Capítulo 4 #3
Jones, como siempre, se pegó a Owen. Las otras criaturas de cuatro patas decidieron unirse a ellos.
Owen se detuvo en la cocina para olisquear la salsa, a fuego lento.
—Huele bien, pero no tiene pinta de cerdo desmenuzado.
—Eso es para mañana. —Cleo sonrió con aire sensual—. Tenemos planes para vosotros.
—Cargar con chifonieres —masculló él, y siguió su camino.
—Seguramente no. —Sonya le dio una palmadita en el hombro—. Es enorme, y todavía no tengo claro dónde lo quiero poner.
Cuando pasaron junto a la biblioteca, Trey torció hacia la puerta.
—Esperad un momento. —Se aproximó al panel de ideas, lo examinó y resopló rechinando los dientes—. Esta es una de esas veces en las que pienso que ojalá no fueras tan puñeteramente buena en lo que haces. Así que todavía no voy a pensar en ello.
Owen echó un vistazo.
—¿Nos quedamos con el equipamiento deportivo?
—Efectivamente.
—Es un buen trato.
Continuaron subiendo.
—Sin contar el episodio del lobo, ha estado bastante tranquila. Y eso solo fue un susto momentáneo, aunque tremendo.
—Según dijiste se desvaneció como el humo cuando Yoda y la gata se abalanzaron sobre él.
Sonya asintió con la cabeza en dirección a Trey.
—Así es.
—Eso me dice que sus trucos no pueden sostenerse en un enfrentamiento.
—Todavía —puntualizó Owen.
—Todavía.
Se detuvieron en la segunda planta, donde se dejaba sentir un zumbido estático.
—De eso nada. —Owen se agachó y cogió en brazos a la gata cuando esta hizo amago de internarse en el pasillo—. Almira Gulch está ahí dentro, rumiando y conspirando.
—¿Almira qué?
Owen miró fugazmente a Sonya.
—De El mago de Oz . Margaret Hamilton hizo un papelón con la Bruja Malvada del Oeste.
Cargó con la gata escaleras arriba, torció en dirección al desván y la dejó en el suelo.
—El chifonier es un mamotreto, y una preciosidad. Es de madera de cerezo —le dijo a Sonya—. Probablemente de finales del siglo XIX .
—Necesita una habitación grande.
—Así es.
—¿Ese es el escritorio? —Trey hizo una seña—. Y la silla. Es de madera de raíz, ¿a que sí, Owen?
Owen posó la mirada en el escritorio con admiración.
—De raíz de nogal, y hablando de preciosidades, es lo que se denomina un escritorio de riñón.
Sonya cayó en la cuenta.
—Porque es de líneas curvas. Claro. Y esa es la silla en la que ella estaba sentada.
—De la misma madera y época. Victoriana. Y si no hubieras cambiado de opinión respecto a usarlo para poner un ordenador de mesa, yo te habría disuadido. El estilo es demasiado delicado. Es bastante robusto, pero tú buscas algo que parezca robusto.
—Más funcional —convino Trey—. No vas a poner un ordenador de mesa en algo así.
—No puedo discrepar con eso. Se hallaba delante de la ventana de su cuarto para que pudiera contemplar el paisaje mientras escribía sus cartas. Estaba usando este papel de carta, esta pluma, escribiendo a una tal Dina. A la señorita Dina Triburn, de Nueva York.
—¿Triburn? —Owen volvió la vista hacia ella—. Tenemos parientes Triburn, primos lejanos. Mi hermano Hugh tiene contacto con un par de ellos en Nueva York.
—Ella conservó algunas entradas y carteles de obras de teatro, entre ellos unos cuantos de Nueva York, o sea, que viajó allí. Y estas fotos. Para mí que la de Edward y ella podría ser de la fiesta de compromiso que mencionaba en su carta a Dina. No estaba encima del escritorio cuando vi a Lissy.
—Él va vestido de esmoquin —observó Trey—. Y eso parece un vestido de noche, así que es probable que estés en lo cierto.
—El espejo se encontraba justo ahí. Antes no, pero cuando sentí su presencia y me giré, me topé con él.
Cogió una de las cajas de Cleo y empezó a meter las cosas de Lissy dentro.
—Desde mi punto de vista, en un momento dado decidieron subir esto aquí después de que falleciera. Como no podían empaquetar sus cosas dentro, las dejaron tal cual y subieron el escritorio.
—Los dormitorios de la familia se ubicarían en la primera planta.
—Cierto, pero el papel de pared es diferente, Trey. He estado en todas esas habitaciones en varias ocasiones y jamás he visto ese papel de pared.
—Y tienes buen ojo —comentó Owen—. ¿Por qué no echamos otro vistazo ahora?
—Han pasado más de cien años —señaló Trey—.
Se cambió el papel de pared de algunas habitaciones.
Me consta que Collin llevó a cabo muchas reformas.
Salvo durante el breve periodo en el que Charlie y Clover vivieron aquí, la casa permaneció vacía a lo largo de una generación a raíz de que Patricia Poole rehusara instalarse aquí o, caray, poner los pies aquí.
—Ante la amenaza o la advertencia, como quieras, de Hester Dobbs. Bueno, tal vez. —Sonya se encogió de hombros—. No estaría de más mirar. Me encantaría ver dónde lo tenía. Me da la impresión de que es lo correcto.
Bajaron a la primera planta y comenzaron a inspeccionar las habitaciones que miraban al oeste.
—Se ubicaba más en medio que estas o que las del fondo del pasillo. No era la que mi madre usó. Esa tiene sala de estar, y esta no tenía. Me parece…
Abrió otra puerta y entró a una que ahora se destinaba a habitación de invitados, con un pequeño cuarto de baño y ventanas con vistas al jardín y al bosque.
—¿Sabéis qué? Tengo la sensación de que es esta, por los ángulos y la vista.
A pesar de que ahora no está nevando y que por el bosque han pasado más de cien años, la chimenea tiene la misma repisa y estructura.
La ubicación de la cama…, la cama es diferente, pero se encuentra en el mismo sitio.
Aunque el papel de pared es distinto, tiene los mismos tonos.
El suyo era de flores de color rosa fuerte con el fondo en crema, y este es de flores y enredaderas de tonalidad crema sobre rosa.
—Sonya asintió con la cabeza—. Este era su cuarto.
En su teléfono empezó a sonar Teenage Dream [«Sueño de adolescente»] de Katy Perry.
—Sí, así es, tan solo era una adolescente con sueños. Pondremos su escritorio pegado a la ventana, donde abrigó algunos de esos sueños.
Bajaron a la cocina, donde Cleo tenía preparada una fuente de aperitivos encima de la isla junto con una botella de Chianti.
—Esta noche va a ser italiana de principio a fin. Desde los antipasti hasta el gelato.
—Qué exquisitez. —Owen cogió un corazón de alcachofa en el acto—. Tiene un sabor rico y exquisito. —Bajó la vista hacia Jones—. Chicos, vosotros tendréis que conformaros con lo de costumbre. Yo me encargo de ponerles la comida.
Trey cruzó la cocina para dejar la caja que le había dado Sonya encima de la mesa de comedor.
—Y yo me encargo de servir el vino. Hemos encontrado la habitación de Lissy. Al escritorio le corresponde estar allí. Por tanto, ya tenemos un plan para el sábado.
—Yo he de trabajar un rato por la mañana. Puedo regresar a eso del mediodía. A la una a lo sumo —matizó Owen—. Voy a ponerles la comida a los chicos fuera.
—Buena idea. —Sonya se dirigió a Trey—. ¿Tú trabajas este fin de semana?
—Tengo el fin de semana sin clientes, así que por lo visto voy a trabajar en el desván.
—Cosa que es muy de agradecer. —Sonya le tendió el vino—. Mmmmm, Cleo, ¿qué has hecho con estas bolas de mozzarella ?
—Marinarlas. Alucino conmigo misma.
—Pues ya somos dos.
A su regreso, Owen echó un vistazo a la fuente y acto seguido a los fogones.
—La cantidad de esto que voy a comer va en función del tiempo que eso vaya a tardar.
—Unos veinte minutos o así. Igual quince.
—Me vale. —Cogió uno de los platos pequeños y lo colmó.
—Qué agradable es esto. Un pelín de refinamiento un viernes por la noche es agradable. Gracias, Cleo. —Sonya alzó su copa para brindar—. Y esto va para todos: olvidaos de todo esto cuando yo pruebe a hacer cerdo desmenuzado mañana.
—No olvides las patatas panaderas cortadas a mano.
—Eso intento, Owen. Lo intento de verdad.
—Usa la mandolina.
Ella soltó una carcajada.
—¿Pretendes que toque un instrumento musical mientras frío patatas?
Él negó con la cabeza, entró a la despensa, rebuscó y salió con un utensilio de cocina con la superficie alargada y plana y un pie inclinado que desplegó.
—¿Cómo que eso es una mandolina?
—No sé, pero lo es.
—La cuchilla se ajusta aquí —le explicó Trey—. Después deslizas la patata por aquí y se va cortando en láminas.
Impresionada, Sonya lo miró con extrañeza.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi madre tiene una. De vez en cuando me recluta para cortar cosas. Usa esta protección para que la mano no roce la cuchilla.
—Vale, intentaré tocar la mandolina.
—El agua está hirviendo —le dijo Owen a Cleo.
—Ya lo veo. —Ella echó la pasta en la olla y removió—. Es hora de que beses a la cocinera.
—¿Ya es la hora?
Él la complació.