Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

En menos de diez ya estaban sentadas fuera, contemplando el jardín con vino y con la bandeja de quesos y crudités que Cleo preparó.

—He de repetir lo mucho que me chifla tu corte de pelo. Qué atrevida, Winter.

Sonriendo con picardía a Cleo, Winter sacudió la cabeza ligeramente.

—Necesitaba un cambio. Es que a veces me estanco mucho en la rutina. Eso lo has heredado de mí, hija.

—La rutina es productiva. Pero, sí, un cambio de vez en cuando da un subidón de energía. Nosotros hacemos alguno que otro, como la barbacoa familiar que no se limitará a hamburguesas y perritos calientes, ya que la chef Cleo va a darlo todo.

—Si no lo das todo, para qué molestarse… Además, así tendré ocasión de alardear de mis habilidades, puesto que las tengo.

—Así es —convino Sonya—. Casi da miedo.

—Cuenta conmigo para echar una mano. Como ayudante de la chef, pinche de cocina o friegaplatos, lo que haga falta.

Cleo alzó su copa de vino y bebió un sorbo.

—Puedes unirte a la fiesta después de cenar.

—¿Vamos a dar una fiesta? —preguntó Sonya.

—Una fiesta para hacer helado, helado de melocotón para el postre de mañana. Recuerdo cómo solía hacerlo mi grand-mère : batiendo sin parar. Y abajo, en el trastero, hay una heladera.

—Anda —comentó Sonya.

—Yo iba a hacerlo a su estilo, pero después pensé: «Un momento, ¿para qué está la tecnología?». De modo que compré un aparato moderno, más eficiente y lustroso. Nada de sal gema ni batir a mano. Cuento con todo lo necesario para elaborarlo. Será divertido.

—¿Ves, mamá? Da miedo.

Y, como Sonya descubrió después, era divertido.

—Esta es mi primera vez —reconoció Winter—. Yo no tuve una grand-mère que hiciera helado casero.

—Yo tampoco —terció Sonya.

—Y desconocía el truco para pelar los melocotones. Con dejarlos treinta segundos en agua hirviendo y enjuagarlos con agua helada, la piel se ha desprendido enseguida. Voy a apuntarlo en mi libro de recetas para la próxima vez que haga tarta de melocotón, Cleo.

Después de macerar los melocotones en azúcar y jugo de limón, se dispusieron a machacarlos.

—Esta es mi primera vez. Hasta ahora nunca había machacado melocotones. Jamás imaginé que machacaría melocotones —comentó Sonya, y se rio cuando en la tableta empezó a sonar Peaches & Cream [Melocotones con nata] de Snoop Dogg.

—Van a estar de rechupete después de todo esto.

—Lo tenéis controlado. Hay que machacarlos y después colarlos. Lo sólido va ahí, y el jugo ahí. Voy a preparar la base.

Sin duda era un cambio de rutina, pensó Sonya, pero disfrutó trajinando en la cocina con su madre y su mejor amiga.

Y su abuela, puesto que Clover amenizó el rato con temas musicales.

¿Cómo que no era una fiesta?

—Hay que meterlos en agua helada. De lo contrario, tardan cuatro horas más o menos en enfriarse en la nevera, y no quiero esperar. Entretanto, propongo que salgamos al jardín principal a tomarnos un vino sentadas en las fabulosas butacas de Owen.

—Esto no tiene nada de rutina. —Tan contenta como sus chicas, Winter suspiró al contemplar el mar en el horizonte mientras la tonalidad del cielo se atenuaba con el ocaso.

—En cualquier momento que decidas ocupar esa habitación de manera permanente, es tuya, mamá. O el apartamento si prefieres disponer de más espacio.

—Nada me colma más de felicidad que saber que lo dices de corazón.

—Y ese «de corazón» es por parte de las dos —terció Cleo.

—Desde tu punto de vista es un regalo. En el fondo, soy una urbanita, una urbanita trabajadora.

Ahora bien, desde luego que me chifla venir al norte a veros a las dos, a pasar tiempo aquí.

Y valoro el que nos dedicaron Trey y Owen, aunque no tenían por qué.

Ya sabes el cariño que les tengo a los dos.

Bebió un sorbo de vino.

—Para demostrarlo, voy a preparar el desayuno el domingo por la mañana.

Cuando el crepúsculo dio paso a la quietud de la noche, volvieron dentro.

—Ha llegado el momento de batir. Se tarda alrededor de media hora, y los trozos de melocotón se agregan justo al final. ¿A alguien le apetece un tentempié mientras tanto?

—¿Después de esta cena, Cleo? —Winter negó con la cabeza.

—Fíjate —dijo Sonya cuando entraron a la cocina—. Un servicio de té dispuesto sobre la mesa. Ha sido cosa de Molly.

—Sí. —Winter soltó una bocanada de aire—. Un leve respingo.

Así pues, mientras la heladera cumplía su función, tomaron té.

Cuando terminó, Cleo vertió el helado en un recipiente.

—Parece de esos de textura suave —observó Winter—. Y qué buena pinta.

Sonya sacó tres cucharas.

—Ya sé que no está helado, pero hay que probarlo.

—Crucemos los dedos —dijo Cleo, y cruzó los dedos de la mano izquierda al tiempo que hundía la cuchara con la derecha—. ¡Uy, está rico!

—No —repuso Winter—. Está delicioso.

—¡Lo conseguimos! Y hay de sobra. Propongo tomar un bol de helado en el desayuno. —Dicho esto, Cleo metió el recipiente en el congelador.

—¿Quién va a poner objeciones a eso? —Winter las rodeó con sus brazos—. Mis chicas. Qué hogar tan maravilloso habéis creado.

Sonya se despertó de madrugada y escuchó el carillón del reloj al marcar las tres.

La música de piano, triste y dulce, se dejó sentir desde la planta baja.

El llanto amargo se sumaba al ambiente de aflicción y pesadumbre.

Oyó, como en otras ocasiones, murmullos.

Voces apagadas, sonidos que parecían envueltos en algodón.

Pero no sintió ningún impulso, de modo que permaneció despierta escuchando hasta que volvió a conciliar el sueño.

Y soñó con una tempestad, con un barco de vela que escoraba por las olas bajo el azote de la lluvia mientras un rayo rebanaba el cielo. Había un hombre apostado en la proa, con la ropa empapada y el cabello chorreando, con aire desafiante.

Lo oyó hablar por encima del ruido atronador de las olas.

—Yo construí este barco. Los Poole construimos este barco, y el mar no se lo llevará. Ninguna tormenta podrá con él.

Alguien gritó:

—¡Señor! —Él se giró y miró con unos ojos del verde de los Poole.

—Mantenga el rumbo, capitán. Vamos a casa. Vamos a casa —repitió—. Mi esposa me espera.

Efectivamente. Ella se hallaba en el mirador con su camisón blanco. A pesar de que la lluvia no había alcanzado la casa solariega, el viento soplaba con fuerza y le ondeaba el cabello mientras miraba en dirección al mar.

—Ven a casa conmigo, mi amor. —Posó la mano sobre su vientre y se mantuvo pendiente—. Ven a casa con nosotros.

Entre sueños, Sonya masculló:

—Marianne.

Por la mañana se acordó del sueño, que conservaba con gran nitidez en su mente. De alguna manera, le estaban mostrando retazos de sus vidas. El amor, la devoción, las alegrías y las penas.

Los conservaría todos en su memoria. Lo pondría todo por escrito tal como había hecho con los otros. Él, Hugh Poole, había regresado a su hogar, al hogar que compartía con la mujer que llevaba dos criaturas en el vientre. Regresó en el barco que había construido para ella y que llevaba su nombre.

Agradecida por el sueño, se dirigió a la planta baja y encontró a su madre sentada en el porche con un café.

—Has madrugado.

—Es mi rutina. He dado de comer a Pye y a Yoda. Y, aunque el helado era una tentación, me he reprimido. Únete a mí.

—Vuelvo enseguida.

Sonya fue a por un café, salió y se sentó. Y suspiró.

—No hago esto tan a menudo como debería —comentó Winter—.

Sentarme al fresco por la mañana con un café, ni siquiera los fines de semana.

Siempre pienso: «Debería hacer esto, o aquello.

He de ponerme con esto». Voy a realizar un cambio en ese sentido también.

Alguien ha regado las plantas antes de que saliera —añadió—.

Les eché un vistazo porque tenía la intención de hacerlo yo. Es raro.

—Está lo raro, y luego está lo normal en Lost Bride Manor. Estamos casi seguras de que es cosa de Eleanor. De que ella riega las plantas de la galería.

—Pareces muy aclimatada a la dinámica en Lost Bride Manor. Yo estoy en ello. Tengo que decirte una cosa.

—¿Va todo bien? —Sonya, alerta, se movió y alargó la mano hacia ella.

—Sí, no pasa nada. Es una tontería. No lo saqué a relucir porque me parecía un poco absurdo.

Bastante absurdo, la verdad sea dicha. Tengo una foto que hice a tu padre contigo en brazos cuando eras bebé.

Cómo te miraba, y cómo lo mirabas tú a él.

Tendrías unos tres meses, y tus ojos ya estaban pasando del tono azulado propio de los recién nacidos al verde.

—Sé qué foto es. La tienes en tu habitación.

—Habías estado llorando…, se me había olvidado. Solo estabas un poco latosa, y te cogió en brazos. Lo recuerdo como si fuera ayer. Te cogió en brazos y te arrulló. Dijo: «Ya te tiene papi, mi niña».

Con un nudo de emoción en la garganta, Winter hizo una breve pausa.

—Dejaste de lloriquear y lo miraste tal como él te miraba. Con amor, y capté el instante. Me encanta esa foto. Saqué una copia y la enmarqué. Dije para mis adentros que mi intención era regalártela, pero en realidad no era esa mi intención.

—Entonces ¿cuál era?

—Anoche la saqué y la puse encima del tocador.

Me sentí como una tonta, pero dije en voz alta que era para Clover.

Que la había traído para que la tuviera ella, para que viera a su hijo sosteniendo a su hija en brazos.

Para que viera el amor que existía entre ellos.

Y para que viera al hombre en el que se había convertido.

—Mamá… Mamá, eso no es ninguna tontería. Es un gesto muy amable, amable y cariñoso.

—Esta mañana había desaparecido y, donde lo había dejado…

Con los ojos empañados, Winter tuvo que respirar hondo antes de mirar a Sonya.

—Había un pequeño objeto enmarcado. En el interior había un trébol de cuatro hojas secado. Es más, al cogerlo sin dar el menor respingo, sino profundamente conmovida, en mi teléfono empezó a sonar Thank U [«Gracias»] de Alanis Morissette.

—Qué bonito. Lo que hiciste, lo que hizo ella. Qué bonito.