Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—Es única, bonita. La tapicería de rayas anchas le da un aire funcional, pero la forma es interesante. Además, el color rosa combinará bien con el papel de pared.

—Estás helada —comentó Trey al rozar el brazo con el de Sonya.

—Es que a Dobbs le ha dado por soplar aire frío. Como si un pelín de frío fuera a asustarme. —No obstante, se apoyó contra él un momento buscando calidez—. Yo digo sí a esa silla.

—Supongo que tengo que bajarla a cuestas.

Con una sonrisa, Sonya le estrujó el bíceps derecho, puso los ojos como platos y dijo:

—Oooh.

—Menos mal que me gusta la manera en la que estás reclamando la potestad de las habitaciones.

Cuando Cleo se levantó, Trey cogió en volandas la silla, soltó otro gruñido de enojo y se la llevó.

—Según Trey esto es como uno de esos bazares interminables, y tiene razón. Cada vez encontramos nuevos tesoros. Bueno, ¿lámparas, un espejo de pared?

—Sí, pero voy a ceñirme al método sistemático.

—Ya sabes que me chiflan los buenos métodos, pero para mí que lo de sistemático no funciona aquí arriba.

—Tú ve a tu aire, que yo voy al mío.

Chocaron los cinco y se separaron.

Sonya destapó lo que le pareció un perchero para un recibidor —enorme, con un banco a modo de cajón— que estaba vacío. Se imaginó que lo habrían usado para colgar sombreros y abrigos en los ganchos de cobre, y guardar las botas bajo el asiento.

Encontró un antiguo mueble de baño y de inmediato se encaprichó de él para uno de los cuartos de baño. Se imaginó las bonitas toallas de mano en la barra, un antiguo aguamanil con palangana, un pequeño jarrón con flores.

Mientras registraba los cajones, encontró un estuche que contenía unos pasadores de plata muy deslustrados. En cada uno de ellos estaban grabadas las iniciales HCP.

—Hugh Charles Poole —murmuró Sonya. Cuando oyó que Trey regresaba, lo llamó—. He encontrado esto en este mueble de baño, que también va abajo. Tienen monogramas, pero no sé lo que son. No son limas de uñas, y son de plata.

—Son soportes para cuellos.

—¿Eh?

—Sí, me figuro que ahora serán de plástico. —Señaló hacia el cuello, invisible, de su camiseta—. Le dan empaque al cuello.

—Él usó este mueble. El marido de Marianne, padre de Owen y Jane, y abuelo de Lisbeth.

Tal vez en su vestidor. Y se ponía esto en sus camisas.

Todas estas cosas… —Dejó el estuche encima del mueble y echó un vistazo a su alrededor—.

La gente usó estas cosas de la casa solariega día tras día, noche tras noche.

—No me odies —dijo Cleo al tiempo que iba a su encuentro sujetando entre las manos una lamparita con una tulipa de cristal transparente—, pero opino que esta lámpara de mesa sería perfecta para… ¿Qué pasa, Sonya?

—Soportes para cuellos de camisa. —Negó con la cabeza y se enjugó una lágrima—. Es raro lo que desata las emociones. Son los soportes para cuellos de Hugh Poole. Y esa lamparita es perfecta. Tengo un proyecto adicional.

—Espero que incluya esto. —Cleo depositó la lámpara sobre el mueble de baño—. Le corresponde estar en el cuarto de baño que hay al lado de mi estudio.

—También perfecto. Una vitrina. No tiene más remedio que haber una.

A lo mejor hay dos, o una grande. Lo sabremos cuando la encontremos.

Me gustaría exhibir cosas como los soportes para cuellos de camisa (una vez que los abrillante), la pluma estilográfica de Lisbeth…

Cosas cotidianas, cosas importantes, cosas personales, en el salón dorado, junto con las fotos.

—Un recorrido por la historia de los Poole —dijo Trey—. Es un buen proyecto, y pienso que estás encontrando estos objetos para poder hacer eso precisamente.

—Y yo pienso que por eso estás aquí, Son. Que por eso esta es tu casa, y tu misión. Encontrar los siete anillos es una misión.

Con las manos en jarras, Sonya miró a su alrededor.

—No estoy llegando muy lejos en ese sentido.

—Más lejos que nadie —repuso Trey—. Los retratos que hay en la sala de música forman parte de eso. El espejo, lo que has presenciado al otro lado. Esas son las razones por lo que algo como esto —cogió el estuche de soportes para cuellos— es importante para ti.

—Sí que es importante, de modo que volvamos al tajo.

Cuando Owen regresó, se encontró a Sonya en la cocina realizando el siguiente paso de la receta de cerdo desmenuzado: retirar la tapadera.

—Huele como si supieras lo que te haces.

—No hace falta que uno sepa lo que se hace si se siguen las instrucciones. Hay que destaparlo y dejarlo en el horno una o dos horas más, así que me voy a decantar por una hora y media.

Como los perros decidieron darle la bienvenida a Jones enloquecidos, Owen abrió la puerta trasera. Tres perros y una gata salieron a la desbandada.

—¿Cómo va la búsqueda?

—Bueno, no nos hemos topado con siete anillos de boda, pero va bien en otros aspectos. Te mostraré el despacho para invitados de camino.

—¿Algún percance?

—Conjuró una ráfaga de aire frío en dirección a mí, eso es todo. —Al volverse hacia él, se percató de lo que había pasado por alto. Se llevó la mano al corazón—. Oh, los ha cogido.

—¿Quién ha cogido qué?

—Encontramos dibujos infantiles, un bonito taco de hojas. Algunos eran de Jack. —Lo puso al corriente mientras echaban a andar.

—Fijo que ver a Dobbs hace que un niño tenga pesadillas.

—Y una mujer hecha y derecha también. Fui a por un cuaderno de dibujo y unos lápices de colores y se los dejé encima de la isla. Han desaparecido.

Owen permaneció en silencio durante unos instantes.

—Jo, qué detalle tan bonito.

—Es lo único que se me ocurrió. El hecho de encontrar las pequeñas cosas que estamos encontrando me remueve los sentimientos, Owen. No sabía hasta qué punto me removería.

Fue delante hasta el despacho para invitados. Owen entró y pasó revista.

—Tiene buena pinta. La silla es una preciosidad. Lo mismo que la lámpara de pie.

—Acabamos de dar con ella. Me parece que es de Tiffany.

—Probablemente. La lámpara de mesa no está nada mal, pero el mueble para tambores se lleva la palma. Es de madera de raíz de nogal, como el escritorio. Está impecable. Como da la impresión de que no me necesitáis, igual voy a por una cerveza y me siento en el porche.

Ella le dio un toquecito con el dedo en el vientre, duro como una piedra.

—Pues va a ser que no. Me gustaría poner un espejo de pared justo ahí. Estamos encontrando cosas como sonajeros, soportes para cuellos de camisa, un yoyó de época, una antigua coctelera, una navaja de plata de bolsillo con una inscripción de 1916…, y quiero más cosas.

Él se detuvo en la segunda planta y miró hacia el resplandor rojo alrededor de la puerta del salón dorado.

—Está armando jaleo allí dentro.

—Lleva horas así. Le fastidia lo que estamos haciendo, cosa que precisamente me motiva a hacerlo con más ganas.

—Ahí le has dado.

Una vez en el desván, Owen soltó una risita.

—Caray, cómo os ha cundido, menudo fardo de guardapolvos.

—Es un método y está funcionando. Oye, si hay algo que quieras…

Él frunció el ceño al tiempo que se sacudía la mata de pelo castaño.

—No empieces…

—Owen, si consigo, o cuando consiga, mover los muebles y amueblar cada habitación, seguiré sin poder usar todo. Todavía falta por revisar el salón de baile, las dependencias de los criados y el sótano.

—Mi casa no está terminada. Y apenas estoy allí, la verdad.

Sonya estaba decidida a insistir hasta que cambiara de parecer.

—Puedes reservar cosas para más adelante. Bueno, si quieres empezar por allí…

—Aquí hay espejos —dijo Trey en voz alta—. Dudo que sean lo que estás buscando, pero hay algunos.

—Vamos a ver.

Sonya se encaminó hacia allí.

—Hey —dijo Trey a Owen. Acto seguido, examinó los tres pequeños espejos que había destapado—. Los cristales están un poco deteriorados.

—Eso precisamente realza su encanto. Me chiflan los grabados, los motivos florales y las formas. Son todos diferentes, pero del mismo estilo. Voy a colgar los tres juntos, está decidido.

—Vale.

Picada por la curiosidad, Cleo se acercó.

—¡Me encantan! Colgándolos, ya tenemos una habitación transformada. Ha sido un día muy productivo. Tengo un par de juegos de aguamaniles al otro lado del desván. Y hay que registrar los baúles.

—¿No ha sido el día ya lo bastante productivo? —preguntó Owen.

—El día aún no ha terminado —respondió Cleo.

—Los baúles pueden esperar. Dispongo de media hora más o menos antes de pasar al servicio de cocina, y voy a ceñirme a mi método. Pero me gustaría ver los aguamaniles.

Cuando se dirigieron al otro lado del desván, Owen inspeccionó el espacio.

—¿Sabéis qué? Todo esto podría llevar meses. Literalmente, meses.

Trey se encogió de hombros sin más.

—¿Acaso pensabas ir a alguna parte?

Cuando Cleo dejó escapar una risita que a Sonya se le contagió, Owen resopló.

—Me da la impresión de que no.