Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

L os procedimientos no se demoraron. En cuestión de una semana, Brandon fue detenido, imputado y trasladado a Maine.

Trey, sentado en la sala de audiencia en calidad de oyente, se fijó en que el acusado había tenido la perspicacia de contratar a un abogado local y que iba vestido de punta en blanco como la personificación del éxito.

La defensa argumentó que todo el asunto era un malentendido, una simple pelea entre dos personas que habían puesto fin, de mutuo acuerdo, a una relación.

El fiscal contrargumentó con rotundidad. Tal y como Trey esperaba —puesto que en Maine se tomaban muy en serio el allanamiento de morada—, el malentendido no coló ante el juez.

Trey observó, con serena satisfacción, cómo Brandon se rebullía, incluso se retorcía un poco, durante el tira y afloja legal. Le hizo gracia cada vez que Brandon anotaba algo rápidamente en un cuaderno de hojas amarillas y se lo pasaba a su abogado.

«Estás asustado, ¿a que sí? —pensó—. Y aun así te crees más listo que tu propio abogado».

El juez concedió al acusado la libertad bajo fianza y permiso para regresar a Boston hasta que se celebrara el juicio. Pero el beneficio que le concedió se redujo a eso.

—¡Esto es ridículo!

Ante el arrebato de Brandon, Trey se recostó con una sonrisa de gran satisfacción. No esperaba menos.

Observó cómo Brandon se ladeaba para discutir con su abogado y pensó: «Miedo, más miedo». Ahora lo percibió a mansalva.

—No pienso ir a la cárcel, ¿estamos? ¡Esa zorra embustera me agredió!

—Señor Wise, mantenga la calma.

Trey vio que el juez, que había oído el insulto igual que él, enarcaba las cejas.

—Señor Wise, insultar a la demandante, en particular en mi sala, no favorecerá su defensa. Letrado, le ruego que controle a su cliente.

—¡Señoría, tiene que hacerse cargo! ¡Ella está tratando de arruinarme la vida! ¡Busca venganza porque rompí nuestro compromiso! ¡No está dispuesta a dejarlo correr!

—Y, sin embargo, es usted quien ha sido arrestado por allanamiento de morada en un estado que no es en el que reside.

El fiscal aprovechó esa observación, lo cual hizo que Trey sonriera de oreja a oreja.

—Eso es una gilipollez. Fui a verla por hacerle un favor. Solo quería…, solo pretendía…

El juez golpeó con el mazo.

—No permitiré ese lenguaje en mi tribunal. Letrado, si no es capaz de controlar a su cliente, lo declararé en desacato y me replantearé concederle la libertad bajo fianza.

El juez aguardó unos instantes mientras el abogado defensor le susurraba a Brandon al oído. A continuación, golpeó con el mazo de nuevo.

—Se levanta la sesión.

«Qué gratificante», pensó Trey mientras observaba cómo conducían a Brandon fuera de la sala. Más, si cabe, que un buen puñetazo en la cara.

Como Trey se había enfrentado al fiscal anteriormente, se levantó y lo abordó.

—¿Tienes un minuto, Derrick?

—Tengo unos cuantos. Salgamos. Me consta que tienes interés en este caso.

—Así es. Él querrá llegar a un acuerdo.

—Sí, sí. —Al salir al pasillo, se detuvieron—. Teme ingresar en prisión, y su abogado le habrá advertido que, si lo declaran culpable, podría cumplir hasta un año de condena. Querrá un acuerdo.

—¿Y?

—Pagará una multa de mil dólares y estará en libertad condicional un año. No empezaré por ahí, pero ese es mi objetivo. Como se vuelva a poner en contacto con la demandante o lo intente, pagará las consecuencias. Eso también lo dejaré claro.

—Es lo que deseaba oír. ¿Te importa avisarme cuando se emita el dictamen?

—No hay problema. Una pregunta: ¿es tan gilipollas como aparenta ser?

—Más. Gracias, Derrick.

—No hay de qué. ¿Quedamos para tomar una cerveza?

—Sí, yo invito.

Satisfecho de que el caso estuviera en buenas manos. Trey regresó a Poole’s Bay.

Cuando entró al bufete, Sadie, la ayudante de su padre, levantó la cabeza del ordenador.

—¿Y bien?

—No se ha ganado la simpatía del juez. Le han concedido la libertad bajo fianza y el juicio se ha fijado para septiembre.

—Si sabe lo que le conviene, más vale que se mantenga alejado de aquí.

—La cárcel le asusta demasiado como para no hacerlo.

La gente como él se piensa que puede hacer cualquier cosa, conseguir cualquier cosa, valiéndose de su atractivo y su encanto impostado.

Cuando resulta que no es el caso, echan la culpa a otro.

Pero, cuando resulta que hay consecuencias, consecuencias de verdad, se achantan y gimotean.

Ahora está gimoteando. ¿Está ocupado mi padre?

—Tiene un hueco entre cita y cita. Ace está con él.

—Perfecto. Voy a hablar con él.

Al entrar, encontró a su padre y a su abuelo en los sillones para los clientes, tomando café.

Ace se levantó las gafas.

—No le digas a tu abuela que estoy tomando café en mitad del día.

—Mis labios están sellados.

Trey se aproximó y se sentó en el borde del escritorio de su padre.

—Se ha denegado la moción para desestimar el caso y se ha establecido una fianza de cinco mil dólares. La fecha del juicio se ha fijado para septiembre. El juez no se tomó bien que tachara a Sonya de zorra en su sala de audiencia.

Deuce se rascó un lado del cuello mientras Ace mascullaba por lo bajo.

—¿Un juicio con jurado?

—Se ha solicitado, sí. Está cagado de miedo ante la posibilidad de ir a la cárcel.

—Bien. Por irrumpir en esa casa —prácticamente bufó Ace—. Por intentar avasallar a una mujer de esa manera.

—Derrick Morley es el fiscal. El abogado defensor es Lowell Chase.

—Lowell no es malo —comentó Deuce—. Pero Morley es mejor.

—Ya, y Morley coincide conmigo en que pedirá un acuerdo para librarse de la cárcel.

—Pasar un poco de tiempo entre rejas le serviría de lección —señaló Ace—, pero alcanzar un acuerdo evitaría a Sonya el trago de tener que ir a juicio. Esperemos que el hecho de que lo hayan detenido y se haya enfrentado a todo esto le sirva de escarmiento y deje en paz a esa chica.

—Después de lo que he presenciado hoy, seguro que sí.

Si se asustó lo bastante como para salir despavorido de la casa, sigue muerto de miedo.

Lo cierto es que, después de esto, pensará que no vale la pena.

Lo tergiversará en su mente retorcida, pero las consecuencias de acosarla no valdrán la pena ahora que le ha visto las orejas al lobo.

—Estoy de acuerdo. Conozco a los de su calaña. En el fondo son unos cobardes.

Mientras Trey asentía con la cabeza a su padre, Ace comentó:

—Esa chica es una joya. Deberías ponerle un anillo en el dedo, chaval.

—Ace.

Ace se limitó a suspirar y se dirigió a su nieto.

—Este chaval va a paso de tortuga. Fijo que no ha salido a mí.

El teléfono de Trey sonó y se lo sacó del bolsillo.

—Pues fijo que va a ser que no. Es Derrick Morley. ¿Sí? Derrick, ¿tienes novedades para mí?

Escuchó, asintió con la cabeza y dijo:

—Ajá. Sí, estoy de acuerdo, antes de lo que esperaba. Te lo agradezco. Avísame cuando tengas un hueco para tomarnos esa cerveza. Sí. Adiós.

Se guardó el teléfono en el bolsillo.

—La multa íntegra de dos mil dólares y dieciocho meses de libertad condicional, además de someterse obligatoriamente a terapia para gestionar la ira. La defensa se ha agarrado a la primera oferta.

—Es un buen resultado —opinó Deuce—. Asunto zanjado. Sonya puede respirar tranquila.

—Lo está, pero esto servirá para que siga estándolo. Me voy a mi despacho a llamarla para darle la noticia.

—¡Cómprale un anillo a esa chica! —exclamó Ace cuando Trey se disponía a salir.

Trey se limitó a negar con la cabeza y siguió su camino.

En la biblioteca, después de hablar con Trey, Sonya se limitó a apoyar la cabeza sobre la mesa.

Clover la reconfortó con Breathin [«Respira»] de Ariana Grande.

—Sí, sí, estoy en ello. La verdad es que esto me ha robado demasiada energía, pero ahora me siento aliviada. Es como si se hubiera abierto un respiradero por donde ha salido toda la presión.

Se incorporó, envió un mensaje de texto a su madre y, en vista de que Cleo se había ido a la cala a pintar, la copió también.

Listo. Se ha declarado culpable y ha aceptado el trato: dos mil dólares de multa y dieciocho meses de libertad condicional, además de recibir terapia obligatoria para gestionar la ira.

Si se vuelve a poner en contacto conmigo violará la libertad condicional e irá a la cárcel.

Podemos quedarnos tranquilas. Os quiero a las dos.

Winter respondió en cuestión de segundos.

No son buenas noticias, son magníficas. Le has plantado cara a un acosador —en más de una ocasión— y ha pagado por ello. Estoy orgullosa de ti. Y os quiero un montón a las dos.

Cleo le pisó los talones a Winter en su respuesta.

¿Quedarnos tranquilas? ¡Qué dices! ¡Hay que celebrarlo! El escarmiento ha sido menor de lo que se merecía, pero será suficiente. Ahora, en nuestro mundo, ha dejado de existir. Yo también os quiero a las dos.

—Bueno, voy a quitarme todo esto de la cabeza y a ponerme las pilas.

Continuó trabajando dos horas más y, casi al final, oyó rebotar la pelota.

Cuando el ruido paró, ella también.

Bajó y se encontró a Yoda en la cocina, disfrutando de un hueso prensado de res. La gata se hallaba apoltronada en un taburete, lamiéndose, lo cual significaba que probablemente también habría disfrutado de una chuchería.

Y, encima de la isla, Sonya encontró una chuchería para ella.

Era obvio que Jack había usado el kit de arte que le había regalado.

Había pintado a los tres perros, sentados juntos en el jardín trasero: a Jones, con su parche en el ojo y su esbelto y musculado cuerpo; a Mookie, con sus orejas caídas y su sonrisa bobalicona; a Yoda, con los ojos chispeantes.

Y a la gata, apoltronada como una reina delante de sus súbditos.

A la derecha había plasmado la exuberante profusión de hortensias, y el exuberante verdor del misterioso bosque detrás.

—Qué chulo. Además, los has pintado fenomenal. Has clavado sus proporciones, cosa que no es fácil. Sobre todo, es un detalle de lo más tierno.

Hizo lo que sus padres solían hacer con sus dibujos en la infancia: ponerlo en la puerta de la nevera.