Capítulo 8 #3
—Y ahora que estoy más recompuesta (gracias), entiendo que estas cosas no se me muestran para hacerme daño, para entristecerme, sino para reforzar la conexión, y supongo que eso es importante. Si no sintiera esa conexión, ese vínculo…
—No sería más que un rompecabezas para que lo resolvieras. Una prueba.
—Exacto. Y, al reflexionar sobre ello, se me han dado empujoncitos para buscar los anillos, pero esta ha sido la primera confirmación irrefutable, tal y como has dicho, de que es posible recuperarlos. Lo haré, porque debo hacerlo.
—Has dado en el puñetero clavo.
Sonya levantó la vista hacia las ventanas del salón dorado.
—Ha estado bastante tranquila toda la semana. Cuando lance su próxima ofensiva, se despachará a gusto.
—De modo que disfrutaremos de la tranquilidad mientras dure.
—Será mejor que la aproveche y vuelva al tajo.
Pyewacket saltó de la escollera para seguirlas al tiempo que Yoda se levantaba con ímpetu. De camino a la casa, Sonya se detuvo a mirar la pintura de Cleo, en proceso.
Y admiró la gracia frondosa del sauce llorón, y la torrecilla con sus revestimientos alzándose por encima hacia un cielo azul de verano.
—Su forma, todas esas líneas curvas y retorcidas… Parece antiguo, en el buen sentido.
—Siempre me pregunto quién lo plantó y cuándo. Bueno, probablemente un encargado de la finca, pero ¿quién de la familia decidió «Quiero este tipo de árbol aquí»?
—Y lo pintarás de nuevo en otoño, y luego en invierno.
—Ajá. Voy a titular la serie Turn! Turn! Turn!
—¡Gira! ¡Gira! ¡Gira! Para todo hay un tiempo. —Una de las canciones favoritas de su padre—. Perfecto.
—Debería dedicarle un par de horas más, a lo sumo, puesto que es probable que Owen tenga razón respecto a la tormenta de esta tarde.
—Tú sigue con lo tuyo, que yo voy a seguir con lo mío. Gracias por estar ahí, Cleo.
—Por siempre jamás.
Owen no se equivocó, pero, para cuando el primer rayo resquebrajó el cielo, Sonya sabía que Cleo estaba trabajando en el estudio. Y Yoda ya la había abandonado para jugar a la pelota con Jack en el pasillo principal de la planta baja.
Tras terminar la propuesta y enviarla, pasó el resto de la jornada con otros proyectos.
Cuando se disponía a apagar el ordenador, Corrine le envió un correo electrónico con archivos adjuntos.
Hola , Sonya, espero que hayas tenido un día tan satisfactorio como yo. Adjunto las imágenes de las tres sesiones. Tuve que aplazar la de Eddie debido al mal tiempo. Dime qué opinas cuando tengas ocasión de echarles un vistazo.
Corrine
—Qué mejor momento que ahora.
Abrió el primer archivo y examinó las fotos de Cleo que habían seleccionado entre Corrine y ella.
Al mirar la hora, comprobó que era casi fuera del horario de trabajo, pero decidió enviarlas de todas formas. Junto con las otras si consideraba que eran las elecciones correctas.
Como lo eran, agitó los puños en el aire.
—¡Guau! Qué pasada de trabajo.
Sonya le respondió en un correo electrónico diciendo justo eso, y acto seguido redactó otro para sus contactos en Ryder y adjuntó el trabajo del día.
Eufórica por el éxito, subió al trote al estudio de Cleo.
Mientras se aproximaba, la puerta del salón dorado se entreabrió con un chirrido. Oyó el susurro de su nombre procedente del interior.
Clover le hizo una advertencia con Danger! High Voltage [«¡Peligro! Alto voltaje»] de Electric Six.
—Ya, tranquila. No voy a morder el anzuelo.
Justo mientras lo decía, la puerta se abrió de golpe con una racha de viento. Al estamparse contra la pared, le pareció que la tormenta se había desatado dentro de la habitación. Incluso desde la distancia, Sonya notó el frío viento que la envolvió, vio el relámpago, olió el ozono.
El suelo tembló bajo sus pies, y Cleo salió a toda prisa del estudio.
—¡No te acerques! —exclamó Sonya, y corrió al encuentro de su amiga—. Está intentando que muerda, o que mordamos, el anzuelo.
Cuando la gata salió del estudio y siseó, Cleo la cogió en brazos.
—Tú te quedas con nosotras.
La niebla que emanó desde el suelo de la habitación se extendió por el pasillo y ascendió por la pared. Sonya observó cómo el papel de pared se enroscaba y desprendía, y la escayola de debajo se agrietaba.
Yoda acudió a la carrera, gruñendo. Sonya le bloqueó el paso y, al igual que Cleo con Pye, lo cogió en volandas.
—Nadie va a acercarse allí.
En lo que sonó como una explosión, oyeron el estrépito de cristales. Las esquirlas salieron volando de la habitación y se incrustaron en la escayola agrietada.
Y las heridas sangraron.
Al gotear sobre el suelo, el entarimado tembló y acto seguido se abrió como un hoyo.
—Por Dios, esto no puede ser real.
—No lo es. No lo es, pero… —Cleo agarró a Sonya del brazo y tiró de ella hacia el estudio.
Mientras observaban, el suelo del pasillo se partió y se hundió. Emanaron nubes de humo; las llamas se propagaron y se abrieron camino con avidez a lo largo de las paredes.
Oyeron la carcajada, estridente y demencial, junto al estrépito de más cristales, junto al fragor del fuego. El techo se desplomó con un aluvión de escayola carbonizada, de tablones en llamas.
Dobbs apareció levitando con su pelo oscuro, con el vestido negro ondeando como un remolino en el vendaval que había conjurado.
—Tu muerte está aquí, entre fuego y sangre; un aluvión arrastrará tus huesos. Aquí te arriesgas a sufrir una muerte atroz, y mi maldición perdurará hasta tu último suspiro. Esta casa es mía por siempre jamás.
Impulsada por la furia en la misma medida que el miedo, Sonya agarró una de las piedras de Cleo y se la lanzó. Fuera por cuestión de suerte o buena puntería, golpeó a Dobbs en el centro del pecho.
De haberse caído a pedazos la casa, Sonya aún habría sentido satisfacción por la expresión de shock —y, sí, de dolor— en el semblante de Dobbs.
—¡Vete al infierno! ¡Esta es mi casa!
Todo cesó.
Fuera del estudio, el suelo y las paredes seguían intactos. La tormenta del interior cesó de sopetón incluso mientras la del exterior se atenuaba en una suave lluvia.
—¡Hostias! ¡La leche! ¿Qué le has lanzado?
—No sé, lo primero que he pillado. Yo…, Dios, no he dejado de decirme a mí misma que no era real.
—Pero la sensación ha sido real —apostilló Cleo—. Estamos temblando. Los cuatro.
Antes de arriesgarse a depositar a la gata en el suelo, Cleo se aproximó al umbral y se asomó.
—No hay nada. Ni cristales, ni fuego, ni humo ni paredes que sangran. Y su puerta está cerrada otra vez. Le has hecho daño, Sonya.
—Sí, lo he visto.
Cleo dejó a Pye en el suelo, recogió la piedra que yacía en el pasillo y soltó una risa nerviosa.
—Una piedra de bruja, mira por dónde. También se la conoce como piedra de Odín. Protege contra el mal, por eso tengo un par de ellas ahí dentro.
—Al empuñarla me pareció más grande…
—Es pequeña pero poderosa, y es obvio que lo suficientemente grande. Teníamos miedo…, por Dios, ¿cómo no íbamos a tenerlo? Se ha alimentado de eso, ha salido a amedrentarnos más, y le has dado su merecido. Su cara era un poema.
En el teléfono de Sonya empezó a sonar Bad Blood [«Mal rollo»] de Taylor Swift.
—Sí, de eso va sobrada. —Sonya entrecerró los ojos—. ¿Crees que puede sangrar? ¿Que la he hecho sangrar?
—Desde donde yo me encontraba, a juzgar por el golpe certero, para mí que sí. Jones le rasgó el vestido, o sea, que sí. Me parece que… —Con el entrecejo fruncido, Cleo le dio la vuelta a la piedra sobre la palma de su mano—. Me parece que igual hay un resto de sangre aquí.
—La piedra la ha atravesado. La ha golpeado y la ha atravesado.
—Así es.
Cleo puso la piedra en un pequeño cuenco y cogió otra piedra de bruja de otro.
—Una limpia —dijo, y se la entregó a Sonya—. Por si las moscas. Son, he de reconocer que me apetece (caray, que necesito) una copa de vino hasta arriba.
—Y a mí. Vamos a por una.
—Ah, otra cosa. Ella no ha entrado aquí, ni ha conjurado ninguno de sus desagradables trucos aquí.
—¿Por las piedras de bruja?
—No solo por eso. Me gusta saber que tiene límites.
—Coincido contigo de nuevo. —Cuando se disponían a salir, Sonya miró fugazmente hacia atrás y vio el lienzo tapado que yacía sobre un caballete.
—Tú nunca tapas tus pinturas.
—Esta vez sí. Es algo en lo que estoy trabajando a ratos, y no está listo para que lo vea nadie excepto yo.
Se detuvieron junto al armario. Sonya lo abrió y solo encontró material de arte.
—Echo un vistazo varias veces al día —dijo Cleo.
—El retrato de Catherine aparecerá ahí a su debido tiempo. Vayamos a por ese vino.