Capítulo 7 #2
—Para este no, pero para otro sí, apoltronada en lo alto de la roca, observando el horizonte como dueña y señora de sus dominios. Solo estoy garabateando ideas.
Una vez más, Owen se inclinó para mirar.
—Ella lo llama garabatear.
—Así es —convino Sonya.
Con un suspiro de felicidad, Sonya masticó con deleite una patata frita de bolsa. A continuación, levantó la vista y contempló la casa solariega.
Y agarró con fuerza la mano de Trey.
—¿Ves eso? En la casa. ¿Lo ves?
—Sí.
Algo oscuro alzó el vuelo, se desvaneció y, acto seguido, voló de nuevo.
Trey sacó los prismáticos de la bolsa y ajustó el enfoque.
—Es el pajarraco. —Le tendió los prismáticos a Owen—. A juzgar por lo que veo, alzando el vuelo desde una de las ventanas de Dobbs.
—Sí, lo veo. Sale volando y paf, vuelta a lo mismo.
—Quiero ver. —Sonya cogió los prismáticos y, al ver la imagen de cerca tan de repente, dio un respingo—. ¿Por qué estará haciendo eso? Allí no hay nadie a quien asustar, a quien amedrentar.
—Está practicando. —Cleo dejó el cuaderno de dibujo a un lado y cogió un sándwich—. Cuando nadie la ve. O cuando piensa que ninguno de nosotros la ve.
—Ninguno de nosotros puede verla fallar. Está tratando de aumentar la distancia. —Trey volvió a coger los prismáticos para echar otra ojeada—. Para mí que sí. Lo está intentando y le está saliendo el tiro por la culata.
Pasó el brazo alrededor de los hombros de Sonya.
—No quiere que la veas practicar, malgastar el tiempo y la energía.
—Porque —dijo Sonya despacio— quiere que creamos (al menos yo) que su poder es, si no ilimitado, mayor de lo que podemos contrarrestar.
—Pues en ese caso se equivoca. —Cleo cogió el cuaderno de dibujo de nuevo y bosquejó rápidamente la imagen de Dobbs que conservaba en su memoria. Y logró plasmar la frustración en la misma medida que la locura—. Porque tiene las de perder.
—Tiene las de perder —convino Sonya—. Cada día que pasamos allí pierde un poco más. Cada retrato de una novia que encontramos y colgamos es una pérdida para ella y, cada habitación que usamos, otra.
—Hey, guapa.
Trey giró la cabeza de Sonya hacia él y la besó.
—Las mujeres inteligentes —dijo— son condenadamente atractivas.
—Ella me asusta —reconoció Sonya—, pero…
—Tú a ella también.
—Sí. Es bueno saberlo.
—Desde mi punto de vista, es como tener otro dardo en la mano. —Owen levantó la barbilla en dirección a la casa con un ademán—. Cuando resolvamos el misterio, le vas a clavar uno en todo el corazón.
—Esa es la idea. Ha parado. —Satisfecha, Sonya se recostó contra Trey—. Se le han agotado las pilas, se ha dado por vencida y necesita recargarlas. El caso es que ha parado. Probablemente estará allí arriba sufriendo uno de sus ataques de ira.
Y ese pensamiento le produjo más satisfacción, si cabe.
Comieron, remolonearon en la playa y, a la caída de la tarde, recogieron todo para dejar aquel tranquilo rincón tal y como se lo habían encontrado. Mientras navegaban, ahora acompañados por otros barcos, Sonya dirigió la mirada fugazmente hacia la casa de tanto en tanto.
Pero no vio nada a excepción de la majestuosa mansión sobre los acantilados.
Amarraron al atardecer de principios de verano, y dejaron The Horizon como un jaspe antes de pisar tierra firme.
En la camioneta, Sonya se relajó.
—Ha sido una auténtica gozada. Una travesía ideal para un domingo de verano.
—Tiene luces de navegación —señaló Cleo—. Igual podemos navegar al anochecer algún día.
—No sería mala idea.
—Podíamos dejar a los chicos en la casa de mis padres y estirar las piernas antes de cenar.
—Eso sí que es un plan. Bay Arts tiene el horario de verano y sigue abierto. No me importaría pasarme por allí un momento a echar un vistazo a las nuevas piezas que Anna quiere colgar en la página web.
—Caminar no es ir de compras —advirtió Owen.
—Cuando camino, resulta que a menudo encuentro algo que me dice: «¡Cómprame!». —Cleo sonrió al tiempo que acariciaba a la gata—. Eso tampoco es ir de compras.
—Vamos por partes. Dejaremos a los chicos primero.
Cuando llegaron a la bonita casa victoriana, encontraron a Deuce y Corrine en el jardín tomando una copa tranquilamente.
Los perros, que se sintieron a sus anchas de inmediato, saludaron a los anfitriones y se pusieron a deambular por el jardín. La gata permaneció expectante hasta que Deuce se aproximó y le acarició el lomo.
Ronroneó.
—Cómo le gusta coquetear. —Con gesto divertido, Cleo dio un paso al frente para besar en la mejilla a Deuce—. Pero, claro, igual que a mí. Corrine, qué jardín más bonito.
—Después de mis hijos, es mi motivo de orgullo y alegría. Y qué buen aspecto tenéis los cuatro con el pelo alborotado por el viento y ese bronceado. ¿Os apetece beber algo frío? Yo estoy tomando un bellini, y Deuce su gin-tonic de rigor.
—Me encantaría tomar un bellini.
Haciéndose eco de Sonya, Cleo levantó dos dedos en el aire.
—A mí me vendría bien una cerveza.
—Para mí lo mismo. Te echaré una mano, mamá.
—Como si no pudiera preparar unas cuantas bebidas sola. Sé que tenéis planes para cenar, pero que sepáis que he preparado una gran fuente de ensalada de pasta y que Deuce va a hacer pollo a la parrilla.
—Conque tu ensalada de pasta… —Owen apuntó con el dedo hacia Corrine, que destilaba elegancia con unos pantalones tobilleros de color caqui y una camiseta en azul pálido—. ¿Y su pollo a la parrilla? —Owen extendió los brazos y miró a los otros tres—. Vamos, tío.
—Y hay una hogaza de pan de masa madre recién horneada esta mañana.
—Chicos, podéis iros si queréis. Yo me quedo.
—Me parece fantástico —dijo Sonya—. ¿Estás segura de que…?
—Listo. Vuelvo enseguida.
—Le habéis alegrado el día. —Deuce miró en dirección a su esposa y se echó hacia atrás la visera de la gorra sobre el pelo, veteado de canas—.
Preparó esa ensalada de pasta (suficiente como para dar de comer a un regimiento) con la esperanza de que os quedarais a cenar.
Y yo tengo pollo en adobo de sobra porque abrigaba la misma esperanza.
Hizo un gesto hacia las sillas del amplio porche trasero.
—Sentémonos. ¿Cómo ha ido la navegación?
—Mejor, imposible —respondió Sonya.
—Me alegro de oír eso. Pensaba pasarme por la casa solariega la próxima semana si te viene bien. Tengo unos documentos concernientes a las donaciones con las que quieres continuar para que los revises y firmes.
—Eres bienvenido en cualquier momento, con o sin documentos.
—A Collin le complacería mucho que estés haciendo esto.
Miró hacia atrás cuando Corrine salió con una bandeja con dos copas aflautadas con espuma y dos vasos altos.
—Qué agradable es esto —dijo ella cuando Trey se levantó para coger las bebidas—. El verano pasa volando, y todos estamos muy liados. Da gusto pasar una noche así.
—Y tu jardín es de postal.
—Me alegra la vida. Le he dado un par de vueltas a la idea de las fotos en el jardín, pero no voy a estropear la velada con temas de trabajo.
—No es trabajo si te apasiona.
Corrine sonrió de oreja a oreja a Sonya.
—No, ¿verdad? Necesito ver el vestuario antes de tomar decisiones en firme.
—Llega esta semana. Me encantaría oír tu idea.
—Me he enterado de que además de estar manteniendo los jardines de la casa solariega los estáis embelleciendo. Ya que Cleo va a posar con posturas de yoga al aire libre, mi idea es que lo haga en el jardín.
—Es una magnífica idea. Las hortensias están preciosas. Y tenemos una estatua. De una diosa.
Corrine levantó una mano.
—Instantáneas de Cleo en un encuadre con las flores y la estatua… —dijo al tiempo que se dirigía a Cleo—. No me odies, pero creo que un saludo al sol al amanecer sería fantástico.
Cleo hizo una mueca de dolor y le dio un sorbo al bellini .
—Puedo hacer un sacrificio por el equipo. Pero más vale que sea con un modelito de yoga espectacular. ¿Tienes alguna idea para esos dos?
Corrine miró fugazmente hacia su hijo y Owen, que en ese momento hablaban de fútbol con Deuce.
—De hecho, tengo unas cuantas.
Para cuando Deuce encendió la parrilla, Sonya ya tenía una imagen en su cabeza de cómo disponerlo todo.
Deuce, con unas bermudas y una camiseta de los Red Sox, hizo las verduras y el pollo a la parrilla. A Sonya le resultaba muy extraño que ese hombre hubiera llamado a su puerta en un frío día de invierno en Boston y le hubiera cambiado la vida.
La había ayudado a encontrar a una familia cuya existencia ella desconocía, a proporcionarle un hogar del que se había enamorado a primera vista… y que incluía romper una maldición centenaria.
Era el padre del hombre del que se había enamorado.
Cuando Deuce colocó la fuente encima de la mesa, Sonya le sonrió.
—Gracias. No solo por la cena, sino por todo lo que has hecho por mí.
—No hay de qué, y lo he hecho muy gustosamente.
Con el recuerdo del fin de semana presente en su memoria, Sonya afrontó la semana de trabajo con energía.
Primero la aprovechó en un entrenamiento.
Cada vez que sonaba la campanilla de los criados, recitaba: —Un cuerpo fuerte, una mente fuerte, un espíritu fuerte.
Te daré una patada en el culo con los tres.
Tras ducharse y cambiarse, flexionó el bíceps delante del espejo.
—Está todo controlado.
Con la mente, el cuerpo y el espíritu unidos y concentrados, se dirigió a la biblioteca.
Se paró en seco junto al escritorio al tiempo que le daba un vuelco el corazón.
Cogió el dibujo y respiró lentamente mientras los ojos se le empañaban de lágrimas.
Yoda volvió la vista hacia ella. Si los perros pudieran reír, él lo hizo. Se irguió sobre sus patas traseras como si se dispusiera a bailar.
En la esquina inferior derecha de la hoja rezaba, con una prolija letra:
Jack
Tuvo que tragar saliva antes de hablar.
—Vaya, qué maravilla. Lo has plasmado muy pero que muy bien.
La expresión risueña, el pelaje berrendo, la forma más bien angulosa de la cara, las curiosas y graciosas proporciones de las rechonchas patas y el cuerpo con forma de salchicha.
Gracias, Jack. Voy a enmarcarlo. Ya lo aprecio como un tesoro.
Inclinó el dibujo para que el modelo pudiera verlo.