Capítulo 14
S onya consideró el encuentro estival como una noche en familia. Los Doyle se habían convertido en la suya. El minucioso esmero de Cleo en la comida, la bebida y la presentación hizo que fuera una velada familiar excepcional.
La comida fue el principal tema de conversación al inicio del festín.
—Da la casualidad de que el bistec de falda es mi especialidad. —Ace cogió el suyo, poco hecho, y asintió con la cabeza en dirección a Cleo—. Pero este, desde luego, está a la altura.
—Cuesta creer que no cocinaras antes de afincarte en Poole’s Bay —comentó Corrine.
—Doy fe de ello. —Winter hizo un gesto hacia Cleo y después hacia Sonya con su copa de vino—. A ninguna de las dos le despertaba el menor interés, aunque hacían de pinches con agrado.
—Yo soy una excelente picadora/removedora —afirmó Sonya—. Y en eso es en lo que me empleé a fondo para este festín, ya que esa fue la tarea que me encomendó Cleo. En la ensalada de patatas hay mucho trabajo de cuchillo.
—Que está de primera. Tiene un toque picante —dijo Paula antes de llevarse otro bocado a la boca.
—Es criolla. Tuve que encargar la mostaza criolla, ya que los yanquis no disponéis de existencias a nivel local.
—¿Y qué es lo que diferencia a la mostaza criolla? —preguntó Deuce.
Cleo le guiñó el ojo.
—El toque.
Él se rio.
—Funciona. Y tu maña para picar la realza muchísimo, Sonya.
—Tienes madera para ello —señaló su madre—. Y he de decir en tu honor (o en el mío, puesto que yo te crie) que jamás te escaqueaste a la hora de limpiar después de una comida.
—Ahora contamos con Molly.
—Ay, madre. —Seth hundió los hombros con la mención de los fantasmas.
Anna le dio unas palmaditas en el brazo.
—Yo te mantendré a salvo.
—Molly es una joya. —Sonya sonrió a Seth—. Y más buena que el pan.
—Lo es —convino Winter—. No me he acostumbrado a todo esto, la verdad sea dicha, pero tiene su punto el hecho de salir de la ducha por la mañana y encontrarte la cama hecha. Y la ropa extendida encima.
—Un punto espeluznante —opinó Seth.
—Ella cuida bien la madera. —Owen miró fugazmente hacia la casa mientras le daba un trago a la cerveza—. Es posible que cuente con ayuda para eso, quién sabe, pero el mantenimiento de los muebles, la carpintería y los suelos con ese esmero hay que hacerlo con cariño.
—Luego está la que riega las plantas. Eleanor, ¿no?
—Efectivamente, mamá. Jerome apila la leña y para mí que arranca las malas hierbas, porque nunca hace falta hacerlo. Y lo haríamos. Luego está Rita…
—¿Les habéis puesto nombres y todo?
—Se llaman así —le dijo Sonya a Seth.
—¿Cómo lo sabéis?
—Nos lo dijo Clover.
—Esto es cada vez más espeluznante.
—A través de sus temas musicales. —Trey, que nunca dejaba pasar una oportunidad para gastar bromas a su cuñado, sacó su teléfono y lo puso junto a su plato—. Ponle alguna canción a Seth, Clover.
Deseosa de intervenir, Clover se decantó por Öyster Cult. Empezó a sonar (Don’t Fear) The Reaper [«(No temas a) la Parca»].
—Eso es simple y llanamente… No sé lo que es.
—Comunicación —terció Owen—. Tiene un toque que funciona, como la mostaza criolla.
—Hay un niño —Trey siguió erre que erre—. Jack, que juega con los perros y con la gata. También hace dibujos. Tienen uno en la puerta de la nevera.
—¿Que tenéis un dibujo de un fantasma en la puerta de la nevera?
—Habría sido un artista de no haber fallecido. —Cleo le dio un bocado a una rebanada del pan de Winter—. Tiene talento.
—¿Era un Poole? —inquirió Corrine.
—Sí —respondió Sonya—. Muri ó a los nueve años. La fiebre se lo llevó. Cuando me instalé aquí, me gastaba bromas. Entraba a la cocina y me encontraba todas las puertas de los armarios abiertas y los taburetes tirados en el suelo. Y, sí —le dijo a Seth—, me moría de miedo.
—¡Menos mal!
—Pero más adelante traje a Yoda y, en fin, tenía un niño y un perro. La mayoría de los días, cuando estoy trabajando, oigo cómo juega a lanzarle la pelota en el pasillo de la planta baja.
—Nos hemos acostumbrado los unos a los otros —terció Cleo—. Y hemos trabado confianza. Sonya le compró un kit de arte.
—¿A nadie le parece raro eso? —Seth echó un vistazo en torno a la mesa—. ¿A nadie?
—Es la dinámica de la casa solariega —respondió Sonya—. Y la confianza es importante. Permitió que Cleo y yo lo viéramos en el jardín con Yoda. Tan solo es un crío con esos pantalones cortos con… —Sonya hizo un gesto.
—Tirantes —dijo Deuce entre dientes.
—Sí. Lo atisbé en una ocasión anterior, pero salió corriendo. Esta vez se giró, sonrió y saludó con la mano. Fue… —Se llevó la mano al corazón.
Cleo terminó la frase.
—Un momento conmovedor.
—Insisto en que Collin acertó contigo. —Ace alzó su copa—. Por las señoras de Lost Bride Manor.
—Brindo por eso. —Seth levantó la suya y acto seguido miró a su esposa—. Pero una cosa te digo, cielo: bajo ningún concepto nos mudaremos de nuestra casa sin fantasmas.
—Pronto estarás lidiando con llantos de madrugada —comentó Ace con un guiño—. De mi bisnieta.
—Ah, eso me recuerda —Paula se movió ligeramente— que vi el mural del cuarto de la bebé. Cleo, Sonya, es pura magia.
—Ese era el objetivo. No obstante, la mayor parte del mérito es de Cleo en cuanto a eso también. Yo soy la ayudante designada. Es como lo de picar.
—Sonya infravalora sus dotes artísticas.
—Mis dotes para las bellas artes.
—Las cuales posee.
—Ha colgado un cuadro que pintó del árbol que hay en la parte delantera en el… ¿cómo era? —Trey tuvo que pararse a pensar—. El cuarto para envolver regalos.
—Donde una vez más acarreamos muebles para dentro y para fuera —puntualizó Owen—. Aquí nosotros somos los porteadores designados.
—¿Tenéis un cuarto para envolver regalos? —Anna volvió la vista hacia la casa solariega con expresión de deleite—. Tengo que verlo.
—Te lo enseñaremos. Y, como Cleo va a usar el despacho de Collin, hemos hecho unos cuantos cambios allí. Hemos encontrado una gran cantidad de tesoros, grandes y pequeños, en las zonas de almacenamiento y vamos a sacarles partido donde resulten funcionales.
—Cosa que conlleva acarrear muebles.
—Hombres fuertes y fornidos —ronroneó Cleo. Owen negó con la cabeza sin más.
—¿Qué es eso que he oído acerca de una galería familiar de los Poole? Corrine nos trajo, a mí y a mi querida esposa, unas cuantas fotos para identificar las caras que Deuce y ella no reconocían.
—La galería de la familia Poole y sus amistades. Vamos a… Me sabe mal asustar a Seth de nuevo.
—No. —Él miró a Sonya con gesto suplicante—. No asustemos a Seth de nuevo.
—Así pues, me limitaré a decir que, cuando recuperemos el control del salón dorado que hay en la segunda planta, lo destinaremos a una especie de galería de la historia de los Poole.
Y, ya que estamos encontrando muchísimos de esos tesoros almacenados (peines, un guante de niño, un antiguo yoyó, invitaciones, etcétera), tenemos intención de exhibirlos.
Deuce bajó la vista hacia su plato y, tras unos instantes, levantó la mirada con aquellos ojos azules hacia Sonya.
—Yo no sabía qué esperar o que acontecería aquel día que llamé a tu puerta en Boston. Una parte de mí aún lloraba la pérdida de mi mejor amigo de toda la vida. Deseaba, con toda mi alma, honrar su voluntad, y persuadirte para que al menos contemplaras la posibilidad de venir aquí.
—Fuiste honesto, y eso fue persuasivo.
—Tú le proporcionaste a Sonya, y a mí —añadió Winter—, la familia cuya existencia desconocíamos.
—Ese fue el deseo de Collin, o uno de ellos. Lo que yo ignoraba aquel día era que honrarías, además de sus deseos, los sueños que abrigaba antes de perder a Johanna.
—Ahora también son mis sueños.
—Ponnos al corriente de algunos —dijo Corrine de pronto—. De los planes que tienes.
—Bueno, el objetivo prioritario es desde luego localizar siete anillos de boda y con ello desalojar de la casa solariega a alguien que no pienso nombrar en este momento.
Entretanto, seguiremos registrando a fondo lo que hay en las zonas de almacenamiento y aprovechándolo.
Reclamando la potestad de las habitaciones de una en una.
—Yo ahora tengo un precioso tocador en el cuarto que uso cuando vengo.
—Era de Catherine, y ese era su cuarto. Lo devolvimos a su sitio.
Y encontramos un escritorio que perteneció a Lisbeth, y que está en su antigua habitación.
Más adelante, abrigo la esperanza de ponerme manos a la obra en las dependencias de los criados, averiguar a qué destinarlas, amueblarlas y, con suerte, eso despejará el salón de baile para que podamos abrirlo de nuevo.
—Con un salón de baile organizaríamos fiestones navideños por todo lo alto.
Sonya sonrió con complicidad a Cleo.
—¿A que sí? Y hay una sala allí arriba donde estamos barajando la idea de exhibir algunas de las increíbles prendas que hay guardadas en baúles.
Como una especie de muestra de la historia de la moda.
Si Poole’s Bay tuviera un museo o si hubiera una manera de ayudar a fundar uno, podíamos donar o prestar (lo que fuera) al menos algunas de ellas. Se conservan en magníficas condiciones.
—Un museo. —Ace hizo un mohín con los labios—. Hummm.
—Semilla plantada —dijo Paula.
—Deja que le dé un par de vueltas a eso.
—Son sueños muy bonitos. —La sonrisa nostálgica de Corrine armonizó con su tono de voz—.
Collin y Johanna compartían algunos de ellos.
Tal vez yo no sea tan fuerte y fornida como algunos de los presentes, pero abrigo la esperanza de que me llames si necesitas una mano adicional. Se me da de miedo la organización.
—Doy fe de ello —afirmó Trey.
Cuando terminaron de comer y Sonya se levantó para recoger, todo el mundo se puso de pie.
—No, por favor, sentaos y relajaos.
—Ni pensarlo. —Corrine continuó apilando platos—. Todos hemos comido, de modo que todos colaboramos. Después, coincido con Anna: nos gustaría ver ese cuarto para envolver regalos.
—Podemos hacer una breve pausa antes del postre. —Cleo las condujo al interior de la casa.
—He oído rumores acerca de profiteroles.
—Son ciertos —confirmó Cleo a Ace—. Y el maridaje perfecto para el helado de melocotón que hice anoche.