Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Una mujer hermosa cuyos ojos parecían brillar tanto por las lágrimas como por el orgullo. Arabelle Poole, pensó Sonya, cepillándole el pelo a su hija la noche de su boda.

—Estás preciosa. —Arabelle se inclinó para besar a Catherine en la coronilla—. Querida, has sido una novia preciosa, y ahora eres una preciosa espos a.

—Qué poco me importaba mi aspecto —dijo Catherine en tono jovial sosteniendo la mirada a su madre en el cristal—. Me consta que eso te causaba frustración, mi bella madre.

—Pamplinas. —Pero Arabelle lo negó con la mirada risueña.

—Pero hoy, y, oh, sobre todo esta noche, quiero estar preciosa para William. Lo amo perdidamente, madre. Jamás imaginé que lo amaría hasta este punto, que llegaría a saber que él me ama.

—Es un buen hombre, y confío en que sea un esposo bueno y amable con mi hija. Os deseo la misma felicidad que tu padre y yo hemos compartido.

Catherine levantó el brazo para agarrar la mano de su madre.

—Padre y tú sois un ejemplo, siempre, de inspiración para mí. Has de saber que William os profesa un gran afecto y respeto.

—Y nosotros a él.

Arabelle dejó el cepillo sobre el tocador y acarició la larga melena de Catherine.

—Tú y yo ya hemos hablado sobre esta noche.

Las mejillas de Catherine se tiñeron de un tenue rubor.

—Sí, madre. Sé que la primera vez que me haga su esposa puede ser doloroso. No me da miedo.

—Creo que William será considerado, y paciente. Creo que encontrarás el disfrute. Esta noche, y todas las venideras, bajo ningún concepto deberían ser un mero deber, si bien es cierto que para algunas lo es. A ti, querida, te deseo que disfrutes.

—No llores, madre.

—Naciste en esta casa, y ahora vas a pasar tu primera noche como esposa aquí. Te añoraré, Cathy, cuando seas la señora de tu propia casa.

La mano de Arabelle se detuvo en el aire, estática, cuando hizo amago de acariciarle el pelo a su hija de nuevo. Las llamas se quedaron inertes en el hogar.

Catherine se volvió hacia Sonya.

—Nunca llegué a convertirme en la señora de mi propia casa ni a irme de luna de miel en primavera. Tan solo viví este único día, esta única noche, como una novia, como una esposa.

—Lo lamento mucho. Ojalá…

—Soy una mujer práctica. Los deseos… —Agitó una mano en el aire, una mano en la que relucía su alianza—.

Se los lleva el viento. Lo hecho, hecho está.

Aquel día, aquella noche, me sentí hermosa por primera vez en mi vida.

Encontré el disfrute que mi madre deseaba para mí.

William se mostró, tal y como ella predijo, considerado y paciente.

Y más. Durante unas horas conocí el deseo y lo que significa ser deseada.

Me pregunto si aquella noche habríamos engendrado un hijo de no haber sido por mi sueño.

—No fue un sueño.

—No fue un sueño, no. Comenzó siéndolo, o esa fue mi impresión. Soñé con la primavera, cuando teníamos previsto realizar un crucero como marido y mujer. Como el señor y la señora Cabot.

Catherine se levantó, rodeó a su madre e hizo un gesto en dirección a la ventana.

—Impacientes por comenzar nuestra vida juntos, organizamos la boda en invierno.

Una tormenta semejante, la nieve y el vendaval no supusieron el menor inconveniente para nuestra felicidad.

Sin embargo, yo soñé con la primavera, salí de la casa solariega y me interné en un paisaje de flores, de verdor, de rayos de sol.

—Una farsa. —Apostada allí, frente a la joven novia de blanco, a Sonya la abrumó la crueldad de los hechos—. Una farsa urdida por Hester Dobbs.

—Una farsa, sí, y retorcida. Me esperó ahí fuera y yo, riendo, fui a su encuentro.

Cuando me arrebató el anillo, el anillo que William me había puesto en el dedo apenas unas horas antes…

Cuando recobré la consciencia, ¡ay, qué horror!

Sentí un frío espantoso. Intenté echar a correr, intenté llamar a gritos a William, a mi padre, a mi madre, pero era demasiado tarde.

Y las lágrimas se congelaron sobre mi cara cuando tropecé, mientras agonizaba sola y atemorizada.

—Es un demonio, Catherine, y está obsesionada. Te arrebató la vida.

—Jamás podré recuperarla. Es imposible que esto cambie nada.

Sostuvo en alto la mano izquierda, donde la alianza de oro emitió el reflejo de la luz de las velas.

—William me lo puso en el dedo, y me hizo sus promesas. Yo también le hice mis promesas. Ella me lo arrebató. No es suyo. Ninguno de los que robó le pertenece. Es posible recuperarlo. Eso sí es posible cambiarlo.

—Quiero recuperarlo para devolvértelo, recuperar todos para devolvéroslos a todas, pero no sé cómo.

—Lo harás. —Volvió a sentarse bajo la mano inmóvil de su madre—. Porque debes hacerlo. —Giró la cabeza hacia Sonya—. Debes hacerlo —repitió.

Arabelle movió la mano hacia abajo; madre e hija se reencontraron con la mirada y una sonrisa en el espejo.

Y la estancia recuperó la luz del sol, que entró a raudales a través de las ventanas.

—Maldita sea. —Sonya se pasó la mano por el pelo con brusquedad—. Maldita sea.

Cuando se disponía a darse la vuelta, se sobresaltó al ver a Cleo en el umbral, con el teléfono en la mano.

—Perdona. No quería… interrumpir, supongo.

—¿Las has visto?

—No, no he visto nada aparte de la habitación y a ti. Me consta que tú sí. Estabas hablando con alguien. ¿Con una de las novias?

—Con Catherine. Necesito tomar el aire.

—Espera que vaya a por agua y salimos.

—Me queda un poco encima del escritorio. —Cuando se internaron en el pasillo, Sonya se detuvo un momento—. ¿Cómo es que has venido?

—Por Clover. En un primer momento, percibí su fragancia. Estaba pintando, y su fragancia impregnó el ambiente. De pronto, en mi teléfono empezó a sonar Help! [«¡Ayuda!»] de los Beatles, así que vine corriendo. Pensé que Dobbs había maquinado algo, o bien que habías atravesado el espejo.

Aguardó a que Sonya cogiera la botella de agua.

—Te llamé al entrar, pero no respondiste.

—No te oí. Me figuro que no oí nada excepto a ellas.

—¿A Catherine y…?

—A su madre, Arabelle. Arabelle se casó con Connor Poole, el hermano gemelo de Collin.

—Me acuerdo —dijo Cleo de camino a la planta baja.

—Era la noche de bodas de Catherine. Seguramente era su antigua habitación, o al menos la que usaron aquella noche.

Salieron al sol del verano, y Sonya dejó que se le templaran los huesos.

—Con un papel de pared diferente, y muebles diferentes.

—Se agachó para acariciar con fuerza a Yoda—.

La leña ardía en la chimenea y el fuego crepitaba.

Alcancé a notar el calor que desprendía.

Había velas, varias. Ah, y dos lámparas…

, ¿dos quinqués? Arabelle estaba cepillándole el pelo a Catherine.

Era una escena muy entrañable, muy dulce.

Se la narró, procurando describir el ambiente que se respiraba en la estancia, el tono de la conversación.

—O sea, como si tú estuvieras hablando con tu madre o yo con la mía.

—Sí, esa conexión, ese vínculo. Muy pero que muy bonito, Cleo. Después, como sucedió con Lissy en la sala de música aquella noche, todo se paralizó. Todo se paralizó menos Catherine, que me miró.

—Hablaste con ella. Oí tus intervenciones.

—Me dijo lo mucho que amaba a William (a William Cabot) y cómo se sentía al saber que él la amaba.

Mientras caminaban hacia la escollera, Sonya trató de reproducir al pie de la letra lo que Catherine le había transmitido.

—Como un sueño. —Cleo asintió con la cabeza—. Desde mi punto de vista, tiene sentido. Ella estaba hechizada, en trance.

—Justo hasta que Dobbs le quitó el anillo de bodas. Cleo, dijo que jamás podría recuperar su vida (que es imposible cambiar eso), pero que el anillo no pertenece a Dobbs y jamás será suyo.

—Vale, eso es importante. Es una especie de confirmación, Son.

—Cleo le dio unos toquecitos con el dedo a la sortija con la labradorita que llevaba puesta—.

Dobbs tiene el anillo, pero este sigue siendo de Catherine.

Ninguno de los anillos le pertenece, así que esa parte del hecho está por hacer. Podemos recuperarlos.

—Dijo que yo lo haría porque debo hacerlo. ¿De qué sirve eso, Cleo? Eso no me revela nada que no sepa.

—Sentémonos aquí, a disfrutar de un poco de sol y de esta brisa como Pye. Ella sí que sabe.

Cleo se acomodó en la escollera y animó a Sonya a sentarse a su lado.

—Te duele verla, hablar con ella, sabiendo lo que le sucedió. A mí también me duele —añadió—, y eso que no lo estoy viviendo de primera mano. Tú la viste morir, Sonya, y ahora la has visto en su noche de bodas, rebosante de expectación y felicidad. Es normal que te duela.

—Sí.

—Eso te desanima. ¿Cómo no iba a hacerlo? Brevemente.

Sonya soltó una bocanada de aire.

—Brevemente.

—Te conozco y sé que, una vez que te recompongas, usarás todo eso para reafirmar aún más tu determinación. Tienes derecho a sentirte triste. Yo también estoy triste. Pero ella te dijo (nos dijo) algo que desconocíamos.

Confundida, Sonya miró con extrañeza a Cleo.

—Me he perdido.

—Porque estás dolida y triste. Ya hemos dicho que hemos de aceptar que es imposible salvar a las novias, incluso atravesando el espejo. Ellas murieron. Catherine te lo acaba de confirmar. Su muerte no tiene vuelta atrás.

—Sus espíritus, sus almas, lo que quiera que sea, continúan en la casa solariega.

—Eso es. Lo mismo que Dobbs, lo mismo que los anillos. Pero no son suyos… ¿Cómo has dicho que lo expresó? Es posible recuperarlo. Eso sí es posible cambiarlo.

—Unas breves instrucciones no me habrían venido mal.

Cleo sonrió porque ese comentario sí parecía más propio de Sonya.

—Imagino que, si supieran cómo, te lo dirían.

—Sí. —Sonya echó la cabeza hacia atrás para recibir el soplo de la brisa marina—. Y sí, ya me lo figuraba. Has dado en el puñetero clavo en que me siento dolida y triste. Ella era joven y feliz, estaba enamorada y deseosa de empezar su vida de casada. Quería tener hijos, Cleo. Me llegó al alma.

Se ladeó para mirar a Cleo.