Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—Cenaremos aquí fuera, al sol —decidió Sonya—. Estate pendiente de Pye y del resto un poco más.

—Eso se me da bien. Voy a beber un poco de vino para cerciorarme de recomponerme. Quiero volver ahí dentro. No me fío de Owen con las patatas.

No tenía motivos.

Cuando entraron, Owen había puesto el horno a calentar, los filetes de pescado a marinar, y lavado y cortado las patatas por la mitad. Dejó de picar ajo para mirar a Cleo fugazmente.

—Me figuro que querrás aderezarlo con hierbas aromáticas.

—Así es. Voy a por ellas. Había pensado hacer unos espárragos.

—Ya, los he visto.

Cuando salió, Trey puso las flores de Sonya encima de la mesa.

Aunque no era el jarrón que ella tenía en mente ni ese arreglo floral en particular, le pareció un gesto muy bonito por su parte.

Trey le entregó el teléfono.

—Gracias. Gracias a los dos. Estaba en modo pánico total.

—A simple vista no.

—Por dentro sí. —Lo rodeó con sus brazos—. Estaba paseando tan campante, sopesando la idea de que mi madre viniera a pasar un fin de semana y organizar una barbacoa con tu familia, y, a la primera de cambio, Dobbs.

—Saliste airosa. Las dos.

—Y la gata no se achanta —apostilló Owen. Ladeó la cabeza ligeramente hacia la nevera—. Tienes nuevas obras de arte.

—Lo encontré aquí antes de salir.

—Es bastante chulo —comentó Trey justo cuando Cleo entraba.

—¿Qué es bastante chulo? Me apetece algo bastante chulo.

—Jack ha pintado a nuestra familia peluda. —Sonya le hizo una seña hacia la nevera.

—¡Vaya! Ni siquiera me había dado cuenta. Las proporciones, la perspectiva, están muy bien conseguidas. Refleja una habilidad muy superior a la propia de un niño de nueve años.

Depositó las hierbas aromáticas sobre la tabla de cortar y Owen le dio un empujoncito con el codo para apartarla.

—Lo tengo controlado. Estas patatas son mías.

—Estupendo. —Cleo se alejó para sacar los espárragos, y Trey se aproximó a la nevera para examinar el dibujo.

—Sin embargo, lleva aquí mucho más de nueve años, así que en cierto modo… Lo lógico sería pensar que ha tenido al alcance papel, lápices e incluso pinturas a lo largo de los tiempos.

Sonya cayó en la cuenta.

—Y ha practicado. Claro, ¿cómo no iba a hacerlo? Los dibujos que encontramos arriba son buenos, pero los que nos ha hecho ahora son mejores. Ha practicado, y mejorado. —Miró a Trey—. Igual que Dobbs.

—En su caso es diferente. —Owen vertió las patatas en una sartén con un poco de aceite de oliva, junto con las hierbas aromáticas, ajo y pimienta—.

Está atrapada en un bucle, arrojándose al vacío desde la escollera cada noche a las tres.

No sé si los demás lo estarán, pero él no.

Ni Clover ni Molly, para empezar. Ellos se adaptan, se mueven en el ahora.

—Es una observación muy perspicaz —le dijo Cleo—. Me gusta esa observación.

—Desde mi punto de vista, tiene sentido. —Trey hizo un gesto hacia el dibujo de nuevo—. Sobre todo cuando es evidente.

—Cuando las novias me hablan, me trasladan al pasado, es a escenas de su pasado, como un bucle. Sin embargo, mientras me hablan, esas escenas se congelan como en un compás de espera.

—Y es el presente —concluyó Trey.

—Esto me parece importante. Todavía no sé por qué —reconoció Sonya—, pero me da la sensación de que es como una pieza del puzle.

Cuando el temporizador del horno sonó, Owen metió las patatas que había extendido en una fuente y volvió a programarlo.

—Después de unos veinte minutos hay que moverlas y dejarlas otros veinte minutos. ¿Con qué especias aderezas el pescado?

—Ese pescado es mío. —Cleo se acercó, tomó la cara de Owen entre las manos y lo besó. Seguidamente sacó una sartén de hierro fundido—. Puedes encender la parrilla después de los primeros veinte minutos.

—Yo pongo la mesa. Y la decoraré con esto. —Sonya cogió las flores—. Ah, Cleo, se me había olvidado. Tenemos tres tomates.

—Los vi esta mañana y les hice una foto. Los cogeré mañana y pensaré qué hacer con ellos. Hay un par más a punto de madurar, así que tendríamos cinco o seis.

—Tenías razón. Esto tan solo ha sido un gran bache aterrador, y estamos teniendo un día la mar de bueno.

—Antes de que Sonya ponga la mesa, voy a sacar el saco del agua. Le engancharemos el ancla de nuevo —prometió Cleo—, pero es que me gustaría mucho oír cómo ha reaccionado ese gilipollas en el juzgado.

—Era la personificación del pánico camuflado bajo un traje de firma. No me preguntes de qué firma, pero esa es la impresión que causaba.

—Tiene preferencia por Tom Ford y Armani —dijo Sonya entre dientes.

—Bueno, probablemente uno de esos. Conozco a su abogado.

Brandon se decantó por uno de la zona, que es lo suyo.

No le tiembla el pulso, pero no fue capaz de controlarlo.

Y el juez oyó cuando te tildó de zorra. Después de un par de arranques de ira, el juez los amonestó, a él y a su abogado, con la advertencia de acusarlos de desacato al tribunal.

—Mira por dónde —observó Cleo—, el día está mejorando, más si cabe, por momentos. Eso es todo cuanto necesitaba saber. Engancha el ancla de nuevo, Sonya.

Sonya sonrió.

—¡Splash!