Capítulo 9 #3
Trey dejó la caja en el suelo de lo que denominaban el «rincón tranquilo» y miró hacia el reloj de pared, cuyas manecillas, como siempre, marcaban las tres.
—Johanna fue la séptima novia, y Collin vivió aquí solo. —Se volvió hacia Sonya—. Y ahora tú.
—Las novias eran obstáculos, rivales, como dijiste. Yo soy más bien… una contrincante. Los obstáculos se apartan del camino, mientras que a las contrincantes hay que derrotarlas.
Reflexionando acerca de ello, se encaminó con Trey, con las mascotas a la zaga, hasta la cocina. Al abrirles la puerta trasera, salieron de estampida.
—Está atrapada en el pasado, ¿a que sí? Desde 1806, cuando se quitó la vida arrojándose al vacío desde la escollera. Sigue existiendo desde entonces, pero su mentalidad, su cultura, está atrapada en una época en la que las mujeres no poseían propiedades, no llevaban las riendas. Pienso que…
—Me gustaría saber qué piensas. —Trey le tendió una Coca-Cola.
—Ella quiso engatusar al primer Collin Poole porque sería el dueño de la casa. La heredaría.
—Se cercioró de eso asesinando a su padre.
—Primero intentó hechizar a Collin, llevárselo a la cama, como medio para acceder a Manor House. Pero le salió el tiro por la culata, porque estaba Astrid. De modo que apartó de su camino el primer obstáculo: Arthur Poole.
Observándola, Trey asintió con la cabeza.
—¿Por qué esperar a después de la boda para asesinar a Astrid, para desembarazarse de ella?
—Pues… —Sonya miró hacia arriba fugazmente—. Salgamos a caminar por la parte delantera, a sentarnos en la escollera.
—Claro.
Cuando cerraron la puerta principal al salir, Trey agarró de la mano a Sonya.
—No quieres que ella lo oiga.
—No tengo claro si puede oírlo todo, pero por si las moscas. Y me gusta echar un vistazo a las ventanas de vez en cuando. Bueno, el caso es que pienso que ella necesitaba o ansiaba la alianza. Cleo diría que hay poder en los símbolos, y no se equivoca: Dobbs robó el anillo y lo lleva puesto.
—Porque en su mente retorcida eso la convierte en una novia y en señora de la casa.
—Tú también has reflexionado acerca de esto.
—Le he dado un par de vueltas.
Trey le dio un empujoncito con el codo para que se sentara en la escollera. La brisa sacudía el pelo de Sonya, y la intensa luz del verano parecía acentuar el verde de sus ojos.
Del verde de los Poole, pensó él.
—Continúa.
—Sin embargo, no se fue de rositas. La atraparon y, antes de que la ahorcaran, se fugó y pasó fuera una buena temporada hasta que regresó, se plantó en esta escollera y selló la maldición para las generaciones venideras con su propia muerte.
Es más, desde su punto de vista, ella seguía siendo la señora de la casa.
Posteriormente, Collin, abatido, se suicidó y su hermano gemelo, Connor, heredó la casa y se casó con Arabelle.
—Pero ella no asesinó a Arabelle.
—Porque eran de la misma generación y, además, Arabelle le proporcionaría a la siguiente novia. Estando muerta dispone de todo el tiempo del mundo, ¿no? Así que llegó Catherine. Otra novia, otra generación, otro anillo.
Sonya levantó la vista hacia las ventanas.
—Y vuelta a empezar. Para ella, todas se convirtieron en obstáculos o en bazas para alcanzar el poder.
Las novias… de sangre Poole o, como Astrid, por matrimonio.
Pero ¿yo? Yo soy, en el mejor de los casos, una contrincante, y en el peor de los casos, una intrusa.
Una mujer soltera que vive aquí sola. Bueno, con una amiga.
Mientras lo siga siendo, soy un incordio, pero estoy a salvo.
Relativamente. —Lo miró—. ¿Te parece que tiene sentido?
—Es lógico, sí, aunque nada garantiza que Dobbs se rija por la lógica. Que sepas que, si mi padre hubiera sabido que existía un riesgo semejante, habría hecho todo lo posible por disuadir a Collin de los términos de su testamento.
—Entonces yo no estaría aquí, no tendría esta casa. —Lo agarró de la mano de nuevo—. No te habría conocido. ¿No te da la impresión de que a la hora de redactar el testamento Collin sabía, o creía firmemente, que el maleficio se rompería y que yo sería quien más posibilidades tenía de hacerlo?
—No lo sé, Sonya, pero lo que sí sé es que estaba decidido a dejarte esto en herencia.
Ella volvió la vista hacia la casa, sobre la que se alzaban las torrecillas, con su recia piedra, una belleza intemporal y perdurable que albergaba luces y sombras.
—Mi padre vino aquí a través del espejo, lo mismo que yo me traslado al pasado. Me consta que lo hizo. Pintó la casa solariega. Sin embargo, nunca supo que había nacido aquí, que la mujer que lo trajo al mundo lo quería, que tenía un hermano. Un hermano gemelo.
»Pero yo sí lo sé, Trey. Lo sé todo, y Dobbs descubrirá que no soy un simple incordio, una simple contrincante. Que soy (voy a ponerme dramática), que soy su maldita perdición.
—Haces que lo crea porque lo eres.
—Y tanto que sí. Tengo mis momentos, pero siempre vuelvo a eso, a mi casa, a mi legado, a mi misión.
Por tanto, pensó Trey, se preocuparía. Y la admiraría.
—No te das por vencida fácilmente.
—La verdad es que no, y yo diría que compartimos esa cualidad. Mi madre salió adelante a raíz de que mi padre falleciera y, Dios, qué duro debió de ser. Brutal. Pero lo hizo. Hizo todo cuanto tuvo que hacer y jamás se rindió.
—Qué linda es tu madre, en todos los sentidos.
—Al cien por cien. Hay cosas a las que yo debería haber renunciado antes.
A Brandon, por ejemplo. Una parte de mí sabía, a pies juntillas, que me estaba dejando llevar por inercia hacia un matrimonio que no me convenía y que jamás funcionaría.
Posiblemente debí renunciar a mi puesto en By Design antes, al margen de mi gran aprecio hacia Laine y Matt, y de ellos hacia mí, porque tenía claro que Brandon bajo ningún concepto dejaría de desacreditarme jamás.
—Creo que te equivocas.
Sorprendida, se echó hacia atrás el pelo, que le ondeaba con el viento, para mirarlo con atención.
—¿Sí?
—Sí. Considero que hiciste todo lo posible en ambos casos hasta que tuviste claro que era necesario proceder de otra manera. Entonces te armaste de valor y diste el paso. Es admirable.
—Bueno… —Un poco descolocada, consiguió decir—: Gracias.
—Lo es. Yo nunca me he visto en ese atolladero ni en la necesidad de cambiar de rumbo de esa manera. En líneas generales, mi viaje ha sido bastante estable.
—A lo mejor influye el hecho de que seas un hombre estable. He llegado a depender de eso.
Los perros ladraron, y acto seguido se oyó un ruido sordo procedente de la carretera.
—Ya estamos todos.
Sonya tomó impulso para levantarse de la escollera. Al darse la vuelta, sonrió a Trey cuando los perros y la gata asomaron por el costado de la casa.
—¿Sabes en qué más he llegado a depender de ti?
Él suspiró, aunque no adrede.
—Para mover muebles.
—Ahí le has dado. —Él agitó la mano cuando Cleo dobló la curva hacia la casa con Owen justo detrás de ella.
—¿Cómo ha ido? —preguntó en voz alta a Cleo.
—Absolutamente genial. Corrine quedó contenta y, por tanto, yo estoy contenta. Además, de paso he realizado una corta y agradable travesía. —Esperó a que Owen bajara de la camioneta—. Por encima de todo, teníamos un aspecto fabuloso.
—Bueno… —Owen miró a Trey—. ¿Tú me imaginas navegando alguna vez con esta pinta?
—No.
—Pero habría miles que sí —dijo Cleo, y le pellizcó el bíceps bajo la manga de la camiseta de licra—. Estás cachas.
—Me voy para arriba a quitarme esto.
—Yo voy a hacer lo mismo, ya que no quiero emprender la batida vestida así. ¿Nos hemos perdido algo?
—Por parte de nuestra lunática ocupante, nada —respondió Sonya mientras se encaminaban en tropel hacia la casa—. Pero hemos encontrado la invitación de boda de Owen y Agatha.
—Un punto enorme para ti. Me gustaría verla.
—Y el tocador junto al que vi sentada a Catherine, además de la silla y el cepillo que su madre usó aquella noche.
—¿Que viste qué? ¿Dónde? —preguntó Owen, y abrió la puerta principal.
—Ayer no me dio tiempo a ponerte al corriente. Lo haré mientras nos cambiamos. Imagino que querrás volver a poner el tocador donde lo viste, y ella también. Para eso habrá que redistribuir un poco los muebles.
—Sí, y lo haremos. Nos vemos arriba cuando estéis listos.
Antes de que Trey y Sonya llegaran a la segunda planta, Cleo apareció corriendo.
—Tienes que ver esto. Es Pye. Lo he encontrado encima de la cama.
Le tendió el dibujo a Sonya.
—Jack. Es un amor. Ha plasmado bien su aire elegante.
—Y regio. La forma en la que está apoltronada en el alféizar de la ventana del estudio, sus proporciones y la perspectiva. Ha clavado su porte. Me encanta.
—Y a mí.
—Subiremos en cinco minutos. Me chifla esta casa, te lo juro.
—Y a mí —dijo Sonya cuando Cleo salió como una flecha. Miró a Trey, le agarró la mano de nuevo y se la estrujó—. ¿Cómo iba a darme por vencida?
Clover los amenizó con la potente voz de Freddie Mercury de camino al desván.
— The Show Must Go On [«El espectáculo debe continuar»].