Capítulo 7
P oco antes del mediodía llegaron al puerto deportivo con tres perros, una gata, una nevera portátil y comida suficiente como para alimentar a los humanos y a las mascotas durante una travesía en toda regla.
—Owen, con todo esto —comentó Sonya cuando empezaron a descargar la camioneta— a lo mejor necesitas un barco más grande.
—Creo que lo soportará.
Ella miró hacia donde él le señalaba.
—Vaya, es una preciosidad, aunque no debería sorprenderme.
Cleo, con una bolsa de lona colgada al hombro y Pye soportando la correa, se bajó ligeramente las gafas de sol.
—Un balandro de madera. Te decantaste por un estilo de la vieja escuela.
—Un clásico.
Lo había pintado en azul marino, un tono que combinaba bien con la brillante cubierta de teca. Los ornamentos relucían.
Cleo sacó una bolsa más mientras Sonya cogía otra y bregaba con dos perros. Jones se pegó a Owen mientras Trey y él sacaban la nevera portátil.
Una vez que acarrearon todo a bordo, Sonya echó un vistazo a su alrededor.
—Lo construiste tú…
—Con un poco de ayuda.
—Con mano de obra gratis. —Trey se dio unas palmaditas en el pecho.
—Y mi hermano y mi tío Mike. Con doce metros de eslora puedo navegar solo, pero hay sitio para la tripulación. La cocina está abajo, por si queréis guardar la comida antes de zarpar.
—Sí, vamos.
Bajo cubierta, Sonya le dijo a Cleo:
—No solo hay una cocina, sino también una pequeña zona de estar.
—Fíjate en el equipamiento. De líneas clásicas, y con electrodomésticos de última generación. Los Poole no escatiman en gastos. —Abrió una puerta—. El baño es tan mono que el nombre no le hace justicia.
Al asomarse al interior, Sonya vio un espacio inmaculado en blanco, madera y cromo, incluida una pequeña ducha.
—Esa es una de las menores preocupaciones que figuran en mi lista. —Abrió otra puerta.
El camarote constaba en su mayor parte de una cama y en la base —constató— espacio para almacenamiento.
—Qué bonito. Es bonito, limpio y funcional, con un toque de estilo. Qué buen gusto tiene este chico.
—No para de ganar puntos —murmuró Cleo—. Vamos a guardar la comida y a levar anclas.
Cuando regresaron arriba, Trey estaba terminando de poner el último chaleco salvavidas de las mascotas a Yoda.
—Puedo cederte mi estatus de primer oficial si quieres.
—Lo acepto. —Contenta, Cleo se encaminó hacia Owen para zarpar—. A sus órdenes, mi capitán.
—Estamos desaprovechando el día. Vamos a zarpar.
Cuando se alejaron del atraque a motor, Cleo se acercó a Owen. Sonya captó unas cuantas palabras de la conversación cuando se sentó en uno de los bancos, dispuesta a disfrutar.
—Están hablando de motores, de jarcias, de calado y esas cosas. Si ella no estuviera pillada por él ya y La Sirena no hubiera sellado el trato, este barco lo haría. Es una auténtica preciosidad.
—Tardó varios años desde la elaboración del diseño hasta la botadura. Trabajó fines de semana, por las noches y en vacaciones, pero consiguió lo que deseaba. ¿Y Cleo sabe lo que se hace fuera de un sunfish ?
—Y tanto que sí. Apuesto a que tú también.
—Nací y me crie junto a la bahía. Pero no tengo inconveniente en degradarme a segundo oficial.
Acatando las órdenes de Owen, Cleo izó las velas. Desde el asiento, Sonya observó cómo la vela mayor se desplegaba, se inflaba y emitía chasquidos con el empuje del aire.
—Qué chulo. —Levantó ligeramente la cara al tiempo que The Horizon se deslizaba por el agua empujado por el viento.
Owen, al timón, viró y dejó que las velas ondearan. Jones se movió y se apostó en la proa para que sus cortas orejas hicieran lo mismo.
Obviamente deseoso de vivir una aventura, Yoda se unió a Mookie a estribor para contemplar el agua. Pyewacket, pertrechada con un chaleco salvavidas rosa, se arrellanó en el banco como una bañista.
—Son navegantes natos —comentó Trey, y Sonya se rio.
Se ajustó las gafas de sol y levantó la vista hacia los acantilados donde la casa se alzaba sobre la orilla del mar.
—Es preciosa, desde todos los ángulos. ¿Sabes?
Siempre me imaginé viviendo en una gran casa antigua.
En un lugar interesante, en un lugar con historia.
Incluso coleccioné imágenes de casas durante una temporada.
Las victorianas encabezaban mi lista, pero las de estilo tudor, colonial, el que fuera, me llamaban la atención.
Nada de lo que jamás imaginé se asemejaba a la casa solariega ni por asomo.
—Estaba destinada a ser tuya.
—Cada día tengo más esa sensación. —Asintió con la cabeza en dirección a Cleo y Owen—. Está intentando convencerlo para que la deje ponerse al timón.
A Trey le hizo gracia y le dio un toquecito con el dedo a la visera de la gorra de Sonya.
—Que sepas que no se da por vencido fácilmente.
Y cuando Owen lo hizo, metiendo las manos en los bolsillos y apartándose hacia atrás, Trey pensó: «Sí, está perdido. Completa, total y absolutamente perdido».
Al cabo de unos minutos, Owen dejó a Cleo al timón y cruzó la cubierta hasta la nevera.
—¿Ya es hora de beber cerveza? —le preguntó Sonya.
—Yo no bebo cuando conduzco ni cuando navego. —Sacó una Coca-Cola—. ¿Queréis?
Trey hizo un ademán con los dedos y Owen le pasó las bebidas.
—Tú no vas a capitanear el barco —comentó Sonya.
—Solo durante unos minutos. Lo tiene controlado.
—¿Puedo probar yo?
Escudriñándola, Owen bebió un buen trago.
—¿Has manejado alguna vez un balandro de doce metros de eslora?
—No.
—Pues ahí tienes la respuesta.
Se alejó hacia la zona del timón, pero no se puso al mando. En vez de eso, puso música.
Sonya sacó su teléfono y le dio un toque al icono de la cámara para hacerle una foto a Cleo, con un vestido veraniego blanco ondeando, apostada junto al timón.
Owen la dejó manejar el timón durante una hora. Cuando la relevó, ella enfiló hacia la nevera.
—Qué emocionante. Si quisiera un balandro, fijo que sabría dónde acudir. —Sacó una botella de agua—. Es un barco de primera. —Se sentó y levantó la cara hacia el viento—. Ahora he de convencer a Owen para navegar hasta Nueva Orleans algún día.
—¿Cuánto se tardaría? —preguntó Sonya.
—Bueno, una semana o así. Me ha comentado que los dos navegasteis hasta Nueva York hace un par de años, para visitar a su hermano.
—Qué buenos tiempos… Y eso solo son uno o dos días de travesía.
—Podíamos partir de ahí. Dice que va a poner rumbo a un lugar llamado «la cala del Pirata» en breve.
Trey se echó a reír.
—Le pusimos ese nombre cuando éramos pequeños. Es un lugar bonito, algo apartado. Pusimos empeño (y mucho) en conseguir permiso para construir un pequeño embarcadero. Le apetecerá comer algo, y fondear para que los animales hagan sus cosas.
Owen se tomó su tiempo y, cuando Sonya vio la cala —una pequeña ensenada en las inmediaciones del faro—, se puso de pie.
—Qué cosa más linda. Cleo, tienes que pintarla.
—Coincido totalmente contigo.
—Espera un momento —le dijo Owen en voz alta—. Hay que arriar velas.
Dado que Cleo ya había sacado su cuaderno de dibujo, Trey se levantó.
—Voy yo.
Mientras observaba a Trey y a Owen trajinando, Sonya hizo otra foto. Pensó que podría probar a dibujarla al carboncillo y enmarcarla para el despacho o el apartamento de Trey.
Cuando Trey amarró los cabos al embarcadero, Sonya se dispuso a bajar a la cocina.
—Necesito unos minutos para acabar esto —le dijo Cleo.
—Tómate tu tiempo. Yo iré a por la comida. Fíjate, un pícnic en una pequeña playa de piedras.
Más piedras que playa, comprobó, pero eso realzaba el encanto y la sensación de aislamiento.
Alcanzó a ver barcos surcando la bahía, un par de motos acuáticas y una o dos tablas de padelsurf. Concluyó que eso también lo realzaba.
Liberados de los chalecos salvavidas, los perros saltaron de la embarcación al embarcadero y de ahí a la cala. Jones, a la cabeza, avanzó pavoneándose hacia la hilera de árboles nudosos y torcidos por el viento.
—Mooks y él conocen el terreno —le aseguró Trey—. Yoda se pegará a ellos.
—Así es. Cleo —dijo Sonya en voz alta desde el embarcadero—, ¿qué me dices de Pye?
—No se alejará de los chicos ni de mí. Y bajo ningún concepto de su novio.
—¿Qué quieres que te diga? —Owen metió un surtido de refrescos fríos en una bolsa isotérmica—. Soy un imán para las mujeres.
—Bueno, para las felinas. Necesito diez minutos más.
Owen se inclinó ligeramente para mirar el dibujo, los guijarros de la orilla, el estrecho tramo de arena en forma de media luna, los árboles torcidos cuyas ramas trepaban por la base del acantilado.
—Qué rápida.
La dejó con ello y se unió a los otros en la playa.
—La casa solariega se divisa incluso desde aquí. —Contenta y relajada, Sonya se apoyó contra Trey—. Mira cómo se refleja el sol justo cuando da en las ventanas. ¿Owen y tú veníais aquí de pequeños?
—Sí, en el bote de cuatro metros de Connor. Explorábamos, tomábamos comida basura… Cuando éramos adolescentes, traíamos chicas aquí. En esta época del año se puede nadar si no pones reparos al agua fría.
«No es mi caso», pensó Sonya, pero tampoco tenía el menor interés en ello.
—Paso.
—Hay una cueva. —Owen extendió una manta—. Es bastante chula.
—Paso también.
—Mujeres.
—Sí, lo soy. —Sonya se acomodó en la manta para disponer la comida—. Hay sándwiches, patatas fritas de diversos sabores, fruta, verduras crudas y salsas para untar.
Pye regresó, trepó a una roca y contempló el mar como si se tratara de sus dominios. Al volver la vista fugazmente, Sonya vio que los tres perros la seguían y se ponían a olisquear como en una competición.
Cuando Cleo se unió a ellos, ignoró la comida y se puso a hacer otro dibujo.
—Quiero uno desde aquí, con el trecho de arena y las rocas en primer plano, y el velero en el embarcadero con la bahía al fondo. Voy a navegar hasta aquí para probar a pintar un cuadro en esta cala. Igual pinto uno que abarque hasta los acantilados lejanos y la casa.
—Llevo unos prismáticos en la bolsa si quieres mirar de cerca.
—No. —Negó con la cabeza en dirección a Owen—. Me gusta esta perspectiva. El barco aquí, solo, la casa sobre los acantilados a lo lejos, sola.
—¿Qué me dices de la gata? —preguntó Trey.