Capítulo 5
D espués de cenar, tomaron capuchinos y gelato en el porche trasero, y disfrutaron de la sobremesa hasta que el ocaso imprimió una tonalidad llameante al bosque.
Mientras las guirnaldas de luces del jardín y la terraza titilaban, Trey extendió sus largas piernas.
—Bonita noche. Bonito lugar para pasar un rato de la velada.
—Es uno de mis favoritos, pero, aun así, quiero esos asientos en el jardín delantero.
—Estoy en ello —masculló Owen.
—No te conviene ser tan mañoso. —Cleo se echó el pelo hacia atrás—. Se prevé que mañana llueva un poco, pero el domingo en teoría va a hacer un día ideal. Ideal para navegar, y creo que es hora de pasar uno en The Horizon.
—Por mí bien. —Owen la miró fugazmente—. Te llevarás a la gata, ¿verdad?
En vista de que Pye en ese momento se hallaba acurrucada en el regazo de Owen, Cleo se limitó a enarcar las cejas.
—Ha demostrado ser apta para navegar.
—¿Qué os parece si nos los llevamos a todos a una travesía a mediodía? —sugirió Trey—. Luego los dejamos en la casa de mis padres y os llevamos a cenar.
—Me parece genial. —Contentísima, Sonya cerró los ojos—. Absolutamente genial. Casi tanto como esto, en este preciso instante y lugar.
Siguieron disfrutando, bajo el brillo diamantino de las estrellas, con una conversación relajada y distendida y el murmullo rítmico del mar al este.
Una vez en el dormitorio, Sonya abrió la puerta doble del balcón.
—Hace buena temperatura, ¿verdad?
—Ya lo creo.
—Adoro el sonido. No sabía lo mucho que me gustaba el sonido del mar hasta que empecé a escucharlo noche tras noche. Ahora me pregunto cómo es posible que antes pudiera dormir sin él.
Con la brisa nocturna entrando a raudales y las estrellas titilando, contemplaron el mar.
A continuación, ella se volvió hacia él en el umbral y lo estrechó entre sus brazos.
—Qué sensación tan agradable: el frescor del aire, la calidez del cuerpo. Estoy contenta de que tengamos el fin de semana por delante. Estoy contenta de que estés aquí.
—Es donde quiero estar.
Ella levantó ligeramente la barbilla para recibir el beso.
Labios cálidos fundiéndose, rozándose, entreabriéndose.
Sonya se puso de puntillas, tomó la cara de Trey entre las manos y las deslizó hacia arriba entre su pelo.
Todo la excitó: la tibieza y el sabor de sus labios, la textura de su piel, su pelo, la sensación de su cuerpo pegado al de ella mientras la brisa nocturna danzaba alrededor de ambos.
Sus dedos se afanaron en desabrocharle la camisa.
Y el fuerte martilleo, como un tiroteo, resonó con un sonido metálico desde la segunda planta.
Con una mezcla de anhelo y desafío, Sonya tiró de él hacia ella.
—Pasa olímpicamente. No importa. Ahora mismo ella no importa. Ahora mismo no existe.
—Solo tú y yo.
—Sí. —Le abrió la camisa y deslizó las manos por su torso—. Solo tú y yo. —Sus labios se curvaron antes de fundirse con los de Trey de nuevo—. Y un par de perros roncando en el suelo.
—Tal y como me gusta. —Él le tiró hacia arriba de la camiseta para sacársela por la cabeza—. Y aquí estás, conmigo, a la luz de la luna.
Ignorando los insistentes golpazos procedentes de arriba, la apretó contra sí y notó cómo el corazón de Sonya se aceleraba pegado al suyo.
Tal como le gustaba.
Y, cuando la acarició, ese latido se agudizó, igual que el suyo. Fuera, las olas se elevaban y rompían con un ritmo constante e impetuoso al tiempo que cambiaba el ángulo del beso y lo intensificaba. La brisa parecía una melodía que nacía en el mar y se dejaba sentir en la habitación.
Casi desde el instante en que se conocieron, él fue consciente de lo mucho que la deseaba, pero no era nada comparado con lo que sentía estando con ella.
Apenas se percató cuando el estrépito cesó, tan solo pensó: «Dobbs tiene las de perder frente a esto, frente a lo que es real. Frente al amor».
Al levantarla en volandas para conducirla a la cama, ella sonrió y posó la mano en su mejilla.
—Solo tú y yo —repitió Sonya.
Se desnudaron el uno al otro sin prisa, tomándose su tiempo para fundir sus labios de nuevo, para acariciar, para recrearse de nuevo. Para que el estremecimiento diera paso a los suspiros.
Con la brisa marina llegó el baño de la luz de la luna y ese embate, ese embate incesante de las olas contra las rocas.
Los ojos de Trey adquirieron la tonalidad del mar nocturno, profunda y oscura. Ningún hombre, pensó ella, la miraba como él lo hacía. Ningún hombre, estaba segura, parecía entenderla en todos los aspectos como él lo hacía.
Y con él, como con ningún otro, podía permitirse entregarse por completo, y permitirse tomar todo cuanto anhelaba.
Con sus manos, tan fuertes, tan seguras, la excitó. Con sus besos, largos, apasionados, la sangre empezó a bullirle. La cama crujió mientras se movían al compás, dando, tomando hasta que los tenues murmullos y suspiros se convirtieron en jadeos.
A medida que el apremio se intensificaba, a medida que las manos y los labios se volvían más ávidos, ella abrazó con gusto el ardor del ansia.
A la luz de la luna, envueltos en el incesante sonido melodioso del mar, se entregó a él.
Cuando se fundieron, cuerpo con cuerpo, el mundo comenzó a dar vueltas vertiginosas. Al igual que las olas, ella se elevó y se rompió. Se permitió dar, se permitió tomar, hasta saciarse.
Por la mañana, Sonya se vistió para la faena que tenía entre manos con unos pantalones cortos de deporte, un top y sus zapatillas deportivas más viejas. Se lio el pelo y se lo sujetó con un pasador en la coronilla.
A continuación, se pertrechó de tacos de pósits.
Acompañada por Owen y Trey, emprendió una búsqueda sistemática registrando cómodas, burós, armarios roperos y cajones de las mesas y aparadores que encontraron.
Casi todos los cajones se hallaban vacíos, aunque encontraron algún que otro bolígrafo solitario, papel para notas, alguna que otra fotografía.
En uno encontró una antigua lata de té roja.
—Fijo que es rusa. Hum… —Intentó leer en voz alta el nombre grabado en la tapa abatible—. Zvetouchny. Seguro que lo he pronunciado fatal. Pero debajo dice: «Envasado por la Consolidated Tea Company en Nueva York».
La agitó ligeramente.
—Hay algo dentro que fijo que no es té.
Al levantar la tapa, comprobó que la lata estaba llena de canicas.
—Parecen antiguas. —Owen metió un dedo para hacerlas girar—. Tanto la lata como las canicas.
Cuando miró fugazmente a Trey, este se limitó a encogerse de hombros.
—A mí no me mires. No sé nada de canicas, y menos de té ruso antiguo.
—Bueno, la lata es muy chula, y las canicas son bonitas.
Cuando Sonya se disponía a cerrar la lata, Cleo entró tan campante.
—Aquí viene la madrugadora.
—Os tenía haciendo runrún en el subconsciente. Para el caso, podría haber puesto la alarma.
Cleo también iba vestida de faena con unos diminutos pantalones cortos de mezclilla, una camiseta rosa y unas zapatillas deportivas rosas.
—¿Qué tenéis ahí? ¡Anda! ¡Fíjate!
—¿Sabes algo de canicas? —le preguntó Trey.
—No mucho, pero sí de piedras y cristales, y algunas de estas son ágatas, venturinas y cornalinas.
Hay algunas con vetas de mica… ¿Veis cómo brillan?
¡Ostras! ¡Mirad esto! Esta tiene un león dentro, y aquí hay una con un oso.
Me las llevaré abajo —decidió Cleo—. A ver si puedo encontrar información.
Deberíamos meterlas en un jarrón de cristal.
Son demasiado bonitas y tienen demasiada energía (os juro que está emanando de ellas) como para dejarlas guardadas. Y la lata en sí es una pequeña joya.
—Toda tuya —le dijo Sonya—. He metido unas cuantas cosas en esa caja para llevárnoslas abajo. Aún no hemos encontrado gran cosa. Estamos revisando esta zona primero, y después tenía previsto…
—¿Ceñirte a un plan organizado? ¿Qué te parece que yo traiga el caos, y a lo mejor la suerte? —Con la cabeza ligeramente inclinada, Cleo trazó un círculo en el aire con el dedo y acto seguido señaló hacia un lado—. Voy a ir para allá.
Tras depositar la lata de canicas en la caja, fue sorteando muebles y eligió su zona.
Muy acostumbrada a los métodos de Cleo, Sonya reanudó la búsqueda. Registró los cajones de una pequeña cómoda, que a juzgar por ella pertenecería al cuarto de un bebé o un crío de corta edad, y pensó que podría usarla cuando tuviera hijos.
—Esto deben de ser imperdibles para pañales. —Sostuvo un par de ellos en el aire—. Y una especie de… —Agitó un diminuto sonajero de plata con forma de mancuerna—. Sonajero.
Clover intervino con Smokey Robinson & The Miracles.
— Ooo Baby Baby [«Ooh, bebé, bebé»]. —Sonriendo, Trey cogió el sonajero y lo agitó—. A la caja, ¿no?
—Totalmente.
—Mientras vosotros andáis con jueguecitos, a mí la suerte me acompaña. A menos que no te guste este escritorio, Son.
Sonya se enderezó y se alejó en dirección a Cleo.
—Claro que me gusta.
—Es de madera de álamo amarillo —explicó Owen—. Yo diría que es art déco . Qué bonita inserción de cuero.
—Es robusto, pero no un armatoste. —Sonya deslizó la mano sobre el tablero—. Nosotras no querríamos armatostes. Cabrá, ¿verdad? Es bastante grande, pero no descomunal. Buscaremos una silla y será la pieza central del despacho para invitados.
Trey se aproximó y lo calibró levantándolo de un extremo.
—Es más llevadero para la espalda que muchos de los otros, de modo que me encanta.
—Cleo y yo podemos llevar los cajones para que pese aún menos. —Sonya dio un tironcito al cajón del medio—. Este está cerrado con llave.
Cleo abrió uno de los cajones laterales, y Owen el otro. Ambos estaban vacíos.
Trey se sentó en el suelo y se agazapó para asomarse bajo el escritorio.
—La tengo. La llave está pegada con cinta adhesiva a la base del cajón.
Sacó una pequeña llave dorada enganchada a una fina cadena de oro, la introdujo en la cerradura y giró.
En el interior encontraron un libro encuadernado en piel roja. La inscripción grabada en la placa central de oro rezaba:
M ARIANNE L OUISE P OOLE
—Es de Marianne… Un diario. —Sonya lo sacó con cuidado.
—Y flores prensadas. Fijo que de su ramo de novia. —Cleo las depositó sobre el tablero del escritorio.
Sonya abrió el libro y leyó en voz alta: