Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Helado de melocotón casero. —Deuce se llevó la mano a la barriga—. Alguien debería haberme avisado.

—De momento dejad todo apilado —dijo Sonya—. El recorrido por la casa y la planta de arriba contribuirá a abrir el apetito para el postre.

Tardaron su tiempo en meterlo todo antes de que Sonya pudiera iniciar el recorrido.

—Ya veo cambios. Y buenos —señaló Corrine—. Anda, también has enmarcado algunas de las fotos que encontraste.

—Con los nombres y las fechas aproximadas por detrás. Todos vosotros nos habéis ayudado muchísimo en ese sentido —le dijo Sonya—. Deuce y tú, Ace y Paula, así como Clarice Poole.

—De esta me acordaba. —Tras darle a Mookie una rápida palmadita, Ace le dio unos toquecitos con el dedo a una foto—. Fue en una fiesta, cuando era fuerte y fornido… y más joven que estos dos. Michael y Patricia ya estaban casados y viviendo al otro lado del pueblo.

Ladeó la cabeza ligeramente con aire pensativo.

—Michael asistió, si no recuerdo mal. Patricia, por supuesto, no. Una de las primas de los Poole vino de visita de Nueva York o Boston, quizá Chicago. Julia…, de la rama de los Haverton. Bailé con ella un par de veces. Una chica guapa, pero no tan guapa como mi querida esposa.

Le dio un beso en la mejilla.

—Cómo me gusta bailar con chicas guapas.

—De lo contrario me preocuparía.

—En cualquier caso, si no me falla la memoria, fue poco después cuando Michael heredó la casa solariega y Patricia la clausuró.

Cuando se dirigieron a la sala de música, Anna soltó un grito ahogado.

—Los retratos. Trey nos comentó que habíais encontrado más, pero verlos es diferente al mero hecho de oír hablar de ellos.

—Qué chicas tan guapas —dijo Paula—. Bueno, esta…

—Agatha —apuntó Sonya.

—Más que guapa, es atractiva.

—Sonya encontró su invitación de boda —explicó Trey.

—Espero encontrar otras. Sería bonito exhibir todas las que sea posible.

—Yo todavía conservo la de Collin y Johanna. Puedes quedártela.

—Oh, Corrine, me sabe mal…

—Deberías tenerla tú. Conocí a Johanna muy bien. A ella le encantaría lo que estás haciendo.

Clover intervino a través de Simon y Garfunkel con Bridge Over Troubled Water [«Puente sobre aguas turbulentas»].

—Eso éramos la una para la otra siempre que era necesario. De modo que ahora yo seré su puente.

Puesto que se hacía cargo de la sensación agridulce de los recuerdos y la pérdida, Winter rodeó a Corrine por la cintura mientras caminaban.

Para cuando llegaron a la segunda planta, Ace soltó un «uf».

—Había olvidado lo grande que es esta casa. Yo diría que ya se me ha abierto el apetito.

—Me está saliendo músculo en los cuádriceps —afirmó Cleo.

—Primero vamos a alardear de tu estudio. —Sonya se fijó, con alivio, en que en el salón dorado reinaba el silencio.

—Hacía siglos que no subía aquí —comentó Paula—.

Qué vista tan fabulosa, y me chifla cómo le has imprimido tu estilo personal, Cleo.

Es absolutamente… —Al girar la cabeza, reparó en el cuadro de la sirena—.

¡Oh, Dios mío! ¡Señor! Me habían hablado de él, pero, como ha dicho Anna, verlo… Es magnífico. Es magnífica.

—Es mía —terció Owen—. ¿Cuándo puedo llevármela?

—De hecho, ya. Se ha secado bien. La prepararé para que te la lleves mañana.

—Caramba, ya era hora. —Pasó el brazo alrededor de los hombros de Paula—. Puedes venir a verla siempre que quieras.

A Sonya le picó la curiosidad de mirar en el armario, pero pensó en Seth. Se quedó remoloneando cuando Cleo condujo al grupo por el pasillo.

Tan solo había materiales.

—Aún no.

Trey la esperó en el umbral.

—No hace tanto que encontraste el retrato de Marianne.

—Lo sé. Es que estoy impaciente. —Lo agarró de la mano y entraron en el cuarto para envolver regalos.

—Esto es genial. —Con una mano en la tripa, Anna giró en círculo—. Absolutamente genial. Yo quiero uno.

—Lo sabía.

Ella se rio con el comentario de Seth y le estrujó las manos.

—Tranquilo, mi madre me ayudará a diseñarlo.

—Después de que nazca la futura deportista olímpica.

—Totalmente.

—Esto es obra tuya. —Deuce hizo un gesto hacia los cuadros de Sonya—. Cleo tiene razón: te infravaloras.

—Te lo agradezco, pero…

—Nada de peros —repuso Trey con firmeza.

—Ha salido a su padre en cuanto al talento. Lo que pasa es que no ha heredado su pasión por esta disciplina artística. Ese lo pintaste en la universidad. Lo recuerdo.

—Cleo lo desempolvó.

—Todos son una maravilla. Ese árbol… Las dos lo habéis pintado. Rebosa de presencia —comentó Corrine—, de personalidad. ¿Tiene muchos años?

—No soy tan viejo, jovencita. —Ace examinó la pintura—. Lo plantaron antes de que yo naciera. Es una belleza.

—Cleo va a pintar el árbol en cada estación.

—Me encanta esa idea, pero, mamá, ¡fíjate en esto! Mira cómo están usando este armario. La barra del perchero a modo de bobina de papel de regalo y el espacio para los materiales para envolver.

—Sabes que nosotros no tenemos uno así.

—Podíamos comprar uno, Seth. O encargar a alguien que lo fabrique.

Owen captó la indirecta.

—Sabes que yo construyo barcos, ¿no?

Anna movió la mano en círculo sobre su tripa. Quizá por hábito, quizá como ardid.

—Eres capaz de construir cualquier cosa. Y Trey te echaría una mano, ¿a que sí, Trey?

—No me queda otra.

Cuando empezaron a bajar para tomar el postre, Sonya echó una última ojeada en dirección al salón dorado, que permanecía en silencio.

Para cuando regresaron a la cocina, el lavaplatos emitía su runrún y las encimeras relucían.

Todo cuanto Seth pudo decir fue:

—Hostias. Hostias. Es para cagarse de miedo. Y qué práctico.

Así pues, en la casa reinó la calma en el transcurso del postre, y durante el rato que pasaron sentados en la larga noche de verano mientras las guirnaldas de luces titilaban.

Sonya observó con una sensación de paz cómo los coches de los Doyle y los Miller se alejaban por el camino de acceso. Les habían brindado una velada muy agradable a amigos que eran como de la familia.

—La mejor barbacoa de la historia. Mis chicas saben cómo organizar una fiesta.

—Ya verás cuando lleguen las fiestas navideñas. —Sonya abrazó a su madre—. Tienes que prometerme que vendrás en Navidad.

—Esa es una promesa que hago gustosamente, y que mantendré. Ahora, voy a deleitarme en mi bonita habitación. Tortitas para desayunar, a las diez en punto. Buenas noches a todos.

—Los demás deberíamos tomarnos la última copa en el porche delantero. —Cleo hizo un gesto—. Todavía necesito relajarme.

—Voy a por ellas —le dijo Trey—. Anda, empezad a relajaros.

Los perros salieron a la carrera, y la gata deambuló hasta encaramarse de un salto a la escollera para contemplar el mar bajo la luz de la luna.

Al sentarse, Sonya pensó que era el colofón perfecto para un día perfecto.

Esa noche no se despertó a las tres, y durmió a pierna suelta. No se despertó hasta casi las nueve, y amaneció sola. Sin Trey, sin los perros.

Reprimió el ansia apremiante de tomar café lo justo para darse una rápida ducha.

Oyó la voz de su madre, y la de Trey y Owen, conforme se aproximaba a la cocina.

—Sé que Sonya no me pone al corriente de todo lo que pasa aquí y, cuando lo hace, igual le resta importancia. Entiendo el porqué, y estoy haciendo lo posible por respetarlo. También sé que Cleo y ella son mujeres fuertes e inteligentes. No obstante, necesito saber que miráis por ellas.

—Puedes contar con ello —afirmó Trey.

—Además de que son fuertes e inteligentes —añadió Owen—, aquí hay muchos que están de su parte.

—Me agarro a eso también. Me pregunto si os habéis planteado instalaros aquí (me refiero de manera permanente), al menos temporalmente.

—¡Mamá!

Winter hizo una mueca de dolor y continuó mezclando la masa.

—Perdona, cariño. Una parte de mí se siente consternada porque da la impresión de que considero que una mujer necesita que un hombre la proteja. No es eso; es que la seguridad es cuestión de aunar esfuerzos. —Negó con la cabeza—. Bueno, en gran parte es eso.

—Trey y Owen tienen trabajo, lo mismo que Cleo y yo. Y están aquí, aunando esfuerzos con nosotras, en la medida de lo posible.

—Tenemos voz —puntualizó Trey—. Y voy a usar la mía para decir que estamos aquí para velar por vosotras.

—Yo no…

Trey la interrumpió.

—Y vosotras miráis por nosotros. Esa es la dinámica. Ese es el trato, Sonya.

—No es eso a lo que ella se refería.

—Eso es lo que yo he oído —repuso Owen—. Relájate, prima. Estamos juntos en esto. Nosotros no estamos aquí simplemente por el sexo y las comidas gratis. Aunque tienen bastante peso en la balanza.

Trey no tuvo más remedio que echarse a reír.

—Es una manera de decirlo. Lo que Owen quiere decir es que estamos aquí por todo. Por ti y por Cleo, por las novias y por Collin. Por la casa solariega. Y, si no fuera por ese otro peso, seguiríamos estando aquí.

—Yo cargo con ese peso de buen grado, pero, de cualquier manera, todos estamos juntos en esto.

Sonya claudicó.

—Necesito un café.

—Me preocupo —le dijo Winter—. No cada minuto del día, pero me preocupo. Cuando seas madre entenderás que la preocupación viene incluida en el lote. Y, al igual que el amor, jamás se mitiga.

Winter le dio un beso en la mejilla.

—Ve a por tu café.

Trey aguardó a que bebiera un par de sorbos antes de acercarse a besarla.

—Buenos días.

Ella lo observó con atención.

—¿Alguna vez pierdes en los tribunales?

—Desafortunadamente, sí.

—Me extraña.

Antes de que Winter se marchara esa tarde, Sonya le pidió que la acompañara a dar un paseo.

—¿Vas a echarme un rapapolvo? —le preguntó Winter.

—No.

—Bien, porque ese continúa siendo mi cometido.

Sonya dejó escapar una risa.

—¿Cuándo fue la última vez que me echaste un rapapolvo?

—Me falla la memoria. Hace tiempo. Anda, dime lo que tengas que decirme. Estoy aquí para escuchar.

—Lo sé. ¿Qué tengo que decir? Primero, que me sabe muy mal que te preocupes en lo más mínimo. Viene incluido en el lote de ser hija.

—Entendido.