Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

D ebido a la apretada agenda estival, Sonya fijó la fecha de la barbacoa familiar para el primer sábado de agosto.

—De hecho, es mejor —señaló Cleo—. Así nos da tiempo a diseñar un menú.

—Yo me figuraba que tomaríamos hamburguesas y perritos calientes.

La chef de la casa solariega reaccionó con consternación.

—¡Ni pensarlo! Podemos preparar algo mucho mejor. En plan elegante y a la vez informal.

—Mi plan era informal, informal.

—Pues sube el listón. Va a venir la familia de Trey al completo, y tu madre va a conducir desde Boston para pasar el fin de semana.

—Estoy emocionada, y preocupada, ante la perspectiva de que venga mi madre.

—No vamos a preocuparnos. —Cleo se recostó en la silla de su despacho, contenta con el espacio y entusiasmada por haber terminado de usarlo esa tarde—. Será igual que la jornada de puertas abiertas, con gente, gente feliz y mucha luz.

—Sigo esperando a que la bombilla se encienda aquí dentro. —Sonya se dio unos toquecitos con el dedo en la cabeza—. Entonces diré: «Bien, sí, eso es. Eso es lo que he de hacer para conseguir los anillos, echar a Dobbs con cajas destempladas y recuperar la normalidad en nuestra vida».

—Tiempo al tiempo. Ahora mismo estoy bastante contenta con nuestra vida. Mañana volveremos a subir al desván, a continuar con la búsqueda de pistas. Me hace sentir como Daphne.

—Pensaba que Daphne era yo.

—Tú eres Velma, definitivamente, más sesuda. Imagino que a Trey, puesto que es abogado, tendría que asignarle el papel de Fred en nuestra pandilla de Scooby-Doo.

—Entonces ¿Owen es Shaggy?

Pensativa, Cleo hizo un mohín con los labios.

—No encaja del todo con él, ¿a que no? Sonya, yo tampoco esperaba encajar con él, pero estoy enamorada.

—¿Estás enamorada de Shaggy?

Entre risas, Cleo se pasó la mano por el pelo.

—De Owen.

—Sabía a quién te referías, y también sabía eso.

—Sonya, me refiero a amor en mayúsculas. O sea, al amor que podría romperme el corazón, al amor hasta el punto de imaginarme siendo la madre de sus hijos en un futuro.

Sabía que Cleo había sentido el amor en minúsculas, pero el amor en mayúsculas significaba que era amor de verdad.

—Vaya…

—Pensaba que lo pasaríamos bien juntos, sin más. Que era algo serio, pero no demasiado. Han sido mil detalles pequeños, y unos cuantos enormes. La manera en la que sostuvo a Pye cuando resultó herida fue, bueno, la guinda del pastel.

—Es un hombre bueno de verdad, Cleo. De lo contrario no sería mi primo favorito.

—Me he planteado si simplemente es porque todos estamos metidos en esta situación…, por la intensidad, por la cercanía. Pero no es por eso. —Levantó las manos con un ademán y, acto seguido, las dejó caer—. Así que estoy pillada.

—¿En plan «todo es por mí»? —Sonya se dio unos toquecitos con el dedo en el pecho—. ¿Mi mejor amiga y mi primo favorito? Me encanta. Aparte de eso, estáis bien juntos, Cleo. A mi modo de ver, encajáis a la perfección. Por lo tanto, ¿qué problema hay?

Cleo hundió los hombros.

—Todavía no lo sé. Desde el punto de vista práctico, lo conocí hace cinco minutos. No obstante, soy la primera en decir que el amor no es práctico. Lo que tú sientes por Trey no es práctico.

—Ni por asomo.

—Sabes que te quiere, Son. Se le nota un montón, te lo juro.

—Coincido contigo. Esa es mi sensación. Aún no hemos pronunciado esa palabra de cuatro letras, que es importante. Pero… si nos regimos por tus tiempos, lo conocí hace seis minutos más o menos. Y es de esos hombres cautelosos. Prudentes. Eso me gusta de él.

—¿Hay alguna razón que te impida no ser la primera en pronunciar esa palabra?

—No. Y a pesar de ello… —Se encogió de hombros—. No sé, supongo que también estoy siendo cautelosa y prudente en ese sentido.

—Porque quieres que funcione, que salga bien. Yo estoy en la misma situación. Ya ves, aquí estamos, dos mujeres inteligentes y capaces. Pilladas. Aunque tampoco es tan malo estar pillada.

—A veces me da la impresión de que es cosa…

Cleo terminó la frase:

—Del destino. ¿Y quién soy yo para llevar la contraria al destino?

Yoda se incorporó de sopetón con un ladrido y echó a correr.

—A propósito del destino, ahí debe de estar el nuestro. —Cleo se levantó con esfuerzo—. Han llegado un poco más tarde de lo habitual.

Para cerciorarse, se dirigieron a la puerta. Yoda salió disparado y Pye se escabulló con sigilo cuando aparcaron las dos camionetas.

—Me alegro de que hayamos hablado acerca de esto entre nosotras. —Sonya pasó el brazo alrededor de la cintura de Cleo—. Me hace sentir más centrada.

—Totalmente de acuerdo contigo.

—Hay algo en la parte trasera de la camioneta de Owen. —Sonya se fijó al tiempo que Trey salía de la suya y Mookie bajaba de un salto detrás de él—. ¡Uy, uy, Cleo, me parece que son los asientos para el jardín delantero!

—¿Lo ves? —Cleo negó con la cabeza—. Una cosa más.

Salieron deprisa mientras Owen bajaba el portón trasero de la camioneta.

—¡Anda! ¡Has hecho dos!

Él se encogió de hombros mirando a Sonya.

—A juego. Somos cuatro, o sea que, dos asientos dobles.

—Con la mesa en medio, y el sauce llorón labrado en el respaldo. Owen, qué bonitos.

—Tardé lo mío —comentó él mientras maniobraba con Trey para sacar el primero—. Ha sido un buen curro.

—La espera ha valido la pena.

—Hablando de pena —dijo Trey—, pesan lo suyo. ¿Dónde los quieres poner?

—Sé específica —puntualizó Owen.

—Vale, vale, ahí —indicó vagamente con un gesto, y acto seguido se apresuró a tomarles la delantera con Cleo—. Hay dos. ¿Los queremos en el centro? Creo que mejor en el centro.

—Dejando alrededor de treinta centímetros de separación, cuarenta y cinco a lo sumo.

—¡Aquí! Justo aquí. No —rectificó Sonya, y ambos la miraron con cara de pocos amigos—. Solo un pelín a la izquierda.

—Define «pelín» —replicó Owen.

—Centrad la mesa aquí. Qué chulo. Aún mejor de lo que imaginaba.

—Fui yo quien sugirió la madera de acacia falsa, a sabiendas de que es una lata trabajarla.

—Soltó una sarta de improperios —señaló Trey—. Es alucinante que la madera de hecho pudiera transformarse para responder a las sugerencias.

—Perdí la cuenta de la cantidad de veces que tuve que afilar las herramientas. No obstante —dijo Owen, encogiéndose de hombros otra vez—, lo conseguí. Vamos a por el otro.

—¿Lo ves? —dijo Cleo por lo bajo—. Fabrica algo como esto, refunfuña por ello y, luego, como si nada. Es ideal para mí. ¿Qué se supone que he de hacer yo? Iré a por la cerveza.

Sonya se puso a bailar en el segundo sitio elegido.

—Aquí, justo aquí. Me parece increíble que hayas tallado dos, y son magníficos.

—Adquirirán una tonalidad más rojiza con el paso del tiempo, y durarán. Tus bisnietos se sentarán en ellos.

—Es lo que quería. —Sonya deslizó la mano sobre el amplio respaldo arqueado—. Y me quedo corta. La mesa de centro es una virguería. ¡Gracias!

Se abalanzó a los brazos de Owen y le dio un achuchón.

—Y a ti. —Hizo lo mismo con Trey—. Mano de obra gratis. ¡Tengo que sentarme! A ver qué tal.

Al hacerlo, se rebulló en el asiento y suspiró.

—¡Sí! Dijiste que serían cómodos. Y, encima, amplios. Y qué vista.

—Sería mejor con una cerveza.

Sonya se limitó a sonreír a Owen de oreja a oreja.

—Cleo ha ido a por ellas.

Justo en ese momento, Cleo salió de la casa con una bandeja con dos cervezas y dos copas de vino.

—Mejor, imposible —comentó al tiempo que depositaba la bandeja encima de una de las mesas—. Un sitio ideal para contemplar el amanecer. Aunque no es que tenga intención de hacerlo.

—¡A sentarse! ¡A sentarse todo el mundo!

Mientras Trey le tendía una copa a Sonya, una de las ventanas del salón dorado se abrió, se cerró de golpe, se abrió y volvió a cerrarse de golpe. A la tercera vez permaneció cerrada.

—Esto la saca de quicio. Le saca de quicio que estemos añadiendo cosas a la casa solariega, que seamos felices, que estemos aquí. —Alzó su copa—. Así que brindo por todo eso.

—Te he traído la pistola de aire comprimido de mi abuelo.

Sonya estuvo en un tris de atragantarse con el vino.

—¿Que me has traído una pistola?

—Una pistola de aire comprimido —repitió Trey—. Es antigua, obviamente, pero la ha mantenido en buenas condiciones. Funciona. Podrías llevarla encima cuando salgas a pasear y, si algo sale volando por esa ventana, disparas.

—¿Pretendes que dispare al pajarraco de Dobbs? Pero si no he disparado un arma en mi vida.

—Es una pistola de aire comprimido —dijo Trey una vez más—. No es que sean juguetes, y nunca deberían haberlo sido. Te enseñaré a manejarla. El pájaro es un blanco grande.

—Se nos pasó por la cabeza comprarte un tirachinas para las piedras mágicas de Cleo, pero esto nos pareció mejor. Apuntas y aprietas el gatillo —explicó Owen—. ¿Qué me dices de ti, Lafayette? ¿Sabes manejar un arma de aire comprimido?

—¿Una pistola o un rifle? Mi padre tenía un antiguo rifle de aire comprimido Red Ryder. Nos obligó a jurarle que no apuntaríamos nada más que a objetos de papel y latas.

—Una pistola —respondió Trey.

—Llevo mucho tiempo sin disparar un arma de ningún tipo, pero creo que recuerdo cómo hacerlo.

—No me hace gracia la idea de que haya un arma de ningún tipo en la casa.

—Es solo por si las moscas —le dijo Trey—. Podías guardarla en un armario y solo llevarla encima cuando salgas a dar una vuelta. Bueno, cuando estés aquí fuera.

Trey posó la mano sobre la de Sonya.

—Dobbs está practicando. Jones le arrancó un trozo del vestido, tú la golpeaste con una piedra y la gata hirió al monstruo volador.

Podemos hacerle daño, a ella y al bicho.

Este es un medio para hacerlo desde cierta distancia.

Si conjura algo que se abalance sobre ti, o sobre ellos —añadió, haciendo un gesto hacia las mascotas—, podrás defenderte.

—¿Qué os parece si la guardo en el cobertizo del jardín, por si acaso, y sigo llevando una piedra de bruja en el bolsillo cuando salga a caminar?

—Tiene buena puntería —terció Cleo—. Por desgracia, mejor que la mía. Yo me encargo de la pistola. La pondremos en la balda de arriba del armario que hay en el estudio.

—De acuerdo.