Capítulo 9
T ras una noche sin percances —según la dinámica de la casa solariega—, Sonya le dio el visto bueno al peinado, al maquillaje y al atuendo de Cleo. A continuación dijo adiós con la mano a su amiga, que se marchó a la sesión de fotos de navegación.
Al cerrar la puerta, bajó la vista hacia Yoda y Pye.
—Otro sábado en el desván para nosotros.
Cuando sonaron las campanadas del timbre, Sonya puso los ojos en blanco sin más.
—Oooh, están sonando las campanadas del timbre y no hay nadie ahí. Qué miedo.
Cuando empezó a subir las escaleras, la puerta del pasadizo se abrió con un chirrido.
—¡Uy! La puerta se ha abierto con un chirrido. Qué horror.
La cerró dándole un empujoncito con el codo al pasar, cogió otro par de tacos de pósits de su escritorio y continuó escaleras arriba.
En la segunda planta, las puertas se abrieron y cerraron de golpe.
—Podías probar a arrastrar cadenas y gemir. Por algo son clásicos.
En el desván, encontró todos los guardapolvos retirados y doblados con esmero.
—Gracias, Molly. Eso nos ahorra tiempo. ¡Y ahí está! Ese es el tocador que Catherine usó en su noche de bodas.
Se hallaba justo en su campo de visión, por lo que llegó a la conclusión de que alguien del servicial personal lo había desplazado hasta allí para facilitarle las cosas.
—Gracias. Es muy pero que muy bonito.
Se encaminó hacia él y deslizó la mano sobre la madera, una madera que parecía recién abrillantada.
—No es demasiado voluminoso, y me chifla la forma del espejo y los pequeños cajones. A lo mejor podemos cambiar de sitio algunos muebles y volver a colocarlo en la habitación. Sería lo suyo.
Abrió cajones y, en uno de la izquierda, encontró un par de peines.
—Oh, me pregunto si serían de Catherine. Me da la impresión de que son de nácar… Cleo fijo que lo sabrá. Son bonitos y a la vez sencillos, como para una mujer joven.
Los dejó encima del tocador y abrió más cajones.
Y encontró el cepillo con el que Arabelle le cepilló el pelo a Catherine.
—Vi esto. —Sonya deslizó los dedos por las cerdas con delicadeza—. Qué suave. Me parece que es de marfil. También es sencillo. Creo que lo pondremos sobre el tocador, en su memoria. Trey tenía razón.
—¿Respecto a qué?
Si realmente fuera posible que el corazón se saliera por la boca, a Sonya se le habría salido.
Con el cepillo en la mano, se giró de sopetón.
—¡Joder, Trey, me has dado un susto de muerte!
—Perdona, pensaba que me habías oído entrar. —Fue a su encuentro y le masajeó los hombros—. Te he llamado un par de veces. Imagino que tampoco me habrás oído.
—Pues no. Dejando a un lado el sobresalto, hola.
—Hola. —Él inclinó la cabeza y la besó recreándose en ello.
—No te esperaba hasta dentro de un rato. A ti tampoco —añadió, y acarició con fuerza a Mookie—. Ni a ti. —Le dio a Jones el mismo trato.
—Anoche me quedé a dormir en casa de Owen después de las cervezas y el póquer. Me he ido a la misma hora que él y he pasado por mi casa a ducharme y cambiarme.
Al echar un vistazo a su alrededor, se fijó en los guardapolvos doblados.
—Has empezado temprano con esto.
—En cuanto a eso, le atribuyo el mérito a Molly. Pero ya he encontrado un tesoro. Es de Catherine. Eran de Catherine —corrigió—. Los peines, el cepillo y el tocador.
—¿Cómo lo sabes?
—La vi ahí sentada, y a su madre cepillándole el pelo.
En su noche de bodas. Fue como la primera vez que vi a Astrid durante una pequeña fiesta en el salón, y a Lisbeth en aquella fiesta en la sala de música.
Yo estaba consciente, despierta. Oí el murmullo de una conversación —continuó, y se lo relató.
—Ya has visto a cinco de ellas, sin contar cuando Dobbs les arrebató los anillos.
—Es verdad. No había caído en eso, pero así es. —Conforme hablaba, abrió el resto de los cajones del tocador, pero no encontró nada—. A todas menos a Marianne y a Agatha. Y encontramos el diario de Marianne. Lo he leído casi entero, y es prácticamente como verla.
—Por lógica (bueno, según la lógica de la casa solariega), las verás, a ella y a Agatha, en algún momento. Y, con suerte, hablarás con ellas.
—Y tal vez me proporcionen alguna pista. Los anillos no son de Dobbs, no le pertenecen, de modo que puedo recuperarlos. Tengo que creer en eso.
Se levantó e inspeccionó el desván.
—Pero saberlo es de gran ayuda. —Dejó el cepillo encima del tocador y le hizo una seña—.
Ese armario ropero estaba en la habitación.
—Se aproximó para registrar el interior—.
Allí no hace falta, puesto que ahora hay otro, y además es demasiado grande, pero sí que me gustaría bajar el tocador.
Está vacío. —Cerró el último cajón del armario.
—Yo empezaré por ahí. ¿Y bien? ¿En qué tenía yo razón?
—¿Eh? ¡Ah! En que estaba destinada a encontrar estas cosas. Las canicas, el diario, el yoyó, ahora los peines y el cepillo… Es como seguir reclamando la potestad de la casa, supongo. Pero para ellas. Y dudo que a Dobbs le haga gracia.
Trey se puso a registrar un chifonier.
—¿Ha montado algún numerito?
—Y tanto que sí. Ya sabes que llevaba días bastante tranquila. Lo lógico era figurarse que tramaba algo.
Él interrumpió la tarea y observó a Sonya mientras abría uno de los baúles.
—¿Y qué ha sido?
—Estaba a punto de dejar de trabajar cuando tu madre me mandó algunas fotos. Por cierto, fotografiarte jugando con Mookie al aire libre lanzándole una pelota ha sido una genialidad. Los dos estáis estupendos.
—¿Qué relación guarda eso con Dobbs?
—Como quería enseñárselas a Cleo, subí corriendo al estudio. Me da la sensación de que Dobbs se estaba conteniendo hasta que las dos estuviéramos allí arriba.
—¿Para qué, Sonya?
Maravillada por los vestidos que había en el baúl, ella no se percató de su tono.
—Para desmadrarse, a más no poder. De primeras, simplemente abriendo la puerta del salón dorado y pronunciando mi nombre.
Como si yo fuera a caer en la trampa. Había estallado la tormenta, y después estalló dentro del salón dorado.
Con viento huracanado, estruendo de truenos y acto seguido cristales haciéndose añicos.
Mientras registraba el baúl, dio cuenta del incidente hasta el momento del incendio y el desplome del suelo del pasillo.
—¿Y no se te pasó por la cabeza que debías llamarme, avisarme de que te encontrabas en peligro?
En ese momento ella percibió su tono de voz. Sujetando el vestido de noche rosa con el que había visto a Lissy en la sala de música, Sonya se levantó.
—Ocurrió en un visto y no visto, y la situación era, digamos, bastante peliaguda.
—¿Y después qué? ¿En cualquier momento después? ¿Como por ejemplo, no sé, cuando te mandé un mensaje para ver qué tal estabas?
Por experiencia, Sonya sabía que la mecha de Oliver Doyle III era larga y ardía con lentitud. Estaba claro que había llegado al límite.
—Lo habría hecho, pero…
La interrumpió en un tono tan frío que ella sintió el escalofrío a unos metros de distancia. Y se le erizó el vello de la nuca.
—Sonya, acordamos que me llamarías cuando se produjera algún percance, y necesito confiar en que lo harás.
—No lo hice por dos razones. La más importante, que nos las arreglamos, cosa que te explicaré si me dejas que te termine de contar el incidente antes de mosquearte. Y segundo, lo cual me parece importante, Owen y tú teníais la noche libre.
—¿Libre de qué?
—De estar pendientes de mí, de protegerme, razón por la cual has venido directamente cuando te has enterado de que Cleo había quedado con Owen y tu madre. Para cuidar de mí en la misma medida que ayudarme a revisar todo esto…, estas cosas.
—¿Conque ahora necesito que me des una noche libre, como si fueras una obligación?
—No, por Dios. —Sonya dejó el vestido encima de una mesa y enredó los dedos entre su pelo con brusquedad—. Sabes que no es eso lo que he querido decir, y estás atosigando a la testigo. De haberte necesitado, te habría llamado, y, si me dejas terminar, te lo explico. Ya me interrogarás después.
Trey metió las manos en los bolsillos y su tono se enardeció.
—Esto no es un juicio, y yo no estoy en plan abogado.
—Pues desde luego lo parece.
—Maldita sea, Sonya. Me estás diciendo, ahora, que os ha atacado a Cleo y a ti, que estabais atrapadas mientras la maldita casa se caía a pedazos, ardía en llamas, volaban cristales y no teníais escapatoria del estudio.
—Pero ninguna de esas cosas era real.
—Eres lo bastante lista como para saber que eso no significa que no hubieras podido resultar herida.
—Pero no ha sido el caso. —Ella levantó una mano con un ademán antes de que siguiera hablando—.
Déjame terminar de una vez. ¿Que si estábamos asustadas?
Desde luego que sí. Parecía que la casa se estaba derrumbando, pasto de las llamas.
Parecía real. Entonces, de buenas a primeras, Dobbs apareció levitando por el pasillo sobre ese puñetero foso de fuego.
—Por el amor de Dios.
—Me parece que se disponía a conjurar otro hechizo, o tal vez simplemente le gusten las parrafadas poéticas.
Se puso a caminar de un lado a otro mientras Trey permanecía inmóvil, controlando su enojo.
—Que si yo encontraría la muerte entre fuego y sangre, que si un aluvión arrastraría mis huesos y blablablá. Y acabó diciendo que la casa es suya por siempre jamás. O sea, suya. Eso me tocó mucho las narices, de modo que agarré una de las piedras de Cleo y se la lancé.
—Conque le lanzaste una piedra al fantasma de una bruja chiflada mientras la casa era pasto de las llamas…
—¡Sí!
La mecha de Sonya, no tan lenta en arder ni mucho menos, se le acabó y se giró en redondo para mirarlo de frente.