Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—¿Acaso iba a quedarme allí como un pasmarote gritando: «¡Ayuda!

¡Ayuda!» sin más? Y surtió efecto, ¿vale?

, así que ahórrate tu condescendencia. Según Cleo es una piedra de bruja, que ahuyenta el mal y esas cosas.

A lo mejor, teniendo en cuenta la lógica de la casa solariega, por eso tenía al alcance de la mano esa piedra en particular.

Impactó de lleno contra su pecho, y le dolió.

Se quedó pasmada porque esperaba que yo me quedase ahí plantada sin más, indefensa.

Se quedó pasmada, le dolió y se desvaneció. Al desvanecerse, todo cesó.

Tras unos instantes de silencio, él dijo:

—Necesito ver esa piedra.

Ella sacó una de su bolsillo.

—Es como esta. Cleo ha guardado la otra porque creemos que puede tener algún resto de sangre de ella. —Cuando Trey cogió la piedra y la examinó, Sonya murmuró—: Pasó directamente a través de Dobbs. Vi cómo la golpeaba e instantes después… estaba tirada en el suelo del pasillo.

Se la guardó en el bolsillo de nuevo cuando él se la devolvió.

—No es muy grande, pero cumplió su cometido. Y plantéate esto, porque yo lo hice: ¿por qué no aprovechó la ventaja para atacarnos en el estudio?

—Porque no puede.

Ella se quedó pensativa durante unos instantes.

—Ya habías llegado a esa conclusión. Bien por ti. Sea lo que sea lo que Cleo ha puesto en marcha ahí dentro posiblemente funciona.

—Además, es allí donde habéis encontrado los retratos. No es por subestimar a Cleo, pero pienso que cuenta con ayuda en ese sentido.

—No había caído en eso. —Respiró hondo—. Tiene sentido.

Trey cruzó el desván en dirección a las ventanas y abrió una de par en par. Para que entrara la brisa marina, se figuró Sonya. Para enfriar un poco los ánimos.

Ella dudaba que personalmente surtiera efecto.

—Necesito saber que me llamarás.

—Te he explicado por qué no lo hice. No puedes estar aquí las veinticuatro horas del día. Tienes trabajo, igual que el resto de nosotros, y cosas que hacer aparte de eso. Compromisos familiares y con los amigos. Debes confiar en que sabré cuándo avisarte si me encuentro en apuros.

—La cuestión no es solo esa, Sonya. Es el hecho de estar tan campante comiendo hamburguesas con Owen mientras tú lidias con todo esto. Es estar pasando el rato, con gilipolleces, y jugando a las cartas sin tener ni remota idea.

—A ver, ¿de qué habría servido calentarte la cabeza con todo esto si ya había pasado? Cleo y yo bajamos y nos hartamos de vino. Porque ganamos la batalla, Trey. Le plantamos cara, y ganamos.

—No será la última batalla.

—No, ni va a ser la última en la que no estés aquí para librarla por mí o conmigo. Te quiero a mi lado en esta guerra, Trey, del mismo modo que quiero que confíes en que lucharé.

—Sí, sí. Te he visto luchar. Pero eso no implica necesariamente que me agrade imaginarte enfrentándote a ella con una piedra.

Visiblemente más calmado, se acercó a ella.

—Ni quiero ni necesito noches libres sin ti. Lo que quiero es estar contigo. No, no puedo estar aquí el día entero, pero quiero que me llames para poder estar aquí. Quiero saber que lo harás.

—De haberlo hecho, habrías dejado todo y habrías venido. Tanto tú como Owen.

—Por supuesto que sí.

—Y, de haberlo hecho, restaría mérito a mi considerable triunfo. Además (y opino que es importante), habría quedado en una posición de inferioridad frente a ella, y se habría anotado un punto.

—No es cuestión de llevar la cuenta.

Atónita, Sonya levantó las manos con un ademán.

—Sí que lo es, caray. Lo es, al menos mirándolo con cierta mezquindad.

Salió malparada, Trey. Vi su mueca de dolor, y me agarro a eso.

La piedra dio en el blanco, y creo (esto va a parecer propio de Cleo porque ella me lo metió en la cabeza con el vino), creo que la intención con la que la lancé impactó en ella en la misma medida.

Quise hacerle daño, quise darle un susto, y lo conseguí.

»Ven a por mí y a por los míos, zorra, que te pagaré con la misma moneda. Jones le arrancó un pedazo del vestido… Bien por Jones. Pero yo hice que sangrara. Y, si se me presenta la oportunidad, volveré a hacerlo.

Respiró, con serenidad.

—Ahora le consta. Ahora tiene motivos para preocuparse por mí.

—Quieres que te felicite, y lo hago. Y me gustaría ver la piedra que le lanzaste para poder hacerme una idea clara en la cabeza de ti lanzándosela. Sin embargo, tengo derecho a preocuparme.

—Así es, y me consta que lo haces. Anoche no quise preocuparte. Cuando cesó, tuve la certeza de que la función había acabado. Lo percibí en su expresión. Lo percibí y simplemente… lo sentí.

—De acuerdo.

—¿Cómo que de acuerdo?

—Mosquearme porque no me avisaras no quiere decir que ponga en duda que sabes cuidar de ti misma, ni mucho menos. Ni que deje de alegrarme de que lo hicieras.

Ella no tuvo más remedio que suspirar, ya que eso, esa actitud razonable era por lo que él rara vez salía perdiendo en una discusión.

—No estabas mosqueado. Estabas cabreado.

—Cuestión de semántica.

—Abogado.

—Es irrelevante. —Posó la mano sobre la mejilla de Sonya y la escudriñó con esos ojos de un azul intenso—. Entiende que eres mi prioridad absoluta, y punto. No es el trabajo, ni el póquer, ni esta casa ni algún maleficio. Eres tú. Tú eres lo que me importa.

—¿Cómo se supone que voy a seguir irritada contigo cuando dices eso?

—No estabas irritada. Estabas cabreada.

—Correcto. Ya no.

Sonya se puso de puntillas, le pasó los brazos alrededor del cuello y se lo demostró con un largo beso.

A continuación se apartó y cogió el vestido rosa.

—Es de Lisbeth. Lo llevaba puesto la noche que la vi en la sala de música.

Sonya pasó la mano por el faldón para estirarlo.

—La primera vez que subí aquí y registré algunos de los baúles, pensé que debía donar toda esta ropa maravillosa de época guardada con tanto mimo. A un museo, a una tienda de disfraces o algo por el estilo, no sé. Ahora soy incapaz de hacerlo.

—Porque la viste con él puesto.

—Sí. No puedo permitir que alguien lo luzca en una fiesta o en una gala. O que se exhiba sin más detrás de un cristal o donde sea en un lugar donde se desconozca quién fue. Quiénes fueron. A lo mejor es una estupidez.

—A mí no me lo parece. No es simplemente ropa; son recuerdos.

—Eso es lo que siento, y que este es su sitio. De modo que, cuando revise todo, lo volveré a guardar con mimo.

—Podías exhibir algunas prendas. Dispones de sitio de sobra.

Pensativa, pasó la mano por el vestido de nuevo.

—Pues sí, es una idea genial. A lo mejor elegir uno de cada década o época, como una especie de recorrido por la historia de la moda. Lo pensaré. Entretanto, no puedo dejarlo guardado, así que lo colgaré abajo hasta que me decida.

Continuaron con la tarea juntos un par de horas más, hallaron pequeñas reliquias puestas a buen recaudo: un guante blanco suelto con un botón de perla, unos pendientes de ónice y un pequeño estuche con un mechón de cabello negro atado con un lazo azul.

Sonya abrió el cajón de un secreter.

—¡Trey, ven a ver esto! Una invitación de boda. Es de Agatha, de Agatha y Owen, y sigue dentro del sobre doble. Mira qué bonito. El papel es precioso, y el diseño, elegante. Y la caligrafía… no podría mejorarla con las herramientas de las que dispongo hoy en día.

—Qué elaborada —convino él—. Me pregunto quién la guardaría y por qué.

—No lo sé, pero es lo primero de ella (que sepamos con certeza que es de ella) que encontramos.

Vamos a encontrar algo de cada una de ellas, ya verás.

Depende. Podía comprar cajas expositoras, una para cada novia.

Así tendríamos otra manera de exhibir sus cosas, en representación de cada una de ellas.

—Owen y yo podríamos confeccionarlas.

—Eso sería aún mejor. Esta caja está llena. Prefiero no sobrecargarla. Llevémosla abajo. Me vendría bien una Coca-Cola, y deberíamos dejar salir a los chicos un rato.

—La tengo. Vamos, chicos.

Trey cargó con la caja y Sonya miró hacia atrás fugazmente cuando se disponían a salir.

—Hemos avanzado mucho aquí, pero queda bastante. No hemos revisado el salón de baile, y mucho menos el sótano, pero, a pesar de ello, hemos avanzado mucho.

—Se te da bien concebir un plan y seguir los pasos, así que eso es lo que estás haciendo. ¿Dónde quieres que ponga la caja?

—En el salón dorado, pero eso figura muy abajo en la lista del plan. Creo que en el «rincón tranquilo». Podemos usar ese espacio para revisar las cosas, clasificarlas y decidir cómo exhibir lo que hemos encontrado.

Se detuvo brevemente en la segunda planta.

—Gastó mucha energía en el numerito de anoche. ¿Collin nunca te mencionó que hiciera cosas así mientras él vivió aquí?

—No. Lo de los fantasmas, la historia de la novia perdida, era vox populi en el pueblo.

Sin embargo, en ningún momento tuve la sensación de que abrigara algún temor aquí…

Todo lo contrario, era su hogar. Y nunca mencionó nada sobre incidentes como el que has vivido.

Ahora bien —continuó mientras seguían bajando las escaleras—, Collin era un hombre.

—Eh, ¿estás buscando pelea otra vez?

—No, así que reprime las ganas de darme un zasca feminista. Puesto que Collin era un hombre, ella podía considerarse la señora de la casa solariega.

Sonya se detuvo en el pie de las escaleras.

—¿Cómo diablos no he caído en eso?

—Para eso estoy yo aquí.

—¿Soy la primera mujer que vive aquí sola? Ha habido multitud de señoras de la casa, por decirlo así, desde hace un par de siglos, pero ahora solo estoy yo.

—Solo estás tú, además, después de un largo periodo sin ninguna.

—Exacto, claro. Ella ahuyentó a Patricia y luego estuvo a sus anchas durante una generación hasta que Clover y Charlie se mudaron aquí.

Los Foo Fighters transmitieron los pensamientos de Clover con Home [«Mi hogar»].

—Era y sigue siendo tuyo —afirmó Sonya—. Pero Dobbs, y luego Patricia Poole, cambiaron eso. La casa solariega se quedó vacía de nuevo hasta que Collin alcanzó la mayoría de edad y se instaló aquí.