Capítulo 11 #2
—Esto precisamente, este tipo de cosas son un recordatorio de por qué es tan importante averiguar cómo vencer a Dobbs y librarnos de ella.
Lo habían hecho en el caso de Brandon Wise, dijo para sus adentros, y lo harían con la puñetera Hester Dobbs.
Al abrir la puerta trasera, tanto la gata como el perro decidieron acompañarla. Se dio una vuelta por el jardín con ellos y, a continuación, fue al cobertizo a por una cesta y unas tijeras de podar.
¿Qué sentido tiene, pensó, disponer de un jardín para no lucir parte de él dentro? Se entretuvo en seleccionar lo que en su opinión compondría un bonito arreglo floral para la mesa de la cocina teniendo en mente uno de los jarrones de Anna.
Cuando se dirigió sin prisa hacia el costado de la casa, a punto estuvo de lanzar vítores.
—¡Anda! Tenemos los primeros tomates. Los pequeños.
Cuando se disponía a arrancarlos, se quedó inmóvil.
—No, fue Cleo quien los plantó. Debería tener el honor de coger los primeros. Los tres.
Contenta y relajada, rodeó la casa en dirección al mar.
Y al divisar el salto de una ballena, muy a lo lejos, concluyó que era un día perfecto.
Se imaginó que a esas alturas Cleo estaría navegando de vuelta, o que habría amarrado y se encontraría de camino. Esperaba que Trey estuviera terminando la jornada laboral, y Owen también.
Sabía que Cleo tenía intención de preparar una sencilla cena veraniega, cosa que le parecía estupendo.
Y, considerándolo todo, pensó mientras caminaba, era hora de organizar una barbacoa de fin de semana con los Doyle. Tal vez su madre pudiera poner rumbo al norte en su coche para pasar el fin de semana, lo cual sería ideal.
Algo informal, en plan familiar. Con hamburguesas, perritos calientes y mazorcas de maíz.
Cavilando, se encaminó hacia la escollera. La gata se encaramó de un salto y se puso a contemplar el horizonte, lo mismo que Sonya.
—Debería haberme traído los prismáticos. Si Cleo está navegando, a lo mejor la habríamos visto.
Sacó el teléfono y miró la hora.
—No, a estas alturas estará en el coche. Es más tarde de lo que pensaba.
De pronto, en el teléfono, aún en su mano, empezó a sonar con estruendo Run Like Hell [«Corre como un diablo»] de Pink Floyd.
—¿Qué? ¿Por qué?
De pronto, una de las ventanas del salón dorado se abrió y el enorme buitre negro salió volando.
Dobbs había estado practicando, recordó Sonya, y correr como un diablo le pareció un buen consejo. Soltó el teléfono y la cesta, agarró a Yoda con un brazo y levantó a la gata de la escollera con el otro.
Cuando se disponía a echar a correr, ambos saltaron de sus brazos.
—¡No! ¡No!
Al ver que enfilaban en dirección al pájaro, que volaba en picado hacia ellos, no tuvo elección y, en un acto reflejo, salió disparada detrás de ambos.
Observó horrorizada cómo el bicho se abalanzaba sobre ellos.
Yoda, ladrando como un poseso, empezó a dar saltos hacia él. Pyewacket lo superó.
Aquellas garras brillaron; abrió su afilado pico.
La gata lo arañó con fuerza. Sin dejar de correr, Sonya oyó el rápido maullido lastimero de Pyewacket y, por encima de él, el graznido de la criatura de Dobbs.
Olió el azufre al tiempo que el buitre se desvanecía como el humo.
—Ay, Dios, ay, Dios. Por Dios.
Yoda acarició con el hocico a la gata, que había caído de pie antes de despatarrarse sobre el césped.
Figurándose que habría sangre, heridas abiertas o algo peor, Sonya se arrodilló a su lado.
—Déjame ver. Yoda, apártate y déjame ver.
No halló sangre, ni heridas abiertas, pero percibió el dolor en los ojos verdes de la gata y lo oyó en sus lamentos.
¿Tendría heridas internas? ¿La habría envenenado?
Mientras Pye se retorcía, intentando lamerse la pata, lo vio. Las quemaduras causadas por el frío en las patas delanteras.
—Vale. Ay, sé que duele. Puedo curarte. Tienes que dejar que te cure.
Con la mayor delicadeza posible, cogió en brazos a la gata y levantó la vista hacia la ventana con odio y furia.
—Qué zorra. Mira que cargar contra una gatita…
Oyó una desapacible risotada antes de que la ventana se cerrara de golpe.
Mientras llevaba en brazos a la gata y la arrullaba, Cleo asomó por la curva.
Salió del coche como una bala.
—¿Qué ha pasado? ¿Está herida? ¿Qué ha pasado?
—Tiene quemaduras causadas por el frío en las patas delanteras. Ha sido esa zorra pérfida y matona. Sé qué hacer, Cleo. Sé cómo curarla. Hay que mantenerla tranquila.
—Dámela. La tengo, ve. Oh, Pye, lo siento mucho.
Sonya fue como una exhalación a la casa, derecha a la cocina a meter un bol de agua en el microondas y a por dos paños limpios suaves.
—Ya, ya, chis. —Cleo acarició y acurrucó a Pye de camino a la cocina—. Vamos a hacer que te sientas mejor. Igual debería llevarla al veterinario.
—Probemos con esto primero, ya casi está.
—Le duele. Lo noto.
—Lo sé, lo sé.
—Chis, chis. Son, tiene peor pinta que la mano de Trey aquella noche.
A Pye no le gustaron las curas y se rebulló, mientras Yoda plantaba las patas delanteras contra el taburete de la isla y aullaba.
—Ahora duele —musitó Cleo—, pero se te va a pasar. Vamos a aliviarte.
Ya le habían puesto los paños calientes tres veces, y la rojez había adquirido una tonalidad rosácea, cuando oyeron a Trey llamar a Sonya a voces.
—¡En la cocina! ¡Estamos en la cocina! Es Pye.
Dos hombres y dos perros irrumpieron en tropel. Trey echó un vistazo a la escena.
—¿Quemaduras causadas por el frío?
—Sí. Está mejor, pero…
—A ver. —Con cuidado, retiró un paño—. ¿Cuántas veces se lo habéis puesto?
—Dos —respondió Sonya, sacudiéndose el pelo—. No, tres. Esta es la tercera.
—Deja que la coja yo.
—Es que…
—Haz un descanso, Cleo. —Owen la levantó de sus brazos—. La tengo. Conmigo estará tranquila.
Mientras Trey calentaba los paños de nuevo, Cleo se enjugó las lágrimas.
—Perdonadme. Estoy hecha unos zorros.
—Se recuperará —le aseguró Trey.
—Así es. —Owen acurrucó a la gata sin apartar los ojos de ella.
Verde sobre verde—. Vas a recuperarte de maravilla.
Trey y yo igual tardamos un poco más después de entrar en pánico.
Al subir la cuesta y ver la puerta del coche de Cleo abierta, el portón principal abierto, el teléfono de Sonya tirado en el césped y las flores desparramadas de una cesta…
—Sucedió muy rápido. Clover intentó advertirme, pero sucedió muy rápido. Al ver ese puñetero pájaro, solté todo y cogí rápidamente a Yoda del suelo y a Pye de la escollera, pero…
Como los hombres ya se habían hecho cargo de la situación, se llevó las manos a la cara.
—Ambos se zafaron de mí de un salto, no pude impedirlo. Enfilaron a la carrera en dirección a él y no conseguí alcanzarlos antes de… Los dos se lanzaron a por él de un salto. El de Yoda, con esas patas rechonchas, no fue gran cosa, pero, Dios, el de Pye sí.
Bajó las manos y trató por todos los medios de calmarse.
—Le dio un zarpazo con las patas delanteras. El buitre le hizo daño, oí su lamento, pero tengo la impresión de que él salió peor parado. Soltó un graznido estridente y, acto seguido, se desvaneció como el humo.
—Así me gusta, gata peleona, salió peor parado. —Owen acarició a Pye con un dedo entre las orejas—. Dobbs tiene todas las de perder contigo.
—Lo siento mucho, Cleo. Llevaba la piedra, la piedra de bruja, en el bolsillo, pero como quería meterlos dentro…
—Para. Nada de esto es culpa tuya. —Las lágrimas titilaron en las pestañas de Cleo—. ¿Se le han aliviado? ¿Se le han aliviado un poco?
—Sí. —Trey deslió los paños—. ¿Ves? Se los pondremos una o dos veces más. Tendrá las heridas irritadas y sensibles durante un tiempo, pero están mejorando.
—Ya no le duelen tanto. —Owen acarició a Pye de nuevo con el dedo—. Empieza a gustarle acaparar la atención.
—Sí. —Cleo se secó más lágrimas—. Madre de Dios, estoy hecha unos zorros. Están mejor, se encuentra mejor. Me dan ganas de subir allí arriba, echar abajo la puerta de esa habitación de una patada y lanzarle un cubo de agua a esa arpía.
—Dudo que se eche a temblar.
Cleo le lanzó una mirada asesina a Trey.
—Entonces encontraré una casa para estampársela encima.
—Entretanto —terció Owen—, ¿por qué no le das a Pye un par de chucherías de esas? Se está portando fenomenal.
Puesto que los perros conocían la palabra que empezaba por «chu», se pusieron a dar coletazos contra el suelo.
—Buena idea. Chucherías para todos.
Para cuando terminaron, Pye renqueaba un poco, pero dejó que los perros la olfatearan de camino a la puerta trasera.
—Quiere salir, pero…
—Se encuentra bien —le aseguró Owen a Cleo.
—Me parece que voy a vigilarla durante unos minutos. Mierda, me he dejado las cosas en el coche.
—Voy a por ellas —le dijo Trey.
—La cena. —Cleo se frotó la sien con los dedos—. Tenía previsto hacer pez espada crujiente con especias, había comprado esas patatas pequeñas y alargadas tan monas, y…
—Yo puedo ocuparme de ello, ponerme con los preparativos.
—Es que…
Haciendo caso omiso, Owen sacó una botella de vino de la nevera y le sirvió una copa.
—Llévate esto.
—Bueno, podías preparar las patatas. Hay que…
Owen le dio un ligero empujoncito.
—Largo. —Sirvió otra copa y se la ofreció a Sonya—. Ve con ella.
Como no quería dejar sola a Cleo, Sonya no discutió.
—Ya sé que no fue culpa mía, pero, a pesar de ello, lo siento.
—Yo también. Sin embargo, deberías estar orgullosa de ella y también de Yoda. Cargaron contra ella. Le daremos un escarmiento, Son. Le dimos un escarmiento a ese gilipollas, y le daremos un escarmiento a Dobbs.
—Eso es justo lo que dije para mis adentros antes de salir. Ella se rio, Cleo, después de que Pye resultara herida. Se aseguró de que oyera su risa.
—Ah, ¿sí? —Con los ojos ámbar echando chispas, Cleo observó cómo Pye se encaramaba de un salto al techo de la caseta para perros y se despatarraba bajo el sol vespertino—. Igual le lanzo ese cubo de agua uno de estos días.
—Todos estábamos teniendo un día la mar de bueno.
—Nos hemos topado con un bache, un bache grande y aterrador. Ya lo hemos superado.