Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Trey no dijo nada más acerca de ello hasta que se hallaban a solas en la habitación de Sonya, con los perros ya acomodados para pasar la noche.

—Sé que la idea de traer la pistola te ha disgustado.

—Más bien me ha cogido por sorpresa. Jamás se me había pasado por la cabeza algo semejante. Más que disgustarme, me pone nerviosa. He visto la película —añadió, procurando quitarle hierro—. Te podrías saltar un ojo con eso.

Él sonrió y le acarició la mejilla.

—Por eso hay que practicar y tomar todas las precauciones. Pero empieza con la piedra que llevas en el bolsillo.

—Las piedras no me ponen nerviosa. —Lo observó con atención al tiempo que se quitaba la camiseta—.

Estás preocupado por mí, pero deberías tener presente lo que has dicho antes de cenar precisamente: que Jones le arrancó un trozo del vestido, que yo le hice daño y que Pye hirió al pedazo de pajarraco que conjuró.

—Lo cual es una de las razones por las que me preocupo. Tú has mencionado que le toca las narices que estemos aquí, que tú estés aquí, añadiendo cosas. Básicamente, viviendo tu vida. Si eso le toca las narices, Sonya, ¿cómo va a reaccionar si encima le haces daño?

—Tomo nota. —Cuando él se quitó la camiseta, ella se acercó, posó las manos contra su torso y extendió los dedos—.

Creo que nos encontramos más cerca de las respuestas, la verdad.

Dudo que ella intuya o esté al tanto de eso.

Está convencida de que es imposible romper su maldición.

Es demasiado soberbia como para pensar lo contrario.

Por tanto, yo sigo siendo una molestia, un incordio.

Todavía no he ascendido a la categoría de rival o enemiga.

—Crees que lo harás.

—No lo sé. —Apoyó la cabeza contra el hombro de Trey—. Me da que pensar. ¿Qué sentido tiene el tiempo para ella? ¿Cuánto tiempo llevo aquí según su percepción? Ella se arroja al vacío cada noche. Para ella, ¿el reloj se pone en marcha a partir de ahí?

—Es una hipótesis.

—Sin embargo, ella recuerda lo sucedido antes y después de precipitarse al vacío, ¿no? Por eso precisamente lleva los anillos en los dedos, para tenerlo presente.

—A lo mejor, para ella, ese es en parte su cometido.

Sonya se relajó.

—Esa es otra hipótesis: la ayudan a recordar además de aumentar su poder. Empieza a dolerme la cabeza de intentar encontrar una explicación.

—Ahora es cuando empujas el tema al fondo de tu cabeza y dejas que se cueza a fuego lento.

—¿Es eso lo que haces tú cuando te topas con un problema que no puedes resolver?

—Por lo general, funciona.

«Cauteloso y prudente», pensó ella, y se relajó hasta el punto de enganchar los brazos alrededor del cuello de Trey.

—Yo hago lo mismo con los problemas laborales, de modo que probaré con esto. De todas formas, necesito ocupar la mente en algo. Podías ayudarme en ese sentido.

—Esa era mi siguiente idea.

—Tienes ideas buenísimas —musitó ella al tiempo que él acercaba los labios a los suyos.

Sentía que le hacía bien estar con él. Que le hacía bien amarlo incluso sin pronunciar la palabra. Abrazó la sensación, lo abrazó a él, y se dejó llevar hasta donde los problemas, los rompecabezas y la necesidad de respuestas no tenían cabida.

Con los perros dormidos y el incesante embate del mar, se desnudaron el uno al otro y se metieron en la cama juntos. Con la luz tenue y la brisa que soplaba por las ventanas abiertas renovando el aire, lo miró a los ojos.

Y él respondió.

Mientras las preocupaciones se adormecían, su cuerpo se despertó.

Excitada por el roce de sus manos, con movimientos anhelantes, retozó con él para satisfacer su deseo vehemente junto con el suyo.

Labios buscando labios, ahora con avidez, mientras la pasión rompía la quietud y el ardor creciente les hervía la sangre.

Con qué rapidez podía excitarla, acelerarle el pulso y hacer que esa ansia dulce, dulce y apremiante, la embargara por completo.

Y cuando él apretó su cuerpo, tan asombrosamente robusto y fuerte, contra el suyo, ella tan solo pudo suspirar su nombre. Su tonificado torso, la seductora ondulación de sus músculos, marcaban un tentador contraste con la mesura y el equilibrio de su personalidad.

Ahí estaba, un hombre en quien tenía la certeza de que podía confiar pasara lo que pasara. Ahí estaba, un hombre capaz de desatarla con un solo roce.

—Te deseo. —Sonya recorrió suavemente su mandíbula con los dientes mientras lo sujetaba con fuerza por las caderas—. Te deseo dentro de mí.

—Todavía no. —Él atrapó su boca de nuevo, silenciándola—. Todavía no.

En vez de eso, tomó más, dio más.

Él deslizó los labios hacia abajo, a lo largo de su cuello y sus pechos, mientras sus manos la acariciaban hasta volverla loca.

Recorrió su cuerpo, usando los labios, los dientes y la lengua para aniquilarla, sin dejarle otra opción que rendirse. Para desatar su lado salvaje en la rendición.

Los gemidos de Sonya se convirtieron en jadeos, y estos, en un grito liberador. Sin aliento y cegada, se estremeció.

Aun así, él tomó más, dio más.

Él deseaba verla así. No había sido consciente de hasta qué punto deseaba verla así esa noche, cada noche. Sobrepasada de placer más allá de la razón. De hasta qué punto deseaba que se retorciera debajo de él a medida que él avivaba ese placer de nuevo, lo intensificaba.

Pese al brillo de la tenue luz, ellos yacían sumidos en la oscuridad. Él se hallaba con ella en aquella oscuridad que les cegó la mente y los sentidos hasta que no quedó nada salvo un ansia palpitante y arrebatadora.

Y ella con él.

Cuando su nombre, solo su nombre, emanó de los labios de Sonya como un sollozo, él se incorporó sobre ella y bajó la vista hacia sus labios, colmados por los suyos, su rostro sonrojado por el ardor, su mirada intensa y oscura.

Y se adentró en ella, en el ardor húmedo de su interior, con una urgencia imposible de controlar o reprimir.

—Quédate conmigo.

En la oscuridad, un poco más en la oscuridad.

Ella se aferró a él, clavándole las uñas, pero él no sintió el pinchazo, tan solo el desenfrenado apremio del deseo al tiempo que se internaba más hondo en la oscuridad.

Cuando ella gritó de nuevo, el sonido lo empujó al límite de la oscuridad, y más allá.

A pesar de estar profundamente dormido, Trey se despertó en un acto reflejo cuando Sonya salió con sigilo de la cama. Cuando él hizo amago de levantarse y alargó la mano hacia sus pantalones, ella negó con la cabeza.

—Perdona. No ha sido por el espejo ni nada de eso. No siento la atracción. No sé por qué me he despertado, ni siquiera son las tres todavía.

Miró hacia la puerta doble de la terraza, abierta, y cayó en la cuenta.

—Quiero verla. Me he despertado con ganas de ver cómo se arroja al vacío. Tampoco sé el porqué, pero así es.

—Vale. —Trey se puso los pantalones.

Sonya, siempre precavida por si le daba por caminar sonámbula, no estaba desnuda. Salió con Trey al balcón con unos pantalones cortos y un top.

—Ya está allí. Aunque todavía no son las tres, ya está allí, mirando hacia la casa solariega. ¿A nosotros?

Era una luna diferente. Era una noche diferente, pensó él. Una noche que se remontaba a más de doscientos años.

—No creo. Me da la impresión de que está contemplando lo que considera suyo, lo que está a punto de asegurarse de que siga siendo suyo.

Con el viento sacudiéndole el pelo oscuro, el largo vestido negro, Hester Dobbs se giró hacia el mar.

«¿Presenciará su muerte? —se preguntó Sonya—. ¿Bajará la vista hacia las rocas y verá su cuerpo destrozado, el reguero de sangre?».

La muerte, la sangre con la que sellaba el maleficio.

El reloj marcó las tres. Sonya observó cómo Dobbs se encaramaba a la escollera y levantaba los brazos.

La música de piano se dejó sentir desde la planta baja. En el cuarto del bebé, una madre lloraba con amargura. En el ala del servicio, una chica irlandesa se retorcía de dolor.

Y Dobbs se arrojó al vacío.

—Todas las noches… Si pongo fin a esto, si paro este bucle, ¿dejará Astrid de interpretar sus tristes baladas al piano, dejará Carlotta de llorar por la muerte de su bebé, dejará Molly de sufrir su agonía, noche tras noche?

—No lo sé. —Trey inclinó la cabeza y besó a Sonya en la coronilla—. Pero, teniendo en cuenta la lógica de la casa solariega, tengo la impresión de que sí.

—Ojalá hubiera una manera de hacer que muera allí de una vez por todas.

Cuando hizo amago de tirar de ella para entrar, Trey se detuvo.

—¿Qué has dicho?

—Que ojalá muera allí de una vez por todas —repitió ella con un suspiro—. Que muera como cualquiera. Que, de alguna manera, el mar arrastre todo indicio de su presencia lejos de aquí.

—Cortar el bucle aquí, aquella noche, en aquella época.

—Sí, no estaría nada mal…, con la salvedad de que ella ya ha asesinado a Astrid, le ha arrebatado el anillo e iniciado la primera fase del maleficio. Y, en el presente, tiene los siete anillos. Debo encontrarlos.

—¿Y después qué?

—Pues… No sé. ¿Viviremos felices y comeremos perdices?

—¿Qué impedirá que el ciclo comience de nuevo?

Sonya lo miró fijamente.

—Qué idea más espantosa.

—Puede que no. Puede que te hayas despertado, que hayamos presenciado esto con el fin de poder mantener esta conversación.

Con el fin de encontrar la manera de recuperar los anillos y, mientras lo dilucidamos, puede que averigüemos cómo hacer justo lo que has dicho: asegurarnos de que muera de una vez por todas.

—Como si el enigma de los anillos no fuera suficiente…

—Son la clave. Las claves —rectificó Trey, y miró hacia el mar—. Es interesante.

—Es propio de ti pensar eso. Para mí es un momento de «¿Qué demonios…?».

Él le sonrió.

—Lo averiguaremos. Y, una vez que recuperes los anillos, eliminaremos la posibilidad de que el ciclo comience de nuevo. Terminará. Terminará justo aquí, aquella noche.

—En 1806.

—Resolveremos el enigma. El espejo forma parte de él. Pero —la giró para mirarla de frente— cuando encontremos los anillos no vas a atravesar el espejo sola. Owen va a ir contigo. Anda. —La condujo dentro—. Vamos a dormir un poco.