Capítulo 5 #2
—«Empiezo este diario, que me ha regalado mi querida madre, la mañana de mi boda. Dentro de unas horas seré la señora de Hugh Poole. Marianne Louise Poole, la esposa del hombre al que amo. El día de hoy marca el inicio de mi nueva vida.
»En los días venideros escribiré aquí mis pensamientos, mis vivencias, mis alegrías y, aunque en este maravilloso día no pueda imaginar ninguna, mis penas.
»Guardaré mi diario, y los siguientes, en el escritorio de la bonita sala de estar, la bonita sala de estar de la señora de Poole Manor. Junto con mi juramento de ser una buena y amante esposa para mi esposo, también prometo ser una buena y diligente señora de mi futura casa».
Sonya pasó la página con cuidado y continuó:
—«Ha habido otros que han vivido en la casa solariega, que la han cuidado antes que yo.
A veces me parece oírlos o sentir su presencia mientras la recorro con el fin de aprender cuál es mi cometido aquí.
Me siento bien recibida por su parte, con la salvedad…
Se me antoja que mi nerviosismo ante tamaña responsabilidad me hace delirar, pues percibo que algo no me recibe gratamente.
»No me obsesionaré con eso, ni con la guerra que está asolando el país. Hoy me convierto en una novia. Juro de todo corazón que seré fiel y amorosa, que seré amable. Que recordaré, siempre, este día feliz cuando mi amor, mi amor eterno, se convierta en mi esposo.
»Guardaré este diario en mi ajuar, y el siguiente que escriba, lo haré como esposa».
—Abrigo la esperanza de que Hugh leyera esto después de que ella falleciera. Él la amaba.
—Lo conservó —señaló Cleo—. Lo conservó guardado bajo llave en su escritorio, de modo que esa es mi impresión. Lee la última entrada, Sonya.
Sonya fue a la última página, marcada con un lazo rojo.
—«Aunque se me ha ordenado, con bastante firmeza, que guarde cama, me he escabullido aquí solo unos minutos. Encuentro cierto sosiego y calma en esta estancia, y poniendo por escrito mis pensamientos en este libro.
»Supongo que he venido andando como un pato desde mi cama, y he de reconocer que incluso ese corto trayecto me ha fatigado.
Según la matrona, llevo dos en el vientre, lo cual tengo la certeza de que es cierto.
Noto a mis bebés, y a menudo pienso que ya juegan juntos con ímpetu.
Pese a que me mantienen despierta, esos impetuosos movimientos me infunden un inmenso regocijo.
»Pronto seré madre. Algunas veces tengo la impresión de que tan solo han pasado días desde que soy una mujer casada, y otras, parece que hace años que llevo estas preciosas vidas dentro de mí.
»Hugh es muy atento. Se sienta conmigo siempre que puede, y me trae noticias del pueblo y más allá. Rara vez menciona la guerra, a no ser que yo le sonsaque. Sé que está angustiado, y sé que Atlanta ha caído. Abrigamos la esperanza de que la contienda y el derramamiento de sangre terminen pronto.
»Pero aquí estoy a salvo, mis bebés están a salvo. Pronto, me aseguran, los sostendré entre mis brazos, veré sus caras, contaré sus dedos. Los querré siempre, en la misma medida que a su padre.
»Cuando eso suceda, será el día más feliz de mi vida».
Sonya dejó escapar un suspiro.
—Apenas tuvo tiempo de sostenerlos entre sus brazos.
—Es importante que tengas esto —afirmó Trey—. Que sepas que, por corta que fuera su vida, fue feliz aquí.
—Así es. Tienes razón, sí. Luego leeré detenidamente el resto. Tal vez encuentre alguna pista, alguna mención acerca de algo que viera, oyera o percibiera y que pueda ayudarnos. Entretanto…
—Bajamos el escritorio.
—Sí, y buscamos una silla.
Cuando el guardapolvo de una silla cayó suavemente al suelo, Cleo se aproximó.
—Me parece que acabamos de hacerlo. La tengo.
Una vez que colocaron el escritorio y la silla en su sitio, subieron el monitor y el teclado del ordenador.
—A pesar de que la impresora es pequeña, prefiero no dejarla a la vista. Encontraremos algo para meterla.
—Buena suerte con eso. Jones y yo debemos marcharnos. Regresaremos luego. Dentro de tres horas, igual cuatro.
Sonya miró el reloj.
—Supongo que será mejor que me ponga con esa paleta de cerdo. Tarda horas en cocinarse.
—¿Te echo una mano? —le preguntó Cleo.
—Creo que esta parte la tengo controlada, pero te mandaré un SOS si me encuentro en un aprieto. Ahora subo.
Bajó con Owen, los perros y la gata mientras Trey y Cleo reanudaban la tarea en el desván. Abajo se separaron y se dirigió a la cocina.
Qué extraña sensación de tranquilidad y quietud se respiraba en la casa, pensó, y buscó la receta en la tableta de la cocina.
—Vale, Clover, me vendría bien un poco de música que me infunda confianza mientras trasformo esta pieza de carne.
Unstoppable [«Imparable»] de Sia le vino como anillo al dedo.
Tardó más de lo que imaginaba, pero, en su opinión, cualquier receta de cocina era entretenida. Finalmente, una vez que aderezó con especias los pedazos de carne, los metió en cerveza.
A continuación, metió la olla de hierro fundido en el horno encastrado.
—En teoría se cocinará en unas tres horas. Cruzaremos los dedos.
Puso la alarma en su teléfono y echó un vistazo a la cocina.
—Molly, espero que no te importe limpiar esto. Es que me gustaría subir al desván.
Clover respondió con Don’t You Worry ’bout a Thing [«No te preocupes por nada»] de Stevie Wonder.
—¡Gracias!
Al llegar a la primera planta, oyó a Trey y a Cleo en el despacho para invitados, de modo que se encaminó hacia allí.
Vio un mueble cilíndrico para tambores pegado a la pared de la izquierda y que habían movido el sofá de dos plazas hacia la derecha, al lado de una mesa auxiliar de dos niveles con el borde ondulado sobre la que yacía una bonita lámpara que realzaba el papel de pared, azul oscuro con rosas de color blanco y rosa.
—Seguimos buscando la lamparita adecuada para el escritorio —le dijo Cleo—, pero ese mueble sirve para la impresora. Y queda mejor con el sofá de dos plazas aquí.
—Vamos a prescindir de mesa de centro, porque atestaría la habitación. ¿Y si ponemos una silla suelta ahí?
—Me has leído el pensamiento. —Con las manos en jarras, Cleo echó un vistazo a su alrededor—. Y estoy barajando la idea (con esta luz tan bonita) de subir una de las macetas de la galería. Está esa gran violeta africana, la de flores moradas.
—¡Me gusta! Y me gustaría colocar un espejo aquí, un espejo de pared.
—Me figuro que hay que volver a subir. Pero antes… —Trey alargó la mano hacia la caja y sacó un taco de hojas—. Dibujos infantiles.
—Encontramos este taco de dibujos en un cajón —explicó Cleo—. La mayoría son una monada, lo típico de los críos. Pintarrajos y garabatos coloridos o dibujos de casas y grandes soles amarillos, de monigotes. Pero hay uno…
—Con la firma de Jack. —Trey cogió la hoja que yacía encima.
—¿Creéis que es de nuestro Jack? Oh.
Había dibujado la casa solariega, y con destreza para un niño de tan corta edad. Las torrecillas, el gran portón doble de la entrada principal, las tonalidades de la piedra. El sauce llorón en una esquina, no tan alto como ahora, pero lucía el mismo frondoso verdor del verano.
Había dibujado a un niño —él, sin duda— y a un perro grande de pelaje berrendo en el jardín delantero. Ambos miraban hacia arriba.
En el mirador había una figura de negro, entre sombras, con los brazos en alto. Si bien es cierto que su rostro resultaba indistinguible, estaba claro que miraba en dirección al niño y a su perro.
En una de sus manos, en alto, sostenía un rayo.
—La vio —murmuró Sonya—. Vio a Dobbs. Fijaos en el cielo, cómo pintó nubarrones. Por aquí está despejado, pero se aprecia la tormenta que se avecina.
—Tenía talento, y sí —convino Cleo—, vio a Dobbs. De lo contrario no habría podido dibujarla. Fijo que tenía miedo. Me pregunto si se lo contó a sus padres, si lo creyeron.
—Probablemente no —dijo Trey—. Lo tranquilizarían, lo reconfortarían. Ahí hay unos cuantos dibujos más de él, y ella aparece en un par de ellos. Apostada en la escollera, de noche.
—La vio saltar. —A Sonya se le encogió el corazón ante la idea de que un niño presenciara un horror semejante—. Qué cosa tan espantosa para un crío. Los conservaremos todos. Puedo comprar materiales y confeccionar un libro para ponerlos juntos. Lo colocaremos en la biblioteca.
—Qué idea más bonita. —Al tenderle el taco de hojas, Trey besó a Sonya en la mejilla—. Algo propio de la señora de la casa solariega.
—De momento los dejaré en la biblioteca. ¿Nos vemos arriba?
Tras depositar los dibujos sobre una mesa en la biblioteca, Sonya se aproximó a su escritorio. Sacó un cuaderno de dibujo y una caja de lápices de colores que tenía de repuesto, los bajó a la cocina y los dejó encima de la isla con una nota.
Para Jack
—Espero que los coja.
De paso, fisgó en el horno, donde el estofado se guisaba a fuego lento. Confiando en que quedara bien, cerró la puerta del horno y regresó arriba.
Al pasar por el descansillo de la segunda planta, echó un vistazo al fondo del pasillo. El resplandor rojo iluminaba la silueta de la puerta del salón dorado.
—Mira el caso que te hacemos —dijo, y acto seguido se dio la vuelta y continuó escaleras arriba.
La súbita ráfaga de aire gélido que la envolvió escaleras arriba hizo que su aliento expulsara vaharadas blancas. Aunque se le encogió el estómago, continuó su camino guiándose por el sonido de la voz de Cleo hasta el desván.
—Esto no es lo que tenía en mente, pero esta silla me vuelve loca. ¿Cómo es posible que haya pasado por alto piezas como esta en otras batidas?
—Porque cada vez buscas algo diferente. Este espacio, el salón de baile, el sótano y todas las zonas de almacenamiento son como un bazar enorme e interminable.
—Ahí le has dado. En fin, a ver qué opina Sonya.
Dicho esto, se giró y se acomodó en la silla, con el respaldo alto de líneas rectas enmarcado en madera, y apoyó los codos en los brazos curvilíneos.
—Parece cómoda —comentó Sonya al tiempo que se abría paso hacia ellos.
—Es cómoda. Tenía en mente algo más funcional para mi oficina, pero es que…