Capítulo 13 #3
—Me dio por pensar que ojalá la hubiera conocido y después caí en la cuenta de que, en cierto modo, la conozco. Y estoy muy contenta de que esté aquí contigo. Yo no puedo estar, y me quedo tranquila sabiendo que ella sí puede, y que lo está.
Para que se quedara tranquila, Clover puso I’ll Be Here [«Aquí estaré»] de Colbie Caillat con Sheryl Crow.
Con gesto risueño, Winter asintió con la cabeza y bebió un sorbo de café.
—Va a ser un día precioso.
—Vayamos a despertar a Cleo con un bol de helado.
Ahora riendo, Winter se levantó.
—Venga.
Cuando Trey y Owen llegaron, con los perros a la zaga, Winter los recibió con un fuerte abrazo, y a los perros con efusivas carantoñas.
—Cuánto me alegro de veros. A todos.
—Me gusta el nuevo peinado —comentó Owen.
—Gracias. Y a mí.
Cleo puso las manos en jarras.
—Tengo un plan. No soy Bree al frente de una jornada de puertas abiertas a lo grande, pero tengo un plan.
—Relájate un poco, Lafayette. Es una barbacoa.
—A lo que tú llamas barbacoa yo lo llamo fais-dodo y, de donde yo procedo, no se escatima en eso. Necesito una mesa lo bastante larga como para que haya sitio para todos y otra más pequeña para trinchar.
—¿Para trinchar qué?
Ella se limitó a apuntar con el dedo hacia Owen.
—Ya lo averiguarás. Otra para colocar las bebidas y una más para los platos que mantendré fríos metiéndolos en hielo. Y sillas.
—¿Por qué no puede estar la comida en la mesa donde comemos? —preguntó Trey.
Cleo lo fulminó con la mirada.
—Porque hay demasiada comida.
—He visto el menú. —Winter puso los ojos como platos—. En eso no se equivoca.
—Sonya, como la gente empezará a llegar a eso de las cuatro, deberías ponerte a arreglar las mesas a las tres. Tengo bocetos de lo que quiero.
—¿En serio?
Cleo se apuntó con el dedo hacia la cara.
—Mira mi cara. ¿Te parece que estoy de broma? De la música se encarga Clover. Winter se viene a la cocina conmigo. Son, tú te quedas en la reserva.
—¿Me acaba de insultar?
Trey se encogió de hombros sin más.
—Me da un pelín de miedo decirlo.
—De acuerdo. —Cleo dio una palmada—. En marcha. Las mujeres, a la cocina. Los hombres, a por las mesas.
Sonya le lanzó a Trey una mirada ojiplática mientras seguía a Cleo. Y Trey se volvió hacia Owen.
—¿Cuándo se volvió tan temible?
—Siempre lo ha sido. Algo me pasa, tío, porque me gusta.
Relegada una vez más a la tabla de cortar, Sonya hizo intervalos en la tarea para examinar los dibujos de Cleo. Y suspiró aliviada al comprobar que había optado por lo sencillo. Muy bonito, pero sencillo.
A la hora prevista, extendió los manteles de cuadros azul marino y blanco y cortó flores para los antiguos tarros de color azul pálido. Mientras doblaba las servilletas, Trey apareció.
—Qué bonito. Tú también.
—Cleo me concedió quince minutos para arreglarme para la fiesta. Me da la impresión de que podría superar a Bree.
Se había recogido el pelo en una trenza corta, y se había puesto un vestido veraniego amarillo de un tono muy similar a las margaritas que había sobre la mesa.
—Recuérdame esto la próxima vez que piense, y mucho menos diga, que organicemos una barbacoa.
Al echar un vistazo a su alrededor, Trey le acarició el brazo de arriba abajo.
—De hecho, opino que es lo suyo.
—Ah, ¿sí?
—Claro. Con un nivel un pelín más alto de lo que me imaginaba, pero encaja con la casa solariega y con vosotras dos. Es un ambiente agradable, y se aprecia un gran esmero. Me parece que hemos llegado al final de nuestra lista, así que puedo echarte una mano.
—Bueno, según el croquis de Cleo, que es digno de un museo, las servilletas para el cóctel van en la mesa de las bebidas, y las servilletas de mesa (las de repuesto) en las otras.
—Puedo ocuparme de eso.
—Después me gustaría contarte un par de novedades. De las buenas.
—Vale.
—¿Y sabes qué? —Sonya echó un vistazo a su alrededor—. Tienes razón. Esto es lo suyo.
Cuando Anna y Seth llegaron, ella le entregó a Cleo un recipiente para tartas con tapadera.
—Ya sé que dijiste que no trajéramos nada, pero ¿quién va a resistirse a los profiteroles?
—Yo no. Venga, salid. Las bebidas ya están colocadas. Hay vino, cerveza y bellini, la especialidad de esta noche, además de limonada, refrescos y agua para ti y para la bebé.
—Qué… —Anna se interrumpió al asomarse fuera—. Vaya, guau, esto tiene una pinta fabulosa. Ah, ahí está Owen. He echado un vistazo a los nuevos asientos para el jardín principal y quiero uno.
—Lo convencerás.
—Si no —dijo Seth—, lo sobornaré.
—Parece ser que ya está aquí el resto de la familia. Tenían previsto subir juntos —explicó Anna.
—Perfecto. Id a regalarle el oído a Owen, y decidle que encienda la parrilla.
Fuera, Sonya se puso al frente de la mesa de las bebidas y le sirvió una limonada a Anna y un vino tinto a Seth. Preparó un bellini para Corrine y otra limonada para Deuce, que iba al volante.
—¿Un bellini, querida? —preguntó Ace a Paula.
—¿Quién iba a resistirse? Sonya, todo tiene un aspecto divino.
Igual que ella, pensó Sonya. La abuela de Trey destilaba una elegancia tan natural como la vida misma con su vestido veraniego de estampados florales.
Si alguna vez hiciera un póster con parejas atractivas, la primera generación de los Doyle sería su primera elección.
—¿Qué te apetece, Ace?
Sonya, a quien se le antojó tan apuesto con su pelo gris ceniza y sus penetrantes ojos azules tras las gafas de montura plateada, le sonrió.
—Me apetecen muchas cosas, entre ellas estar aquí en este preciso instante, pero, para beber, veo que ahí pone limonada con alcohol.
—Es una receta de la grand-mère de Cleo.
—Puesto que Imogene me inspira confianza, la probaré. Esto me recuerda cuando estuve aquí hace mucho tiempo. Paula, ¿te acuerdas de cuando vinimos a la casa solariega después de que Collin realizara parte de las reformas, pero antes de añadir el apartamento? Nos invitó, igual que hoy, a la familia.
—Sí. Fue otro día precioso. Y recuerdo que pensé que con él la casa había recobrado la vida. Lo mismo que has hecho tú, Sonya. Tú y Cleo.
—Algunas veces, como ahora, tengo la impresión de que estábamos esperándonos mutuamente.
—Collin acertó contigo. —Ace cogió el vaso que Sonya le ofreció y, al beber un sorbo, los ojos le hicieron chiribitas—. Vaya, esto es lo que yo llamo una limonada como Dios manda.