Capítulo 13
S abiendo que sería en vano, Sonya decidió no discutir con Cleo sobre el menú para la barbacoa. No se molestó en debatir, ni siquiera en cuestionar. Obviamente, el encuentro improvisado que había imaginado se había convertido ya en todo un minievento.
Así pues, se centró en contribuir a que saliera bien, y en la emoción ante la perspectiva de tener a su madre allí durante un par de días.
Si se preocupaba, cosa que a menudo sucedía, su inquietud se centraba en las leves molestias que Dobbs causaba con sus numeritos. Porque no eran más que eso, leves molestias. El sonido del timbre, el estrépito de ventanas y puertas al cerrarse, el parpadeo de luces…
Lo peor estaba por llegar, y la espera le ponía los nervios de punta.
—Cleo, coincido contigo en que la gente que venga aportará energía positiva, pero me preocupa…
—Tengo controladas la comida y la bebida, Son.
—No es eso. —Tal vez un poco sí, reconoció para sus adentros—. Es que no ha habido ninguna movida desde la última movida de órdago.
—Ah, es por ella. Pasa de ella por ahora.
Sea lo que sea lo que maquine, nosotras le damos un zasca.
Con más fuerza. Mira, he preparado este adobo y voy a dejar estos filetes de falda marinándose toda la noche.
Ahora, si es que por fin terminas de pelar esas patatas, vamos a hacer la mejor ensalada de patatas que nadie haya probado jamás. Al estilo criollo.
—A veces no sé quién eres —replicó Sonya.
Entre risas, Cleo metió los filetes en la nevera.
—Me ha dado por este rollo de cocinar, Son. Es como una droga. Vamos a terminar los preparativos y luego, cuando llegue tu madre, nos tomaremos un vino. Cuando se instale, voy a cocinar esa receta de arroz con camarones que me dio Bree.
Asintiendo con la cabeza sin cesar, Cleo examinó la lista de nuevo.
—Si hemos metido la pata en algo (lo cual dudo mucho), tu madre nos salvará.
—Solo quiero que pase un fin de semana agradable aquí.
—Pues nos aseguraremos de ello.
Teniendo presente su cometido, Sonya se puso a pelar, a laminar, a trocear y a picar.
Una vez que guardaron los platos cocinados de antemano, ayudó a limpiar.
—La parte más difícil ya está lista.
—¿Lo prometes?
La chef Cleopatra agitó la mano como diciendo adiós.
—Mañana será fácil, tal y como tenía previsto. Y disponemos de unas cuantas horas hasta que llegue tu madre. Voy a subir al estudio.
—Yo tengo algo de trabajo que puedo adelantar.
Cuando se disponían a salir de la cocina, Cleo pasó el brazo alrededor de los hombros de Sonya.
—Si vuelves a tener la sensación que tuviste hace unos días, mándame un mensaje.
—No sé si eso es posible, la verdad.
—Inténtalo. Ya sé que lo que presenciaste fue algo bueno, agradable y, desde mi punto de vista, de lo más romántico, pero inténtalo. Con un simple SOS es suficiente.
—Lo intentaré. Nunca ha pasado cuando mi madre ha estado aquí. Abrigo la esperanza de que la dinámica se mantenga.
El trabajo la absorbió, y le confirmó que cocinar y planificar comidas jamás sería como una droga para ella. Le reportaba un disfrute ocasional, incluso gratificante, pero igual que la comida para llevar.
Enfrascada en la primera ronda de pruebas de la página web para el centro médico, tan solo se distrajo cuando Clover puso Five O’Clock World [«El mundo de las cinco en punto»].
En dos ocasiones.
—Vale, está bien. He captado la indirecta. Dejaré de trabajar en diez minutos, cuando termine de realizar las pruebas. Mierda, hay un fallo técnico. Puedo arreglarlo. Que sean quince.
Tardó veinte, pero, cuando apagó el ordenador, sintió que se había ganado el fin de semana libre.
Enfiló el pasillo para echar un último vistazo al cuarto de su madre.
Las flores frescas —una selección del jardín— lucían en un pequeño jarrón de cristal cuadrado sobre el tocador de Catherine.
Allí había colocado el cepillo del pelo junto con un espejo de mano, así como el frasco de perfume redondo de color azul cobalto con el tapón dorado que encontró en el desván.
Echó una ojeada al cuarto de baño: toallas limpias, jabones selectos y el bonito tarro de tocador antiguo que habían encontrado y que llenó de sales de baño.
Las pequeñas cosas que la casa proporcionaba, pensó Sonya, marcaban totalmente la diferencia.
Se dirigió a la planta baja e inspeccionó todas las habitaciones. Las flores y los muebles resplandecían gracias al esmero de Molly. Flores frescas del jardín o de la floristería y velas listas para encender la llama.
Todo creaba el ambiente, no solo de una casa antigua y bonita, sino de un hogar.
Además de los antiguos portarretratos que habían encontrado en el desván, ella había encargado más. Algunas fotos de las que había enmarcado adornaban las estanterías y las repisas de las chimeneas, rindiendo tributo a sus antecesores.
Cleo decía que esas pequeñas cosas aportaban luz, y Sonya había llegado a creerlo.
Atraída por los ladridos joviales de Yoda, se encaminó hacia la cocina, impoluta. Ella había contribuido a ello. «Era preciso que me involucrara», pensó.
Pero no solo relucía. Allí también estaban presentes las pequeñas cosas. El cairel de Cleo reflejando la luz en un arcoíris, una de las fuentes de Anna rebosante de colorida fruta de verano y el tarro de cristal lleno de limones como el sol.
Esas cosas que habían aportado a la casa eran importantes.
Contenta, miró por la ventana. Vio al perro, a la carrera con la pelota roja entre los dientes, y a la gata, arrellanada en el techo de la caseta.
Y vio al niño, vestido con sus pantalones cortos, el cuello de la camisa desabrochado y el pelo alborotado por el juego y la brisa estival. Una brisa que arrastró su risa hasta ella cuando cogió la pelota de la boca de Yoda y la lanzó alto y lejos.
—Una sincronización perfecta —dijo Cleo al entrar.
Junto a la ventana, Sonya levantó una mano y le hizo un ademán con los dedos para que se acercara.
Cleo se aproximó a toda prisa, dio un grito ahogado y apretó con fuerza el hombro de Sonya.
—Es Jack. Oh, Sonya, es Jack. Parece tan…
—Feliz —dijo Sonya por lo bajo con un nudo en la garganta—. Un niño feliz con un perro feliz.
Mientras hablaba, Jack giró la cabeza, miró en dirección a la casa y las vio apostadas al otro lado de la ventana. A Sonya le dio un vuelco el corazón y sintió escozor en los ojos cuando él le sonrió.
Jack cogió la pelota de la boca de Yoda y lo acarició con fuerza hasta el delirio. A continuación, con la pelota en la mano, se dirigió al cobertizo. Antes de cruzar el umbral, giró la cabeza de nuevo y saludó con la mano.
Y desapareció.
—Nos deja que lo veamos. —Sobrepasada, Sonya rodeó a Cleo con el brazo—. Nos deja que lo veamos, y que lo veamos feliz.
—Es señal no solo de que ha llegado a confiar en nosotras, lo cual es muy fuerte, Son, muy fuerte, sino de que la luz se está intensificando.
—Mira por dónde estaba pensando en eso antes de verlo.
He realizado una especie de recorrido, solo para cerciorarme de que todo está perfecto para mi madre.
Pensaba en las cosas que hemos bajado del desván, que hemos colocado a la vista, en las cosas que hemos aportado, y hasta qué punto son importantes.
Cuando fue a abrir la puerta trasera para llamar a las mascotas, Yoda soltó su ladrido habitual para anunciar la llegada de alguien y salió a la carrera hacia el otro costado de la casa.
—Fijo que es mi madre.
—Como he dicho, una sincronización perfecta.
Se dirigieron a la puerta principal deprisa y salieron como balas justo cuando Winter sacaba su bolsa de viaje del coche y se ponía a hacerle carantoñas a Yoda.
—¡Qué chico tan bueno! ¡Anda! Y ahí vienen esas chicas tan guapas.
Extendió los brazos de par en par para abrazarlas a las dos.
—¡Mmmm! Mucho mejor que las llamadas por FaceTime y los mensajes de texto.
—¡Qué contenta estoy de que estés aquí! Pasa, vamos dentro. Yo cojo tu maleta.
—Tengo una cosa más. —Sacó una cesta del maletero—. Una cesta de pan.
—¿Has horneado pan? Oh, cómo huele incluso a través del papel film. —Cleo cogió la cesta.
—Hay de sobra por si os apetece probarlo esta noche.
—Y tanto que sí —dijo Cleo.
—Y de sobra para comer mañana. Ya, ya sé que me advertiste que no trajera nada, pero me hacía ilusión y era un gustazo. ¡Uy! ¡Qué asientos! Son…, en fin, magníficos, como la casa solariega. ¿Ha sido Owen el artífice?
—Efectivamente. Ya los probarás. Vamos a instalarte y a tomarnos un vino.
Clover le dio la bienvenida a su nuera con Winterlude [«Interludio de invierno»] de Dylan.
—Me sigue dando un leve respingo —comentó Winter—. Pero en el buen sentido.
—Voy a llevar tu maleta arriba.
—Puedo deshacerla en un santiamén, cariño, para sentirme realmente como en casa.
—Yo voy a llevar el pan a la cocina y a servir el vino.
—Qué bonito está todo, Sonya. —Winter echó un vistazo a su alrededor cuando empezaron a subir las escaleras—. Así, para mantener a raya mis nervios, es como os imagino a ti y a Cleo. Viviendo a vuestro aire, trabajando, siendo felices en esta bonita casa.
—Eso es exactamente lo que estamos haciendo.
—Me consta que te encanta y, siempre que vengo, entiendo el porqué. Y he vuelto a mi bonita habitación. Es… ¡Anda! ¿No es ese el tocador de Catherine del que me hablaste?
—Este era su sitio.
—Es una auténtica preciosidad. —Winter se aproximó y deslizó los dedos sobre el tablero—. Una auténtica maravilla. —Se alejó hacia las ventanas—. Y fíjate cómo ha crecido el jardín, la caseta de Yoda, el bosque, tan verde y denso.
—Hemos visto a Jack ahí fuera justo antes de que llegaras. Cleo y yo lo hemos visto jugar con Yoda. Ya te hablé de Jack.
—Sí. —En un acto reflejo, Winter se agarró los codos con fuerza—. Vas a tener que perdonarme por el escalofrío que eso me provoca.
Winter se dio la vuelta y escudriñó a su hija.
—A ti no te pasa.
—No. Pero, claro, yo he tenido meses para, en fin, conectar y acostumbrarme a lo que sucede aquí.
—Puede que yo tarde más, así que será mejor que deshaga la maleta. Dame cinco minutos.