Capítulo 12 #3
—¿Estás empujando el tema al fondo de tu cabeza para dejar que se cueza a fuego lento?
—Exacto.
Sonya admiraba esa capacidad, de la cual en su opinión ella carecía.
Y, a los dos minutos de meterse en la cama, se quedó dormida.
Por la mañana, encontró a Owen en la cocina disfrutando ya de su desayuno: un strudel con glaseado junto con cereales y arándanos.
De camino a la cafetera, Sonya apuntó con el dedo hacia el dulce.
—¿Conque poniendo en riesgo tu vida?
—Tengo permiso. He dado de comer a la patrulla. Están fuera. Cuando he bajado al gimnasio a entrenar un poco —añadió— la campanilla no ha parado de sonar.
—Típico.
—Me parece que Dobbs estuvo allí abajo.
Sonya se dio la vuelta.
—¿Qué? ¿Mientras entrenabas?
—Sí. El ambiente se enfrió y las luces empezaron a parpadear. Yo tenía música puesta, y comenzó a sonar un zumbido. He de reconocer que se me pusieron los pelos de punta.
Le dio un bocado al dulce y cogió la taza de café.
—¡Owen! ¿Qué pasó?
—Te lo acabo de decir. Bueno, Jones fue hacia la puerta y se puso a soltar gruñidos. Y no son moco de pavo. En cuanto enfiló hacia la puerta, todo cesó.
—¿De buenas a primeras?
—Jones la atacó en una ocasión. Para mí que ella tenía presente que lo volvería a hacer y que a lo mejor le arrancaba algo más que un trozo de tela de su feo vestido.
—Vaya. Bien hecho, Jones.
—Y tanto que sí.
Sonya cortó un bagel por la mitad justo cuando Trey entraba.
—Voy a tostar bagels. Eso es lo máximo que dan de sí mis habilidades culinarias esta mañana.
—Por mí bien. —Trey se sirvió un café y se sentó al lado de Owen—. Bueno, estamos barajando otra hipótesis.
—¿Sobre Dobbs? Primero necesito otro chute de cafeína.
Con un café recién hecho, Owen continuó comiendo mientras Trey la exponía.
—Uf, la verdad es que tiene una lógica extraña cuando le das la vuelta. La maldición se rompe recuperando los anillos, vale, pero nada impide que la puñetera de Dobbs haga lo mismo una y otra vez.
—Es deprimente. —Sonya dejó el bagel tostado delante de Trey y puso otro en la t ostadora—. E irritante.
—Sin embargo, si te paras a pensar, encaja. Y ahora que lo has planteado, y tiene sentido, lo único que hemos de hacer es averiguar cómo.
—¿Cómo qué? —preguntó Cleo al entrar.
Mientras ella enfilaba hacia la cafetera también, Owen le hizo un gesto a Trey.
—Rebobina para la dormilona.
—Levantarse a las nueve menos veinte o lo que sea un sábado por la mañana no es de dormilones. ¿Qué es lo que hay que averiguar?
—Es acerca de Dobbs —respondió Sonya.
—Ah, ella. —Cleo bebió un poco de café—. Está bien, activaré el cerebro. Adelante.
Mientras escuchaba, Cleo sacó otro strudel con glaseado. Para cuando Trey finalizó, ella seguía sentada con él intacto en la mano, asintiendo con la cabeza.
—Has dado en el clavo y, ahora que lo has dicho, es tan obvio que me siento como una estúpida por no habérmelo planteado en todo este tiempo.
—He reflexionado acerca de esto. ¿Por qué iba el espejo a mostrarme (y a Owen también) todo lo que he presenciado si no estuviera destinada a poner fin a esto? ¿A acabar con esto?
—Una observación muy interesante. —A diferencia de Owen, Cleo se comió el dulce con cuchillo y tenedor—.
Tendremos que confiar en eso. Bueno, en vista de que hemos comenzado el día antes de mi hora habitual, deberíamos aprovechar para terminar de revisar el desván y ponernos manos a la obra con el salón de baile.
Por cierto, he estado elaborando el menú para la barbacoa.
—¿Qué tienen de malo las hamburguesas y los perritos calientes?
Sonya se echó hacia delante y le dio un golpecito con el puño a Owen.
—¡Eso mismo dije yo!
—Confiad en mí. —Cleo apuntó con el dedo hacia la tableta—. Os gustará.
A lo largo del sábado, tras llenar de reliquias otra caja y mover más muebles, hicieron un descanso navegando al atardecer.
Cleo y Sonya pasaron parte de la tarde del domingo en la fiesta que Anna organizó por su futura bebé en el salón de banquetes del hotel.
Al tratarse de una niña, la sala resplandecía de rosa y blanco con columnas de globos y centros de mesa con pimpollos rosas y blancos sobre manteles de hilo blanco.
Un arco con más globos y flores se alzaba sobre la futura mamá.
Disfrutaron de energía femenina, como Cleo la denominaba. El champán rosado y la limonada rosada corrieron antes, durante y después de un delicioso almuerzo seguido por cupcakes con glaseado de color rosa.
Hicieron aspavientos con los pequeños peleles y los vestiditos con volantes, se rieron con los juguetes.
Y Cleo ganó una cesta llena de lociones, velas, gel de baño y demás por acertar la mayoría de las canciones en cuyo título figuraba bebé.
En el trayecto de vuelta, Sonya miró fugazmente a Cleo, que llevaba la cesta en el regazo.
—¿Cómo es que conocías todas esas canciones?
—Algunas por una infancia con gente aficionada a cantar y, el resto, por Owen. Si pasas con Owen el tiempo suficiente, acabas conociendo el repertorio completo.
Cleo sonrió contemplando la cesta.
—He conseguido el mejor premio, y me lo he pasado pipa.
—Y yo. He disfrutado de lo lindo con el ambiente tan sumamente femenino. Y Anna parecía muy feliz. ¿Lista para reanudar la búsqueda?
—A ver qué han ideado los hombres. Después me pondré ropa de faena y estaré lista para dedicarle un rato. ¿Has olido esta vela? Galán de noche. ¡Mmmm!
—Qué engreída.
Antes de que el fin de semana diera paso a la jornada laboral hallaron pequeños tesoros, como una lista de invitados elaborada con una primorosa letra, un menú y una invitación para un ágape en el jardín organizado por el señor y la señora Poole.
Teniendo en cuenta la fecha —y tras realizar una rápida comprobación en el libro de la historia familiar de los Poole—, Sonya concluyó que Owen y su segunda esposa, Moira, llevarían casados dos años.
Pasó algunas noches clasificando los hallazgos, armando cajas para cada novia o familia. Haría lo correcto, pensó, sería mejor así que dejar todo abandonado en cajones o escondido en baúles.
Aquello que resultara demasiado complicado de exhibir, bueno, para eso estaban las cajas individuales, cuyos recuerdos podrían ver las futuras generaciones.
Le hacía ilusión la idea de que otros vivieran en la casa solariega, apreciaran su belleza y resiliencia, tuvieran contacto con aquellos que residieron allí.
Lo que no habían encontrado la agobiaba. Con la cantidad de horas que habían dedicado a la búsqueda, no habían hallado ningún vestido de novia de ninguna de las siete novias.
—Entiendo que el de Astrid —le dijo a Trey— se echaría a perder, y el de Lisbeth, probablemente lo mismo.
Es comprensible en el caso de Johanna y Agatha, ya que murieron el día de su boda.
Sin embargo, pensé que encontraríamos el de Marianne y el de Catherine, y abrigaba la gran esperanza de encontrar el de Clover.
—Patricia Poole ordenaría que retiraran cualquier pertenencia de Clover, y seguramente que las destruyeran.
—Tienes razón. He de dejar de obsesionarme con esto y ponerme a trabajar. Tú también tienes que irte a trabajar.
—Así es.
Trey cogió su taza de café con tapa y llamó a su perro. Sonya lo acompañó a la puerta, le dio un beso de despedida y le dijo adiós con la mano mientras caía una lluvia menuda y constante.
Permaneció allí unos instantes, envuelta en el silencio de la casa, y levantó la vista hacia el retrato de Astrid.
—No voy a darme por vencida, no lo haré. Solo voy a desconectar durante unas cuantas horas.
Se dirigió a la planta de arriba con Yoda pisándole los talones, se acomodó junto a su escritorio y respiró hondo.
—Cuando quieras, Clover.
Cuando la música empezó a sonar, Sonya encendió el ordenador y se puso las pilas.
Más tarde, vio a Cleo hacer su somnoliento recorrido matutino en dirección a la cocina y luego su recorrido de vuelta espabilada y con las pilas cargadas.
—Aunque en teoría parará de llover en un par de horas, hoy me voy a quedar en el estudio.
—¿Con tu proyecto secreto?
—Esa es la idea.
—Echa un vistazo dentro del armario.
—Siempre lo hago.
Sonya apenas se percató de la lluvia, tan solo notó cuando escampó, pues Yoda dejó escapar un tenue gemido pesaroso.
—¿Necesitas salir? Es un buen momento para un descanso y un chute de cafeína.
Lo condujo abajo y lo dejó salir. Tras coger una Coca-Cola, se la llevó consigo para unirse a él.
—¿Hueles eso? Aire puro. Podemos pasar diez minutos tomando el fresco.
Fue al cobertizo a por la pelota y se puso a lanzársela mientras la gata, que los había seguido, observaba encaramada en el techo de la caseta para perros.
—Vale, se acabó el descanso. Tengo que…
Lo sintió. El pellizco de unos dedos en el estómago. Tirando de ella, arrastrándola. En dirección al bosque.