanas blancas, también fantasmagóricas.
—De acuerdo. Elige una zona y ponte manos a la obra.
Con el estruendo de un cañonazo, la puerta de la terraza se cerró de un portazo. El portón doble del salón dorado se cerró de un portazo.
Y las luces se apagaron.