Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

E l viernes, después de una semana productiva, Sonya acompañó a Cleo, con las uñas pintadas de un evocador tono lavanda, al alba. Y se quitó de en medio cuando Cleo se plantó en la esterilla.

—Me gustaría que mantuvieras cada postura durante unos cuantos segundos —le indicó Corrine—. Y relájate.

—Siempre estoy relajada al amanecer porque estoy dormida. Comenzaré con un saludo al sol básico.

—Quiero realizar tomas de cada postura, desde diferentes ángulos. Tú ignórame, ya sabes. Por cierto, las uñas de los pies son un toque fabuloso. Cuando estés lista me avisas.

Trey y Owen, junto con Jones y Mookie, asomaron por la puerta trasera. Sonya se limitó a llevarse el dedo índice a los labios.

Con las manos en postura de oración, Cleo inhaló, alzó los brazos, volvió a juntar las palmas de las manos en el aire al tiempo que se arqueaba hacia atrás, mantuvo la postura unos instantes y seguidamente se arqueó hacia delante con un movimiento fluido y puso las manos sobre la esterilla y la nariz entre las espinillas.

Para cuando elevó la espalda en ardha uttanasana, acaparaba la cámara por completo.

—Esto es bueno —murmuró Sonya—. Es muy bueno. La luz es perfecta.

Cuando Cleo terminó en la postura de la oración, Corrine, que estaba en cuclillas, se incorporó.

—Qué bonito. Me gustaría hacer otra toma.

—De todas formas he de hacer tres. Es lo suyo.

Cuando finalizó la tercera ronda, Corrine echó un vistazo a la pantalla de la cámara y fue pasando las imágenes.

—Lo tenemos. Es un placer fotografiarte, Cleo.

—Voy a empezar a practicar yoga aquí fuera, aunque no a esta hora. Esta esterilla se agarra bien al césped.

—He de irme —dijo Owen en voz alta—. Tengo un día ajetreado, y esta noche póquer.

—Mañana a las diez en punto —le recordó Corrine—. Los dos en The Horizon.

—Ya.

—Y tú —dijo, apuntando con el dedo en dirección a su hijo—, con la indumentaria puesta dentro de tres horas para las tomas en tierra firme. Mañana, a las dos en punto, con el traje de neopreno para el esquí acuático.

—Ya, ya.

Sonya aplacó a Trey con una palmadita en el brazo.

—¿Te apetece un café, Corrine? Cleo probó a hacer bizcocho de vainilla.

—Me encantaría. Dispongo de tiempo, en vista de que Cleo es muy fácil de fotografiar.

—Yo también debo marcharme. —Trey inclinó la cabeza y besó a Sonya—. Volveré mañana después de que mi madre me torture. Traeré la cena. Puedo comprarla con lo que me embolse esta noche.

—Le dará para una ración de patatas fritas pequeña —le dijo Owen a Sonya—. Igual para un cacahuete.

—Si pierdo hasta ese extremo, tú pagas la cena. —Besó a Sonya de nuevo y después a Corrine—. Vamos, Mook.

—Yo voy a seguir practicando un poco más, ya que estoy levantada y aquí fuera. —Cleo se colocó en la postura de la montaña, con las manos en posición de oración.

Yoda y Pye optaron por quedarse fuera, y Sonya condujo a Corrine dentro.

—Te lo he dicho antes, pero me gustan muchísimo los toques que le has dado a la cocina.

—Atribúyele a Cleo la mayor parte del mérito. Ella le saca partido de verdad, razón por la que tenemos el bizcocho de vainilla que horneó anoche.

Corrine dejó la cámara encima de la mesa.

—¿Te importa que vaya a ver los retratos de las novias?

—Por supuesto que no.

—Solo tardaré un minuto.

Mientras Corrine se encaminaba hacia la sala de música, Sonya hizo café y cortó el bizcocho.

A su regreso, Corrine se dio palmaditas en el corazón.

—Trey dijo que habías encontrado más. Es inquietante, y fascinante. No me sé la historia de memoria. ¿Quién falta?

—Catherine. Y Astrid. Pensamos que habrá uno de ella también. Como una composición, una serie.

—Eres una mujer valiente, Sonya.

—No sé si es valentía. —Le hizo un gesto a Corrine para que se sentara y se acomodó junto a ella—. Lo que sí sé es que necesito estar aquí y que necesito hacer esto.

—¿Acaso hacer lo que hay que hacer no define la valentía?

—Hay más. Está… ¿el niño que murió aquí hace cien años? Jack. Me hizo un dibujo de Yoda, muy logrado, y lo dejó sobre mi escritorio.

—Increíble. —Corrine se frotó los brazos como si le hubiera dado un escalofrío—.

Inquietante y fascinante. Me alegro de que estés haciendo lo que hay que hacer, no solo por el presente.

Y como estoy procurando no pasarme de la raya, me limitaré a decir que Trey y tú parecéis estar bien juntos. Johanna era como una hermana para mí.

—Lo sé. —Sonya posó la mano sobre la de Corrine—. Sé que lo fue, y sé cómo te sientes.

—Me alegro de que estés aquí por ella, Sonya. Por Johanna. Bueno, apuesto a que te gustaría ver las imágenes del yoga.

—Y tanto que sí.

Para cuando Cleo entró, Sonya se encontraba sentada a su escritorio.

—Se me ha ido el santo al cielo. He perdido la oportunidad de echar un vistazo a las fotos.

—Te aseguro que son fantásticas. Vamos a enviar a Ryder las que en nuestra opinión son las mejores… y a pelear por nuestra favorita.

—¿Me das una pista?

Sin moverse del asiento, Sonya levantó los brazos, miró hacia arriba y juntó las palmas de las manos.

—¿En serio? ¿La del primer movimiento?

—De la segunda ronda. Según Corrine (y yo estoy de acuerdo con ella), tu cuerpo estaba perfectamente arqueado en ambas, pero en la segunda ronda te habías olvidado de la cámara…

y del madrugón. Hay un aire ensoñador en tu expresión, un esbozo de sonrisa.

Y la luz es muy pero que muy bonita. Me enviará pruebas más tarde o mañana.

—Tiene razón en cuanto a la cámara: me metí de lleno.

—Extendió las manos con un ademán—. ¡Y mira qué modelito!

Ojalá no estuviera espabilada tan temprano, pero, ya puestos, voy a cambiarme y a instalarme ahí fuera para pintar mi árbol en verano.

—Se plantó una mano en la cadera y escrutó a Sonya—.

¿Sabes? Esta semana te has deslomado trabajando en largas jornadas.

Deberías tomarte unas cuantas horas libres para pintar conmigo.

—Es posible que tenga una nueva clienta.

—Ah, ¿sí? ¿Quién? ¿Para qué?

—La médica de mi madre. Mi madre lleva acudiendo a su consulta desde hace unos quince años; a mí también me veía.

Mi madre fue a hacerse el chequeo anual y charlaron un poco.

La doctora Lawrence le preguntó por mí, y una cosa llevó a la otra.

Su página web está desfasada y, además, un nuevo socio va a incorporarse a la consulta. Necesito preparar una propuesta.

—No interferiré en eso, pero si terminas o simplemente te apetece hacer un descanso, sal. Y recuerda que esta noche toca ver una peli sensiblera.

—Nunca me olvido de la noche de peli sensiblera.

—Una ensalada gigante, queso selecto con galletas saladas, vino y, después, palomitas, más vino y una peli para chicas.

—La especialidad de la noche del viernes.

Sonya volvió al tajo mientras Cleo se cambiaba y subía al estudio a coger lo que necesitaba.

Cuando Cleo se dirigió a la planta baja, Yoda también.

—¡Yoda está conmigo! —dijo en voz alta.

—¡Gracias!

Instantes después se hizo el silencio mientras se documentaba más a fondo sobre la doctora Nia Lawrence con el fin de que se le ocurrieran ideas y un enfoque para la propuesta.

La posibilidad de captar nuevos clientes siempre la motivaba, y en menos de veinte minutos tenía perfilada la idea.

Como la clínica era de medicina de familia, decidió resaltar el ambiente familiar con colores suaves y cálidos y una tipografía clara y sencilla.

Colgó la foto y el perfil biográfico de la doctora en un menú desplegable, junto con otra foto de ella conversando con un paciente.

Añadió breves perfiles biográficos de dos o tres líneas del personal junto con fotos interactuando con pacientes.

«Nuestra familia cuida de tu familia».

Algo así.

Los horarios y números de teléfono de la consulta, en la cabecera.

Desde luego que podía realizar mejoras en la página web, conferirle un aspecto más atractivo visualmente, pero de nada serviría si no mejoraba el manejo para los usuarios y la accesibilidad para dispositivos móviles.

Podía arreglarlo. Pasó la hora siguiente articulando la idea en un diseño preliminar y después otro rato transformando el diseño preliminar en una propuesta.

Tardó más en darse cuenta de que Clover había dejado de poner música.

Y, en el silencio, oyó voces. No próximas, ni nítidas, sino murmullos con un timbre más bien femenino. Junto con las voces, sintió la atracción.

No era el espejo, concluyó de inmediato, sino algo que la arrastraba, que la instó a ponerse de pie.

Salió al pasillo y titubeó tan solo unos instantes en el descansillo. Podía bajar y avisar a Cleo, pero…

Impelida, continuó por el pasillo, ahora avanzando con paso firme, hasta la habitación en la que su madre se alojaba en sus visitas.

En vez del papel de pared de flores violetas que tan bonito le pareció a Winter, los azulejos aleteaban sobre las paredes.

La cama, pulcramente destapada, tenía cortinas sobre los cuatro postes y el hueco superior.

La estancia albergaba un armario que reconoció de la batida del sábado, un mueble de baño con un aguamanil, un pequeño sillón capitoné junto a una mesa auxiliar y un tocador con un espejo.

Los leños crepitaban en la chimenea. La oscuridad se cernía sobre las ventanas, y las velas iluminaban la habitación.

Había una mujer sentada junto al tocador, sonriendo hacia el cristal. Llevaba un camisón blanco con encaje alrededor del cuello y un lazo de seda en el centro bajo una bata a juego con las mangas largas abullonadas alrededor de las muñecas.

Sonya la había visto anteriormente, con ese camisón, caminando descalza por la nieve, en trance, bajo la tormenta invernal mientras Dobbs aguardaba en la escollera.

Catherine.

Detrás de ella había una mujer con un vestido de terciopelo verde oscuro, el pelo con reflejos dorados recogido en la coronilla, unas esmeraldas en los lóbulos de las orejas y otra brillando en su cuello contra el destello de los diamantes.