Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Necesita salir en plan noche de chicos.

—Anna.

—Es verdad —insistió ella, y se dirigió a Trey y a Owen—. Lo necesita. Está trabajando más horas para poder tomarse el permiso de paternidad y ultimando los preparativos en casa.

—Por nosotros bien. —Owen miró a Trey—. El viernes por la noche jugamos al póquer. En mi casa.

—¿Sí? —Seth sonrió—. Sí, sería genial. Me apunto. Anda, cariño, vámonos a casa a acostar a nuestra niña.

—Y yo me apunto a eso. Hablamos pronto.

—Qué bonita pareja hacen —comentó Cleo—. No solo en cuanto al físico, donde ambos superan la media. También por la buena compenetración.

—Según mi madre, Anna llegó a casa con los ojos chispeantes después de su primera cita, y esa chispa nunca se ha apagado.

—Lo cual no significa que no podamos machacarlo al póquer. Avisa a Ace y a Deuce, si no están ocupados. Yo puedo darle un toque a Mike.

—Nos dejáis fuera —señaló Cleo.

—Es una noche exclusivamente para chicos. Vosotras podéis ver películas sensibleras.

—Cosa que haremos —le aseguró Sonya—. Bueno, nos hemos pasado de las dos horas.

—Qué estricta.

—Sí, primo favorito.

—Objetaría, pero no estoy seguro de si quiero quedarme sentado para otra ronda. Yo invito —le dijo a Trey con un ademán para que volviera a la mesa, y se fue a pagar la cuenta.

—Voy a perfeccionar mis habilidades. Necesitamos una revancha.

—Qué mono. —Sonya se examinó las uñas con atención—. Eres tan mono… Recuerda que tienes muchas otras habilidades excepcionales.

—Ciertamente. Oye, Cleo, ¿dónde aprendiste a jugar al billar para enseñar a esta a jugar?

—Con mi padre. Es un hombre discreto y modesto. La gente que no lo conoce pensaría: «Bah, es un blanco fácil». Él se dejaría convencer para jugar una partida, ya sea de bola ocho, de bola nueve, o de trío, da igual. Y luego, en silencio y sin alardes, les haría morder el polvo.

—Bueno es saberlo. La próxima vez que venga de visita no le propondré jugar una partida amistosa de billar.

—Como juegues al póquer con él, prepárate para quedarte sin blanca.

—A mí se me da bastante bien el póquer.

Como Cleo se limitó a sonreír, Trey asintió con la cabeza y dijo:

—Tomo nota. —Y se levantó cuando Owen regresó.

Una vez en la camioneta, Sonya se recostó.

—Ha sido una idea genial.

—Y todavía falta el postre. —Owen le dio un empujoncito con el codo a Cleo—. ¿A que sí?

—Tomémoslo en el mirador. ¿Tú qué dices, Son? Allí arriba, bajo las estrellas y la luna, sobre el océano.

—Digo que es otra idea genial.

A su llegada los recibieron unos perros entusiasmados, y una gata que les dio permiso para entrar.

A Sonya le hizo gracia que Yoda siguiera sujetando la pelota entre los dientes.

—Lo han pasado bien con Jack.

—Los dejaré salir un rato.

—Mientras Trey hace eso, yo batiré un poco de nata. ¿Un capuchino, Sonya?

—Me encantaría.

En la cocina con Cleo, Sonya sacó tazas.

—Lo hemos pasado de fábula. No paro de repetirme a mí misma que debería salir más.

—Qué va. Has salido de tu zona de confort.

Nos gusta salir de fiesta, pero nunca hemos sido muy marchosas.

Estamos teniendo un fin de semana excelente, con nuestra búsqueda, decorando habitaciones, disfrutando de una cena estupenda, saliendo a ver el concierto y jugar al billar, y, mañana, a navegar.

—Y el lunes, vuelta al tajo.

—Es nuestra dinámica. Trey, justo a tiempo. ¿Por qué no subís el café Sonya y tú? Owen y yo llevaremos el postre.

Comenzaron a subir y, al pasar por la segunda planta, Sonya miró en dirección al pasillo.

Oscuro y en silencio. Aunque continuó escaleras arriba sin decir nada, lo había percibido. El ojo del huracán, pensó, que se desataría en breve.

Pero no ahora, se prometió a sí misma. Se aferraría a esa calma, aun cuando resultara ser ficticia.

Cuando llegaron al mirador, permaneció de pie bajo las estrellas y la luna, sobre el océano.

—La subida ha merecido la pena.

—¿Vienes aquí con frecuencia?

—No tanto como debería. Esta vista siempre me corta la respiración. Cleo está sopesando la idea de pintar desde aquí arriba. Seguramente lo hará.

Se acercó a la barandilla y aspiró el aire de la noche.

—¿Crees que llegaré a acostumbrarme algún día? Espero que no. Espero que siempre se me corte la respiración.

—Puede que te acostumbres, pero eso no significa que no lo valores.

—Imposible. —Se volvió hacia él y le sonrió—. Lo mismo que en lo concerniente a ti. Puede que me esté acostumbrando a hacerte acarrear muebles o a que simplemente estés aquí cuando te necesito, pero no dejo de valorarlo ni de valorarte a ti.

—Aquí es donde quiero estar. Tú eres la razón por la que quiero estar aquí.

Ella se puso de espaldas al mar, bañada por la luz de la luna.

—Sonya, tan solo han pasado unos meses, pero… —Trey dejó la frase a medias al oír la voz de Owen.

—Por Dios, Lafayette, lo tengo.

—¿Pero? —preguntó Sonya.

—Aquí es donde quiero estar —repitió él.

Se recordó para sus adentros que no era el lugar ni el momento oportuno para decir nada más.

Dio un paso al frente y la besó con ternura y delicadeza.

—Tú eres la razón por la que quiero estar aquí.