Capítulo 10
E n julio hubo aguaceros y sol a raudales.
Sonya recibió gratamente ambas cosas.
Una vez que el equipo de Ryder dio el visto bueno y eligió las nuevas fotos, ella seleccionó algunas para la página web y otras para la publicidad digital, los anuncios de televisión, las vallas publicitarias y los carteles para el interior de las tiendas.
Diseñó una maqueta con la pantalla dividida, en la que aparecía una chica con un traje de baño de Ryder a la que Corrine captó en pleno salto desde un trampolín a una piscina en un jardín trasero, y un hombre en una pista de esquí pertrechado con unos esquís, una parka, unos pantalones, unos guantes, un casco y unas botas de Ryder en los Alpes cubiertos de nieve.
Le añadió una etiqueta.
Después se levantó, caminó de aquí para allá, regó a Xena y contempló el mar.
Y volvió.
—Sí, sí, sí. Funciona. Está bien. «Para cualquiera, en cualquier lugar, en cualquier momento, Ryder está contigo». Funciona de miedo.
Se acomodó y escudriñó las demás instantáneas buscando una imagen representativa de cada estación. De snowboard , de Trey atrapando una pelota de béisbol, de Owen y Cleo navegando, de un par de adolescentes jugando al fútbol americano de toque.
«En cualquier estación, en cualquier deporte, Ryder está contigo».
Y, en otra pantalla dividida, un sudoroso Owen levantando pesas y Trey jugando con Mookie a lanzarle la pelota.
«En el trabajo y en la diversión, Ryder está contigo».
—Lo hemos conseguido, lo hemos bordado. ¡Buen trabajo, Corrine, buen trabajo, equipo de Ryder, buen trabajo, Sonya! Y tengo otra idea que voy a probar.
Entusiasmada, se puso a desarrollarla. Mientras avanzaba, sonó el timbre. A punto estuvo de hacer caso omiso al pensar que se trataba de uno de los trucos de Dobbs, pero Yoda se incorporó atropelladamente y salió disparado ladrando.
—Vale, vale, igual de hecho hay alguien ahí abajo.
Aunque le fastidió la interrupción, mientras la nueva idea tomaba forma fue hacia la ventana y se asomó. Vio un coche, desconocido, en el camino de entrada.
—Jo, pues sí.
Vestida con unos holgados pantalones cortos negros —de Ryder, por supuesto—, una vieja camiseta blanca y descalza, bajó al trote.
Al abrir la puerta, se quedó totalmente muda.
Con el pelo brillándole al sol, unos pulcros pantalones de algodón y un polo azul a juego con sus ojos, Brandon Wise, su excompañero de trabajo, su exprometido, el hijo de puta embustero e infiel que le había asestado una puñalada por la espalda, se hallaba ahí plantado sonriéndole.
—¡Guau, Sonya! ¡Menudo sitio! Y en el quinto pino. Y tienes un perro.
Brandon y Yoda se calibraron mutuamente, y el perro movió la cola con cautela.
Pye bajó con sigilo por las escaleras.
—Y un gato. —La irritación ensombreció su megasonrisa—. Ya sabes que soy alérgico a los gatos. Será mejor que lo metas en algún sitio.
—No. ¿Qué haces aquí?
Él movió los pies cuando Yoda olisqueó sus mocasines de Ferragamo.
—Tenía unos asuntos de negocios en Portland, y decidí dar un pequeño rodeo para verte, para ver cómo te va. Debes de deambular mucho por este viejo caserón.
Cuando hizo amago de entrar, Sonya levantó una mano.
—Aquí no eres bien recibido.
Su tono hizo que Yoda soltara un tenue gruñido.
—Vamos, Sonya, no seas infantil. Me he desviado de mi camino con tal de ver qué tal te va.
Pasó por delante de ella al vestíbulo.
Los gatos también podían gruñir, precisamente lo que hizo Pye. Arriba, en el iPad comenzó a sonar Illicit Affairs [«Asuntos ilícitos»] de Taylor Swift a todo volumen.
Haciendo oídos sordos a todo, Brandon inspeccionó el vestíbulo, la sala de estar de la torrecilla y el salón principal.
—Da la impresión de que te encuentras a tus anchas. Fijo que esta casa antigua vale un pastón. Y mantenerla seguro que cuesta otro pastón.
Levantó la vista fugazmente hacia la señorial escalera y la posó de nuevo en el salón principal. Ella casi podía oír cómo hacía recuento del inventario.
—Demasiado grande para ti, nena. Y aislada del mundo, sin ambiente nocturno, sin restaurantes, sin tiendas. Debes de estar aburrida como una ostra. —Le lanzó otra sonrisa—. ¿Es que no vas a ofrecerme algo de beber?
—No. Vete. Quiero que te vayas. —Señaló hacia la puerta, abierta—. Ahora.
Él no perdió la sonrisa —la que a ella ahora le constaba que era más aduladora que encantadora— en ningún momento.
—Oye, he dado este rodeo porque quería felicitarte, en persona, por el encargo de Ryder Sports. De profesional a profesional.
—Vale. Ahora, vete.
—Menudos aires de triunfo —comentó él en tono jocoso al tiempo que enfilaba ufano hacia la sala de la torrecilla—. Paredes redondas. Qué sitio más raro.
Volvió hacia donde ella se hallaba, flanqueada por el perro y la gata.
—A estas alturas muy posiblemente te habrás dado cuenta de que un proyecto como el de la campaña publicitaria de Ryder es de demasiada envergadura para una sola persona. Yo he montado mi propia empresa, Wise Marketing ya ha despegado.
—Enhorabuena. Fuera de mi casa.
Él pasó olímpicamente de ella.
—Ya iba siendo hora de que me largara de By Design. Aunque estoy bastante liado, estoy dispuesto a ayudarte con lo de Ryder, por los viejos tiempos.
De todas las cosas que podría haber dicho, esa fue el colmo de la ironía.
—Estás de coña.
Él pasó olímpicamente de eso también y extendió las manos con un ademán. En un alarde de comprensión y benevolencia.
—Estoy aquí para aliviarte un poco el estrés, para compartir la carga. De hecho, estoy más que dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva. A olvidar los errores del pasado, los tuyos y los míos.
Fue a su encuentro.
—¿Qué te parece si nos sentamos y lo hablamos? He echado de menos estar contigo. El hecho de verte de nuevo, así…
Hizo amago de alargar la mano hacia la mejilla de Sonya.
—¿Qué te parece, otra vez, un no? Como intentes tocarme de nuevo, llamo a la policía.
—Sí, fijo que están totalmente al loro allí abajo en la aldea o lo que quiera que sea. —No logró ocultar del todo el tono desdeñoso de su voz—. Solo quiero sentarme y mantener una conversación.
Ay, con esa actitud tan razonable, extendió las manos con un ademán.
—Los dos somos adultos, y has tenido tiempo de sobra para templar los ánimos, para asumir la realidad. Y la realidad es que estábamos bien juntos, que nos necesitamos mutuamente. Juntos podemos machacar a By Design.
—Esa no es mi realidad. Ni siquiera pienso que sea la tuya, pero en la remota posibilidad de que lo fuera, déjame que sea muy muy clara: no tengo ningún interés en asociarme contigo. En lo más mínimo. Jamás. Ahora, sal por patas de mi casa.
La mirada que él le lanzó reflejó una mezcolanza de decepción adulta y terquedad pueril.
—Ahí está esa vena infantil otra vez. La verdad es que puede llegar a resultar adorable. —Estornudó dos veces y fulminó a Pye con la mirada—. Anda, mete a ese gato en alguna parte. Vamos a sentarnos a hablar.
Cuando ella hizo amago de zafarse rápidamente, él la sujetó del brazo y le clavó los dedos. Yoda, junto a los pies de Sonya, soltó tres rápidos ladridos y enseñó los dientes. Las orejas de Pye se plegaron hacia atrás al tiempo que arqueaba el lomo y siseaba.
—Reprende a ese feo chucho y deshazte de ese gato.
—¡Quítame las manos de encima ahora mismo! Te advierto, Brandon, que puedo ser peor, mucho peor que mi perro y la gata o la policía. Fuera de mi casa.
—Basta ya de dramas y malhumor. —Ahora con gesto serio, tiró de ella hacia el salón—. Vamos a sentarnos, y vas a escucharme.
—De eso nada.
Justo cuando Sonya se disponía a darle un buen rodillazo, la pelota de Yoda golpeó súbitamente a Brandon por detrás de la cabeza.
A continuación se oyó una risa. La risa de un niño.
—¿Qué diablos es eso?
—Eso es el «mucho peor», y no ha hecho más que empezar.
La cabeza de Brandon dio una brusca sacudida hacia atrás como si le hubieran propinado un puñetazo o una bofetada, al tiempo que Yoda enseñaba los dientes y gruñía. Pye se lanzó al ataque y le clavó las zarpas en los pantalones de algodón.
Antes de poder reaccionar dándole un puntapié a Pye, Brandon cayó hacia atrás como si le hubieran dado un empujón. Y los ojos se le desencajaron debido al miedo.
—Te lo he advertido.
—¡Me has golpeado!
—Sabes que no he sido yo.
Seguidamente dio una sacudida hacia delante y miró hacia atrás al tiempo que se llevaba la mano al trasero. Y estornudó tres veces en rápida sucesión.
Disfrutando, Sonya sonrió.
—Tampoco te acabo de dar una patada en el culo.
Resonó una voz femenina furibunda.
—¡Fuera de nuestra casa, hijo de puta!
En el teléfono de Sonya, en el iPad que había arriba y en el de la cocina empezó a sonar a todo trapo Don’t Come Around Here No More [«No vuelvas a poner los pies aquí»] de Tom Petty.
—Yo que tú haría caso de ese consejo. —Sonya fue hacia la puerta a grandes zancadas y señaló hacia afuera. Y sonrió de nuevo—. Vete echando leches.
Él avanzó tambaleándose hacia la puerta a duras penas y salió.
De camino al coche a toda prisa, exclamó:
—¡Lamentarás esto!
Otro ataque de estornudos arruinó su partida.
—Dudo muchísimo que lo haga.
Sonya cerró la puerta con decisión.
Petty continuó cantando, pero a menor volumen.
—No creo que vuelva por aquí. Gracias por acudir en mi rescate, Jack, Clover. Y a vosotros dos. —Se puso en cuclillas para acariciar con fuerza a Yoda y a Pye—. No eres un chucho feo, sino mi apuesto héroe. Y tú, una gata perspicaz y valiente.
Fue hacia las escaleras y se sentó en un escalón sin más.
—Me siento satisfecha. Y temblorosa. Satisfechamente temblorosa.
Voy a quedarme aquí sentada hasta que se me pase el temblor.
Mierda, si no llamo a Trey y lo pongo al corriente, se cabreará conmigo.
Si lo llamo y lo pongo al corriente, se cabreará, pero no conmigo.
—Soltó un suspiro—. Se cabreará de todas formas, así que mejor lo llamo y se lo cuento.
Con Yoda acurrucado junto a ella y Pye en guardia sobre el poste de la escalera, sacó el teléfono. Como la mano le temblaba un poco, realizó varias respiraciones profundas más.