Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

—Por Dios, ahora no, aquí no. Tengo que… —Dejó caer la pelota al echar a andar—. Jack, Jack, por favor, vigílalos. No sé dónde iré ni qué veré.

Notó el cuerpo flojo y liviano a pesar de que el corazón comenzó a latirle deprisa y con intensidad. Las hojas húmedas de los árboles brillaban bajo la luz del sol, y las sombras que se cernían tras ellas parecían demasiado tenebrosas y teñidas de un verde lóbrego.

Remisa, se internó en el bosque y le pareció que se cerraba completamente alrededor de ella. El aire, más cargado, más húmedo, la envolvió hasta que notó que el mero hecho de respirar le suponía un esfuerzo.

De tanto en tanto, un rayo de sol se filtraba a través de la penumbra verdosa, una especie de luz brumosa que se le antojaba sobrenatural.

Oyó el borboteo del arroyo, el raudo movimiento de pequeños animales, el insistente reclamo de un pájaro, estridente en la quietud.

Y allí, en el camino, el espejo, con el cristal borroso y los depredadores tallados en el marco.

Aguardó un instante y miró hacia atrás. Yoda no la había seguido, de modo que se preparó y dio un paso al frente.

Atravesó el espejo y se trasladó al pasado.

Era primavera. El sol se filtraba suavemente a través de las hojas verdes y tiernas que empezaban a desplegarse.

En el ambiente, lejos de estar cargado, soplaba una ligera brisa.

Los lirios de tres pétalos asomaban mostrando sus colores tal y como ella recordaba que había sucedido unos meses antes, en la primavera del presente.

Por delante, un perro gris de porte elegante espantó a los pájaros de los matorrales, que alzaron el vuelo en un desapacible torbellino de plumas en dirección a un cielo azul pálido.

Las dos personas que paseaban por el camino se detuvieron, miraron hacia arriba y se echaron a reír.

El hombre, alto y vestido con chaqueta y pantalón de color marrón, reprendió al perro.

—Compórtate, Rex.

La mujer dijo, en un susurro tan ligero como el aire:

—Él cree que lo hace.

Iba vestida con una falda larga de un gris azulado y una blusa blanca con adornos de encaje, bajo una chaqueta de un gris más oscuro, con las mangas abullonadas a la altura de los hombros. Su cabello, de un negro intenso, se enroscaba a los lados bajo el canotier.

Entonces los reconoció. Owen Poole y Moira, la mujer con la que se casó en segundas nupcias y con la que formó una familia dos años después de que Agatha muriera en el día de su boda.

—Todavía es joven, y rebosa de energía.

Moira enarcó las cejas cuando Rex se sumergió de un salto en el borboteante arroyo para beber.

—Eso parece.

Cuando ella se disponía a seguir caminando, Owen la sujetó de la mano.

—Moira, hoy quería pasear contigo por aquí para hablar en privado.

—Hemos paseado por aquí anteriormente.

—En efecto, de un año a esta parte hemos paseado juntos por aquí, por los jardines y por el pueblo. Abrigo la esperanza de que sepas lo mucho que esos paseos, esas conversaciones, han significado para mí.

—Y para mí también.

—Deseo caminar a tu lado durante el resto de mi vida, tenerte junto a mí, Moira. He llegado a quererte, a quererte profundamente, y te pido aquí si me concederías el grandísimo honor de ser mi esposa.

—Owen… —Ella se llevó la mano libre al corazón—. Jamás imaginé… Pensaba…

Él le apretó la mano.

—Dime que sientes algo más que amistad por mí, aunque valoro tu amistad como un tesoro. Dime, si no ahora, que con el tiempo tal vez sientas algo más.

—Owen, estoy…, estoy sin aliento. —Dejó escapar una risa algo embriagada—. No podía…, no me permitía creer que sintieras o que pudieras sentir por mí lo que yo siento por ti.

Él se llevó la mano que sujetaba entre las suyas a los labios y le plantó un beso mientras la miraba a los ojos.

—Si sientes lo mismo que yo es que estás completa, loca y perdidamente enamorada de mí.

Ella se rio mientras las lágrimas brillaban en sus ojos.

—Estoy, estaba y estaré.

Él tiró de ella y, desde donde Sonya se encontraba, alcanzó a verla estremecerse con el beso.

—¿Serás mía, querida Moira? ¿Me harás el hombre más feliz del mundo y serás mía?

—Lo soy. —Ella posó la mano en la mejilla de Owen—. Y lo he sido. Y lo seré.

Esta vez, al corresponderle al beso no se estremeció, sino que soltó un fugaz sonido de regocijo.

El perro salió del cauce de un salto, se sacudió el agua y les salpicó.

Riendo, con las manos entrelazadas y ella con la cabeza ligeramente apoyada contra el hombro de Owen, continuaron caminando.

Sonya sabía que no debía seguirlos, que había sido testigo de lo que estaba destinada a presenciar.

Tras regresar al verano y al denso verdor, contempló el camino.

Se habían transmitido mutuamente palabras de amor, de matrimonio y de futuro en el mismísimo lugar donde Hester Dobbs había asesinado a Arthur Poole.

—Significa algo —murmuró—. Significa que el amor triunfa. Que la luz, por mucho que se cierna la oscuridad, siempre se impone. Necesitaba presenciar eso. Y es preciso que lo tenga presente.

Al emprender el camino de vuelta hacia la casa solariega, se prometió a sí misma que lo haría.